El Mate Tuerto

"Se fingirá el saber que no se tiene."

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Nombre: El Mate Tuerto
Lugar: Argentina

29 junio, 2009

Aquí, el presente

Perdimos. Perdimos como en la guerra. En medio de un trabajo aburridísimo, mientras miro el cielo cubierto y gris como si me asomara al paisaje de la premonición abro un doc. y escribo. No tengo nada para decir salvo mi malestar. Hay paliativos, ya sé: que la política no se limita al resultado de una elección, que la democracia se construye día a día, que el ejercicio del poder desgasta, que toda acción genera su lógica reacción, que los Kirchner nunca tuvieron la habilidad para construir alianzas estratégicas, que se refugiaron en los intendentes brutus del conurbano, que la 125 estaba tan llena de buenas intenciones en su formulación como de vicios en su intento de ser llevada a la práctica. Sí, ya sé, ya sé, pero la verdad es que hoy, por lo menos hoy, no me puedo sustraer a este dato: VUELVE LA DERECHA, HERMANO. Y vuelve de la mano de lo peor, ni siquiera te la ponen maquillada, ni siquiera una coalición que proponga civismo y buen gobierno. GANÓ UN INVENTO DE LOS MEDIOS. Un tipo cuya única propuesta fue reproducir lo que decía su imitador de la tele, un simulacro de un simulacro. Si Pino, todo bien con tus ideas tan limpias y prolijitas desde la cómoda butaca de la oposición y la imposibilidad de ser poder para aplicarlas, si, muy bien Sabatella, que ya se perfila como alternativa para tratar de sacarnos del desmadre al que nos llevará la derecha en la próxima década. Pero la verdad es que veo la caída de un gobierno que procuró no apretar la soga por la parte más delgada, que por una vez intentó jugarla contra (algunos, al menos) grupos de poder. Un gobierno que tiene como enemigos jurados a la Sociedad Rural y el Grupo Clarín no puede ser tan malo ¿no? Igual todavía no sé si pecó de soberbio, como dicen muchos, o de tímido, por no jugarse más a fondo. Me da la impresión de que en la 125 se libró en la cancha esa batalla por la redistribución que los gran DT de la izquierda siempre dibujan en la servilleta de los bares. Qué quieren que les diga, me da por las pelotas la derrota del Frente para la Victoria. Da la impresión que Argentina, salvo cuando las papas queman, es de derecha o utópicoprogresista al pedo. Tal vez yo tenga una visión totalmente distorsionada de la realidad, tal vez peque de ingenuo, como me acusó un amigo, pero me da la impresión que esta elección señala la derrota de uno de los pocos proyectos transformadores que yo vi en mi vida en este país. Con todos sus vicios y sus errores, trató de fortalecer al Estado, impulsó políticas redistributivas, alentó la producción y el trabajo por sobre la timba de la patria financiera. Cometió miles de errores, pero tiraba para el lado que yo quiero que tire el gobierno en mi país, y como dice un tipo por ahí, “hay que bancarse ser oficialista”. Chau redistribucion, chau ley de radiodifusión democrática y antimonopólica, chau apelación a las bases, chau lucha por el salario, chau jubilación digna, chau. Hola prebendas, hola lobby, hola FMI, hola ajuste, hola enfriamiento de la economía, hola caída del salario real, hola miseria, hola desalojo, hola, hola, hola. Hubo un tiempo en que fui tímido, que fui un boludo de verdad. Ya no me callo, le discuto a cualquiera. Soy kichnerista y me la banco y hoy me hago cargo de la derrota y de mi malestar y los narcolorados inventados por el marketing mediático, los cívicos bienpensantes, los utópicoprogresitas que nunca se ensucian las manos y la clase media fascista, especialmente mi querida clase media fascista que se vayan todos a la reputamadre que los remil parió.

Ariel Idez

28 junio, 2009

Más razones por las que un lector de este blog debería escuchar a Sonic Youth

Thurston Moore, cantante y guitarrista de Sonic Youth, en declaraciones publicadas en "Los Inrockuptibles" (año 13, nro. 136, Junio de 2009, $11.90):

-... El que acabo de terminar es "Los detectives salvajes", de Roberto Bolaño, un libro extraño y fascinante. Tengo también "2666", que quiero leer pronto, me despierta mucha curiosidad. Y acabo de leer un libro de un escritor argentino sobre un grupo de personas que acampa en un edificio en construcción, y hay fantasmas en el edificio. Su nombre es... mmhh, a ver cómo se pronuncia esto... César Aira.

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23 junio, 2009

"El Pendejo", capítulo 5, página 24

(1) Florencia. Mi compañerita de trabajo. Chica del interior, sola en Bs As. Me enamoré a la tercera o cuarta vez que la vi. Estaba, sin embargo, convencido de que jamás lograría nada. Porque ella, eso creía, también estaba fuera de mi liga, y en una divisional superior. (No recuerdo cuándo erradiqué esta metáfora de mis devaneos. No recuerdo haberlo hecho, tampoco.) Yo entré; ella ya estaba. Portaba un culo como pocos, enmarcado en pantalones de vestir ceñidos a una figura, por lo demás, flaca. Salvo la cara. Tenía una cara lunar. Tenía una nariz larguísima. Tenía unos ojos redondos e inquietos. Ojos curiosos e indefensos. Tenía ojos, boca, mejillas para comer a besos. Tenía lo que debía tener para despertar en mí ese monstruo del pasado que siente como su deber proteger ninfas que no piden ser protegidas. Menos aún ser catalogadas como ninfas. Entonces, como les decía, tal como les informaba: me enamoré. Pesimista enrolado en las filas pesimistas del pesimismo, sentencié: “nunca te la vas a levanta”. Pero proseguí. “Si lo hacés, no vas a pasar del primer beso”. Continué: “si pasás, nunca va a aceptar otra cita”. Prolongué: “nunca te la vas a coger, nunca te vas a poner de novio con ella, nunca te va a ser fiel”. Con ese espíritu no encaré la situación. Digo: mi actitud fue: la de no-encare. Así que un viernes en el que, como cualquier viernes, nada tenía que hacer, escuché que ella manifestaba las ganas de concurrir a un festival público en los bosques de Palermo, donde tocaba una banda de nombre irreproducible. Me ofrecí a acompañarla. Sin segundas intenciones. Sin intenciones concientes. (Las únicas que existen… ¿no?) Finalizamos la jornada laboral. Nos cambiamos en el local y partimos hacia los bosques. Yo, entonces, jamás sonreía. Entonces: no sonreí. Hablé hasta por los codos. Hasta me peleé con ella -en el plano teórico. No llevaba, entonces, ninguna ofensa ni disputa al terreno personal. Estaba convencido de que eso era lo que hacía. Así de estúpido era. Acarreaba esas jactancias y esos errores. No era mal pibe. Llegamos. Vemos, de lejos, el recital. Noto, de modo cada vez más patente, su entusiasmo, su desborde. Noto el cese de sus resistencias. Palpo su comunión con el recital, con el aire libre, con la noche en compañía de un extraño en una ciudad ajena e inabarcable. Noto mis nervios. ¿De qué tengo nervios? Reafirmo: esta mujer me es inalcanzable. Cada vez y cada vez más, más y más nervioso. ¿De qué, de qué, Dios, de qué? El corolario, el final: una estampida. Ella se tuerce el pie o le quiebran la uña. Dolor. Incomodidad. Quiebre del idilio. No quiebre de la complicidad. Vamos a tomar un café. Un café: el alcohol en ese entonces también me era ajeno. (Años más tarde, una compañera de Facultad me tildará de ‘hermanito menor pasteurizado’.) La conversación se extiende. Veo, noto, palpo el titilar de sus ojos. Un rayo atraviesa mi pecho, un retumbar estremece mi aura. ¿De qué, por Dios, de qué por Dios estoy nervioso? Ella no. Ella está más allá. Lo sé. Me lo digo. Lo sé. Me lo digo. ¿De qué? Es tarde. Es tardísimo. La acompaño a la puerta de su casa: la pensión. ¿De qué, de qué estoy más y más nervioso? Ella se detiene. Yo zanjo todo posible inconveniente: la beso en la mejilla y sentencio: hasta el lunes. Me voy. Otro sentimiento crece: soy un pelotudo. Comento, hablo, expongo mi caso ante mis amigos. Ante Pedro, ante Darío, ante Damián. Ellos, duchos para los casos ajenos, fallan: soy un pelotudo. El lunes, con todos los nervios acumulados y temblores desconocidos (como los adquiridos la primera vez que se realiza una actividad física luego de años de molicie), le hablo. Hola. El mundo se desploma. El mundo se restablece a continuación. Hola, dice ella. Al mediodía, me le acerco. Hablo. Doy rodeos. Finalmente, digo lo que quiero (en el fondo, en el frente, en todos lados) decir: salgamos. Por supuesto que no digo: salgamos. Era, entonces, todavía más idiota de lo que soy ahora. Muchísimo muchísimo más ignorante. Creía (y no puedo evitar la aclaración: qué estúpido, qué idiota) que la mujer era un elemento frágil. Qué idiota. Así que no podía ser tan directo. Qué imbécil. La invité al cine, el miércoles. Ella farfulló una cosa así como que no podía prever lo que podía hacer de ahí al miércoles. Yo: rojo de vergüenza. Rectifico: internamente rojo de vergüenza. Y arrepentimiento. Y culpa. (¿De qué, Dios, de qué, pregunto hoy, desde mi yo esclarecido? De haber osado invitarla, de haberme atrevido a pensar en que cabía siquiera una recóndita posibilidad de que aceptara.) Asentí. Retuve, contuve y aferré la íntima, falsa certeza. Ella está más allá. Me retiro. Me pierdo entre anaqueles, estanterías, clientes. Me disuelvo entre libros. Apenas la miro. Apenas recuerdo haber tenido en mente invitarla. Solo queda la culpa y el amor. Porque ya la amo. Porque la amo desde la tercera o cuarta vez que la vi. Mi horario finaliza. Saludo a todos y me pierdo en la ciudad. Sí: ella no está cómoda conmigo. No debí haberla invitado. Martes. Martes, horario de comida. Como aparte. Ella me mira. Yo sé que me desprecia. Peor: sé que doy lástima. Mi horario de trabajo toca a su fin y busco perderme en la ciudad y en fondo del libro que estoy leyendo y en el que olvido todo mi presente y país: Los Buddenbrook, de Thomas Mann. Me voy. Pará, escucho. Ella. Sigue en pie la oferta, pregunta. Qué, pregunto. La oferta. La invitación. Qué. El cine. Sí. Bueno. Bueno. Acepto. Ah. Fantástico. Mañana. Mañana. Me pierdo en la ciudad. No puedo leer. Soy inmensamente feliz. Estoy inmensamente nervioso. Paso el miércoles en babia. Termina nuestro horario. Ella no quiere que nadie se entere, así que nos encontramos directamente en el cine. No recuerdo la película. No quiero recordar ningún detalle, y miento en este preciso instante, cual Epiménides. La película y mi manojo de nervios. Mi manojo de nervios y el café posterior. La charla eterna, íntima. La complicidad que persiste, que se ahonda. Otra vez. Una más. La caminata hacia su pensión, y: en esta esquina la beso. No no: no es el momento. No es El momento. El único existente. Siento que solo hay un momento, una oportunidad. Todo o nada. Poco y nada cuentan en el Federico de entonces las mil y una pistas e indicios a mi favor. Ella está más allá. Ella sigue siendo inalcanzable, aunque el milagro parece posible. Qué pena que fuera tan descreído. La acompaño, sigo, en esta esquina… en esta otra… en esta otra… en esta calle… en esta, que ya llegamos… acá, acá, vamos, acá… llegamos. Ella se detiene. Sube al primer escalón. Qué alta que es. Sonríe. Ríe. Ríe de más. No. Ya no. Si lo tuve, ya no. Ya no, pero sigo conversando. Me acerco, pero no. Vamos, sigo hablando, me acerco, ¡No!, me alejo. Silencio. Bueno. Ella dice: bueno. Yo: nada. Chau, y la que habla es ella. Gira, mete la llave, se pierde en el interior. Pelotudo, y cobarde, y poca y poquísima cosa, y nunca nada jamás probaré los restos de las migajas del amor. Por mi culpa. Por mi sola culpa, a pesar de ser menos que nada. Esto no explica cómo es que, una semana más tarde, la volví a invitar a salir. Menos aún, por qué aceptó. Otro recital. Los recitales manaban cual bebedero desaforado. ¿Dónde? En el Centro. En un lugar que ya no existe. Toca: Peligrosos Gorriones. Me caen bien -no soy fanático. Nervios por millones, y una decisión atorada en mi boca que pugna por salir. De repente lo siento: es inevitable. Voy a hacer cagadas, pero es inevitable: voy a hacer. Lo que no hice ayer, hoy voy a hacerlo mal. Y lo voy a hacer. Las pulsaciones son tantas y tan descarriadas como las salidas anteriores, pero ahora la perspectiva es diferente: ya no me atornillan al suelo. Ahora se amotinan bajo mis pies. Ahora me amotinan bajo mis pies, pero mi corazón, y solo mi corazón, está arriba, corriendo ineluctablemente al error. Los Gorriones empezaron hace rato, y de sopetón: una pausa. Es. Es. Ahora. Es. Y Es: Florencia, digo. ¿Sí?, dice. Me encantás. Muero por vos. Y, Florencia. ¿Sí? Voy a besarte. Tiemblo. Se me nota. Se me nota muchísimo. Avanzo. Solo con la cara, avanzo. Apunto a su boca, y: fuego fatuo. Allí donde instantes ha se manifestara una boca, ahora lo hace una mejilla. Fallo. Todo bien, sonrío. ¿Vos?, pregunto. Bien, y percibo la tensión. Hay un costado muy agradable y un costado muy desagradable combatiendo en su interior, turnándose en el ejercicio del poder, incluso manteniendo aberrantes instancias de cogobierno. Sufre y goza. Yo solo percibo tensión. Solo veo fracaso. Estoy desbocado, estoy corriendo a la velocidad del sonido y con el corazón roto. Estoy hecho trizas, y tomo, por primera vez en meses, una cerveza. Estoy fuera de mí. Comienzo a hablar. Le digo que es hermosa. Le digo, le digo, le digo… una barbaridad. Le digo que sé que yo también le gusto. Le digo que sé que quiere que la bese. La tomo del brazo. Se zafa. Funde a negro: vuelve la banda. Clavo la vista en el escenario, y no la remuevo hasta que terminan. Hablo con ella. Hablo de más. Digo lo que no hay que decir, la piropeo, estoy desbocado. Estoy algo borracho. El show termina; la miro. Desclavo los ojos del escenario y los clavo en los suyos y me pierdo. Se pone colorada, desvía la mirada. Vamos, pregunta. Vamos, accedo. Vamos a caminar: no mejor no. Dale…: no. Me voy a casa. Te acompaño: … okey. En el camino, se derrumba la fachada. El coraje se desvanece con la sobriedad. Cito nuevamente al poeta: sobrio no te puedo ni hablar. No podía. No la miraba porque temía perder los estribos, porque no quería dejar escapar el fantasma de mi última esperanza. Así, llegamos a la pensión. Espera, en silencio. ¿Por qué? ¿Por qué ahora, ahora que no tengo coraje, ahora que vuelvo a comprender que me sos inaccesible? Te odio. Ella sigue en silencio. Yo también. Algo, decir algo, decir algo como cualquier cosa. Nada. Algo, algo, como “cualquier cosa”. Silencio. Chau: doy uno, dos pasos y estoy a su altura. Apunto y: ella ya no está. No me dio tiempo. Entra sin besarme.
Una semana después se cumplen tres meses de trabajo, el fin del período de prueba. Se reinician las clases. Comunico mi voluntad de no continuar. Alego un cambio de prioridades, una apuesta definitiva al estudio. Casi no le hablo en toda la semana. El último día me despido con un beso.
En la mejilla.

Matías Pailos

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19 junio, 2009

Sobre una ironía (no únicamente) porteña

1. Es una pequeña burla que Buenos Aires sea la capital del libro de 2011 según la Unesco, y que la cámara del libro de esa ciudad esté tan empeñada en hundir la difusión de textos y autores —querámoslo o no— importantísimos para la última centuria. Así, Horacio Potel [1], abrió los textos de Nietzsche, Heidegger y Derrida desde 1999, y a principios de este año la Cámara del Libro argentina ha puesto una demanda en su contra, contra su sitio y la difusión de tales ideas. Con poco que hacer antes de la resolución judicial, Potel desmanteló sus sitios excepto el de Nietzsche, porque ya se contaban más de 70 años desde su muerte, ergo, los cerdos ya no podían sacarle más dinero apelando a sus dizque derechos de autor. Cosa que no ocurrió con Derrida, motivo por el que la embajada francesa inició los procesos contra tales sitios. Parece que el poder no se la puede con las células que se mueven contra corriente. Hay manchas que no pueden ser removidas sin que la tela se rasgue. Demostración dolorosa de que el sistema (socio/político/económico) no se la puede con la individualidad más que incorporándola como ‘diversidad’ por medio de la operación de la tolerancia, y nunca como diferencia real y activa por parte de sus usuarios. Aún la industria del entretenimiento no le toma el peso corporativamente a las formas nacientes de intercambio de datos. Aún no se hacen preguntas fundamentales sobre el lugar que sus productos tienen entre sus consumidores, ni mucho menos sobre el lugar que han contribuido a crear en sus décadas de trabajo febril. Quizás únicamente haya que mencionar que en el juicio en Suecia contra el sitio The Pirate Bay, los abogados de las multinacionales del disco y cine, no pudieron (ni supieron) explicar el método por el cual ese sitio permitía la descarga gratuita de contenido protegido por el riguroso copyright.

