El Mate Tuerto

"Se fingirá el saber que no se tiene."

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Nombre: El Mate Tuerto
Ubicación: Argentina

16 diciembre, 2011

Presentación A la santidad del jugador de juegos de azar


Tres semanas atrás, Ricardo Strafacce, lector omnívoro a cuya atenta mirada no escapan ni los resultados de la quiniela, advirtió que el primer premio imitaba –en la mimesis perfecta de las cifras– a los últimos dígitos del teléfono de su socio. Al otro día, la situación se reeditó con el número de una mujer muy querida y, como lo que sucede dos veces, se repite indefinidamente, intuyó la inminencia de una serie. De inmediato empezó a jugarle a las últimas cifras del número de teléfono de su casa, después del de su celular, más adelante el de sus hijas, su ajada agenda se había convertido de pronto en un criptograma de la fortuna. Entonces, claro, acertó dos cifras y levantó unas centenas de pesos. No conforme, continuó, duplicando la apuesta como lo haría un obrero tipógrafo: apostó a los números de adelante hacia atrás y de atrás hacia delante. Y, claró está, acertó tres cifras con el número invertido y casi le pega a las cuatro. Se alzó con varios miles (lo puedo contar porque estamos entre amigos, creo) y escribió una nueva página en el santoral pagano de los jugadores de juegos de azar, que rezan sus salmos con la misma prosodia con la que se escancian los licores en el templo del Varela. Conjeturo que La santidad del jugador de juegos de azar consiste en eso: hacer jugar a las circunvoluciones caprichosas del azar en el orden de un relato, tal como nosotros hacemos con los hechos aleatorios de nuestra vida; sólo que el jugador va al hueso del asunto, al germen mismo del procedimiento, recomenzando una y otra vez, reconstruyendo hacia atrás y hacia delante, acordándose del porvenir, proyectando un nuevo pasado, para pre-ver el arcano del próximo número, la cifra ganadora que lo sacará de pato pero que –como decía Carlos de la Púa- algún día tendrá que joderlo. Siempre en procura de colgarle el cascabel del sentido a la bestia salvaje del destino (no hacer falta insistir en que destino y sentido son anagramas) y, en ese afán tan heroico como imposible, perderse, volverse santo en el goce extático de su martirio.



Voy a contar una anécdota que ya conté en otro lugar pero que hoy, creo, vale la pena traer a cuento. El día que conocí a Héctor Libertella, en este mismo bar, estaba sentado con Ricardo Strafacce a la mesa presidencial y junto a Javi, el mozo, se pusieron a hablar del casino. En un momento de la charla alguien mencionó la novela El jugador de Dostoievski y Ricardo recordó una escena en la que el protagonista, ya completamente jugado a su a-dicción, cuida de una anciana inválida y la lleva, en silla de ruedas, hasta el interior del casino y ahí comprende que se ha convertido en un jugador. Entonces Héctor comentó: “Sí, pero si esa novela la hubiera escrito yo, el tipo habría tumbado a la vieja para echar a correr la bola sobre la rueda de la silla”.

Cuando Héctor hablaba de este libro que hoy estamos presentando me acuerdo que se reía del chiste que había hecho: “La dedicatoria se corrió al título”, decía y soltaba la carcajada, como si esa broma bastara (y basta) y sólo solicitara un libro que viniera a justificarla como hecho social, literario y de mercado, ese mercado de un solo lector riéndose a mandíbula batiente que el mismo Héctor nos enseñó a divisar en los pliegues del Mercado con mayúsculas. De desplazamientos así, está hecha su obra. Si el narrador de El uruguayo, de Copi le pedía a su maestro que fuera borrando a medida que leía, con Libertella asistimos a la evaporación de la prosa; sus libros son artefactos alambicados que destilan el extracto literario gota a gota. La escritura de Libertella desaparece ante nuestros ojos, deviene fantasma y al leerlo tenemos la misma impresión que nos estremece cuando percibimos un movimiento en el borde de nuestro campo visual, al límite del punto ciego y, al girar la cabeza no vemos nada y sólo nos queda la sensación inquietante de que algo estuvo ahí: el fantasma de una presencia.

