El Mate Tuerto
"Se fingirá el saber que no se tiene."
20 mayo, 2013
30 abril, 2013
Tócala de nuevo, Sánchez.
23 enero, 2013
Ojo que no soy de fierro
27 noviembre, 2012
18 éxitos
Ariel Idez
3 cortes de 18 éxitos para el verano
ponéle
si yo tengo una fiambrería
y estoy con el queso todo el día
comiendo queso cortando queso
esto es lo mismo
te echan te indemnizan
comprás un auto, lo ponés a remisear
al tiempo estás remiseando vos
¿qué vas a querer ir a la costa en coche?
el moco y alberto
seguridad rumiante entre los dedos
las yemas de alberto moldean una bolita
se detiene y la escruta:
asoma un pelo blanquísimo, lo observa
algo está pensando
es raro el mundo en la nariz
tuvimos un perro esas vacaciones
le pusimos colita pero
respondía cualquier apodo con tal de comer
01 octubre, 2012
El Heavy Nacional
21 septiembre, 2012
Ema antes de ser cautiva
29 junio, 2012
Zindo y Gafuri a sala tomada
De la nada veo surgir la figura de Mauro Lo Coco y lo abrazo como a una tabla de salvación pero es una tabla de Surf y me lleva a recorrer en la espuma de la toma cada rincón de la Sala Tomada, vamos y vemos el espectáculo en curso: dos clowns pronuncian chistes sin gracia y, no conformes, los repiten con ligeras variantes, como si en la persistencia se hallara oculta la gracia (lo que en parte es cierto). Salimos y volvemos sobre nuestros pasos por el pasillo. Lo Coco dice que alguien le prometió un mate, vemos una puerta amarilla sin picaporte que tiene pegado un cartel con una flecha: “entre por la puerta blanca”, alguien sale y nos dice que entremos por ahí. El lugar se conduce con la lógica onírica del tercero no excluído. Entramos en lo que en algún momento debieron ser “oficinas administrativas”, un grupo de adolescentes hablan tocan la guitarra comen bizcochos se besan cantan pero pasamos de largo Lo Coco abre otra puerta y accedemos a una suerte de despacho en el que están otros dos poetas de la editorial: Cecilia Eraso y Nicolás Pinkus, junto a un muchacho alto, de rasgos finísimos y una elegancia inusitada: zapatos café de cuero, pantalón de vestir, saco entallado y un colorido chal de seda; sus dos manos posadas sobre un paraguas de metro y medio que sostiene en vilo su peso, parece puesto ahí por Magritte o Bretón, a juzgar por el contraste que provoca su mera presencia. Pinkus seba mate y Eraso le hace comentarios al muchacho sobre su campaña para una conocidísima y supercool marca de ropa (que recuerdo pero no rebelaré) y después le pregunta si es cierto que se va a China a lo que el modelo de haute couture responde que sí y yo, que siento una profunda envidia por la gente elegante y atildada le digo que va a poder ver a Gio Moreno y el muchacho, sin incomodarse ni levantar una mano de su paraguas responde:
Del amor nada sabía salvo que dije
te quiero
aquella noche en la escalinata del hospital y llovía.
*
Querida:
En el aire suspendido sobre la delicada luz de la plaza bajo los jacarandás
hace diez años
que me recuerdes todavía.
Para el final los ZyG se reservan a Lo Coco al que medio en joda, medio en serio, han proclamado “el secreto mejor guardado de los ‘90” y Lo Coco anuncia que va a leer poemas del siempre a punto de publicarse 18 éxitos para el verano y otros de un libro que cree que no va a publicar nunca porque es muy melancólico cuyo ilustrativo título es Mi sabiduría es arruinarla. Me gustan mucho las lecturas de Lo Coco porque el público no sabe lo que le espera y su reacción suele ir de ¿Esto es poesía? a ¡Esto es poesía! El vate de la Paternal lee algunos poemas cortos, como el hit de la heladera descompuesta de 18 éxitos
la cataforesis helada del tiempo
se escuda el alma pura del metal
30 mayo, 2012
11 abril, 2012
¡Tengo miedo, nene!
La primera vez que vi a Garcés fue hace como ocho años, en la mesa de saldos del Carrefour de Vicente López. Era marrón y blanco, con ojos tristes y gesto fiero. Había un si es no es perruno en su expresión.
GARCÉS HACE OCHO AÑOS
La cosa es que me lo llevé a casa. Y más temprano que tarde, me encontré escapándome “a hurtadillas” de Vila-Matas –en su modalidad “Dr. Pasavento”- para correr a los brazos de Garcés.
¿Por qué? Porque el libro en cuestión –“El Futuro”- hacía conmigo eso que los críticos llaman “interpelarte”. El tema era la relación padre-hijo, un tema al menos recurrente para todo varón de cualquier edad. Lo meritorio del planteo del libro es que el narrador no era el hijo, sino el enemigo: el propio padre.