2. ¿Qué presupone el autor en tanto creador? ¿Supone, de antemano, una negación al uso libre de tales contenidos? Digo, ¿qué limitantes tengo al usufructuar (no económicamente) de los términos definidos en mi Larousse? ¿Habré de pagar tributo sólo en el caso en que utilice esos contenidos con un beneficio económico posterior y premeditado? Pero también: ¿qué importa la apertura y publicación en la web de esos textos? Es seguro que todo estudiante de filosofía (y humanidades) de Latinoamérica pasó alguna vez por las páginas de Potel, cuando el libro estaba pedido en su biblioteca, cuando estaba apurado en un ensayo, cuando necesitaba una cita. Y en esto, quizás el origen mismo del problema: la materialidad que defiende la Cámara. Los mismos objetos defendidos con anterioridad, cuando la policía ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, en busca de los desalmados estudiantes lectores de fotocopias. Podrían estar allí los guardianes de las editoriales, cuando algún siútico pasado de copas intenta llevar a la cama a alguna ingenua lolita citándole a Foucault, sin que ella lo sepa…

3. ¿Y dónde está la diferencia cualitativa entre 15, 30 ó 70 años (o nada) para que el dominio público se pueda beneficiar de una obra? Por lo pronto ni siquiera se tiene muy claro qué sea tal ‘dominio’, porque tenerlo claro implicaría saber también qué límites y posibilidades tendría: la discusión que ninguna Cámara de Empresarios del Libro (ni del Disco ni del Cine) dará es aquella que pregunta por la necesidad a que tales obras tiendan a la apertura social, al beneficio mutuo: en la misma medida en que siendo productos culturales, no pudieron haber sido creadas por un eremita mítico.

4. El meollo se ha centrado en la utilidad que la sociedad toda puede sacar de las obras. El artista —básico, predecible y aliado con sus patrones— supone que siempre y en todo contexto ha de ser pagado con metálico la utilización de sus obras. Pero que se jodan si quieren que les pague un penique porque subo un vídeo de una fiesta familiar a Youtube, donde accidentalmente por el fondo se escucha un tema con copyright (como ha ocurrido en España); o que venga un editor a exigirme compensaciones por la lectura pública que hace Gernández de Houellebecq (grabación que sí existe) [2].

5. De partida ignoran los dueños de la cultura, que la circulación libre de contenidos ha sido un motor importantísimo del desarrollo de sus propios negocios, como antecedente histórico y germen de combinaciones y discusiones siempre saludables. Pero da lo mismo que lo sepan. En el fondo tampoco importa mucho que sus negocios se vengan abajo, porque si lo hacen será únicamente por tacañería y porfía intelectual, puesto que para nadie es secreto que el modelo de negocios de las disqueras (por lo pronto) ha de cambiar radicalmente so pena de extinguirse rápidamente: los grandes beneficios no vienen por la venta de los objetos-discos, sino por las entradas a conciertos; la descarga digital de música no atentará contra los artistas, pero sí contra las máquinas corporativas que les soportaban en la antigüedad (10 años atrás solamente).

6. La cochina obsesión capitalista por las cosas como ob-jetos que dan personalidad. Por eso quizás la Argentina (ni el resto del mundo) no sobrevive a la visión de todos los libros de Aira que propone Idez. Porque tener el libro-en-sí nunca será lo mismo que las fotocopias ajadas o incluso anilladas y con tapitas plásticas, en la medida que no se siente como un libro, ni con su peso ni con su textura. De ahí que sea un signo de los tiempos que una vez lanzado el lector de libros digitales Kindle (de Amazon) aparecieran productos accesorios muy peculiares: un spray que promete darle el olor de los libros reales a la máquina portátil…

7. Idiotez máxima del empresariado global: nada superará nunca el olor ni el peso de un libro, del fetiche intelectualoide por ese objeto puesto en la repisa. Ningún emepetrés mantendrá a raya una obsesión melómana. No por bajarme un jpg de Rembrandt seré objeto de encarcelamiento. Ni acepto —digan lo que digan—, que por duplicar una película estoy a la altura de un empresario promedio o un desmantelador de autos.

8. Fin del “autor” como desfase de la idea de “autoría”. Desfase entre la idea de autoría como propiedad. Separación que habrá de llevar al autor al evidente provecho por su trabajo, pero también al resto, a aprovecharlo libremente bajo las condiciones que el autor inteligente dicte: básicamente, divulgación perpetua entre distintos formatos de almacenamiento y tipos de presentación; reconocimiento de la autoría en tanto firma, e imposibilidad de utilización para fines de lucro. O ya de plano, la donación total de la obra creada, sin límite alguno a su utilización: la licencia Creative Commons Zero.

9. ¿Y si ya no se pudiese celebrar un gol como lo hacía Marcelo Salas? El colmo representado por los abogados de Los Simpsons, impidiendo que el abuelo Abe «cante bajo la lluvia» por los derechos implicados.

Rodrigo Salgado Boza

Notas
[1] [http://www.nietzscheana.com.ar/]
[2] [http://www.youtube.com/watch?v=iAZD2FriGQw]

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16 junio, 2009

Películas de aventuras

Terminador 4 termina así: la Humanidad se salva. El padre de John Connor, un adolescente veinte años menor que Connor, se salva, rescatado por el propio Connor de la ciudad de las máquinas. Así, el propio John Connor se salva, pues va a poder despachar al pasado remoto a su padre para que se curta a su madre para que de a luz al salvador: John Connor. Las chicas se salvan. Incluso se salva la chica del protagonista de la entrega, ex-convicto reconvertido, varios años después de haber muerto, en una mezcla de máquina y humano. En verdad, lo único de humano que tiene es el corazón, que dona voluntariamente, en los últimos cinco minutos de película, a quien lo había expulsado de la comunidad de humanos: John Connor. Así prueba su “humanidad” esencial, además de pagar –una vez más: voluntariamente- su deuda –moral- con la sociedad. Y todos contentos.
Ya lo saben. Ahora no se les ocurra ir.

Lo mejor de las críticas malas es cuando lo son en estado puro. Es decir: cuando no solo son arteras, sino además desatinadas. En este caso, las críticas malas señalaron que no estaba a la altura de “Superbad” [incomprensiblemente, “Supercool” para el mercado local; “incomprensiblemente” hasta que uno descubre que la recuerda bajo esta etiqueta, y no por su nombre original], “Virgen a los 40”, “Ligeramente embarazada” o cualquiera de las otras películas de la escudería Apatow de la nueva nueva nueva comedia americana. Pero sí lo está. Porque no importa –nunca importó- que “Adverntureland” no esté plagada de los gags escatológicos o las situaciones incomodísimas que puntuaban “Superbad”. No es eso, no habla de eso, no nos gusta por eso y ese no es el material del que está hecho este sueño.
Para explicar el significado de los giros modales (expresiones como ‘necesariamente’, ‘es posible’ o ‘es probable’), los lógicos utilizan semánticas de mundos posibles: colecciones de historias en las que pasan las más diversas cosas (posibles). Un modo de plantear este escenario es centrando la escena en un mundo: el nuestro. El resto de los mundos se ordenará por el grado y tipo de semejanza con este mundo elegido para reinar. Greg Mottola, director de “Superbad” y “Adventureland”, opera con sus personajes como un lógico con los mundos posibles. Partimos de acá, dice Mottola, de nosotros. De lo que sabemos y vivimos. Esto que ven acá es un nerd. Es fácil reconocerlo: pongan un espejo delante de sus caripelas, y abran los ojos. Bueno; este es un nerd virgen de… 21 años, más o menos. Acaba de volver a casa con un grado en Literatura Comparada, o algo parecido, pero ya se sabe: un grado, allá, no es mucho. Hay que volver a NYC para el posgrado. Bien. Ahí lo agarramos. Ahí empieza la acción. Ahí empieza la caída.
Social, de clase, monetaria. Los padres (adorable el incipiente alcoholismo descontrolado del padre) ya no pueden bancarlo. Chau viaje de verano a Europa (regalo de graduación), chau posgrado de arriba. Para una y otra cosa va a haber que laburar. Experiencia: ¿qué? Así que lo que consigue es un trabajo no calificado y pésimamente remunerado en un parque de diversiones. Ahí conoce a la chica. Ahí se enamora.
Ahí empiezan los problemas.
Cortamos la diégesis de la diégesis acá. (I.e., algo así como “el relato del relato”; recuerden que están leyendo a un tipo que, además de nerd, es snob. Y otra cosa que le va a gustar al nerd snob melómano rockero es la banda de sonido. Claro que hay música insoportable de los ’80 –en particular la particularmente insoportable “Rock me Amadeus”, de Falco. Es tan insoportable que hasta se interrumpe la película solo para decirlo. Pero eso no es lo se escucha. Lo que se escucha -además de la maravilla springteeneana y electrificada de los Replacements y Husker Du- es lo que escucha un nerd melómano rockero de los ochenta: música de los setenta. Y así desfilan los New York Dolls, Eno, Big Star, y el Rey de Reyes –sobre el que se diserta a raudales: Lou Reed). Los cambios están en el protagonista, en los antagonistas, en personajes del pasado y del presente; los cambios están en todos lados. Hay turros, idiotas, gente que hace lo que puede y gente que no comparte tus códigos. Gente con la que no se puede hablar. Hay objetos de deseo y objetos de deseo que te encuentran deseable. Esto no le cae bien a todo el mundo, y con todo el mundo hay que lidiar.
“Adventureland” tiene todo lo que uno pide de una película -cuando no se quiere tragedia ni otros mundos, posibles o no. Es una película tierna, divertida, emotiva. Es una película con sexo, amor y mucho porro, en todas sus formas. “Adventureland” es una película moral. Moral: qué se debe hacer –y qué no. Moral: qué conviene hacer –y cómo no irse al barro. Contra lo que parece deseable, los personajes crecen. Y uno, mientras se termina de ajustar la cara después de reconocerse por décima vez en pantalla, se pone a llorar de felicidad.

Matías Pailos

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12 junio, 2009

El Artista

Más allá de sus desaciertos, El artista (Mariano Cohn, Gastón Duprat), merece ser vista, aunque más no sea porque pone en pantalla a dos de los más grandes escritores argentinos del siglo pasado: Rodolfo Fogwill y Alberto Laiseca.
Tratándose de Cohn y Duprat, dos tipos que han hecho cosas más que interesantes en la televisión sin caer en propuestas elitistas, era de esperar un poco más de riesgo en un film de ficción, pero lamentablemente la película recae en mucha de las taras del Nuevo Cine Argentino, el enfermero compuesto por Sérgio Pángaro (histriónico crooner local) sufre de esa insoportable abulia que aqueja a casi todos los personajes cinematográficos del NCA (En los festivales cinematográficos del lejano oriente los espectadores deben pensar que a los argentinos el Prozac nos lo regalan por la calle). Todo lo que le pasa, le pasa por un costado, como si fuera el espectador de una película que ni siquiera le gusta demasiado. Muchachos, ya sabemos que las sobreactuaciones del tano Ranni y las puteadas a voz en cuello de Federico Luppi no nos llevaron por buen camino, pero ¿No irá siendo hora de aflojar un poco con tanto autismo? Por otro lado la narración es completamente chata, apenas se insinúa un conflicto (como el “bloqueo” de Romano, los riesgos de la fama inesperada o la relación de pareja entre un chanta y una grupie) es pronto resuelto o disuelto en un relato que nunca levanta vuelo. Encima, una de las mejores posibilidades narrativas (la amenaza de descubrir al “verdadero autor” de las obras de Jorge Ramírez) es completamente desechada y ni siquiera se juega con ella. El mundo del arte contemporáneo, esfera snob, caprichosa y elitista, es parodiada pero hasta ahí, con demasiado respeto para mi gusto y el final es forzado y parece agregado adrede para justificar la coproducción italiana.
La idea que motoriza la película se basa en el tópico del idiot savant: Romano, un enfermo mental (interpretado con maestría por Laiseca) que sólo puede articular el vocablo ¡Pucho! cada vez que quiere fumarse un cigarrillo (gran momento de la película) dibuja incansablemente en el asilo hasta que un enfermero se aviva y presenta la obra como si fuera suya. El hecho de que nunca se muestre un solo cuadro y las escenas en las que vemos a los espectadores opinando desde una toma subjetiva de la obra son un gran acierto narrativo y formal, en parte echado a perder por el afiche de promoción, que exhibe un dibujo y preforma en la mente del espectador una idea del estilo de Romano-Ramírez. No obstante, si la película acierta en algo, es justamente en una de sus fallas: al interrogarse acerca de qué es el arte (una pregunta demasiado grande tal vez) aporta una metáfora sobre la creación artística: todos los Jorge Ramírez tienen su Romano. Todos los que hemos incursionado en alguna faceta de la creación artística tenemos nuestro idiota, al igual que Romano, está recluido en los fondos de la casa, oculto a la vista en el cuarto de servicio, le damos de comer, lo vestimos y lo bañamos y sólo le pedimos a cambio que nos de la obra. Cada vez que nos sentamos y aferramos con torpeza la lapicera, el pincel, oprimimos con mano trémula las teclas del piano, del teclado, no hacemos otra cosa que divagar e implorarle al idiota para que se ponga manos a la obra. Ese instante en el que Pollock dejó chorrear el pincel sobre la tela en el piso, el día que Puig empezó a escuchar el monólogo de sus tías, son los momentos del idiota. Cada uno tiene el idiota que puede, pero si lo cuida y lo pone a laburar, seguro que va a dar algo que valga la pena. Después la gente pregunta el porqué de esto o aquello y uno puede ensayar teorías absurdas o decir, como en la película “que la obra hable por mí” pero en verdad lo que uno quisiera es ir y preguntarle directamente al idiota cómo hizo lo que hizo pero el idiota, como Laiseca en la película, está completamente mudo.
—¡Pucho!