A la santidad del jugador de juegos de azar es en parte una incursión en el género de las “Vidas imaginarias”, esa vertiente inaugurada por Marcel Schwob, -si no antes por Plutarco-, que Borges retomó en su Historia universal de la infamia y Willcock llevó a la cima en La sinagoga de los iconoclastas. Así, en A la santidad, asistimos a las vidas imaginarias (como si alguna no lo fuera) del cowboy Bill Flitner, el jugador Herbert Louis, el político italiano “Lobo” Desimone o el polaco Goyeneche, entre otros. Dije que es “en parte” un libro inscripto en esa tradición porque éste es, además, al mismo tiempo y sobre todo un libro de Héctor Libertella, lo que significa que contiene, espectralmente, toda su obra; ese eco de un sonido que todavía no se produjo con el que Héctor definía a la literatura. Todos sus libros son reescrituras de reescrituras, huellas de huellas que borran todo origen posible al cual remitirse, la obra escrita por un feto de cien años, una obra hecha de repetición, variación y divergencia que abunda en reenvíos, puentes, pasadizos, citas, copias, simulacros, alucinaciones, entre un texto y otro hasta volverla menos una obra que un sistema de relaciones y, como Héctor mismo dice en este libro: “nada más sólido que organizar un sistema de relaciones”. Cito apenas dos ejemplos: en el final de Herbert Louis, Héctor escribe:

Mientras está sentado en su inodoro, las luces de un póquer electrónico en el baño se obturan ahora sí y ahora no. Como pujos de un vientre que busca sacar eses.

Es claro que esas “eses”, escritas sin hache y con la letra “ese”, remiten a los “ases”, como la mierda fértil de la máquina blanda del juego, el mismo procedimiento que nos enseña casi didácticamente Libertella cuando nos explica por qué la hipálage de los “ojos abigarrados” del verso de Borges sería perfecta si estuviera escrita con v corta (“ojos avigarrados”, es decir, llenos de vigas), y cifra en ese desplazamiento de la v a la b, la distancia entre un Vallejo y un Borges. Pero, al mismo tiempo, podríamos operar otra permutación y transformar el “sacar eses” en “secar heces”, tal como hace Rassam, el personaje de Diario de la rabia, al final de ese texto sobre la traducción que era imposible de traducir. Rassam secaba heces para convertirlas en tablillas y ofrecérselas a los arqueólogos para “vender la verdad como si fuera mentira”. Y, una vez inmersos en este juego de remisión infinita, podríamos volver de aquél texto al éste con un “Secar ases”, con lo que tendríamos toda una teoría del arte del fraude como prestidigitación.

El otro ejemplo es más simple, pero creo que ilustra mejor el pathos de la escritura libertelliana. En el árbol de Saussure, en un capítulo no casualmente llamado “Fantasma” (esa figura que le es tan afín) Libertella dice:

Escribir no es como pintar, donde uno agrega. Lo que el lector ve no es lo que uno pone en la tela. Escribir se parece más a la escultura, donde uno saca, elimina, para hacer visible la obra. Pero esas páginas que uno elimina permanecen de algún modo. Hay diferencias entre un libro que tuvo doscientas páginas desde el comienzo y otro de doscientas que es el resultado de un original de ochocientas. Esas seiscientas páginas están allí. Sólo que no las vemos.

En este libro que hoy presentamos podemos avizorar la figura del fantasma. Si consultan el índice podrán ver que entre el capítulo de Herbert Louis, en la página 23 y el de Goyeneche, en la 29, se anuncia otro capítulo titulado “Góngora. Nada de lo humano”, que por supuesto, no aparece nunca, es un capítulo fantasma, seguramente la pieza clave que hace funcionar todo el texto; pero por esta vez el espectro ha quedado capturado en el índice, y también en la introducción, cuando Libertella, tras presentar a sus personajes escriba: “Góngora será el destino de todos ellos: ni siquiera aparece en este libro”. Bueno, digamos que aparece en su forma de desaparecer, de evanescerse.

De estas alusiones y elisiones está hecha la obra de Héctor. Así fue construida, con una paciencia infinitesimal, ladrillo a ladrillo, piedra sobre piedra, por esos dos obreros del sueño: condensación y desplazamiento; sus textos son el sueño lúcido que alucina la Literatura Argentina cuando sueña despierta. Qué mejor que terminar con sus palabras:

“Desde entonces aprendí que la literatura es ese ir y venir sobre una huella que nadie eligió. Como el alcohólico o el jugador de juegos de azar, tal vez el escritor sólo escribe por escribir”.



Ariel Idez


*Texto leído en la presentación de A la santidad del jugador de juegos de azar, de Héctor Libertella y Crímenes perfectos, de Ricardo Strafacce, el sábado 26 de noviembre de 2011 en el bar Varela-Varelita.

2 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

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16/12/11 19:26  
Anonymous Anónimo dijo...

Ja, ja. A Héctor Libertella seguramente le habría resultado interesante este comentario enviado por algún algoritmo buscapalabras claves. No me queda claro si propone jugar sin invertir dinero o si el dinero es la inversión del juego. Promete ganancias reales (yo creo que lo real va a pérdida, sólo hay ganancia en lo imaginario).

19/12/11 17:41  

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