El Mate Tuerto

"Se fingirá el saber que no se tiene."

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Nombre: El Mate Tuerto
Ubicación: Argentina

30 noviembre, 2006

La otra mujer

Justicia. No venganza. Justicia.
Hacia fines de los años setenta de un siglo ya extinto, un niño (dos, cuatro años) jugaba en el balcón del departamento que habitaba, en un piso 12, con vista al río, con su nueva y primera mascota. ¿Qué quiso hacer? No lo sé. Quizás él tampoco lo sepa. Suele contar que quería determinar si la mascota podía volar. Los hechos, inasibles en recuerdos que no son los míos, parecen haber sido los siguientes: el chico ubicó al otro animal en la cornisa del balcón, y lentamente, lo empujó hacia el enorme espacio sin suelo. Finalmente, el otro animal cayó. Quizás tuvo suerte. Quizás murió de un paro cardíaco antes de devenir un charco amarronado en el centro de un blanco con restos dispersos de caparazón en punta. Pudo haber matado a otros. Pudo, por caso, haber matado a su padre mientras ingresaba al garage a la busca de un desvencijado automóvil. Pudo, quizás, haber matado a otro como él: a otro infante. Pudo, si hubiera gozado de algún sentido de la simetría, haber trepado las rejas que lo separaban del espacio sin red, y haberse lanzado tras la mascota. No lo hizo. No, y nada más pasó. Salvo la mascota. Salvo el otro animal. Salvo mi hermana muerta.
No recuerdo cómo es que fui a parar a ese hospital. Solo sé que mi dieta constaba únicamente de bolitas amarillas de gusto resinoso. Sí recuerdo al responsable del hospital tomándome entre sus manos y depositándome en una celda sin barrotes, a la que procedió a sellar por arriba. Estaba completamente a oscuras. Es la muerte, dije para mí. Guardé las extremidades, guardé mi cabeza, y me dispuse a esperar el final.
Desperté en un balcón. Dos niños, dos pichones de gigante jugaron con mi cuerpo. Más bien temprano, se hartaron de mí. El mayor, de mi misma o parecida edad, alrededor de 10 años, siguió mirándome con interés. Algo anhelaba. Un deseo insatisfecho. Una redención incógnita. Era el asesino.
Años más tarde, otra vez fui sepultada. Quizás fuera, esta vez sí, la muerte. Tampoco. Se me ubicó en un patio cuadrado, feo, sin vista a la ciudad, sin acceso al río. Cada una de mis fuerzas tenía la misma dirección, el mismo sentido, y el sentido y la dirección eran la reparadora justicia. Buscaba desesperadamente adentrarme en los misterios de ese hogar homicida, lo acechaba sin descanso, sin cejar en mi propósito. Nunca pensé en nada. Era pura acción.
Hubo otro encarcelamiento. La liberación se resolvió en éxtasis. Por vez primera pisaba tierra viva. Por vez primera, mis garras podían hendir el suelo y avanzar con furia. Me sentía libre, aunque no lo fuera. Solo lo sería si obtuviera satisfacción a mi único, monocorde y monótono deseo. Soy, aún, un alma en pena.
El jardín en el que fui ubicada era enorme, y no me cansaba de recorrerlo. El asesino de mi hermana se dignaba cada tanto confrontar conmigo. Me arrinconaba, se agachaba ante mí… y me acariciaba la cabeza. Un mullido hormigueo recorre entonces mi espalda. Caigo en la inconciencia y sueño con machos que se posen sobre mí y me hacen mujer. Sueño con hijos rompiendo el cascarón e invadiendo el jardín. Con miles de ellos. Quiero soñar con matar a mi enemigo. No puedo. Algo me lo impide. Me despierto sudando, en un grito mudo.
Aquí empecé a pensar. Aquí concebí proyectos. Designios justicieros, todos impracticables. Todos, salvo uno.
Arriba del jardín, en uno de sus recovecos, se cierne un balcón. Si un proyectil cayera sobre la cabeza de un gigante, eso significaría su muerte. El gigante puede ser el asesino. El proyectil puedo ser yo.
Todavía no logro entender cómo alcanzar ese balcón. Todavía intento inmiscuirme dentro de la casa. Sin éxito. Solo por ahora. Queda tiempo. Queda toda una vida. Sé, con la fe que otorga un querer atemporal, que el milagro me será concedido. El precio a pagar habrá valido la pena. Mientras tanto, aguardo, espero. Miro, especulo. Camino, actúo. Aguardo, espero. Miro, especulo. Camino, actúo. Aguardo, espero…

Gerda

7 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Aterrador, Pailos, aterrador. Ya no podré ver a Gerda sino a través de este post. Abarzos, Cobiñas

30/11/06 18:35  
Anonymous Lectora dijo...

Qué hermosura. (Digo, "qué poder expositivo")
Bes.

1/12/06 01:09  
Anonymous s. dijo...

Ya lo dijo H. H. (¿Navokov? ¿Sócrates o Platón?): "You can always count on a murderer for a fancy prose style".


PD: Me disculpo por haberme ido sin saludar el otro día. Me sentí mal y salí y no volvimos a entrar. Lo saludo ahora. Que esté bien, Pailos.

1/12/06 12:17  
Anonymous Matías Pailos dijo...

vengo de encadenar a mi tortuga. Las prevenciones, en este caso, nunca son demasiadas.

S: una vez más, me siento descubierto. Pero creo que a esta altura es cosa mía.
Con respecto a lo otro, no se disculpe. Yo también me perdí entre la gente.

2/12/06 13:09  
Anonymous Zedi Cioso dijo...

A usted sí que "no se le escapó la tortuga", querido amigo.

5/12/06 12:43  
Anonymous Anónimo dijo...

tengo miedo. Cada día corre más rápido.

5/12/06 21:35  
Anonymous Anónimo dijo...

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