Ariel Idez

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08 junio, 2009

Continencia

Pasan de a uno, en fila. Zegna, Christian Dior, Hugo Boss. La mayoría usan Armanis negro o azul marino; algún gris Oxford. Él viste un Armani negro. La abrumadora mayoría de sus compañeros –unos veinte- son varones. El porcentaje de ejecutivos mujeres no se había alterado en la última década, a diferencia de lo ocurrido en compañías rivales. Ella –traje sastre Chanel lila de lana, saco corto y asiluetado, falda de lana al sesgo. Alta y esbelta. Rubia. Labios rojos- se sienta a su lado. Buenas tardes, dice el CEO [i.e., “Chief Ejecutive Officer”] de la Empresa. Como saben, estamos reunidos para. Como pueden ver en la pantalla, las cifras de ventas del último trimestre muestra un claro descenso de, lo que supone una baja sustancial con respecto a los. Sus músculos se endurecen ligeramente. Gira ligeramente el cuello para, ligeramente, destrabar la ligera contractura. Mira veladamente a Ella -traje sastre Chanel lila de lana, saco corto y asiluetado, falda de lana al sesgo. Alta y esbelta. Rubia. Labios rojos- y clava sus ojos en la pantalla. Como se anunció con anterioridad, se modificó el procedimiento para calcular las ventas correspondientes al con respecto a operaciones realizadas con grandes distribuidores. A fin de poder comparar correctamente los resultados obtenidos en con los de, es importante tener en cuenta que. Todo su cuerpo se inclinaba para dejar de inclinarse y empezar a abalanzarse sobre Ella -traje sastre Chanel lila de lana, saco corto y asiluetado, falda de lana al sesgo. Alta y esbelta. Rubia. Labios rojos. Toma una medida extrema: enfocarse en la pantalla, que había cambiado de configuración. El esfuerzo que esto le insume es tan desgarrador que no puede escuchar que los resultados publicados para incluyen 5,5 millones de dólares en venta de licencias que fueron asignados y recogidos en ese mismo periodo, pero que, de haberse mantenido el procedimiento anterior, habrían sido imputados a trimestres posteriores. Cuando comprende que no había escuchado nada de todo eso de lo que dependía su futuro profesional, toma otra medida extrema. Todos sus esfuerzos, ahora, se concentran en atender al discurso y a registrar, procesar y desarrollar la información proporcionada por el CEO de la Empresa, de pie ante la mesa en la que, hacia el fondo, se ubican él y Ella -traje sastre Chanel lila de lana, saco corto y asiluetado, falda de lana al sesgo. Alta y esbelta. Rubia. Labios rojos. Así, puede comprender perfectamente que los resultados publicados para, además, incluían 13 millones de dólares en venta de licencias derivadas de transacciones del canal de ventas procedentes de periodos anteriores, cuyo pago no había logrado todavía ser efectivizado en el primer trimestre de. Si la Empresa hubiera aplicado este cambio antes del primer trimestre de, los resultados reales habrían sido 136,8 millones de dólares en ventas totales y 61,3 millones en venta de licencias en el primer trimestre de. Ateniéndonos a esta circunstancia, el decrecimiento de la facturación total en el último año fue de un 26%, y el decrecimiento en la cifra de ventas de licencias desciende al 29%. Asiente. Había comprendido todo lo que el CEO de la Empresa había dicho. Frente a él, la cara de Ella -traje sastre Chanel lila de lana, saco corto y asiluetado, falda de lana al sesgo. Alta y esbelta. Rubia. Labios rojos-, que lo mira entre desconcertada y desafiante. Él, ahora, le da completamente la espalda al CEO de la Empresa, y la mira de frente a Ella -traje sastre Chanel lila de lana, saco corto y asiluetado, falda de lana al sesgo. Alta y esbelta. Rubia. Labios rojos-, a contracorriente de la mirada del resto de los ejecutivos, que ahora se desvian hacia él cual alfileres ante un imán. El CEO de la Empresa interrumpe su discurso justo cuando estaba diciendo que la descapitalización de la Empresa al, descendía a un total de 383,5 millones de dólares, con una baja de 66,7 millones sobre el balance presentado al 31 de diciembre de. Solo cuando el CEO de la Empresa finaliza la interrupción de su discurso con un sonoro ¡¿Qué pasa?!, él reacciona, como la pierna ante un certero golpe médico en la rodilla. El escupitajo –amplio, denso, lluvioso, verde y adrede- sale de su boca con labios con terminación “en trompita”, atraviesa a una velocidad de 60 a 70 km/h los 25 a 35 centímetros que separan la cara de él de la de Ella -traje sastre Chanel lila de lana, saco corto y asiluetado, falda de lana al sesgo. Alta y esbelta. Rubia. Labios rojos- y, sin dar tiempo a que el movimiento de retroceso de ella -traje sastre Chanel lila de lana, saco corto y asiluetado, falda de lana al sesgo. Alta y esbelta. Rubia. Labios rojos- tuviera la eficacia buscada, se adentra en el ojo izquierdo –en pleno proceso de entrecerrado. Los párpados se apretujan. Cuando empiezan a abrirse, el acto ha sido consumado. Las manos en la cara corren el rouge, desparramado en un arco descendente que termina en el maxilar. La boca entreabierta y oblonga, los labios dándose pánico el uno al otro, huyendo en direcciones opuestas –el superior a la derecha, el inferior a la izquierda. Los pómulos miran al cielo, presionando y limitando la apertura ocular. Una línea corta y profunda como un hachazo experto de un micro-enano encaramado a la nariz parte en dos el ceño. El cuello se contorsiona, como si fuera la única parte de su cuerpo que quisiera alejarse del escupidor o del escupitajo. El CEO de la Empresa cambia rápidamente de expresión, y se petrifica en un punto medio entre la sorpresa y la indignación. La cara da dos pasos delante del cuerpo. Tomada por sorpresa y de todo punto desprevenida, la boca queda plenamente abierta. La saliva se acumula bajo la lengua. Después, sobre la lengua. Un hilo fino y continuo cae desde la hendidura central del labio hasta la carpeta con cartas de renuncia sin firmar. Las aletas de la nariz se expanden hasta adquirir el tamaño de una pera a punto de madurar. La frente, el ceño y las arrugas de ojo (i.e., “patas de gallo”) se agudizan y sobresalen. La vista que se fija en el CEO de la Empresa, se fija en su frente, ceño y arrugas de ojo (i.e., “patas de gallo”), como si hubiera en las proximidades carteles con flechas indicativas señalando su frente, ceño y arrugas de ojo (i.e., “patas de gallo”). Lo haría, al menos, si el rostro del CEO de la Empresa no estuviera congestionado y recubierto de una gruesa pátina rojiza que lo convierte en un personaje de cómic. Todo él tiende hacia el escupidor, que ahora se petrifica en su asiento como si fuera una imagen congelada en el microsegundo o microsegundos en que comprende que el escupitajo había impactado en el ojo de la rubia de traje sastre Chanel lila de lana, saco corto y asiluetado, falda de lana al sesgo, alta y esbelta y de labios rojos. Como si nada hubiera pasado desde entonces. Su palidez es extrema, casi más allá de lo creíble. Las grietas que surcan los pómulos se expanden, y ahora son líneas que parten de la frente y terminan debajo de la camisa, que abandonan las dos dimensiones y ganan la tercera. Se abren. Se expanden. Ahora son lonjas de un verde oscurísimo que hacen de su cara un código de barras. Las franjas de piel traslúcida se vuelven crocantes. Se despegan y flotan, ligadas a la cara por finas hebras a punto de romperse. Las pupilas son tiras verticales. Ninguno de los ojos parece atender al otro a la hora de moverse. El derecho se fija en la rubia; el izquierdo da vuelta hasta clavarse en la imagen todavía roja pero ya no iracunda del CEO. La lengua bífida parece estar conectada con el ojo derecho. Al menos sale en la misma dirección, hacia el escupitajo en el ojo de la rubia.

Matías Pailos

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04 junio, 2009

Cuando Sergio es un Bizzio

A despecho de la receta que prescribe Tabarovsky en su literatura de izquierda (ser más airista que Aira) Sergio Bizzio parece haber encontrado su tono en la estrategia opuesta: conserva la pulsión por narrar del Gran César pero encara el asunto por debajo de los fuegos de artificio creativos, extirpando la dosis de delirio como petición de principios creativa. Circunscribiéndose, como en un soneto, a las reglas que dicta el verosímil de un vertiginoso realismo, las novelas de Bizzio de un tiempo a esta parte son increíbles sin dejar de ser plausibles, su absurdo, si existe, no es más que un realismo de anticipación, ahora como para dejar las cosas del todo claras el autor titula a su último opus con un nombre frío, ascético y estremecedor: Realidad.

En Realidad, como en Rabia (Interzona, 2004) Bizzio parte de una idea tan simple como genial y la lleva adelante con la destreza del narrador avezado que sabe lo que quiere contar y cómo hacerlo. En este caso se trata de cruzar dos tendencias del mundo contemporáneo que tienen mucho más en común de lo que podría parecer a simple vista: el terrorismo fundamentalista islámico y los reality shows. Un célula terrorista toma por asalto un canal de televisión argentino y una vez concretada su exitosa misión descubre que allí dentro se está desarrollando una nueva emisión de Gran Hermano (así, con todas las letras, con lo que, de paso, Bizzio trae de vuelta a casa de la literatura el título que el cinismo a toda prueba de Endemol se había llevado para las tierras del entretenimiento de masas) y decide comenzar a manipular a los participantes para producir la edición más extrema, desopilante y, acaso, sincera del programa y lograr de paso picos históricos de audiencia. El contrapunto entre los terroristas (capaces de darlo todo por una causa) y los participantes del programa (dispuestos a mostrar mucho para ver si consiguen algo) habilita un experimento narrativo al que Bizzio le saca provecho y utiliza, de paso, para deslizar una crítica lúcida, sin dedo en alto, del estado de la sociedad del entretenimiento en la que nos toca vivir.

El hecho mismo de que el autor de Planet se haya ganando durante años los morlacos como guionista de tele no es un dato menor: conoce las miserias de ese mundo desde dentro y como un letal agente infiltrado las expone y les saca el jugo con maestría, pero lo que pesa sobre todo es el métier del autor de Chicos. Como dice mi amigo Facundo, se advierte en la novela su ritmo para encadenar los capítulos al modo de escenas, su exacta dosificación de la tensión y su progresión a lo largo del texto, su talento para los diálogos y su capacidad para dotar de vida a un personaje en dos o tres líneas. No es casual que pronto veamos en pantalla grande Rabia y que ya haya productores extranjeros interesados en comprar los derechos de Realidad. Pero le haríamos un flaco favor a Bizzio si lo redujéramos a un autor de novelas guionables, o protoguiones cinematográficos. El mismo oficio que le permite dominar a discreción la economía del relato y saltearse pormenores prescindibles también le permite hacerse dueño de una poesía cruda y demoledora, que nunca podrán disfrutar quienes vean sus historias filmadas en 35mm, como cuando dice “Y sin realidad, ¿quién notaría que un grupo de chicos que no representan a su generación, ni a su cultura, ni siquiera a ellos mismos, se envilece en un país, se acobarda en una generación y asoma en una cultura que se agacha?”.

La televisión se mete con todos y pareciera que nadie puede meterse con ella. Bizzio se anima a darle pelea con una novela tan entretenida que, si llegara por milagro a manos de un teleadicto, lograría hacer que se olvide por un rato de Gran Cuñado y que deja como saldo la amarga constatación de que el terrorismo extremista parece ser el inconfesado límite al que una sociedad del espectáculo aspira a llegar.

Ariel Idez

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31 mayo, 2009

Gorila

La definición dada por el Diccionario de la Lengua Española Espasa-Calpe, año 2005, es otro ejemplo más de enunciado verdadero y desatinado.

Gorila. Mamífero primate de unos 2m de altura y color pardo oscuro;
tres dedos de sus pies están unidos por la piel hasta la última falange. Se alimenta de hojas y frutos y habita en África, a orillas del río Gabón.

Tampoco aciertan a acotar el objeto de disertación, aunque contribuyan al fin por contigüidad, la primera (“fascista”) ni la tercera (“Partidario de la Revolución de 1955” –aunque esta se acerca un poco más al punto-) acepciones del diccionario virtual “Babylon” (http://diccionario.babylon.com). (La cuarta (“Individuo prepotente, matón”) y la quinta (“Guardaespaldas, custodio”), de modo claro, se alejan de la cuestión.) La segunda, no obstante, da en el blanco.

Gorila. (pop.) Antiperonista

Es notable la difusión del gorilismo, casi tan extendido como la negativa pública a reconocerse como tal. El gorila suele avergonzarse de su gorilismo, y lo niega una, dos y tres veces, a sol y sombra. (Me pregunto si en su coleto hacen otro tanto. Supongo que es una buena medida de la eficacia del aparato represivo de sus psiquismos.) Dice cosas como

-No soy gorila: solo no soy peronista. ¿Por qué los peronistas creen que todos los no-peronistas somos gorilas?

Por supuesto, mucho peronista cree eso. Pero boludos hay en todos lados. Desde ya que hay no-peronistas que no son gorilas –y muchos más de los que a usted, gorila amigo, le gustaría que hubiera. Pero usted –sí: le hablo a usted-: usted es un gorila hecho y derecho. No me mienta. No lo niegue. ¿Cuándo fue la última vez que votó a un peronista?

-¿Qué, eso me hace gorila?

Bueno, está bien. Dígame cuándo fue la última vez que estuvo a punto de votar a un peronista.

-¿Qué, eso me hace gorila?

Bueno bueno: dígame cuándo fue la última vez que consideró la posibilidad de votar a un peronista.

-¿Qué, eso me hace gorila?

Dígame (sea sincero): ¿considera que el peronismo es la causa de buena parte (de todos, no sea tímido) los males de la sociedad argentina.

-¿Qué, eso me hace gorila?



-No te discrimino. Solo creo que Argentina estaría mucho mejor si nunca hubieran gobernado y nunca hubieran existido.

Claro: esta creencia puede ser enervante (para los peronistas), pero verdadera. Por supuesto. Creer que Argentina estaría mucho mejor si nunca hubieran gobernado los gorilas y si nunca hubieran existido también puede ser verdadero. Pero piense qué creería usted, intelectual amigo, de alguien que creyera que los intelectuales son el origen de todos los males, y que Argentina estaría mucho mejor si no existiera Puán, Sociales ni la Secretaría de Cultura…
Como acertadamente señaló un colega, profesor universitario y uno de los ejemplares más excelsos de su especie –los gorilas-, frecuentemente se desestima argumentos gorilas con el secillo expediente de indicar

-… qué gorila que sos…

Lo que claramente no es ningún argumento (correcto, sino un ad hominen –del tipo de las falacias- del tamaño de una casa). Pero como ya se señaló: boludos hay en todos lados.
Creo que el mayor problema de los gorilas es uno que, curiosamente, los emparienta con los peores peronistas (si hay algo que no puedo resistir: son las cacofonías): darle importancia al peronismo.
¿Qué es el peronismo? Seguro: un fenómeno bastante complejo. Pero, entre otras cosas, es una fuerza política más, con tan o tan poca cohesión ideológica como cualquier partido de masas. (Pueden, si quieren, verificar una dispersión ideológica análoga en el bando correligionario, en donde tributan desde socialdemócratas –Alfonsín (nuestro fiambre de cabecera)- hasta neoconservadores –De la Rúa.) Al peronismo hay que restarle importancia. Hay que tomarlo como parte del paisaje. Eso va a ayudar a no ver al compañero o al compañero gorila como alguien rotundamente (irreductiblemente) distinto. Eso va a ayudar a muchos, y en particular a quien esto escribe, a que cuando se confiesa peronista no se le queden paralizados en una mueca de incomprensión, incredulidad y desdén antropológico. (Te miran como mirarían a un simpático neanderthal paseándose en paños menores por la 9 de Julio con dos grados bajo cero.) Lo que sigue es una pregunta:

-¿En serio me decís?

A lo que sigue otra pregunta:

-Pero no estás con el gobierno… ¿no?

A lo que sigue una larga explicación tendiente a aclararte por qué ellos no tienen nada contra el pueblo peronista en particular, que son absolutamente tolerantes, pero que no pueden más que… y acá intentan trasmutar su odio o aversión en argumentos. Todo lo cuál constituye una experiencia impagable. Nunca me hubiera imaginado que para sentirme parte de una minoría discriminada iba a tener que votar lo que votan todos.

Matías Pailos

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24 mayo, 2009

Estado de situación

¿Cuánto? Yyy… dos meses, más o menos… no, no tengo idea… falta de ganas… ¿normal? ¡Rarísimo…! Tiene razón: no es eso. Pero antes les entraba aún sin ganas. Antes cogía si tenía oportunidad. Que fuera linda era un adorno, no una precondición… aunque no me calentara, en efecto. No sé… los años de abstinencia forzosa, supongo. La necesidad de compensar. Tiene que entender que después de debutar pasé años (años) sin ponerla de nuevo. Años, ¿entiende? Años sin pensar en otra cosa y sin poder acceder a la cosa. Años. La amistad se consolidaba alrededor de una pregunta: ¿alguna vez la pondremos? Llegué a pensar… bueno: es así. Algunos la ponen, otros no. Vos sos de los que no. Asumilo y seguí adelante… ¡Para el culo! ¿No me conoce a esta altura? El zen es un espejismo en el desierto, y yo estoy cagado de sed… el cambio fue radical. Y abrupto. De repente estaba poniendo huevos en varias canastas, todo el tiempo… no sé… ¿Seis años? ¿Cinco años…? Hubo semanas en las que no viví. Hacía malabares para llegar a todos lados… no: eso no puede durar. Estás pelotudo, hecho un zombie, te dormís parado en el colectivo… descartás… sí… sí te dicen. Siento que quedo como el culo, todo el tiempo. Pero… la cosa es que hace dos meses… ¿O más? No me acuerdo… menos ganas, sí. Mucho menos. Y más esporádicas. En general, son insuficientes para hacerme pasar a la acción… sí, ya sé, ya sé: el doctorado, el objetivo cumplido, la nuevo etapa… no sé… no sé… no: yo no me deprimo… esa es la cosa: no estoy seguro de estar pasándola mal… no-no-no: no me angustia no ponerla: me angustia que no me angustie no ponerla… sí, puede ir retirando el cartelito de “estás madurando”, gracias.

