El Mate Tuerto

"Se fingirá el saber que no se tiene."

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Nombre: El Mate Tuerto
Ubicación: Argentina

18 febrero, 2010

Memoria del agua


a F.G.V.

Me pasé todo el santo día mirando el cielo, preguntándome cuándo iría a largarse, pero alguien parecía haber puesto la tormenta en pausa, y el aguacero, aguantándose, no se precipitaba. Me explico: la extraña naturaleza de mi trabajo predica que, si llueve, yo descanso. Saboreando el franco a flor de piel, con la anticipada angustia de qué hacer con esas inesperadas horas libres miraba hacia arriba el cielo que, impertérrito, frustraba cada uno de mis planes. A las nueve de la noche, ofuscado, finalicé como siempre, como todos los días, mi jornada laboral ya convencido de que el diluvio sólo caería sobre algún otro de los mundos posibles y me apliqué a mi rutinaria rutina de gimnasio. A la altura de los pectorales comenzó a chispear, a los dorsales llovía en forma, a los hombros se había desatado una fuerte tormenta, a los bíceps era el diluvio universal.
Cuando me dispuse a abandonar el gimnasio descubrí el río aluvional, correntoso, de porte amazónico en que se había convertido la avenida Dorrego. Como en aquel cuento de Ballard, todas aquellas avenidas que alguna vez fueron un mar precámbrico recuperaban su antidiluviana memoria del agua. Mi madre me inculcó el puntual terror a morir bajo los peligros que trae la inundación: el electroshock del cable pelado que eriza las aguas; la desaparición ingente, tragado por la poza abierta que deja la tapa levantada de la bocacalle y hasta la exótica agonía por la picadura de un ofidio que viaja aguas abajo camuflado en un camalote. Que no hubiese dado, sin embargo, por tener un kayak para remontar Dorrego a favor de la corriente que corre al encuentro del río, como si surcara un arroyo subsidiario del Delta, ametrallado por los haces de luz que se cuelan entre la sombra de los sauces. Volví al gimnasio y esperé cuádriceps, isquiotibiales y tríceps. Ya no llovía pero el cielo seguía cerniendo sobre nosotros la amenaza gris de desplomarse. Los colectivos surcaban Dorrego como si fueran anfibios y levantaban una gruesa marejada que se precipitaba hacia las orillas, a las puertas del club y cubría las máquinas de correr, las máquinas de estirar y las máquinas de hacer fuerza, ahora todas anegadas. Me arremangué los miedos y salí con el agua a las rodillas, sintiendo sobre las piernas la convicción del agua que pugnaba por llevarme. Evitando las zonas profundas me las ingenié para ganar las Tierras Altas de Luis María Campos y abordar un 15 que tardó su línea en minutos para decidir qué camino tomar en trance de atravesar las aguas.
Ya sorteado el lago de Pacífico, los taxis devenidos vaporettos, los conductores lamentándose a viva voz, en la esperanza de verse redimidos al menos por una tapa de matutino que los ilustre voceando su tragedia, no hubo más contratiempos. Me bajé en Scalabrini y Corrientes y empecé a caminar en dirección a Juan B. Justo. La ausencia de autos sobre la avenida me advirtió que algo andaba mal. Al fondo divisé las intermitentes luces de los vehículos de auxilio y un amontonamiento de gente asomada a la nada. A cien metros del piquete comencé a hacerme a la idea de que todavía faltaban más peripiecias para regresar a Itaka. En eso estaba cuando creí reconocer el rostro familiar, reconcentrado, casi hecho para sostener la dignidad en la catástrofe de mi amigo Playmobil Hipotético. Me creí víctima de una alucinación propiciatoria (PH vive en Parque Patricios), pero volví a mirar y ya no tuve dudas. PH caminaba en medio de la avenida mirando hacia abajo mientras rumiaba su mala suerte. Podría haber pasado junto a mí sin haberme reconocido. Le chisté y se detuvo. Nos quedamos un segundo mirándonos en silencio, sorprendidos por ese alivio tan humano y tan propio de la ficción de reconocernos, amigos, entre los sobrevivientes del desastre y yo le dije “Obvio, tenías que estar acá” y nos dimos un abrazo y nos reímos y repasamos todos los acontecimientos accesorios, prescindibles, que nos condenaron a quedar a merced de la tormenta y más allá la inundación. PH había huído del naufragio de un 65 que no pudo con la correntada de Juan B. Justo y acababa de vadear el espejo de agua que dividía Corrientes, entre Thames y Gurruchaga. Nos atrincheramos en el San Bernardo, un bar centenario que incluso en las noches estrelladas constituye un auténtico refugio. Charlamos largo y PH volcó su vaso de cerveza para que ni siquiera en ese interior protegido el agua dejara de correr. A la salida nos despedimos “hasta el próximo desastre natural”. Ya casi no quedaban vestigios del agua y los autos habían vuelto a apoderarse de Corrientes. De regreso a casa me tragó el pozo abierto de la última bocacalle. Sé que mis amigos irán a echar flores a las alcantarillas.

