El Mate Tuerto

"Se fingirá el saber que no se tiene."

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Nombre: El Mate Tuerto
Ubicación: Argentina

18 febrero, 2009

Playmobil


Che, se nos fue Hans Beck, el inventor de lo que yo llamaría el mejor juguete de la era moderna. Y recién ahora, leyendo las necrológicas, vengo a revelar algunos remotos misterios que me perturbaron desde mi más tierna infancia, como por ejemplo aquellas enigmáticas leyendas inscriptas en las plantas de los pies de todo Playmobil que se precie de serlo: Geobra en la izquierda y 1974 en la derecha. Resulta que la primera viene a ser la empresa alemana encargada de traer los playmobiles al mundo (¿Y Antex? Porque esa era la marca que aparecía en la cajita. Respuesta: es la distribuidora local) y 1974 (año en el que, entre otras cosas, David Bowie sacó Diamond Dogs) la fecha de nacimiento de los beneméritos muñequitos, hermanos apenas 3 años mayores que yo, que cuando niño ¡iluso! los juzgaba tan antiguos como el aire y el agua.


De todas formas la historia de los playmobiles se remonta a 1876 y contiene varios detalles curiosos que alimentan el mito y en los que yo opto por creer con los ojos cerrados y el corazón infantil todo oídos. En aquel remoto año Andreas Brandstätter fundó una fábrica en la región de Baviera a la que bautizó con su propio apellido y en la que producía artículos ornamentales y cerraduras. En 1908 su hijo Georg le cambió el nombre a la fábrica uniendo las primeras 3 letras de su nombre con las 3 primeras de su apellido: nacía ese nombre con curiosas resonancias fabriles en castellano que todos nosotros cuando niños atisbaríamos en la suela playmobil. En 1921 Georg trasladó la fábrica a Zindorf, cerca de Nuremberg y empezó a fabricar juguetes de hojalata, pero la segunda guerra (en la que le encontraron un uso menos lúdico al metal) y la novedad del plástico que trajo la posguerra pusieron a la firma al borde de la quiebra. La salvó el espíritu emprendedor de Horst Brandstätter, biznieto del fundador y responsable directo de tantas horas felices en nuestra infancia. Horst no sólo se pasó al plástico como materia prima sino que en 1958 desarrolló una forma económica de fabricar aros de Hula-Hula (Hoola-Hop) y en poco tiempo tuvo a toda Europa batiendo las caderas; pero antes que pasara la moda o llegaran los juicios por luxación de cresta ilíaca emprendió la producción de vehículos de juguete tales como coches o tractores para que los niños montaran y conducieran a sus anchas. Eran épocas de Plan Marshall, créditos blandos, vacas gordas y petróleo barato. Entonces ¿le debemos los playmobiles a la OPEP?. En parte sí, porque con la crisis del petróleo de 1973 la materia prima del plástico se fue al techo y el cochecito del pibe iba a costar tanto como el Mercedes del padre. Acá entra a tallar el principal héroe de esta historia: Hans Beck era un carpintero (¡Como Yepeto, el tristón viejito padre de Pinoccio!) aficionado al aeromodelismo y las maquetas y ese savoir faire le ganó un puesto en la fábrica de hacer juguetes. Ahí, como quien dice, Hans “hizo carrera” hasta llegar al puesto de Jefe de Desarrollo y el primer encargo que le hizo su jefe fue elaborar una nueva línea de coches de plástico en los que, en lugar de niños, se sentaran unas figuras humanas de plástico: con la crisis había que achicarse en todos los sentidos de la palabra. Hans, sin embargo, se concentró menos en los vehículos que en los “toscos muñequitos”, porque, etnocentristas al fin, comprendió que los niños se identificarían más con ellos que con ningún otro medio de transporte. Se encerró en su taller-laboratorio y al cabo de un tiempo alumbró el milagro. Podemos imaginarnos a Horst Brandstätter con el adánico primer playmobil entre los dedos, preguntándole a Hans “¿Te parece que esto les va a gustar a los pibes?”. De hecho, todos fueron escépticos en un principio con los playmobiles: eran demasiado básicos, poco articulados, un poco caros y hasta un toque anticuados (Hans siempre se cuidó de asociarlos a tendencias pasajeras y las primeras líneas en salir a la venta, de hecho, fueron la medieval, la de salvaje oeste y la de construcción) ¿Y qué era ese flequillo serrucho, ¿Y esos guantes para sacar bandejas del horno que tenían por manos? ¿Y esa sempiterna sonrisita dibujada en la cara?. Todos dudaban, menos los chicos, que adoptaron al juguete de inmediato como uno de sus predilectos. ¿Quién no recuerda la primera vez que tuvo un playmobil entre manos? Distinto a todo lo conocido, hermoso, elegante, con tanta personalidad e idiosincrasia propias que era como si Hans Beck hubiese viajado al platónico mundo de las ideas para traernos el arquetipo del juguete. Y es que Hans creó al playmobil con ojos y anhelos de niño y así comprendió que para los chicos menos es más, porque el juguete para un niño sólo es un médium para el trip jubiloso de su imaginación. Según este mismo mito de origen el tamaño del playmobil, 7,5 cm, fue elegido por Hans porque era la medida justa para que la figura cupiera en el puño de un chico. Para diseñar el rostro Beck estudió numerosos dibujos infantiles y observó que sus autores siempre se preocupaban por incluir los ojos y la boca, pero raramente la naríz y de ahí la ausencia de fosas nasales de los muñequitos. Las manos prensiles cumplían su más importante objetivo: los playmobiles aferraban todos sus objetos sin que éstos se les cayeran de las manos y eran tan efectivas que incluso se podían aferrar ellos mismos a una saliente de algún vehículo o nave y viajar colgados sin caerse. Además obsérvese este detalle: el playmobil, con sus limitaciones, es uno de los pocos juguetes que tiene articulación en las muñecas y ¿cuál es uno de los principales atributos del hombre? Su capacidad de usar las manos y aferrar objetos. Aquí también hay otra de las claves: los múltiples accesorios intercambiables merced a los cuales se podían mixturar las indumentarias de distintas series y obtener piratas cósmicos, marineros del lejano oeste, o lo que dictara las necesidades del juego en ese momento. El de los playmobiles era un mundo propio que crecía en el rincón de un cuarto infantil, como un tlön que, lento, va cruzándose con el de los humanos hasta absorberlo por completo.