Matías Pailos

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21 mayo, 2009

Memoria del subsuelo

El flaco no tiene más nombre que los acordes melodiosos que le sonsaca a su guitarra. Es una mañana atroz en la estación Carlos Pelegrini, un lunes pesado de agobio en el otoño recalentado y global. El flaco lleva puesta una remera negra, un pantalón cargo, el pelo ya escaso pero largo, el arito a la izquierda y una barba cultivada con la desprolijidad precisa que distingue al bohemio del militante. A las monedas que le arroja la azarosa caridad del pasaje, las fauces de su estuche suman una colección de cd’s temáticos: tango, bossa, jazz, folclor. Ahora mismo los dedos se le empalagan desgranando las notas de “Como un día de domingo”, curiosa canción para entonar un lunes. Pero de pronto se queda suspendido de un acorde “como un día de…” Con su pausa repentina el guitar man ensaya una reverencia, un monumento al cariño hecho de puro silencio. Entonces lo veo besar en la mejilla a una joven empleada de maestranza. Hay una nota al pie del tiempo en ese beso robado a las obligaciones cotidianas en lo que dura un acorde en suspenso, un Doisneau porteño, proleta y bajo tierra. El hechizo se quiebra con la fugacidad del instante a la caída de la nota “de domingo”. La muchacha de uniforme violeta y apliques reflectivos amarillos en las mangas prosigue con su pulcro carretear en la senda reluciente que dibuja su escobilla. El guitarrista culmina la saudade y, tal vez olfateando turistas o enviando un mensaje secreto y sutil, la emprende con “el día que me quieras”. Imagino la posible historia de amor, él en la rebelión a la conservadora existencia de conservatorio, ella en el trajín agotador desde el suburbio bonaerense, recluidos en el departamento de un ambiente que él habita. A ella mirando por la ventana llovida y pidiéndole que saque temas de Gilda del fondo mágico de su guitarra. Ajeno al romance que vive en mi cabeza, el guitarrista interpreta el tango con su virtuosismo calmo, jugando a decorarlo con todos los acordes posibles. En eso estoy cuando retorna la bella barrendera bonaerense surcando el carril invisible de la limpieza y, cómo si él supiera, la ve pasar y le guiña un ojo cómplice y le dedica su nota más hermosa y ligera, rememorando quizás la noche aquella, en la que intercaló entre los acordes de “Noches vacías” una nota dulce y melancólica de Django Reinhardt y unió en imposible matrimonio a la virgen proletaria con el gitano exquisito.

Ariel Idez

18 mayo, 2009

Él sobre la última de él

Tanto en las obras más experimentales como en las más reflexivas, usted es fiel a una prosa sencilla, a menudo puramente informativa. ¿No le atrae la experimentación lingüística?
—Quiero que el lector vea lo que yo vi en mi imaginación, y que lo vea exactamente como yo lo vi. Para eso se necesita claridad y precisión, y no juegos de palabras. Sin embargo, hace poco me pasó algo curioso. Leí una novela de un joven escritor que me imitaba, deliberada y confesadamente, a modo de homenaje. Estaban todos mis temas y procedimientos y personajes, y me resultó muy halagador y gratificante. Pero al terminarla dije: “Es una novela mía, escrita en prosa”. Es decir, sentí que faltaba algo, que hasta entonces no había sospechado que estaba en mis novelas.

Entrevista a César Aira, Suplemento de Cultura Perfil, domingo 10 de mayo de 2009.

(el link de la novela, a su izquierda)

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14 mayo, 2009

La previa

Uno ya está instalado en casa ajena, que más que casa es un departamento estrecho –o no tanto- de soltero sobre una populosa avenida porteña. Ya fueron a por las birras, el fernet y su complemento agente: la coca-cola. Segunda cerveza y tercera empanada y décima disquisición acerca de la naturaleza femenina y las ventajas de la soltería, solo evidentes para los novios eternos una vez separados. (El discurso del varón en su reencuentro con la vida sin novia –si es una vida buscada, y no una pared que se erige imprevistamente tras una curva tomada a toda velocidad- es invariablemente el de quien se despoja de un peso semejante al de eso que sostenía Atlas. Hay tanta, pero tanta sorpresa cuando hablan acerca de lo que ella –la soltería- sea, que uno no puede más que descartar toda sospecha de exageración del converso.) Cae otro comparsa al entuerto. Se tira en un sillón destartalado, o en un puf, o en la cama o en una silla cualunque. Lo importante es el modo: el tipo se tira. Se le ofrece cerveza. Retruca: ¿porro? Se pica, se arma, se prende. El recién venido se ve en la necesidad de recuperar el tiempo perdido empardando con los contertulios establecidos la cantidad de palabras emitidas. Se larga a contar una historia. ¿De qué? De recién separado. Cuando está por llegar al final de la diégesis, cae el cuarto y último parroquiano. Cantidad de cervezas de litro vacías hasta el momento: 4. ¡No! ¿Estabas hablando de cómo decirle? A ver-a ver-a ver: me interesa. Entonces, medio para fastidio de la platea asentada, y para satisfacción del narrador, la historia comienza –esta vez, medio como farsa. Si bien no hablan todos a la vez, el relato está acompañado en todo momento por una variopinta gama de comentarios, la mayoría con forma de burla al narrador –en varios tonos: solapada, abierta, procaz, a voz en cuello. Nuevas disquisiciones sobre la naturaleza femenina, sobre la diferencia entre veinteañeras y treintañeras y veinticincoañeras, entre novias, amantes y novias(de otros)-amantes(propias), sobre la propia posición frente a los distintos tipos de mujeres y los distintos intereses que se pueden tener con respecto a ellas: cogérselas y no verlas más, cogérselas por unas semanas o meses, cogérselas y ponerse de novio, cogérselas y… no, no hay mucha más cosas para hacer con las mujeres, dice uno. Amiga, retruca el narrador, que es sodomizado por su declaración. El debate se polariza: no hay amigas / todas son amigas. Se caen en cada uno de los lugares comunes y, con el nivel de faso consumido, la gente ya se ríe de cualquier pavada. El dueño de casa retira de su mochila la máscara de hombre-araña adquirida a bajo costo en La Salada, y comienza una disertación acerca de las virtudes de la castidad. Es sodomizado. Alguien reflexiona acerca de la naturaleza homosexual de la amistad masculina. Es sodomizado y cagado a piñas. Cantidad promedio de secas prodigadas por contertulio: 6. Un tercero señala, desaprensivamente, que hay uno entre ellos que todavía no ha sido sodomizado. Se procede a sodomizar al virgen. Después, se sodomiza de nuevo al discursero, por buchón. Uno, en la quinta dimensión creada por las secas y las bebidas de baja graduación alcohólica, se pone a buscar en youtube videos del hombre-araña. Después de varios aburridísimos que despiertan las ansias sodomizantes de la platea hacia el buscador, se da con la escena en que el hombre-araña detiene la inminente y segura caída del tren en el abismo y, justo antes de perder la conciencia, es alcanzado por las todas las manos de los pasajeros, elevado a las alturas y obligado a realizar un mosh que deja manifiesto los nexos entre el héroe y la comunidad de la que emerge. Todos lloran como buenos putos del orto. La excitabilidad en la que el porro y las lágrimas los ponen propicia una nueva ronda sodomita. Uno le comenta a otro que estuvo escuchando a ese grupo del que el otro le había hablado. ¿Cuál? Le dice, lo que desata declaraciones públicas de fanatismo por parte de un tercero. Se busca en youtube el video correspondiente y, al grito de

Ahooora-estoy
Arriiiba de mi casá
Con un riflé

por dos, es decir,

Ahooora-estoy
Arriiiba de mi casá
Con un riflé


, abren la puerta, generan un bola de sodomizaciones por las cuáles A sodomiza a B que sodomiza a C que sodomiza a D que sodomiza a A, bajan rodando las escaleras y atraviesan el vidrio de la entrada.

Matías Pailos

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10 mayo, 2009

ESO

Ahí está, ahí descorren el telón y ahí aparece. Ni jóven ni viejo. Exótico. Incomprensible. Magnético e hipnótico. El hombre del momento. El hombre-insignia. La voz de una generación. Alguien con un mensaje. Un mensaje ilegible. Un mensaje en otro idioma. Uno que nadie entiende. El hombre del que todos se preguntan si entiende. Si sabe que es él. Si sabe que es hipnótico y magnético e incomprensible. El hombre del que algunos se preguntan si tiene en verdad un mensaje para dar.
Su nombre no exime de comentarios. Más bien los aglomera. De pie frente al micrófono, parece que no sabe qué hacer con las manos. Acaso si se sacara esa capucha todo andaría mejor. Pero claro: acaso si se hubiera sacado la capucha no estaría ahora ahí, frente al micrófono, abriendo las manos en clara alusión a Cristo en la cruz antes de desmayarse, a punto de entrar en la eternidad de la fama que lo condujo por los libros y los alientos hasta esta mención rockera y posmoderna de fin de década de la que solo se rescata su aspecto icónico y abre las manos. Despliega los dedos. Afila y apunta. Tensa y espera. Ya acude. Solo un poco más de silencio. Un poco más. Un poco más. Ahora. Ahora. Ahora. Los veinte mil bípedos implumes que pueblan el aforo en el cruce de la calle 33 y la 7ª Avenida se agitan, se contorsionan, abren la boca y se inicia la exhalación que segundos más tarde (ahora) será (es) el griterío que asola al fantasma que recorre este mundo: los medios. Patrick Fernandes está en cada casa, en cada calle, a cada segundo. Y algunos se preguntan por qué.
La música. Y un escalón debajo, la rara fascinación que ejerce la capucha, o lo que hay detrás. Y a propósito: ¿qué hay detrás?
Y a propósito: ¿qué idioma es ese? ¿Qué ruido habla? ¿Sabe lo que dice?
No es inglés. Tampoco, contrariamente a lo que Rolling Stone pensaba (a lo que cada americano, ¡por Dios!, pensaba) es español. Y bien podría haber sido español porque Patrick Fernandes nació, se crió y habita (sí: todavía habita) los bajos fondos del “país más austral del mundo” (según el slogan que circula en sus textos escolares de formación primaria): Argentina…, donde da la casualidad que el español es la lengua oficial.
Pero no es español. No es ningún otro lenguaje natural porque no es un lenguaje natural. No es un lenguaje artificial porque no es un lenguaje. Eso, quizás, sea haber llevado las cosas demasiado lejos.
¿Puede un cantautor ser el principal artífice del cambio revolucionario epocal por lo que canta, y que nadie sepa lo que canta? La hipótesis más simple indica que lo que PF canta son secuencias de un lenguaje, y que esas secuencias dicen algo. Curioso: algo dicho que es indispensable e incomprensible. Un desarrollo subsidiario de esta hipótesis más simple indica que lo que dice lo dice en un idioma que nadie, en este mundo, comprende. Ni él.
Eso, quizás, sea haber llevado las cosas demasiado lejos.

Glosolalia (en griego, glossa, "lengua"; y lalein, "hablar"), conocido también por "don de lenguas". El término tiene varias acepciones: en medicina es una enfermedad padecida por personas de diversas razas, incluyéndose entre éstas, al escritor J. D. Salinger. En terminología médica, se refiere a una enfermedad que afecta al lenguaje, que consiste en la invención de palabras adjudicándoles un significado. El origen del término, sin embargo, es religioso y se refiere al fenómeno de hablar una lengua desconocida durante un éxtasis místico, hecho que se considera inducido por una divinidad. La glosolalia es muy frecuente entre miembros de ciertas corrientes religiosas cristianas como el pentecostalismo protestante y el movimiento carismático católico. (http://wikipedia.org/wiki/Glosolalia.)

Nada de esto sería un problema grave si PF accediera a dar notas, o a escribirlas, o a traducir sus afirmaciones en algún lenguaje conocido (preferiblemente el inglés). Siquiera a comunicar sus pensamientos, por más marginales que sean. Pero PF prefiere llevar las cosas demasiado lejos. PF no habla en público.
A propósito: la excursión realizada por Rolling Stone a los camarines del Garden después del recital constituye el duodécimo fracaso del proyecto de entrevistar a PF. Compone, a la vez, el duodécimo fracaso de un proyecto menor –y objetivo subalterno: verlo sin la capucha puesta.
Demos un paso más. PF no se muestra en público más que con esa capucha facial al estilo del Dr. Crane (alias “el Espantapájaros”) de las “Batman” filmadas por Nolan, que tapan toda la cabeza –cara incluida-, y no meramente su parte dorsal. Del aspecto privado de su vida no hay registros. Ni filmaciones, ni fotografías, ni impresiones grabadas o escritas. Nadie ve, nadie oye, nadie habla. Pero en las grietas está el traidor, que acecha.
Matías Pailos es el guitarrista de la banda y, presuntamente, mano derecha de Fernandes. A diferencia del líder de su banda, Pailos está dispuesto a hablar hasta por los codos.

Matías Pailos

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06 mayo, 2009

Apuntes sobre México III (Notas sueltas)


- Camellos en el Corán
o Un restaurant en San Pedro de Pochutla decorado con guirnaldas de colores y fotos y reproducciones de cuadros de Frida Khalo en las paredes.
o Un guía turístico mexicano que exclama “síganme los buenos” para que su grupo vaya tras de él.

- Si ud. puede pronunciar 10 localidades seguidas de México sin confundir sus nombres Nahuátl ya no habrá trabalenguas capaz de amedrentarlo.

- 2 de cada 3 publicidades de la TV mexicana son de antiácidos. Una semana sometido a la dieta del lugar y el fenómeno se explica por sí solo.

- La vieja no es la madre sino la chica.

- Cada vez que un vendedor ambulante pregunta ¿Con chile? empuñando un pomo de salsa verde sobre el bocadillo recién adquirido en realidad está preguntando ¿te la bancás? El temerario sentido del honor seguramente acabará al oír esta pregunta en labios del heladero.

- Revisar los apodos de los capos narcos llevará inevitablemente a la siguiente conclusión: son campeones de lucha libre frustrados.

- México: el lugar ideal para que los hombres mueran, las mujeres lloren y los escritores se extravíen.

- Juan Villoro: “¿Habrá algo más extraño para un mexicano que estar en México?


Ariel Idez

02 mayo, 2009

Apuntes sobre México (la vida antes de la fiebre porcina) Lucha libre en Oaxaca II

Con ustedes, Challenger



La lucha preliminar “en mano a mano de alarido” nos presenta al “príncipe mixe” Kong Hayuuk versus Anger’s, el “hombre del alma negra”. Se trata seguramente de dos alumnos adelantados de la flamante escuela oaxaqueña de lucha que hacen sus primeras armas en el ring. El referee es Baby Lara, un postadolescente simpático que luce “calcetines” rosas y hará todo lo posible por favorecer al Anger’s hasta que el valiente príncipe le de también a él su merecida patada voladora y al que más tarde veremos con jogging trapeando la sangre de los luchadores, al mejor estilo circense en donde todos hacen un poco de todo. La lucha no es gran cosa pero al menos los pupilos le ponen ganas y tratan de compensar sus físicos flacuchos y esmirriados con la voluntad acrobática de sus golpes voladores. La segunda contienda “en relevo sencillo” nos trae a los técnicos Soberbio I y Soberbio III (Sólo Dios sabe qué ha sido del segundo soberbio) contra los rudos de Super Yarda y El Psicópata. En la lucha libre mexicana los buenos se dicen técnicos y los malos rudos. Éstos últimos suelen ser los preferidos del pancracio (público) aunque algunos luchadores alternan entre un bando y otro a lo largo de su carrera. De todas formas el luchador más famoso de la historia en este país era tan técnico que se llamaba El Santo, su popularidad alcanzó tal nivel que llegó a filmar más de 50 películas con títulos como El Santo contra las momias de Guanajuato o El Santo contra las mujeres Vampiro que en su conjunto constituyen un monumento al kitsch tan sólido como los músculos de su protagonista. El enemigo del Santo no podía ser otro que un demonio; Blue Demon lo enfrentó en antológicas batallas y lo secundó en varias de sus películas luchando codo a codo contra momias, monstruos y científicos locos. Aquí, mientras tanto, el público de la arena Ray Alcántara recibe con entusiasmo al Psicópata y a Super Yarda (que viste como futbolista americano con una máscara que simula el casco típico de ese deporte) y abuchea a los Soberbios. Al observar el comportamiento de la afición en las luchas se entiende la falta de violencia en el fútbol mexicano: los espectadores descargan su pasión e ingenio en una contienda en la que el resultado es apenas una contingencia más del espectáculo. “Angers, saluda a mis primas”, grita un plateísta; a Pequeño Turbo, un flaco enjuto enfundado en un traje de vinilo rojo lo rebautizan “chorizo” y Skull Killer, con apretadas calzas amarillas que lo obligan a ceñirse la cintura a cada rato, deviene “gaviota” para la inclemente platea.







Mini Zombi, se dobla pero no se rompe.