Para peor: acá, el conservador es el hijo. Y el padre –liberal, libertario, contra toda sujeción y atadura y represión y constreñimiento básico a su libertad básica- se mortifica con el hecho irrisorio –pero también cacofónicamente irritante- de que su hijo encarne y abrace todo lo que él detesta, todo lo que él combate. Por ejemplo, y en particular: el matrimonio. La novela empieza con un padre que llega a un aeropuerto para estar en el casamiento de su hijo. Lo recibe el propio hijo. Y su des-pam-pa-nante mujer.
Con tu nuera no, papá.
Con lo que quiero decir, también, es que con los padres no hay caso: siempre van a estar en contra tuyo. ¿O es al revés?
Con Garcés me pasa algo parecido a lo que me pasa con Linklater. Más exactamente, con el Linklater de “Antes del Amanecer”/“Antes del Atardecer”: siento que es el libro (la película) que necesito leer (mirar) en ese-preciso-momento. Y prepararme para una actualización en diez años.
Yo no soy amigo de Garcés. Pero como cualquier hijo de vecino, tengo amigos. Así que este comienzo de novela: “Es raro: en la literatura moderna, la amistad no aparece mucho”, me metió de cabeza en “El Miedo”: la historia –el libro- en cuestión.
Pero el comienzo es un caza-bobos.
“El Miedo” es la nueva novela de Garcés, y sale ocho años después de “El Futuro”. “El Futuro”, a su vez, salió algunos meses antes que “El Pasado”, la novela de Pauls. “El Pasado” es una novela de amor, con todos los peros y las aclaraciones de rigor.
Como “El Miedo”.
“El Miedo” es el ajuste de cuentas de “El Futuro” con “El Pasado”.
Después de ese comienzo, la amistad no vuelve a tomar el centro de la escena nunca. O casi nunca. “El Miedo” es una novela de amor, o de desamor –que es la forma más efectiva del amor en literatura. A diferencia de “El Pasado”, acá la narración está a cargo del protagonista. A diferencia de “El Futuro”, acá la historia no está contada por el enemigo. El protagonista es el propio Garcés, o eso nos hace creer. (Y no importa que el “Gonzalo” de “El Miedo” no corresponda palmo a palmo al “Gonzalo” de “La Realidad”.) La historia se narra desde el futuro de la pareja ya rota, diez años después de empezada, con dos hijos en el camino, con marchas y contramarchas, con hijaputismos y persecuciones, con amor apasionado de una y otra parte, en diferentes momentos, con ternuras, grisuras y entremeses, con un mundo visto a través de los ojos de un hombre que tiene ojos para una sola mujer –aunque tenga ganas de muchas más.
Acá, la cosa es a corazón abierto. Con reflexiones temblequeantes y certeras en medio de una road movie global. Porque esta pareja no deja el culo quieto por más de dos o tres años. Así que pasan de París a Barcelona a Santiago a Buenos Aires a Saint-Nazaire a Barcelona.
De todas formas, que quede claro: lo que importa acá no es lo que pasa. Es, más bien, lo que le pasa al narrador. Un narrador que habla a calzón quitado. La historia está plagada de sufrimientos: como cualquier historia de amor. Digo: no esperen otra “Romeo y Julieta” o “Las relaciones peligrosas”. Porque Garcés necesita esa historia de amor particular, y como cualquier otra, para explayarse, para contar un duelo mientras se lo hace, para hablar hasta por los codos. En verdad, Garcés usa la historia de amor como pista de baile para tirarse un paso.
Garcés tira muchos pasos. Cambia de primera a tercera persona; juega reiteradamente con la idea de que los personajes ahora son personas, ahora son personajes, ahora son personas (“observemos cómo la identidad se solidifica en personaje”, “mi personaje, en nuestra historia, había cambiado”, en fin: “todo esto, por supuesto, es ficción”); marchas y contramarchas (“aunque pensándolo bien, ¿por qué no contar también el viaje?”); metareflexiones encubiertas (“¡Cora narraba tan bien!”, “decepción de la forma del relato de amor”); chistes (“Pero acá está ahora el culo de Dorotea. Una realidad sobre la que apoyarse”). Y, además, una voluntad descomedida de argentinismo. Como dijo Casciari en la presentación, Garcés suelta la mano. Lo que sale son pepitas de argot. A lo largo de la novela, Garcés dice:
Rea
Cogerse al macho
Los que estaban en la pomada
Ratero
Un boliche
Un tipo cinco pesos mejor
Una pavada, y otra pavada
Una garúa
Decía el nabo letal
Va fangulo
Y para final, el final. Que no está al final, sino un capítulo y diez páginas antes. ¿Qué es? Un diálogo que mezcla charlas de toda la historia de la pareja, que muchas veces son la misma, en la que más de una vez Gonzalo le dice a Cora (porque ella se llama “Cora”)
-Cora, creo que ya no me querés
Y Cora:
-¡Te quiero más que a nadie en el mundo!
Así una y otra vez. Hasta que a un
-Cora, creo que ya no me querés
Cora responde
-Es verdad, ya no te quiero.
Matías Pailos
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