El Mate Tuerto

"Se fingirá el saber que no se tiene."

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Nombre: El Mate Tuerto
Ubicación: Argentina

15 septiembre, 2010

El Nestornauta


Me mató.
Así dicen los pibes:
—No, me mató, hermano.
Yo venía caminando por las calles de mi barrio la semana pasada y empecé a ver los afiches. Convocaban a un acto partidario con una suerte de verso encabalgado: Néstor le habla a La Juventud le habla a Néstor. La serie de afiches mostraban un Néstor blanco y negro sepia militante, un Néstor en colores Warhol pop; nada del otro mundo pero entonces vi algo que me hizo detener la marcha. Salvo Juan, Juan Salvo. El personaje del Eternauta saliendo con su traje de buzo remendado y su fusil de matagatos a la nevada mortal salvo, Juan, que dentro de la luneta, salvo que no estaba, estaba la cara de Néstor. Néstor. Néstor.

El Nestornauta.

Y me hizo un ‘click’ en la cabeza y supe que ya está, que ya estaba, que esa historia siempre tan afín a la mística peronista, empezando por esa reunión de amigos proféticamente tan cercana a la reunión de los perejiles (en la misma zona norte) que levantan y fusilan los esbirros de Aramburu, pasando por la resistencia y llegando hasta los cuadros de Santoro en los que los copos de nieve hacen las veces de bombas sobre la Plaza de mayo en el ‘55. Todo, todo ese coqueteo había quedado finalmente abrochado. Se termina de saber lo que ya se sabía:
El eternauta es peronista.

Yo sé que muchos pondrán el grito en el cielo de las viñetas pero igual me sorprendió que un ex presidente pudiera calzarse el sayo de superhéroe nacional y popular, que su imagen soporte esa osadía juvenil de cruzar al hombre en vida con el mito del imaginario. Y, como para sumarle más suspenso a la historieta, tres días antes del acto, en plena avanzada sobre el Capitán Magnetto (no, si parece joda) nuestro héroe sufre por su corazón débil y le tienen que implantar una serie de artilugios tencno-biológicos para destaparle la manguera de nafta y ahora se asemeja más a Iron Man o el Hombre Nuclear que a nuestro Salvo y la prensa (¿alguien advirtió que en las historietas la prensa suele ser enemiga de los super-héroes, difamándolos o buscando a toda costa revelar su identidad secreta?) conjetura y se relame sobre la salud del ex mandatario.
Pero el lector ya se acostumbró a leer en las portadas menos las noticias que las expresiones de deseos de grupos económicos con sus intereses bajo amenaza.

Kirchner está a Salvo.
Eso dice, “el parte oficial”.
Protegido por el traje, embutido en la escafandra, alimentado por la pila atómica, va a levantarse y andar hasta el Luna Park, pero, mutatis mutandis, va a ser su mujer la que tome la palabra. Ahora ¿Será Néstor el que llore sobre la hombrera de tu tailleur si su salud lo obliga a un “renunciamiento histórico”? La Argentina es el país de la representación.
El Kirchnerismo es un movimiento no apto para iconoclastas.

Hoy, martes 14 de septiembre, es el día del boxeador. Se celebra por aquella mítica pelea en la que Luis Ángel Firpo sacó al campeón del mundo, Jack Dempsey, afuera del ring de una trompada. Pero el capitalismo foráneo no quería campeones sudamericanos, así que veinte segundos después Dempsey volvió al ring y liquidó el combate. En el día del boxeador, Néstor se presenta en el Luna Park para seguir dando pelea.
Son las seis de la tarde y desde la estación Alem ya se escuchan los bombos. Al asomarme por la boca veo una escena que parece montada por Leonardo Favio para su próxima película: bombos, banderas y militantes se agolpan en la puerta del Luna. Detrás, en los edificios de Puerto Madero, alguien descorre una cortina y atisba la escena. A un costado, un puesto vende hamburguesas y choripanes libres de grasas trans versales. Veo llegar por Bouchard la columna de los Putos Peronistas: “Tortas, Trans, Travestis y Putos del Pueblo”. Frente al Luna, el puesto de la agrupación virtual “Negros de Mierda” ha agotado su stock de remeras “a voluntad” con las siglas NDM. El peronismo es también esa máquina de resignficar que transmuta el vituperio en seña identitaria. En la boletería hace un par de horas han colgado el cartel de “Sold out”, algo que ya desearían Marco Antonio Solís o Andres Ciro, estrellas próximas a actuar sobre las tablas del mismo escenario.