A partir de la 3ra lucha la cosa se pone buena con el relevo de tríos entre dos equipos “de puros rudos” Zigfried, Arkanos y Perro Mastín contra Águila Real, Skull Killer y Challenger, éste último destaca entre todos porque semeja una cruza perfecta entre carnicero de barrio y actor de reparto de telenovela mexicana: canoso de bigotes, más gordo que grandote y con su sobrepeso enfundado ridículamente en un traje de vinilo negro parece que sus días de gloria en el pancracio han transcurrido hace mucho tiempo y ahora sólo le queda rememorar esas jornadas en el polvo triste del ring de barrio. Sin embargo resultará extrañamente conmovedor cuando lo veamos trepar hasta la segunda cuerda y definir la contienda con un salto hacia atrás acompañado por un medio giro en el aire para caer con toda su humanidad (y es mucha) sobre el pobre Perro Mastín y llevárselo puesto hasta la lona y la definitiva cuenta de tres. Más que meritorio lo del Challenger, ya de por sí constituye un mérito para un luchador el poder sostenerse en pie después de los 60 años. El oficio no es para cualquiera: las constantes caídas, cortes, golpes, contusiones y torceduras hacen que muchas figuras del ring terminen sus días en sillas de ruedas. Las hernias de disco, los pinzamientos cervicales, las lesiones cerebrales, la hemiplejías, apoplejías y cuadriplejias son el nombre de las llaves con las que el destino les tuerce el brazo a estos gladiadores indomables.
Pero mejor hacer silencio, porque Demon Red, micrófono en mano, está anunciando la cuarta lucha de la noche: una revancha familiar “reforzada”. Los Caballeros de la Muerte junto a Pequeño Turbo versus los Zombies secundados por Kraneo. Parece ser que hay una pica histórica entre estos dos clanes familiares; el público, excitado, huele sangre y clama por un combate a todo o nada. El Caballero padre es un gordo retacón, su hijo, el caballero Jr. luce una máscara de cuero que debería granjearle el apoyo de la porción sadomasoquista del público y el Pequeño Turbo, con su traje rojo y su cuerpo de espárrago se gana el mote de “chorizo” con el que lo atormentará la afición. Del otro lado aguarda la “tercia infernal” con Kráneo y su máscara cadavérica ideal para salir de farra el día de los muertos, el Zombie, un gordito con brazos ridículamente pequeños y su hijo, el Mini Zombie, quien haría mejor haciendo las veces de mascota que involucrándose en la lucha. Imposible calcular la edad del menudo mini, tal vez áun le resten algunos centímetros por crecer. Abismo Negro cuenta que debuto en la lucha a los 10 años por el faltazo de un gladiador. Sus colegas adultos lo recibieron con tanta calidez que lo dejaron dos días en cama, pero se repuso y hoy es una de las figuras de la lucha a nivel nacional. Aunque incluso detenido en sus escasos 150 centímetros el Mini Z puede albergar esperanzas: el luchador mexicano más famoso puertas afuera es el Rey Misterio, figura estelar de la WWE norteamericana con su metro sesenta y cuatro de estatura y sus 75 kilos de peso. Resulta toda una experiencia ver alguna de sus luchas por youtube, en las que a fuerza de cabriolas, saltos, golpes de acróbata y llaves aéreas aplicadas a toda velocidad hace frente a los toscos gigantes yankies anabolizados. Pero por ahora Mini Zombie es poco más que el hijo de papi y como tal deberá pagar el derecho de piso si quiere hacerse un lugar en la arena y continuar la tradición legada por su padre, como otras tantas figuras legendarias que han trasmitido máscara, nombre y fama a su progenie: Dr Wagner Jr. El hijo del Santo o Blue Demon Jr, héroes actuales de la lucha Mexicana.

Caballero de la Muerte (padre)



Antes que en el ring, la lucha comienza en las gradas, que dividen su apoyo a rudos y técnicos y antes aún de que podamos darnos cuenta cómo, el mini zombie está en el piso del cuadrilátero (escena repetida a lo largo de toda la lucha) y los caballeros lo están pateando a discreción. De ahí en más, el pandemónium: el ring queda vacío y la lucha se fragmenta y se multiplica en sus inmediaciones. Caballero padre castiga a Kráneo, Pequeño Turbo martiriza a Mini Zombie, Zombie mayor estrella la cabeza de Caballero hijo contra el borde del ring. Como en un cuadro del Bosco, es imposible capturar en una sola mirada la multitud de escenas que se suscitan: un abigarrado cuadro de golpes, sillazos, piñas y patadas voladoras. La repentina migración de público en algún sector anuncia el inminente aterrizaje de un luchador arrojado como bolsa de papas por su adversario. Las señoras gordas abandonan prestas sus banquetas metálicas para que un Caballero las abolle sobre la machucada testa del Mini Zombie. Cada tanto dos luchadores retornan al ring como para que la contienda recupere visos de legalidad pero pronto se arrojan desde esas alturas sobre el cuerpo de su enemigo y la lucha vuelve al llano. El público, mientras huye de los luchadores, parece experimentar un goce perverso con la golpiza que sufre el valiente (o resistente, al menos) Mini Zombie: tan pronto lo revolean contra las butacas, como le estrellan la cabeza contra la esquina del ring o lo alzan de los pelos y lo arrojan al piso para patearlo entre varios. La contienda resulta tan caótica y desprolija que es imposible saber quién va ganando, pero eso justamente es lo que menos importa, sólo se aprecian unos tipos que castigan y reciben como si trataran de subrayar la cita de Spinoza: “nadie sabe de lo que un cuerpo es capaz”. De pronto bajo la vista y veo sangre a mis pies, un reguero que dobla la esquina del ring y se prolonga más allá. En algún momento un luchador aparece con una guitarra en la mano y se la rompe en la cabeza a otro con percutida sonoridad de utilería. Finalmente y sin que quede muy claro cómo uno de los Caballeros pone de espaldas al Zombie y la cuenta de 3 señala el final del maelstrom guerrero. El saldo de la batalla muestra sillas abolladas por el piso, manchones de sangre y hasta pedazos de mampostería. A pesar de la ingente golpiza, el Mini Zombie luce en una pieza, el del Caballero Jr., en cambio, yace arrodillado en el ring, con la máscara rota colgándole como un colgajo de piel y el rostro bañado en sangre mientras un tipo de guardapolvo desabrochado con un estetoscopio colgándole del cuello como para darle más verosimilitud a su rol de médico, le marea una venda sobre la cabeza. El Caballero padre se hace del micrófono y se dirige al Zombie “Te vencí, cabrón, aunque me costó la sangre de mi hijo”. El muerto vivo clama por la revancha “Pos cuando quieras, cabrón”, agita el Caballero. Todo termina con la promesa de más golpes y sudor y sangre entre estos clanes archirivales que se juran la muerte y el odio eterno sobre la modesta arena oaxaqueña.




Caballero de la Muerte Jr. y las secuelas del combate



La última lucha de la noche promete el firmamento estelar de sus figuras: gladiadores importados directamente del Toreo de 4 caminos del D.F: Ojo de Tigre y Black Terry contra el Rey Tosco y Canek Jr. “el hijo del príncipe maya”. Pero, como en la aristocracia del porno, donde las estrellas femeninas jamás resultan sodomizadas, estos luchadores de formidable musculatura no sangran, no se despeinan y apenas si transpiran un poco para ganarse el billete con el que los tentaron a venirse hasta Oaxaca. La pelea, de hecho, culmina de una forma ridícula: después del paso de tragedia en el que Ojo de Tigre casi le quita la máscara a Canek Jr. este continúa luchando y en una vuelta carnero la máscara le sale despedida. Vemos al príncipe maya ayuno de todo su abolengo tapándose infantilmente el rostro. Después Canek tomará el micrófono y dirá con el pico lo que no sostuvo con el cuero, clamando una revancha sanguinaria para vengar su honor ultrajado. Ojo de tigre le responde con lengua de serpiente “¡No seas chiquillo! ¡todos vieron que la máscara se te salió por accidente!”. El final encuentra a todos los niños subidos al ring, dándose mamporros, saltando en las cuerdas hacia los brazos de sus padres y empujándose con los aficionados de máscara para sacarse fotos con los técnicos Canek Jr. y Rey Tosco.


Canek Jr. y Rey Tosco. Mucha calza y poca entrega





Salgo de la Arena renovado por tanta violencia de cartón: mil golpes y ningún chichón. Por la vereda de enfrente camina Pequeño Turbo; ya sin su traje de “chorizo”, cubre su cuerpo un vulgar jean y una chomba a rayas, pero, por supuesto, conserva la máscara. Lo veo caminar por Lucero a paso ligero con su bolso al hombro y doblar la esquina en Armenta y López. Camina rápido y tal vez rememora los pasajes de la lucha de hoy y sueña con la gloria de mañana, un lleno total en la Arena México: el delirio del pancracio al grito de Tur-bo, Tur-bo. Sueños que pesan en el bolso como los kilos de músculo que le faltan a su cuerpo esmirriado. Mientras tanto seguirá jugándose la vida en la humilde arena de Oaxaca, recibiendo golpes de gordos de cien kilos, cayendo de espaldas sobre las butacas, volando de cabeza a centímetros del parante de acero para helar la sangre del público. Todo sea para justificar el valor y la hidalguía que le infunde esa máscara que le ciñe el rostro y que se saca rápido a la tercera cuadra para meterla en el bolso y confundirse con el resto de los mortales.

Ariel Idez

29 abril, 2009

Apuntes sobre México (la vida antes de la fiebre porcina) Lucha libre en Oaxaca I


“Toda persona que sea sorprendida arrojando objetos al ring será consignada a las autoridades”, decía el volante que me entregaron en la peatonal Macedonio Alcalá de Oaxaca. La advertencia (¿Auténtica? ¿o un truco más de ese universo en el que lo falso y lo real están separados por un tabique más delicado que el de la nariz rota de los luchadores en disputa?) acabó por decidirme a concurrir al encuentro de Lucha Libre, que, puntual como la misa, se realiza todos los domingos en la arena oaxaqueña “Ray Alcántara”. Allí me encamino cuando el sol se pone sobre los cerros que custodian esta milenaria ciudadela que vio pasar Zapotecas, Aztecas, Conquistadores Españoles y la resulta de toda esa mezcla con argamasa sangrienta: el heteróclito pueblo Mexicano. Cuando en 1935 Malcolm Lowry empezó a escribir esa obra maestra de la literatura que conocemos como Bajo el Volcán, la lucha libre ya tenía dos años de vida en México. En su novela, el atormentado Cónsul emprende un viaje a Oaxaca y su atribulado hermano, Hugh, toma parte intempestivamente en una corrida de toros. Tal vez si el bueno de Malcolm hubiera nacido 50 años después habría metido al temerario Hugh dentro de uno de estos improvisados cuadriláteros regionales para que se midiera mano a mano con un fornido enmascarado. Pero a mí el temple apenas si me da para el resguardado rol de espectador. Con ese fin recorro las 15 cuadras que separan la arena del Zócalo y veo en el camino cómo las fachadas coloniales se van espaciando para darle lugar a las casas sencillas de los arrabales oaxaqueños. La pomposa “Arena Ray Alcántara” resulta ser un precario ring montado en el patio central de un club de barrio. Mientras hago la cola para comprar mi ticket una enorme pick up se detiene en la puerta y descienden de ella 3 encapuchados, pero nadie le teme al robo o al ataque terrorista: la gente se les abalanza y los saluda. Dos de ellos visten jean y chomba y otro un equipo de gimnasia, pero sus máscaras no dejan lugar a duda: brillantes de strass con los últimos fulgores del sol que declina, dibujando una mueca intimidatoria en impertérritos rostros de cuero y plástico, dan fe de su irrefutable estirpe guerrera. La máscara es más que un atributo, es el alma misma del luchador mexicano. Al consignar la trayectoria de estos colosos las publicaciones especializadas apenas dan cuenta de un par de fechas: el debut, el retiro, el día que ganaron algún campeonato y el día fatal en que otro luchador les quitó la máscara. Casi todos los luchadores comienzan su carrera con la cara cubierta, pero muy pocos logran terminarla sin haber sido expuestos vergonzantemente a la multitud. Cuando un luchador pierde su máscara en legítima contienda jamás puede volver a usarla y de ahí en más combate a cara descubierta, apostando su “cabellera”, tal el nombre de los luchadores que han sufrido esa desgracia. De ahí que el clímax dramático de la lucha mexicana sobrevenga cuando un gladiador aplica una llave paralizante a su adversario y comienza a desprenderle los cordones que sujetan su preciada careta. Lo que está en juego es mucho más que una derrota: es el deshonor de perder la propia identidad. Claro que estos titanes sólo pierden sus máscaras en acontecimientos tan extraordinarios como las lluvias de meteoritos o los eclipses totales. El mero hecho de perder la máscara implica que el luchador ha logrado una trayectoria digna de convertir la caída de esa capucha de cuero y tela en una tragedia irreparable para su atribulada afición.
No hay que ser Levy Strauss para entender qué enmascara esta obsesión por la careta en el Catch Azteca. Aby Warburg acunó un concepto genial, el de “vuelta a la vida de las iconografías”. En pocas palabras, hay ciertos motivos iconográficos tan fuertes que mutan y atraviesan distintas culturas simplemente porque su valor simbólico no puede ser dejado de lado sin más. Basta darse una vuelta por el Museo de Antropología del D.F. y ver las innumerables máscaras funerarias provenientes de todas las culturas mesoamericanas precolombinas y los disfraces de guerrero jaguar y guerrero águila de los aztecas o las canchas de pelota donde se enfrentaban las fuerzas de la luz y la oscuridad para comprender que eso con lo que los luchadores cubren su rostros es mucho más que un pedazo de cuero acordonado a la nuca.


Mientras aguardamos el comienzo la primera lucha de la tarde podemos merodear el ring side de la arena Ray Alcántara o adquirir una playera del “Huracán” Ramírez en oferta a cien pesos mexicanos o comprarnos un vaso de Coca y unas palomitas en el bufete del club; México es también ese país donde la gente habla como en las series de la tele. Mi indumentaria (zapatillas deportivas, pantalón cargo color caki, remera de tela inteligente, gorrita visera y mochila al hombro) me delata como vulgar turista a ojos vistas de la fanaticada afición. Temo que unas manos vigorosas me apresen, me encajen una máscara de prepo y me arrojen al ring bajo el apodo de “El Turista” para que alguno de estos bravos gladiadores me encaje una madriza que despierte la ovación del alborozado público. Pero en lugar de eso me encara un hombre mayor, chaparro pero de hombros fuertes y buen porte que me pregunta de donde vengo.
_Yo soy Demon Red –dice, como si se llamara Juan Carlos López- luchador profesional desde 1967, la cuarta licencia de Oaxaca. Ahorita estamos tratando de levantar la lucha libre por acá, que estaba muy caída, puros de afuera venían nomás. Después el demonio rojo de Oaxaca me extiende su tarjeta, donde se lee su alias civil de Francisco Pérez, presidente del Consejo Oaxaqueño de Lucha Libre Profesional y, por supuesto, figura la omnipresente máscara roja y blanca. Mientras hablamos la gente ocupa sus lugares en las banquetas plegables de metal y una voz por los altoparlantes pide que retiren a los niños del ring “porque aflojan las cuerdas”.
Ariel Idez
(Continuará)

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26 abril, 2009

Deporte en acción

El relato tiene que tener alma. Si no tiene alma es pura mierda y putos malabares. Así que primero de todo y antes que nada: asegurate la crispación. Propia y ajena. Tiene que haber incomodidad; tiene que haber, como se dice, ‘tensión narrativa’. Y ahí está el primer problema de tu historia: no hay nervio. La flecha no tensa la cuerda. La flecha está rascándose el higo a cuatro manos en un rincón, mientras el arco se fuma un caño en otra habitación.
El problema está en el modo. El modo no es todo, pero siempre es un problema. Tu modo es demasiado obvio. Perdón: tu modo parece demasiado obvio. Lo que importa es la apariencia. La literatura es el ejercicio de la superficialidad. Lo importante es el mundo de lo visible. No hay nada antes ni después. Fijate en lo que se ve. En lo que se ve. Si abrís los ojos y no ves nada relevante: felicitaciones. Bueno: a vos se te ve más que a una puta en celo.
El cuento habla de tipos con mucho poder. Decís que lo ejercen. Bueno: callate y mostralo. Pero no: me contás que hay un tal Cerviño que hereda el mayor porcentaje accionario de uno de los principales grupos periodísticos del país, pero cuya única obsesión es… el tenis. Hay algún humor en el gesto: lo reconozco. Hay también mucho de forzado. Me dirás que sin desavenencias, sin ‘poner algo en el lugar incorrecto’ no hay humor –y tenés razón. Pero para sobrellevar el rechazo que despierta lo desafinado (somos sensibles a la simetría: vas a tener que entenderlo de una puta vez), el chiste tiene que ser bueno. El tuyo es solo un chiste.
Okey: el tipo se va a servir de su poder en un ámbito para consolidar su poder en otro. Y su ambición es negativa. No quiere tener más que el resto: quiere que el resto tenga menos que él. Eso se entiende. La idea es trillada, pero, ¿cuál no? La lid en la que se despliega el combate también es anómala. Cerviño quiere que el tenis tenga más presencia mediática que el rugby: objetivo número uno. Se sirve de su injerencia, dinero y contactos para relegar los programas dedicados al rugby de horarios vespertinos a otros matutinos; para recortar presupuesto; para echar gente; para mudarlos al fin de semana; a especial semanal; a especial mensual. Los acosan, acechan, rodean y cercan; los reducen y maniatan, los violan (psicológicamente) y los abusan (económicamente), los castran (mediáticamente) y, como frutilla del postre, como premio último y definitivo por el resto de su vida: dejan al rugby, en su escorzo visible y público, en estado comatoso (en términos comerciales). Se entiende. ¿Querés que se entienda tanto?
Está bien que está bien ser pertinente, actual, que está bien ensuciarse las manos. Pero no sos vos en esto. A vos no te importan los medios, cómo los medios afectan la opinión pública, la opinión pública en particular ni la realidad sociocultural en general. Entonces pasa lo que pasa: traficás clisés. Repetís lugares comunes. Vulgata. Sobredimensionás la importancia de radios, diarios y televisión. Un lector con voluntad de análisis frente a tu texto va a decir algo así como que es una lúcida reflexión acerca de la injerencia mediática en el quehacer contemporáneo, una crítica al control que los grandes grupos de poder ejercen de la información, de cómo el poder es poder solo si se ejerce a través de la televisión, de cómo todo sigue siendo pan y circo, como era entonces. Un lector inteligente, por menos lúcido y crítico que sea, va a decir que estos párrafos son mierda sólida.
La tensión, macho. Presentaste un contendiente (el rugby). ¿Por qué lo dejás escapar? ¿Por qué le soltás la mano? ¡No lo dejes caer! Y una vez que le salves la vida, pertrechalo con cuanto chiche de diseño coyotístico marca ACME encuentres. Armalo hasta los dientes. Dotalo de lo que ya está dotado, de lo que no puede no estar dotado después de que le hicieran lo que le hicieron: de un insaciable deseo de venganza. De una pulsión criminal a prueba de balas. Dejalo correr, fijate qué pasa. No empujes a tus personajes: corré tras ellos. Llegá apenas un segundo antes para pavimentar la carretera por la que circulan, para rellenar los agujeros en el cielo con estrellas, para removerles, sin que lo noten, la costilla con la que construís su perdición. Pero no. Tus muñecos se quedan siempre sin pilas.