Ariel Idez

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9 Comentarios:

Blogger julieta dijo...

jaja... geniales ambos relatos!! no habría que hacer un link al de PH?? en serio fue para tanto?? yo estaba en mi casa. se me cortó la luz, pero eso fue todo. y como no tengo tele, no pude ver ninguna imagen de la ciudad...

besos!

18/2/10 16:16  
Anonymous Matías Pailos dijo...

lamento no haber estado ahí, hundido en el asfalto, con el agua hasta las rodillas, las pantorrillas y el peroné. ¿Por qué las cosas que pasan siempre pasan en otra parte?

PD: Facu no podía perderse esta. Es un imán de odiseas urbanas.

18/2/10 17:41  
Blogger Playmobil Hipotético dijo...

por supuesto, Idez, estaremos ahí todos los 16 de febrero, anegando las alcantarillas con hojas de novelas de Aira.
Es obvio lo que voy a decir pero la unión de dos catastrofes (sí, me gusta exagerar los sufrimientos propios y ajenos) hace que la historia individual se convierta en historia nacional. Quizás, lo único que necesitaban los ciudadanos de las inundaciones en Ballard era no un escritor, sino dos. Temdríamos que ir a vivir allí.

18/2/10 20:45  
Anonymous Ariel Idez dijo...

Gracias por el consejo, Julieta, ya linkeé al post de PH y sí, fue para tanto y para más también.

Matías, te doy una pista ¿no será que pasás mucho tiempo guardado en tu casa? como dice Lamverga, un lugar desde donde "encastillarse y mirar".

Sí señor PH! Historia Nacional y, si me permite, Popular. No hace falta que nos mudemos a un relato de Ballard, parece que ya hace rato estamos viviendo ahí.
Abrazo en la tormenta.

19/2/10 10:48  
Blogger Cece dijo...

hola ariel,
yo estaba en luis maría campos cuando se desencadenó la tormenta, ¿viste pasar por la avenida los camiones de bomberos arrastrando gomones?

21/2/10 03:07  
Blogger Cece dijo...

Este comentario ha sido eliminado por el autor.

21/2/10 03:07  
Anonymous Ariel Idez dijo...

Hola Cece, no, no vi los camiones llevando gomones, pero ojo que hablo de la tormenta del lunes-noche y no de la del viernes-tarde (a esta altura con tantas catástrofes recurrentes vale la pena aclarar). Incluso un amigo me sugirió que, dadas mis habilidades natatorias haga una intervención en la próxima crecida y, muñido de malla, gorra y antiparras acometa el "cruce de la Av. Santa Fe" a nado.
Besos

21/2/10 15:13  
Blogger Cece dijo...

jaa
sí, y yo estoy tomando clases de esquí por si vuelve a nevar en ba. Slds!

21/2/10 20:50  
Anonymous Anónimo dijo...

Ariel en malla?? Cuándo es la próxima alerta naranja???

22/2/10 17:26  

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