La primera caja de playmobiles que me regalaron fue la de la avioneta. Era un aeroplano monohélice biplaza que llevaba el logo de Lufthansa e incluía 2 muñequitos y algunos accesorios entre los que recuerdo un tanque de combustible con rueditas. Mientras escribía esta última línea me vino a la cabeza, como la magdalena de Proust, el olor de los playmobiles nuevos. Era un olor único, inconfundible, como de un perfume plástico, si tal cosa fuera posible, era el olor de la felicidad en aquellos años infantiles. También me acuerdo de la alegría que experimenté cuando subí los muñecos a la avioneta y le hice hacer una acrobacia aérea poniéndola cabeza abajo ¡Y los playmobiles no se caían! ¿Cómo pudo saber Hans que esa era la dicha máxima para un chico? Mediante un ingenioso sistema, las figuras quedaban como encastradas en el asiento y no había forma de que se cayeran por más destrezas a los que uno sometiera al avioncito. Debo confesar también que no sólo no tuve el barco pirata sino que tampoco lo deseé ni conocí a nadie que lo tuviera (no sé por qué, pero imagino como muy infeliz la infancia del chico al que le hubiesen comprado uno). Mi sueño era la base espacial, que se podía abrir desde el techo, tenía puertas y rampas desplegables e incluía su propio vehículo oruga. Tuve que conformarme con la nave espacial, que era muy parecida al viejo Ford K (o a la inversa, cuando apareció, ese modelo de auto me evocaba a la nave playmobil) con una cabina transparente y turbinas móbiles e incluía un astronauta de traje y casco amarillo y pechera plateada. Mi playmobil favorito, sin embargo, no formaba parte de esas series sino de otra, que apenas recuerdo, sobre un acuario o algo así (tal vez incluyera focas, estoy seguro que tenía aros (¡como los primeros Hoola Hops!) para que los animales pasaran a través de ellos y un megáfono. Se trataba de un playmobil bicolor: pechera azul y pantalón verde, tenía un collar blanco (tal vez de dientes de tiburón) y una boina de marinero azul que casi le tapaba el ojo izquierdo. Ese muñequito era mi héroe; con su megáfono a modo de cañón o con cualquier cosa que pudiera aferrar en sus manos era capaz de vencer en cruentas e interminables batallas a todo el batallón de los anabolizados muñequitos de He-Man y Rambo, superhombres hiperrealistas que caían derrotados bajo el ingenio, la audacia y la astucia de mi querido playmobil.