Matías Pailos

PD: el relato sigue en el enlace, o la izquierda de su pantalla, señora: en el primer link, ese que dice "ESO (cuentos de Matías Pailos [que vengo a ser yo. Encantado])".

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20 abril, 2009

A los soñadores de la calle Puán

Leyendo un post cercano y verificando el rol en el que se me ha cristalizado: ingenuo curita tercermundista, volví al viejo cajón donde guardo las balas de plata, aquellas que me obligan a escribir. Dárgelos – como le sobra – reparte. Yo – como me da fiaca – transcribo. A ver si adivinan:
“ La situación en la patria no era buena. No hay que soñar sino ser consecuente, me decía. No hay que perderse tras una quimera sino ser patriota, me decía. En Chile las cosas no iban bien. Para mí las cosas iban bien, pero para la patria no iban bien. (…) Chile, Chile. ¿Cómo has podido cambiar tanto?, le decía a veces, asomado a mi ventana abierta, mirando el reverbero de Santiago en la lejanía. ¿Qué te han hecho? ¿Se han vuelto locos los chilenos? ¿Quién tiene la culpa? Y otras veces, mientras caminaba por los pasillos del colegio o por los pasillos del periódico, le decía: ¿Hasta cuándo piensas seguir así, Chile? ¿Es que te vas a convertir en otra cosa? ¿En un monstruo que ya nadie reconocerá? Después vinieron las elecciones y ganó Allende. Y yo me acerqué al espejo de mi habitación y quise formular la pregunta crucial, la que tenía reservada para ese momento, y la pregunta se negó a salir de mis labios exangües. Aquello no había quien lo aguantara. La noche del triunfo de Allende salí y fui caminando hasta la casa de Farewell. (…)
Cuando volví a mi casa me puse a leer a los griegos. Que sea lo que Dios quiera, me dije. Yo voy a releer a los griegos. Empecé con Homero, como manda la tradición, y seguí con Tales de Mileto y Jenófanes de Colofón (…), y luego mataron a un general del ejército favorable a Allende y Chile restableció relaciones diplomáticas con Cuba (…), y yo leí a Tirteo de Esparta y a Arquíloco de Paros y a Solón de Atenas (…), y el gobierno nacionalizó el cobre y luego el salitre y el hierro (…) y Fidel Castro visitó el país y muchos creyeron que se iba a quedar a vivir acá para siempre y mataron al ex ministro de la Democracia Cristiana (…), y se organizó la primera marcha de las cacerolas en contra de Allende y yo leí a Esquilo y a Sófocles y a Eurípides (…), y en Chile hubo escasez e inflación y mercado negro y largas colas para conseguir comida y la Reforma Agraria expropió el fundo de Farewell y muchos otros fundos y se creó la Secretaría Nacional de la Mujer (…), y hubo atentados y yo leí a Tucídides (…), y también releí a Demóstenes y a Menandro (…), y hubo huelgas y un coronel de un regimiento blindado intentó dar un golpe y un camarógrafo murió filmando su propia muerte y luego mataron al edecán naval de Allende y hubo disturbios, malas palabras, los chilenos blasfemaron, pintaron las paredes y luego casi medio millón de personas desfiló en una gran marcha de apoyo a Allende, y después vino el golpe de Estado, el levantamiento, el pronunciamiento militar, y bombardearon La Moneda y cuando terminó el bombardeo el presidente se suicidó y se acabó todo. Entonces yo me quedé quieto, con un dedo en la página que estaba leyendo, y pensé: qué paz. Me levanté y me asomé a la ventana: qué silencio. (…) Sin cerrar la ventana me arrodillé y recé, por Chile, por todos los chilenos, por los muertos y por los vivos. Después llamé a Farewell por teléfono. ¿Cómo se siente?, le dije. Estoy bailando en una patita, me contestó. Los días que siguieron fueron extraños, era como si todos hubiéramos despertado de golpe de un sueño a la vida real, aunque en ocasiones la sensación era diametralmente opuesta, como si de golpe todos estuviéramos soñando. Y nuestra cotidianidad se desarrollaba conforme a esos parámetros anormales: en los sueños todo puede ocurrir y uno acepta que todo ocurra. Los movimientos son diferentes. Nos movemos como gacelas o como el tigre sueña a las gacelas. (…). ”
Ya se sabe cómo termina la nouvelle: explicándole el concepto de salario familiar a Luciano Miguens, alfabetizando a De Angeli o besando autógrafos en el Pachamama. El rol de los intelectuales soñadores siempre se ha parecido más al de los traficantes de bulas y autoindulgencias, acostumbrados a la universidad del verso unívoco y al cinismo del sí-mismo. Al que le calce el hábito, que se lo ponga. Y al que diga que me aguante debajo de una sotana le encajo una caravana de sentimientos gigantes.
Tengo dos pasajes a El Bolsón, presto a huir de las nocturnas jornadas que se avecinan en estos bolsones de miseria, en estos tiempos finales de la Cris pasión , que algunos recordarán como los tiempos en que se publicó Las teorías salvajes.
Cuentan que en Puán cagaban mucho las palomas, hasta que amaestraron a los ayudantes de cátedra.
Cuentan también que cuando merma la electricidad en el cuarto piso, están chupando gente las Boquitas pintadas. ¿Se sigue llamando así el bar del sótano?

Hernán

( Aclaración: cuando se habla de mi idea de afiliarme, sepan que es al PJ y apoyando al Frente para la Victoria ).

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13 abril, 2009

Buscador

¿Qué estoy buscando? Busco una pareja. Formal. Sustantiva. Una novia. Alguien que tenga proyectos. Para formar una familia. Me gustaría que cocine y lave. Y si no quiere. Cocino y lavo yo. Busco al amor de mi vida, por supuesto. El complemento. La media naranja. Busco alguien con quien compartir el resto de mi vida. Para siempre. Para siempre. Quiero compromiso. Mucho compromiso. Alguien que me entienda. Que me comprenda. Que me quiera. Quiero amor. Quiero enamórame y que vos te enamores de mi. Conocer a tu vieja. También una invitación. A comer asado. A comer fideos con tu familia. Ser el objeto de desprecio de tu viejo y tu hermano. Que me pregunten de qué trabajo y cuáles son mis intenciones. “Hacer feliz a su hija, señor”. “¿Sólo con canciones?”. “Con éste corazón”. Quiero hacerte el amor. Que acabemos juntos. Fundirme. Ser uno. Ser completo. La completitud. La felicidad. Tener una familia. Ser un buen padre. Sé que voy a ser un buen padre. Un buen esposo y un buen marido. En la salud y en la enfermedad. En las buenas y en las malas. Tirar juntos del carro. Conocerte y que confíes en mí. Planear la fiesta de boda, donde quieras. En el campo de tu tío. O en un pelotero en San Martín. No me importa. Comprar un departamento y ponerlo a tu nombre. Tener un perro. Tener un gato. Tener un perro y un gato. Que el nene se llame Tomás. Y la nena Laura… No te vayas. ¿Por qué te vas? ¿Fue algo que dije? Sí, te entiendo, la segunda salida. Pero yo ya no estoy para dar vueltas. Voy a cumplir 30 en noviembre. La culpa es de la época. La posmodernidad. La puta posmodernidad. Hace a la mayoría de los hombres unos histéricos y unos fóbicos. No, no quiero que te vayas. ¿Te estoy asustando? Pensé que teníamos confianza. Disculpame. No te quise espantar. ¿Tan malo fue? ¿No me digas que fue para tanto? Sí, voy a terapia. Catorce años. Lacaniana. ¿Mucho? Le doy un año más. Si no funciona, me voy a Lourdes. Un chiste. Sí, Woody Allen. Nunca pisaría un analista.

Nacho

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11 abril, 2009

Julieta y Mariano

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06 abril, 2009

Permítanme explicarles...

La cosa es que me aburre. La cosa, más bien, es que me hincha las pelotas.
La cosa es que prefiero no pensar en todos los que están peor que yo. La cosa es que prefiero no pensar en lo que podría hacer, en el tiempo insignificante que podría dedicarle a una causa social –a cualquier causa social- para que alguna fracción de todos ellos estuviera un algo mejor.
La cosa es que preferiría que no existieran, así no tendría que destinar el tiempo más insignificante en pensar en todos ellos, en lo que me molestan, en lo que podría hacer para ayudar a remediarlo.
La cosa es que con no verlos me basta. ¿No podrían retirarse de mi presencia?
La cosa es que la cosa no es así, una vez que pienso-dos-segundos en el tema. Pero eso otro impulso, el negador y egoísta, existe –y pisa fuerte, qué duda cabe.
Será que en fondo, como vuelta a vuelta me recuerda mi colega Ariel Idez, soy un irredento egoísta de mierda.
La pregunta es: ¿estoy justificado? La respuesta es… ¿les dije que prefiero no pensarlo?
La respuesta es que no. Dispongo de tiempo, y el eventual perjuicio personal es ínfimo –en términos absolutos. Si el patrón es relativo –donde el otro término es el hipotético beneficio de los destinatarios de mi accionar-, ni hablar.
Mis amigos, encima, no ayudan. ¿Qué digo? ¡Todos ayudan! Nadie hace nada, así que estamos en igualdad de condiciones. Salvo el turro de Hernán, un recordatorio ambulante de que alguien como yo (y, en algún sentido, en peores condiciones que yo) puede trabajar teniendo en mientes a otros que están peor que uno. Para peor, cada vez que me lo cruzo está pensando como hacer más, cómo hacer mejor, cómo comprometerse aún más profundamente. Con decirles que la última vez que lo vi estaba pensando en afiliarse…
Lo bueno es que lo veo poco.
La cosa es que no voy a hacer nada.
La cosa es que no voy a modificar un ápice mi situación presente. Tampoco está en mis planes pensar seriamente en modificarla a futuro.
Dispongo de algunas excusas razonables (“voto bien”, “vuelco en la educación pública la educación pública recibida”). Pero tampoco pienso mucho en el tema, porque las razones para que las excusas abandonen la pátina de razonabilidad están prestas a saltar a la cancha.
Acaso esas excusas razonables sean, de hecho, buenas razones. No importa. Lo que importa es lo que prefiero no decir: que no alcanza.
En el fondo, ese inveterado egoísmo es sólido como el núcleo más duro del más duro de los núcleos de los programas de investigación lakatosianos. Es duro como todo aquello que está y en lo que no se repara. Es duro e inhallable. Es inconmovible e imperturbable. En el fondo, solo estoy jugando a sugerir que lo estoy poniendo en duda mientras digo que nunca lo voy a poner en duda.
Porque hay una vida y ninguna voluntad y todas las ganas de pasarla todo lo bien que pueda, pero mejor: de realizar tan profundamente y ampliamente todos y cada uno de mis deseos y ¡el tiempo es tan poco, mierda! que no, no, no: no quiero gastarlo en nadie más que en mí.
Algo de eso. Entre la mala fe y la razonabilidad, con algo de culpa. Entre la racionalidad y el cinismo.

Matías Pailos

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03 abril, 2009

Drogas

Las drogas no son necesarias para divertirse. Salvo para los que dicen que no las necesitan para divertirse.

30 marzo, 2009

Por qué Batman es kantiano

Como señala Fede (i.e., Matías Pailos) en un post anterior, “la parte de Batman en la que todo se va a la mierda” es la instanciación de un experimento mental clásico de ética o moral (aquí utilizo los términos como sinónimos). A diferencia de Fede, no creo que la película se vaya a la mierda acá. Creo que la inclusión de este experimento mental en la película es una joya cinematográfica, al menos desde el punto de vista filosófico-didáctico.

Voy a reconstruir el experimento más o menos como lo hace Federico:

Hay dos barcos (más precisamente ferrys) A y B cargados de gente. El barco A está lleno de reos de la prisión de ciudad gótica. Los peores elementos de la sociedad. En el barco B viajan ciudadanos comunes. Ambos barcos están custodiados por la policía o el ejército. Cada barco tiene una bomba. Si alguien intenta bajar, el Guasón hace estallar todo. Si alguien intenta rescatarlos, el Guasón hace estallar todo. A su vez, cada barco tiene un detonador de la bomba del otro (el barco A tiene el detonador de la bomba de B y viceversa). La única forma de salvarse, según el Guasón, es haciendo detonar al otro barco. Tienen 20 minutos para decidir qué hacer. Si nadie acciona el detonador, ambos vuelan por los aires.

Ahora veamos la interpretación de Federico del experimento:

“No hay mucho que pensar. Lo racional es uno y lo mismo: hacer del otro barco una miríada de puntos indiscernibles. Salvar el pellejo a toda costa. No hay modo de rescatar al otro –aunque el otro puede salvarse a sí mismo: haciéndote cagar fuego. Pasan los 20. Nadie nada nunca. El destino del alma de Ciudad Gótica, dice el guión, se acaba de jugar. Y el Guasón –El Mal- perdió”.

La interpretación de Fede, también es una joya. Resume en unas pocas líneas la posición de que hacer volar al otro es la opción más racional. Y aquí racional es sinónimo de utilizar los medios más eficientes para conseguir un fin determinado. Esta interpretación supone que la vida (y en especial la propia vida) es aquello que más valor tiene para las personas, y por lo tanto, lo más racional (y predecible) es que la intenten salvar. Sin mucho esfuerzo, puede convertirse esta interpretación en una justificación ética. Para eso es necesario enfocarse en las consecuencias: el resultado ético justificado será el resultado más racional concebible de acuerdo a las circunstancias planteadas por el experimento mental. ¿Y cuál es el resultado más racional? El más racional es el mejor resultado. ¿Pero como sabemos cuál es el mejor resultado? Según la interpretación de Federico, el mejor resultado es (1) el que me salva la vida o en una interpretación éticamente más sofisticada, (2) el que salva más vidas o (3) el que salva las vidas más valiosas. Una diferencia importante entre la primera opción y las dos siguientes es que las últimas adoptan un criterio objetivo (no depende en que barco viaje yo para saber cuál es el mejor resultado moral), lo que las hace más atractivas y sofisticadas como justificaciones éticas.

Sobre la gente que va en los barcos A y B. El hecho de qué en un barco viajen los peores reos de ciudad gótica y en el otro los ciudadanos comunes, no es esencial para el dilema moral pero le agrega un elemento de mayor tensión. Desde el punto de vista de los ciudadanos comunes del barco B, la teoría psicológica de sentido común nos dice que en el barco A viajan violadores, ladrones y asesinos y que estas personas no son muy confiables Esto es más o menos un hecho según el sentido común. El hecho de que los pasajeros del barco A hayan roto al menos una vez el pacto social, no les da mucha credibilidad moral. A partir de esto, la teoría predice que si los ciudadanos no se apuran a hacer volar por los aires el barco A, seguro que ellos lo hacen primero. Así que, por ese lado, los “buenos” ciudadanos tienen “buenas” razones para hacer detonar lo antes posible al barco de los malandras.