Para los que nos quedamos afuera hay pantalla gigante, pingüino gigante y aplausos que pide un pibe en el escenario, desde adentro, para los que nos quedamos afuera. “Hoy desbordamos el Luna, compañeros”, arenga el imberbe y en tren de palmas pide aplausos para las compañeras Florencia Peña y Andrea del Boca y Esther Goris, que dejó los ovnis Puntanos por los jóvenes del Luna. En la esquina de Madero y Bouchard, Sandra Russo hace face y espía la llegada de la columna de 6, 7, 8, facebook demorada en alguna caída del sistema. Unos muchachos de Mario Ishi con camperas verdes y siglas de JP parecen los secuaces del Acertijo mientras suena “Juguetes perdidos” y los militantes de la corriente popular Cooke agitan como locos sus banderas rojas banderas negras. La nueva trova es el viejo rock.

A eso de las seis y media la pantalla gigante comienza a emitir un video institucional con los Greatest Hits kirchneristas: de la recuperación de los fondos de los trabajadores al Fútbol para todos, pasando por la Asignación Universal por Hijo, la Ley de Servicios Audiovisuales y el Matrimonio Igualitario. Los tiempos cambian: la jotapé se codea con la juventud sindical, los “fierros” son “mediáticos”: facebook, twitter y blogs, la bandera de la FAP no representa a las Fuerzas Armadas Peronistas de antaño, sino al nuevo Frente Amplio Peronista. A lo lejos finalmente se ve llegar por Bouchard la columna de 6,7,8, facebook, su bandera se bambolea a un costado y a otro, no sé por qué me recuerdan esa publicidad de bizcochuelos exquisita: una militancia de repostería. Apenas termina el video en la pantalla aparecen Néstor y Cristina y hay ovación en la calle. “Llora la gorda Carrió/Y el Colorado, también/Néstor va a volver/Con la jotapé” canta la hinchada y a la primera mención del matutino de la trompeta: “Tomala vos, dámela a mí/el que no salta es de Clarín”. Lito Vitale marca los acordes un tanto edulcorados de ese himno con el que, desde nuestra más tierna infancia, nos acostumbramos a no pedir menos que laureles eternos o muerte gloriosa. Juan Cabandié, para no ser menos, promete acompañar “hasta el cementerio” el proyecto kirchnerista, Andrés Larroque, más pícaro, alude a la movilización estudiantil y le pega a Macri: “Suerte que los estudiantes secundarios no se formaron en política a los 40 años con un padre millonario”. Pero se envalentona y hay que ver la cara que pone Néstor cuando el dirigente de La Cámpora dice que la Juventud Peronista de la provincia le va a dar dolores de cabeza a los intendentes del Conurbano.

Finalmente Cristina se sube al escenario y da su discurso. Ella, que fue joven, ahora es “bancada” por una nueva juventud, paradójicamente, vino a decir que la revolución de hoy sería recuperar el status quo de ayer, aquel cincuenta y cincuenta entre trabajadores y empresarios cuando justamente los jóvenes creyeron que estaban dadas las condiciones para la revolución. Cristina habla custodiada por los dos Néstor. El Nestornauta de la gigantografía azul a sus espaldas y el Néstor hombre, convaleciente en el palco. Pero inteligentemente obvia mencionarlo, no sólo porque su presencia física ya es mensaje suficiente sino además porque ojalá parece que aprendimos que atar el destino de un proyecto político a la salud de un cuerpo es condenarlo al fracaso.
El héroe es colectivo.
El héroe somos todos, afuera, en la calle, agitando y gritando.
O no es nadie.
Esa es la lección del Eternauta.