El principal enemigo de mis playmobiles era mi hermano. Supongo que lo veían llegar, dubitativo aún en sus incipientes primeros pasos, como los habitantes del Japón al siniestro Godzilla que emerge de las aguas. Su objetivo era el mismo: aplastarlos uno por uno. Con el tiempo lo consiguió. Cada vez que se peleaba conmigo, incapaz de hacerme frente por la diferencia de edad, iba a cobrarse venganza con mis juguetes. Así dio cuenta de la avioneta y convirtió a la nave en chatarra espacial. El tiempo hizo el resto y un día yo mismo dejé de jugar. No es que hubiera perdido el interés, pero me pareció que los muñequitos no eran compatibles con los pelos que me asomaban en las piernas y me empezó a dar vergüenza; horror y error del mundo adulto ese de abandonar el juego, porque la pulsión lúdica no se pierde jamás y muchos hijos se convierten tiempo después en coartadas para que sus padres puedan desplegar sus juguetes sin temer a la mirada sancionadora de la sociedad disciplinaria. Los juguetes que sobrevivieron a la debacle fueron a parar al fondo de un cubo del que después no tuve más noticias . Hasta que hace un par de años acompañé a mi señor padre a la casa de mis difuntos abuelos. La casa acababa de ser vendida y el objetivo de la visita era ayudar con la limpieza y revisar la biblioteca en busca de algún ejemplar valioso para el rescate, pero más allá de algunos volúmenes de la colección Robin Hood (casi homólogo literario de los playmóbiles en lo que hace a mi educación sentimental) no hallé nada interesante. La excursión, no obstante, me tenía deparada una sorpresa: al fondo de un armario encontré una bolsa de plástico llena de polvo que guardaba en su interior un puñado de juguetes que yo debía haber llevado algún día con el propósito de no aburrirme en las tardes que pasara allí. La bolsa contenía un cochecito de plástico, un soldado con bazooka al hombro, un musculoso muñeco mutilado del que sólo quedaba el torso y… ¡mi playmobil predilecto! Dentro de esa bolsita el muñeco se había preservado a lo largo de todos estos años como el mosquito antidiluviano petrificado en la gota de ámbar. Me guardé el playmobil en el bolsillo y me lo llevé a mi casa. Lo instalé en un estante de la biblioteca para que custodie a esos torpes remedos de los playmobiles que no tuve y que, como ellos, prometen su propio mundo de puertas adentro y que yo acumulo con el caprichoso afán del coleccionista.

Ariel Idez

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16 Comentarios:

Anonymous j. dijo...

Sépanlo: mi hermano fue el feliz poseedor del barco pirata de los Play. Y en un intento de dar mayor realismo al juego (y de dar rienda suelta a su manifiesta piromanía) le prendió fuego.

18/2/09 12:57  
Anonymous Anónimo dijo...

A.I.:
Usted ha recobrado la inspiración y nosotros el gusto de leerlo.
Habría sido preferible, sin embargo, y en mi humilde opinión, que hubiese prescindido de las últimas dos palabras (solo esas dos).
Por lo demás, no puedo más que felicitarlo, como siempre.

18/2/09 13:04  
Blogger julieta dijo...

cada vez descubro más lo bien que escribís. un gusto, sí. me encantó el post. y no te lo dije, pero también me pareció excelente la reseña del libro de Straface.

yo tuve un par de playmóbiles. no recuerdo exactamente cuáles. creo que tenía un caballo y los muñequitos lo montaban a la perfección, sin caerse tampoco. mi primo tenía un montón de playmóbiles policías con helicóptero y todo. y una vez hasta se atragantó con una peluca. a mi hermano menor le compraron el juego espacial, con una nave chiquita y otra más grande que era una suerte de platillo volador. no sé si actualmente se conserva alguno en la familia.

un beso.