Por qué Batman es kantiano. Kant piensa que salvar la propia vida no es el mayor valor ético. Por lo tanto, no se justifica hacer cualquier cosa para salvar la propia vida. Podemos, sí defendernos de un ataque. Pero salvar nuestra vida no es justificación suficiente para matar gente inocente. En sí misma, esta es una idea importante, pero no puede decirse que sea demasiado original. No obstante, Kant tiene una intuición más interesante. ¿Qué pasa cuando no estoy seguro de cuáles van a ser las consecuencias de mis acciones? ¿O cuando mis acciones pueden tener varias consecuencias y no tengo el suficiente grado de certeza de que vaya a ocurrir lo que espero? En estos casos, las consecuencias “más éticas” (sean las que fueren, incluso aceptando que las más éticas son las más racionales tal como fue definido aquí) son solo probables. ¿Qué pasa si nos equivocamos? Incluso uno aceptara la posición de Pailos de que el medio más eficiente para salvar nuestras vidas sea hacer volar al otro barco, antes de que el primer barco nos vuele a nosotros, ¿cómo podemos estar seguros de que haciendo eso lograremos salvarnos? ¿Acaso podemos confiar que el Guasón nos dejará vivir una vez que hayamos volado el otro barco? ¿Y qué pasa si el detonador del Guasón no funciona y nosotros nunca estuvimos en peligro, salvo por los detonadores que teníamos en nuestro poder en los barcos A y B? Como éstos, se pueden elucubrar muchos otros casos. La película, ilustra esta intuición de Kant. Cuando no tenemos certeza de cuáles serán las consecuencias de nuestras acciones, debemos actuar correctamente. Y agrega Kant, esperar lo mejor. El negro grandote que tiene la cara tatuada hace lo correcto. Agarra el detonador, lo tira al agua y se sienta a esperar lo mejor. Que de alguna manera, todo salga bien, que Batman nos salve, que el Guasón se coma un pancho y se muera atragantado antes de que nos haga volar por los aires, o lo que sea. La película de Batman, toma la opción kantiana. Hay acciones que son éticamente incorrectas más allá de cuáles son los resultados. No me interesa en este punto discutir si la vida es o no es el mayor valor ético. Lo que sí me interesa es la intuición kantiana anticonsecuencialista. La que dice que nunca sabemos con certeza cuál va a ser el resultado de nuestras acciones en su totalidad. Por ende el límite del cálculo estratégico racional tiene que estar puesto por la ética o la moral y no viceversa. El cálculo estratégico racional puede ser un cálculo de probabilidades.¿Pero qué porcentaje de probabilidades justifica matar inocentes para salvarnos? ¿Más del 10%, el 50% o el 90%? ¿Y por qué ese porcentaje y no otro? De poco nos sirve para tomar la decisión final, saber el porcentaje de éxito de nuestra acción. Siempre tendremos que tomar una decisión que no esté basada en probabilidades.

Final abierto. Hay una frase, que no es de Kant, pero que ilustra el radical anticonsecuencialismo kantiano como ninguna otra: “fiat iustitia, pereat mundus” (hágase justicia, aunque perezca el mundo). Kant la traduce como “que reine la justicia, aunque perezcan por ello todos los bribones del mundo”. Podríamos generalizarla un poco más y decir “hágase lo correcto, aunque perezca el mundo”. Siento alguna simpatía por esta frase, aunque puede ser utilizada para justificar las más grandes atrocidades. Porque puede que alguien piense como Adolf Eichmann, que todo lo que dice el Fuhrer es lo correcto, entonces, terminamos con un Auschwitz o un Treblinka.

Nacho

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27 marzo, 2009

Captura

Okey, me entrego: me encanta Radiohead.

Matías Pailos

23 marzo, 2009

Una noche en el Pacha

Centro Cultural Pachamama (alias Pacha). Noche templada. No hace calor, ni hay humedad. La cerveza fluye. Siempre hay un frasco de mermelada lleno de líquido amarillo espumante a la mano. Reminiscencias de test de orina inevitables. En el patio estamos Jota., Matías (MP) y yo alrededor de una mesa baja. Matías y yo sentados en un cantero. Enfrente nuestro Jota., en una silla. Los tres amigos charlan.

N: Mirá, hay que organizarle un lockout a tu novio el Editor hasta que lo publiquen a Matías.
J.: ¿Qué es un lockout?
MP: Es como las huelgas pero de las patronales.
J.: …
N: Huelga de cachas caídas. De piernas cerradas. No entra ni sale nada, como en Palestina.
J.: ¡¿Y yo qué, nene?!
N: Está bien. Puede entrar ayuda humanitaria. Una vez por mes.

X entra en escena. X es mujer, joven, argentina y estudiante de derecho. Se sienta. Pone el pie en la mesa y hacer referencia a su tatuaje en el tobillo.

X: ¿Vieron mi tatuaje?
N: Sí… Son letras árabes, ¿no? ¿Qué dice? ¿Tu nombre?
X: Dice “Yihad”.
N: ¡¿“ Yihad”?!
X: Sí. Significa “Liberación”.
N: ¡¿“Liberación”?!
X: Sí, tiene también otros significados: lucha, guerra santa…
N: Un poco controvertible el tatuaje… Da para hacer malas interpretaciones…
X: ¿Qué interpretaciones?
N: …

La noche termina con Pola leyendo un fragmento de Teorías Salvajes. Lleva puesta una remera roja con la estrella de David en negro. Reímos hasta las lágrimas. Compro el libro. Me lo dedica y lo firma con un beso. Ahora cuento con una primera edición de Pola autografiada y con su material genético. En unos años la clono. Y vendo el libro a algún coleccionista. Un negocio redondo.

Nacho

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20 marzo, 2009

Histeria

Me encaramo sobre la situación de histeria general en la que las clases intelectuales están sumidas (siempre en sentido inverso) en razón de la inminente llegada, estadía y puesta en escena del afamado grupo oxoniense Radiohead para presentarles su mejor tema: uno de Joy Division.

Matías Pailos







http://www.youtube.com/watch?v=08_2eTj3wsA



15 marzo, 2009

Aviso clasificado

Se busca baterista malo y sin experiencia para banda que orbita, de momento, alrededor de temas de Joy Division. Contactarse para el puesto por este medio -u otro que juzgue -y sea- más eficaz.

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09 marzo, 2009

Allá vamos

México es primero y antes que nada una patria audiovisual en el difuso edén de la infancia. Es el remoto e inaprensible lugar donde se graba el programa “Burbujas”, favorito de las tardes chocolatadas. Es la casa de una chaparrita tetona que llora y sufre y ¡pobre Verónica Castro! y el lugar donde se hacen esas telenovelas en las que la gente tanto practica la charla que la llama “platicar”; sabroso azoro niño por la palabra desviada y al final de esos culebrones siempre el mismo sol poniéndose en el ocaso azteca de las pasiones telenoveladas con la promesa de un país para cuyo ingreso sólo se exige Televisa. Sin olvidar que México es asimismo la patria del único héroe latinoamericano del cartoon, el urgente Speedy González y su banda de amigos pachorros. México es también una forma de hablar, el giro lingüístico de los personajes de las series dobladas que comen emparedados y conducen carros que estacionan al pie de las gasolineras. Es un canto en la voz y el acento que sólo años después podré identificar con el agrio arrobo del mezcal. México es una bruma incierta en cuyo centro puntual anida la desvencijada vecindad del Chavo del 8, el mismo al que le copiábamos los latiguillos para decir: “fue sin querer queriendo” cada vez que nos mandábamos una cagada. Rajá Lacan pero ¿es concebible que apenas un Gómez y una “s” separen a los dos hombres que más han hecho por meternos a México en la piel? Gracias miles Robertos Bolaños. Por esa misma época México se convierte en un lugar donde sufre mucha gente y la palabra que retiembla en los noticieros es terremoto y apenas un año después el mismo lugar donde el Dios Pagano de mi tierra hace feliz a los suyos con la profecía cebollita autocumplida: “mi sueño es jugar un mundial”. Después de este clímax México se va de la tele y vuelve, corregido y aumentado, en los libros. Ahora es el infierno personal de un cónsul que al Satán de cantinero lo mira torcido y le pide mezcal y yo ya pienso que algún día tendré que ir, tendré que estar, yo mismo, bajo el mismo volcán. De ahí en más México crece y deviene una geografía mítica, es decir, literaria y cuando una novela que evoca en su epígrafe a aquella otra, fundacional, vuelva a sacarme a pasear por las calles del D.F. y los Desiertos de Sonora yo ya sabré que el destino me guarda un tequila en la mesa del mismo bar en el que una noche de niebla tóxica del DF dos poetas se encontraron y se dijeron sus nombres.
Por eso nadie se extrañe que escriba como loco o no diga ni una palabra; porque a México ya lo tengo bien guardado en dos o tres estantes de mi biblioteca. Voy simplemente a confirmarlo, a sufrirlo o refutarlo, a superponer palabra y territorio y no se culpe a nones si termino estas líneas con el grito primal del turista cachorro:
¡Viva México, Cabrones!
Ariel Idez

25 febrero, 2009

Parecemos (ya ves) dos extraños

Nótase de inmediato que no son santiaguinos (le comento a Denisse): en vez de “Compañía” ellos decían “Compañía de Jesús”. Imagino a un sorprendido capitalino intentando ubicar la sacra avenida en su memoria. Aunque nunca tuvieron que consultar, o porque se ubicaron bien de manera natural, o por el mapa que Playmobil cargaba.

Probablemente sea un yerro estético, pero no parece muy bueno ser peronista, ni salir en todas las fotos haciendo con la mano la V de victoria. Así que no llores por mí Pailos, y comienza a escuchar Slayer, que no de únicamente Sonic Youth vive el hombre.

Y tampoco es inocente que haya sido mencionado un par de veces en la misma noche, el hecho de que Celine hubiese sido un nazi colaboracionista. Así como que Heidegger se follaba a una buena judía, o que Carl Schmit medía un metro y cincuenta.

La sorprendente extrañeza que les causaron los perros desmayados de Santiago. Yo los justificaba con una muy importante vida onírica: canes durmiendo en las calles de todo Santiago y que sueñan la ciudad, y quizás todo el mundo. De ahí que parezcan en desmayo, no es únicamente por el horroroso calor ni el cansancio del aburrimiento.

Pero luego, el sábado en la tarde, en la plaza donde fumaron un porro (ellos, los otros, yo no), los animales corrían de un lado para otro, con el desencajo mental de Playmobil que veía contrastada su teoría en medio de la voluta de nubarrones que tenía en la cabeza.

Matías es más calmo. De los tipos que pueden llegar a incomodar con sus silencios, o con sus silencios interpretados como análisis y aprehensión de todo su entorno. Y cuando habla, insiste y porfía, y le cuesta pero acepta al final —o es que sencillamente andaba raro. Como mi recomendación obligatoria, de que por lo menos ahora debían ser de la Universidad de Chile en temas de fútbol. Y no terminaba de convencerlo el por qué no de Colo-Colo: porque el terreno fue donado por Pinochet, una tierra donde antes hubo un vertedero. Y olvidé decirles que también el dictador —por eso y por otras cosas— es presidente honorario de ése club.

Lo cual no significa que Facundo ande arriba de las mesas bailando en pelotas. Aunque estoy seguro que lo ha hecho. Pero es distinto, y el balance entre ambos denota que la astrología funciona, o la amistad, pero en menor medida, el mutuo conocimiento, los recuerdos compartidos. Como Lima y Belano, continuando las frases que el otro dejaba a medio camino. Pero Facundo sonríe más, o está menos cansado de la humanidad y hasta puede que tenga más paciencia para con el resto, o todo se lo toma por la joda y cuando algo le carga lo manda a tomar por culo. O todo lo contrario.

Extraña coincidencia. Playmobil llega con una polera de The Clockwork Orange y yo con una que la remeda.

Y la forma en que la ñ se pierde en la lengua porteña, desintegrándose en la una vieja n junto a la vocal. Ninios en vez de niños…

Habría que darle un premio a mi suegra por el banquete pantagruélico que nos brindó en el almuerzo del sábado. Delicias marinas. Jibia, a.k.a. el loco de los pobres. Reineta frita, que quizás sea como el pollo del mar que dijo Facundo. Una sopa de mariscos que levantaría hasta a Borges de la tumba. El vino y la cerveza. Y yo que pensé que luego de eso no comía más. Con los almuerzos de ella siempre pasa lo mismo, hay que decirlo. Pailos dixit: “Parece que hoy no ceno”.

Si supieran lo que es moverse en metro en la mañana, no pensarían tanta eficiencia del servicio. O las micros con gente colgando hace un par de años. Pero no lo vieron y está bien, la visión del turista está tan sesgada por lo novedoso como la del nativo por lo reiterativo del lo mismo que el recién llegado se sorprende. Y justo en eso, el nativo comenzará a ver de otra forma lo cotidiano: los perros desmayados por ejemplo.

Y yo que hace tantos años quería leer Mantra de Fresán, y me encuentro con que lo consideran un idiota, un buen cronista pero poco más fuera de eso. A pesar de su amistad con Bolaño.

En todos lados se cuecen habas: qué extraña historia del tipo que desfigura a su mujer con ácido, y él se suicida, y su hijo escribe la novela que cuenta el dolor de su madre, sus operaciones reconstructivas, y la perfidia siniestra que esconde cualquier escritor.

Hasta último momento no supe si desearle a Playmobil que encontrara lo que buscaba en su viaje al desierto. Porque quizás lo que encuentre sea algo totalmente distinto, porque el desierto es extraño, como el de Ciudad Juárez. Donde se mezcla la voluntad de desaparecer y la obligación de no ser encontrado. Siempre cabe la posibilidad de ser tragado por la pampa, y reaparecer en huesos y jirones de tela veinticinco años después. Pero para qué ponerse pesado.

Hay muchos autores entre medio. De uno y otro lado, y que hay que leer. Una lista que deberíamos hacer a 3, 5, 7 manos. Sumando a los ausentes a la reunión: Idez y Gernández —por lo bajo.

De verdad creo que cuando viaje a Buenos Aires, me recibirán con un enorme trozo de vaca muerta, pero no por ser simpático ni nada de eso. Sino por haberles mostrado una parte de la ciudad que los turistas ignoran. Si querían salir del centro de Santiago, viajamos justo a uno de sus extremos. Y luego siguieron por la costa, para finalizar en el desierto enorme, donde la gente no se pierde simplemente: se empampa.

Qué extraños pueden resultar las consecuencias de la lectura. Desde la locura, hasta amistades que funcionan sin nunca haberse visto la gente antes. Sirve para que se lleven un par de libros, o para que manden otros. Para encontrar similitudes entre pokemones y floggers, o sinónimos para los términos que no comprendemos a uno y otro lado de la cordillera. O para sacarme una gran duda: que no todos los habitantes masculinos de Buenos Aires se han tirado a un travesti. Cuestión que cualquiera cree luego de ver los sketches humorísticos de «Rompe portones».

Les mostré la nueva estación de metro hecha por clamor popular; les conté de los cordones industriales que se movieron durante Allende; nos reímos de la contradicción en los términos de la «logia secular del Divino Maestro» en avenida Brasil; sopesamos visualmente un excelente culo femenino; ahora saben que en los edificios alrededor de La Moneda aún se notan las marcas de las balas del 11 de septiembre de 1973; conocen la idiota separación que Plaza Italia supone para la ciudad; y les conté el último capítulo de Lost que ellos recién verán cuando vuelvan a su país, y éste sea apenas una mancha de humanos al otro lado de la cordillera.

Ya se alejaron, ya viajaron y volvieron a casa en avión y bus, y no en carreta tirada por equinos por suerte. Porque eso sería «como viajar en el tiempo: en el trayecto, hecho al paso rápido de sus caballos, alcanzarían carretas que habían partido en otras eras geológicas, quizás antes del inconcebible comienzo del universo (exageraba), y aun a ellas las pasarían, yendo hacia lo verdaderamente desconocido.»*

Rodrigo Salgado Boza

(*) Aira, Un episodio en la vida del pintor viajero, LOM, Santiago, agosto de 2002)

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18 febrero, 2009

Playmobil


Che, se nos fue Hans Beck, el inventor de lo que yo llamaría el mejor juguete de la era moderna. Y recién ahora, leyendo las necrológicas, vengo a revelar algunos remotos misterios que me perturbaron desde mi más tierna infancia, como por ejemplo aquellas enigmáticas leyendas inscriptas en las plantas de los pies de todo Playmobil que se precie de serlo: Geobra en la izquierda y 1974 en la derecha. Resulta que la primera viene a ser la empresa alemana encargada de traer los playmobiles al mundo (¿Y Antex? Porque esa era la marca que aparecía en la cajita. Respuesta: es la distribuidora local) y 1974 (año en el que, entre otras cosas, David Bowie sacó Diamond Dogs) la fecha de nacimiento de los beneméritos muñequitos, hermanos apenas 3 años mayores que yo, que cuando niño ¡iluso! los juzgaba tan antiguos como el aire y el agua.


De todas formas la historia de los playmobiles se remonta a 1876 y contiene varios detalles curiosos que alimentan el mito y en los que yo opto por creer con los ojos cerrados y el corazón infantil todo oídos. En aquel remoto año Andreas Brandstätter fundó una fábrica en la región de Baviera a la que bautizó con su propio apellido y en la que producía artículos ornamentales y cerraduras. En 1908 su hijo Georg le cambió el nombre a la fábrica uniendo las primeras 3 letras de su nombre con las 3 primeras de su apellido: nacía ese nombre con curiosas resonancias fabriles en castellano que todos nosotros cuando niños atisbaríamos en la suela playmobil. En 1921 Georg trasladó la fábrica a Zindorf, cerca de Nuremberg y empezó a fabricar juguetes de hojalata, pero la segunda guerra (en la que le encontraron un uso menos lúdico al metal) y la novedad del plástico que trajo la posguerra pusieron a la firma al borde de la quiebra. La salvó el espíritu emprendedor de Horst Brandstätter, biznieto del fundador y responsable directo de tantas horas felices en nuestra infancia. Horst no sólo se pasó al plástico como materia prima sino que en 1958 desarrolló una forma económica de fabricar aros de Hula-Hula (Hoola-Hop) y en poco tiempo tuvo a toda Europa batiendo las caderas; pero antes que pasara la moda o llegaran los juicios por luxación de cresta ilíaca emprendió la producción de vehículos de juguete tales como coches o tractores para que los niños montaran y conducieran a sus anchas. Eran épocas de Plan Marshall, créditos blandos, vacas gordas y petróleo barato. Entonces ¿le debemos los playmobiles a la OPEP?. En parte sí, porque con la crisis del petróleo de 1973 la materia prima del plástico se fue al techo y el cochecito del pibe iba a costar tanto como el Mercedes del padre. Acá entra a tallar el principal héroe de esta historia: Hans Beck era un carpintero (¡Como Yepeto, el tristón viejito padre de Pinoccio!) aficionado al aeromodelismo y las maquetas y ese savoir faire le ganó un puesto en la fábrica de hacer juguetes. Ahí, como quien dice, Hans “hizo carrera” hasta llegar al puesto de Jefe de Desarrollo y el primer encargo que le hizo su jefe fue elaborar una nueva línea de coches de plástico en los que, en lugar de niños, se sentaran unas figuras humanas de plástico: con la crisis había que achicarse en todos los sentidos de la palabra. Hans, sin embargo, se concentró menos en los vehículos que en los “toscos muñequitos”, porque, etnocentristas al fin, comprendió que los niños se identificarían más con ellos que con ningún otro medio de transporte. Se encerró en su taller-laboratorio y al cabo de un tiempo alumbró el milagro. Podemos imaginarnos a Horst Brandstätter con el adánico primer playmobil entre los dedos, preguntándole a Hans “¿Te parece que esto les va a gustar a los pibes?”. De hecho, todos fueron escépticos en un principio con los playmobiles: eran demasiado básicos, poco articulados, un poco caros y hasta un toque anticuados (Hans siempre se cuidó de asociarlos a tendencias pasajeras y las primeras líneas en salir a la venta, de hecho, fueron la medieval, la de salvaje oeste y la de construcción) ¿Y qué era ese flequillo serrucho, ¿Y esos guantes para sacar bandejas del horno que tenían por manos? ¿Y esa sempiterna sonrisita dibujada en la cara?. Todos dudaban, menos los chicos, que adoptaron al juguete de inmediato como uno de sus predilectos. ¿Quién no recuerda la primera vez que tuvo un playmobil entre manos? Distinto a todo lo conocido, hermoso, elegante, con tanta personalidad e idiosincrasia propias que era como si Hans Beck hubiese viajado al platónico mundo de las ideas para traernos el arquetipo del juguete. Y es que Hans creó al playmobil con ojos y anhelos de niño y así comprendió que para los chicos menos es más, porque el juguete para un niño sólo es un médium para el trip jubiloso de su imaginación. Según este mismo mito de origen el tamaño del playmobil, 7,5 cm, fue elegido por Hans porque era la medida justa para que la figura cupiera en el puño de un chico. Para diseñar el rostro Beck estudió numerosos dibujos infantiles y observó que sus autores siempre se preocupaban por incluir los ojos y la boca, pero raramente la naríz y de ahí la ausencia de fosas nasales de los muñequitos. Las manos prensiles cumplían su más importante objetivo: los playmobiles aferraban todos sus objetos sin que éstos se les cayeran de las manos y eran tan efectivas que incluso se podían aferrar ellos mismos a una saliente de algún vehículo o nave y viajar colgados sin caerse. Además obsérvese este detalle: el playmobil, con sus limitaciones, es uno de los pocos juguetes que tiene articulación en las muñecas y ¿cuál es uno de los principales atributos del hombre? Su capacidad de usar las manos y aferrar objetos. Aquí también hay otra de las claves: los múltiples accesorios intercambiables merced a los cuales se podían mixturar las indumentarias de distintas series y obtener piratas cósmicos, marineros del lejano oeste, o lo que dictara las necesidades del juego en ese momento. El de los playmobiles era un mundo propio que crecía en el rincón de un cuarto infantil, como un tlön que, lento, va cruzándose con el de los humanos hasta absorberlo por completo.

La primera caja de playmobiles que me regalaron fue la de la avioneta. Era un aeroplano monohélice biplaza que llevaba el logo de Lufthansa e incluía 2 muñequitos y algunos accesorios entre los que recuerdo un tanque de combustible con rueditas. Mientras escribía esta última línea me vino a la cabeza, como la magdalena de Proust, el olor de los playmobiles nuevos. Era un olor único, inconfundible, como de un perfume plástico, si tal cosa fuera posible, era el olor de la felicidad en aquellos años infantiles. También me acuerdo de la alegría que experimenté cuando subí los muñecos a la avioneta y le hice hacer una acrobacia aérea poniéndola cabeza abajo ¡Y los playmobiles no se caían! ¿Cómo pudo saber Hans que esa era la dicha máxima para un chico? Mediante un ingenioso sistema, las figuras quedaban como encastradas en el asiento y no había forma de que se cayeran por más destrezas a los que uno sometiera al avioncito. Debo confesar también que no sólo no tuve el barco pirata sino que tampoco lo deseé ni conocí a nadie que lo tuviera (no sé por qué, pero imagino como muy infeliz la infancia del chico al que le hubiesen comprado uno). Mi sueño era la base espacial, que se podía abrir desde el techo, tenía puertas y rampas desplegables e incluía su propio vehículo oruga. Tuve que conformarme con la nave espacial, que era muy parecida al viejo Ford K (o a la inversa, cuando apareció, ese modelo de auto me evocaba a la nave playmobil) con una cabina transparente y turbinas móbiles e incluía un astronauta de traje y casco amarillo y pechera plateada. Mi playmobil favorito, sin embargo, no formaba parte de esas series sino de otra, que apenas recuerdo, sobre un acuario o algo así (tal vez incluyera focas, estoy seguro que tenía aros (¡como los primeros Hoola Hops!) para que los animales pasaran a través de ellos y un megáfono. Se trataba de un playmobil bicolor: pechera azul y pantalón verde, tenía un collar blanco (tal vez de dientes de tiburón) y una boina de marinero azul que casi le tapaba el ojo izquierdo. Ese muñequito era mi héroe; con su megáfono a modo de cañón o con cualquier cosa que pudiera aferrar en sus manos era capaz de vencer en cruentas e interminables batallas a todo el batallón de los anabolizados muñequitos de He-Man y Rambo, superhombres hiperrealistas que caían derrotados bajo el ingenio, la audacia y la astucia de mi querido playmobil.


El principal enemigo de mis playmobiles era mi hermano. Supongo que lo veían llegar, dubitativo aún en sus incipientes primeros pasos, como los habitantes del Japón al siniestro Godzilla que emerge de las aguas. Su objetivo era el mismo: aplastarlos uno por uno. Con el tiempo lo consiguió. Cada vez que se peleaba conmigo, incapaz de hacerme frente por la diferencia de edad, iba a cobrarse venganza con mis juguetes. Así dio cuenta de la avioneta y convirtió a la nave en chatarra espacial. El tiempo hizo el resto y un día yo mismo dejé de jugar. No es que hubiera perdido el interés, pero me pareció que los muñequitos no eran compatibles con los pelos que me asomaban en las piernas y me empezó a dar vergüenza; horror y error del mundo adulto ese de abandonar el juego, porque la pulsión lúdica no se pierde jamás y muchos hijos se convierten tiempo después en coartadas para que sus padres puedan desplegar sus juguetes sin temer a la mirada sancionadora de la sociedad disciplinaria. Los juguetes que sobrevivieron a la debacle fueron a parar al fondo de un cubo del que después no tuve más noticias . Hasta que hace un par de años acompañé a mi señor padre a la casa de mis difuntos abuelos. La casa acababa de ser vendida y el objetivo de la visita era ayudar con la limpieza y revisar la biblioteca en busca de algún ejemplar valioso para el rescate, pero más allá de algunos volúmenes de la colección Robin Hood (casi homólogo literario de los playmóbiles en lo que hace a mi educación sentimental) no hallé nada interesante. La excursión, no obstante, me tenía deparada una sorpresa: al fondo de un armario encontré una bolsa de plástico llena de polvo que guardaba en su interior un puñado de juguetes que yo debía haber llevado algún día con el propósito de no aburrirme en las tardes que pasara allí. La bolsa contenía un cochecito de plástico, un soldado con bazooka al hombro, un musculoso muñeco mutilado del que sólo quedaba el torso y… ¡mi playmobil predilecto! Dentro de esa bolsita el muñeco se había preservado a lo largo de todos estos años como el mosquito antidiluviano petrificado en la gota de ámbar. Me guardé el playmobil en el bolsillo y me lo llevé a mi casa. Lo instalé en un estante de la biblioteca para que custodie a esos torpes remedos de los playmobiles que no tuve y que, como ellos, prometen su propio mundo de puertas adentro y que yo acumulo con el caprichoso afán del coleccionista.

Ariel Idez

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14 febrero, 2009

Teoría de la acción seductiva (5): Sobre medios y mensajes amorosos

1. La tecnología genera su propio lenguaje y sus propios medios de comunicación (no necesariamente en ese orden). Puedo llamar a un amigo por teléfono y decirle “había un poema muy interesante en www.melpomenege.blogspot.com”. Pero en la misma posibilidad de pronunciar o deletrear www.melpomenege.blogspot.com se vislumbra cuánto más eficiente es mandar un mail para contarle esto y dejar el teléfono para arreglar una salida a comer.
2. Una amiga se quejaba del medio mediante el cual los hombres trataban de invitarla a salir: el mail, sus hermanos interactivos (MSN Messenger, Googletalk, Skype) y sus primos móviles, los mensajes de texto. Para ella, ser invitada a salir por mail (o alguna de sus variantes) era de cobardes. Escuchar el goteo del sudor de sus pretendientes por la línea telefónica, sentir la adrenalina, el titubeo, la respiración entrecortada, las risas nerviosas de alguien al intentar formular una proposición con sentido y que haga referencia a alguna salida durante la semana, eso sí era una invitación amorosa. Frente a semejante festín para los sentidos, que te inviten a salir por mail es un pobre sustituto anémico. El mail no resultaba un sacrificio suficiente en libras de carne de pretendiente para poder libar ante un altar tan pretencioso como el de mi amiga. Sin embargo, encuentro en su queja algo de verdad y un tema para que se reflexione en los congresos de donjuanes del siglo XXI. En todo caso, las observaciones de mi amiga se limitan a la invitación a la primera salida, la más importante. Pierden peso con las invitaciones subsiguientes, cuando la tensión amorosa se ha relajado o disuelto.
3. El donjuán debe elegir el medio que transportará su mensaje amoroso como quien elige un arma para un duelo. Habrá restricciones materiales a su elección (que se haya quedado sin crédito el celular, por ejemplo). También habrá restricciones subjetivas a su elección (tal vez, es tan tímido que aún sabiendo que X prefiere que la llamen por teléfono, prefiere mandar un mail o un mensaje de texto porque no tiene ninguna chance de proferir una invitación sin morir literalmente de vergüenza en el intento). Entre los medios a mi disposición para la invitación amorosa, los mensajes de texto suelen ser mis actuales favoritos. Especialmente gracias al celular que tengo, que restringe la extensión de los mismos a la mínima expresión, un haiku. Límite que me dispensa de florituras y barroquismos a los que apelaría si pudiera. Y que más de una vez me han costado quedarme en casa mirando Dr. House un viernes a la noche.
4. ¿Extrañan las invitaciones a salir hechas por teléfono? ¿Es cierto que desde que se inventó el SMS “no quedan más hombres”? ¿O bien son estas quejas hacia la tecnología, nuevos embates de luditas frustrados en sus intentos amorosos? Mañana es San Valentín, así que por favor, dejen sus mensajes amorosos… errrr… comentarios sobre el tema.
5. Bonus track: “Menina bonita / do vestido verde / me dá tua boca / pra matá minha sede” (Manuel Bandeira)

Nacho

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06 febrero, 2009

La música del desierto

Vuelvo a casa tarde, pasadas las once, pero igual me empecino en cocinar el pollo que dejé descongelándose al mediodía. Gajes del oficio del soltero. Mientras arrojo la bandeja al horno y me dispongo a pelar las papas para el puré, activo en la compu el disco Aman Iman de Tinariwen, una banda insignia de las tribus Tuaregs, habitantes del desierto de Mali y nuevas estrellas de ese capricho global llamado world music. Mientras arraso con las cáscaras mi casa se transforma en un fogón subsahariano: una elegante guitarra eléctrica al frente acompañada por un inconfundible sonido “a tribu africana”, estrofas cantadas en un idioma que me es totalmente ajeno y que suena a dialecto ancestral y coros que recuerdan a toda una comunidad cantando y bailando alrededor del fuego en el crepúsculo inmemorial de la humanidad. Todo esto me recuerda la noche que pasé en el desierto. Estaba en plan “viaje subsidiado para judíos pobres” y nos llevaron al desierto del Néguev, al sur de Israel, para que conociéramos a una auténtica tribu de Beduinos. Fue una experiencia ciento por ciento turística, es decir, fraudulenta y propensa al simulacro. Apenas llegamos nos recibieron con unos tés que pelaban y nos sacaron a dar una vuelta a la calesita en camello. Después de la rondita sobre los dromedarios nos instalaron en unas carpas gigantescas y nos sirvieron a cuerpo de rey unas abigarradas bandejas repletas de manjares que devoramos sobre comodísimas alfombras persas cuyo único inconveniente, al momento de retirar los platos y disponernos a dormir, fue que estaban llenas de polvo y me provocaban alergia. ¿Y cómo fue esa noche en el desierto? Pues bien, llovió. Sí, llovió a cántaros, diluvió. Los beduinos lanzaban invocaciones al cielo y decían que aquel fenómeno apenas se daba un par de veces al año. Ahora bien, en mis pagos llueve cada dos por tres, habría preferido una noche común y corriente en el desierto en la que me fuera dado salir de la carpa, asomarme al cielo plagado de estrellas y fumar tranquilo en lugar de estar escuchando el estrépito de los truenos y sufriendo las innumerables goteras de la carpa que hacía agua por todos lados y no es para menos ¡si era una carpa diseñada para el desierto! Ahora que mi hermano está por allá usufructuando la misma treta (somos pobres pero no boludos) me pregunto si él también será llevado ante los beduinos para que le monten su show y si podrá gozar de una auténtica noche en el desierto, una noche en la que el desierto cumpla con su palabra y no devenga vergel. Mientras tanto, mi casa, al calor del horno donde se dora el pollo, ya ha alcanzado una temperatura digna del Sahara al mediodía. Escapando de estos repentinos calores, me refugio en mi balcón, que me regala una amplia vista del cielo porteño. Miro el cielo y pienso, embobado, si será el mismo cielo que miran ahora los Tinariwen en el medio del desierto de Mali mientras entonan sus canciones pop rituales, aunque probablemente estén bajo el aire acondicionado de la oficina de una compañía multinacional firmando contrato para su nuevo disco.

(...) En mi tierra no hay pastos para las vacas y las cabras
Es un país para la camella y su camellito
En el Teneré al norte de Ebouss
No hay nada
Ni un árbol, ni una brizna de hierba
Y siempre hace calor (...)

Mano Dayak (del álbum Aman Iman)

Ariel Idez

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