18/2/09 14:27  
Anonymous Nacho dijo...

Yo también tuve una nave playmobil cuando tenía ocho años. Me la regalaron con motivo de una intervención quirúrgica menor seguida de internación. Recuerdo haber pensado que si me moría no iba a tener mucho tiempo para disfrutarla.
Venía con un playmobil rojo con pechera plateada, casco, zapatos para odisea del espacio, y todo eso. Esos zapatos especiales eran los únicos que mantenían al playmobil agarrado a la cama del hospital, ya que la fuerza de gravedad era muchas veces inferior que la de la tierra. En una de esas tarde aburridas de la internación, jugando a ponerle y sacarle los zapatos de caminata lunar, el playmobil se me escapó. Lo único que atiné a hacer fue señalar con el dedo, mudo y con una mueca de dolor, mientras que con la otra mano me sostenía la cicatriz en la ingle, intentando que no se me corrieran los puntos.

18/2/09 15:16  
Blogger divagando_siempre dijo...

¿quien no tuvo una infancia colmada de playmóbiles? buen post saludos.. (la parte de los libros debido a que estoy de vacaciones prefiero dejarlas a un lado)

18/2/09 17:27  
Blogger Ojaral dijo...

Ay! Yo nunca tuve un playmóbil. Apenas accedía a los soldaditos de plástico, mucho más baratos. Tenía un primo al que sí los padres les compraban esos muñequitos soñados, y yo me moría de envidia y de anhelo cada vez que lo visitaba. Así que este post no me incumbe personalmente, digamos, pero está tan bien escrito que lo disfruté como si yo mismo hubiese jugado con esos duendes de plástico.
Saludos!

18/2/09 18:20  
Blogger Cece dijo...

ohh qué tema el de los playmo. Cuando cumplí nueve a mi mamá se le ocurrió regalarme el estudio de tv de los playmobiles. Constaba de dos camarógrafos, un iluminador y un payaso. Pero déjenme confesarles que jugar a eso era para mi dificilísimo. Imagínense: había que inventar una ficción (la historia del payaso delante de las cámaras) adentro de otra (la historia de los camarógrafos y el iluminador). Digo yo: ¿¿por qué no me regaló el playmo indio, o el cowboy, o el médico?? Jugar a esos sí que era una papa.

Otra: a ver, la comisión de estudio de género... ¿cómo puede pasar por alto que el mundo de los playmo fue esencialmente machista? La incorporación de la mujer playmobil fue algo muy posterior. Y ni les digo los niños playmo, o el perro...

La última: para que se pongan envidiosos, mi mejor amiga tenía EL ARBOL PLAYMÓBIL !!! Sí, sí, era todo de plástico duro, la copa parecía como varios huevos fritos superpuestos. Para que se den una idea del valor monetario -y simbólico- de semejante objeto, la madre de mi amiga lo guardaba en el estante de abajo de la mesita ratona del living, que era toda de vidrio. Un día jugando, el hermano de mi amiga se resbaló y aplastó todo el árbol, lo hizo percha. Un gil, no le hablé nunca más.

Y tengo más para decir; pero mejor otro día.

18/2/09 23:55  
Blogger julieta dijo...

la compañera cece tiene toda la razón del mundo. las figuras de mujeres recién se incorporaron en 1976. y las de niños (y niñas supongo) en 1981. todo mal. ¿hay playmóbiles negros?

19/2/09 00:58  
Anonymous Ariel Idez dijo...

Hola J. Tu historia confirma lo que yo pensaba: que ningún niño podía soportar tener el barco pirata en su cuarto. De todas formas no se puede negar que tu hermano quemó las naves.

Anónimo: le voy a hacer caso, yo pienso lo mismo.

Gracias Julieta, me alegra que te haya gustado la reseña también. Es cierto que los playmobiles también quedaban enganchados a los caballos sin caerse, ¡grandes jinetes! Tu hermano, en efecto, tuvo la base espacial que yo tanto anhelaba, espero que lo haya hecho feliz.

19/2/09 10:46  
Anonymous Ariel Idez dijo...

Hola Nacho, tremenda tu historia de posoperatorio playmobil ¿Se pudo recuperar el muñequito o quedó para siempre perdido en el hospital? Me había olvidado de esos zapatos con plataforma que traían los astronautas (creo que también incluían unas tobilleras al tono)

Gracias por pasar, Divagando.

Gracias Ojaral, supongo que habrá sido difícil una infancia sin playmobiles, pero habría que ver de qué año hablamos, yo supongo que en los 70' debían ser mucho más caros que en los 80', cuando se popularizaron y se produjeron en escala para nuestro país.

Una anticipada, su madre, Cece, ¿Acaso ud. no estudió Cs de la Comunicación, y no se dedica a la creación artística. Su madre anticipó su vocación y la impulsó a forjar una florida imaginación (atenta a los varios niveles de ficción y metaficción que requería el juego). Nada que reprocharle entonces, salvo los traumas, como a todas las madres. Saludos.

Julieta: Confirmo: hay playmobiles negros y egipcios y romanos. No chequeé aun si hay playmobiles chinos ¿y playmobiles judíos? Me imagino a un Ortodoxo regalándole al hijo una sinagoga playmobil. Saludos

19/2/09 10:57  
Blogger Ojaral dijo...

Eran los ochenta, pero mis viejos estaban cagados de hambre. Qué va hacer.

23/2/09 17:00  
Anonymous p. de pau dijo...

que hermoso post. cuanto recuerdos de infancia juntos!
y como yo no escribo bien, solo le digo eso, me llevo a pasear por allí: por mis juegos y lecturas.
gracias.

saludos,

24/2/09 00:25  
Anonymous Matías Pailos dijo...

Mr. Barrie, autor de Peter Pan, al verse poseedor de una edad que la sociedad juzga impropia para la prosecusión de juegos infantiles, adoptó la siguiente medida: decidió seguir jugando en secreto.

(Con esto se ahorró el desgaste dialéctico y emotivo -y, acaso, pugilístico- que supone seguir jugando EN PÚBLICO.)

Abajo tu imaginación: yo tenía el barco pirata y mi infancia fue considerablemente feliz.

24/2/09 13:03  
Anonymous Pablo Idez dijo...

soy el destructor de playmobiles. Otras cosas que le hacia a mi hermano cuando me enojaba eran: Esconderle la agenda citanova, regalo de su Bar Mitzva, leerle cartas que le mandaban, botonearlo con mis viejos si hacia algo malo y... nunca te lo dije ari: Una vez cuando ibas a salir un viernes con la gente de IONA, me parece, el zeide te regalo 30.000 autrales, los dejaste en el escritorio que mama y papa trajeron de lo te la tia Aida. Bueno, vos los dejaste entre el quilombo de ropa, libros, cinturones y juguetes que habia en ese escritorio y nunca los encontraste. Nunca los encontraste porque a las dos horas de irte yo los encontre y me los quede. Al otro dia fui a Camerun (el local de las dos chicas que queda en Ramallo y Roque Perez, que una de ellas resultop ser lebiana y posible pareja de Sandra Mihanovich) y no sabia en que gastarmelos, ERA RICO!!!, hasta que Marga se avivo y me dijo: "Decime la verdad Pablo, son tuyos o no???" y le confese mi pecado. Me convencio que te los devuelva. Camino a casa divise el quiosco de José, que por suerte no tenia tanto gusto por la moral y la educaciòn.
PD: La falta de acentos y posibles errores de ortografia son producto de un teclado italiano.
Un beso a todos los que se lo merezcan.

24/2/09 16:55  
Blogger Bruja dijo...

ariel: podes borrar el comentario de arriba? es otra vez el anónimo molesto. no se que le pasa conmigo.
besos

24/2/09 18:58  
Anonymous Ariel Idez dijo...

Qué va a ser Ojaral ojalá haya sido una infancia acorde al lugar común: "pobre pero feliz" aunque la felicidad y la desdicha en la infacia puedan durar lo que una partícula subatómica antes de desintegrarse.

Gracias querida Pau, besos y juguetes para ud también

Matías, ¿Vos tenías el barco pirata? Ah... eso lo explica todo.

Pablo, no te digo lo que te merecés porque compartimos la mesma madre. ¡Voy a exigir la devolución de mis 30.000 australes! ¡Indexados! Vas a tener que trabajar toda la vida para pagar esa afrenta de infancia (como en el psicoanálisis, bah)

26/2/09 10:03  

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