Continuará.

Ariel Idez

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02 septiembre, 2010

Colectivo imaginario

No siempre el cronista es ese tipo arrojado que se zambulle de lleno en la aventura en procura de esa joya asaz perdida: la experiencia. A veces es simplemente el pelagatos que erró el cálculo y gastó más de la cuenta en su semana off y ahora tiene que ingeniárselas para volver al pago evadiendo los cuatrocientos pesitos del pasaje de micro línea San Salvador-Buenos Aires. Estragado por la aridez (ditología de mi propio nombre) y el sol tremendo del altiplano, los labios ajados y la cara roja que me legaron unas horas en las salinas, recuerdo aquella copla que cantaba en Purmamarca una pícara neo-coplera: se hacía llamar la cyber-colla y acompañada por el tam tam de su caja entonaba estas estrofas en la plaza del pueblo:
Quiera Dios que con la ayuda
De su mano poderosa
Gane yo mucha platita
En la fiesta bulliciosa

Yo lucho
Y trabajo mucho
Pa’ ganarme mi platita
Y no viajar en micro trucho
A buscar mis mercancías

Lo del micro trucho me quedó resonando como la caja coplera y con mis últimos doscientos pesos me arrimé a la terminal de la capital jujeña y me puse en campaña, los puesteros del mercado contiguo, en el que se enciman la última de George Clooney junto al milenario papín andino o el arrope de tuna, me pusieron en la pista:
_Arrimate enfrente de la terminal, nomás, que ahí vas a encontrar todos los que ofrecen el viaje, me dijo una señora mientras me servía en bandeja de plástico un cuarto de pollo dorado con arroz, papa y picante de ají por diez pesos y que se suponía podría comer con la mera ayuda de una cucharita de plástico.
Con estómago lleno y mano engrasada atravieso la terminal de San Salvador: relucientes locales de Andesmar, La veloz del Norte, Balut o Chevalier que dejo atrás para cruzar la calle Dorrego y asomarme a una realidad paralela: como en un Harry Potter del subdesarrollo, allí enfrente, junto a la estación de servicio, en apartados locales de las laberínticas galerías, sus oficinas reducidas a una mesita de mimbre en la vereda, los carteles vocean con tiza su blanca promesa:
VIAJES A BUENOS AIRES
Entro a la agencia Balderrama, porque me habita la superstición de que una oficina representa más respaldo y responsabilidad que una mesa a la calle. Como sus pares oficiales, los micros truchos tienen tarifa unificada: $160 directo San Salvador-Buenos Aires. Hago rápido las cuentas y saco mi pasaje. Me entregan a cambio un recibo no oficial que dice “Agencia Balderrama” con la tarifa abonada y me dicen que espere hasta las 16hs, horario de salida del segundo micro del día (en temporada baja sólo salen dos coches por día, a las 14 y 16hs, en temporada alta se agrega otro a las 6 y en temporada altísima se agregan todos los que sean necesarios, llegando a diez o doce coches por día).
Cuando comenté en el hostel de Tilcara que pensaba volverme en un micro trucho las advertencias llovieron sobre mí: que siempre e indefectiblemente los coches se rompían, que había que hacer trasbordo en Santiago del Estero, que aquel amigo de un amigo que no advirtió la caja que una chola ponía junto a su asiento y que tras una inspección de gendarmería resultó contener cinco kilos de cocaína extra pura. Los bondis clandestinos ya han forjado toda una mitología que los precede en el camino.

Las cuatro de la tarde me encuentran sentado en la oficina de Balderrama, junto a otros pasajeros que se han ido arrimando en las últimas horas. Media hora más tarde se estaciona en la puerta una Mitsubishi Montero y de ella desciende una mujer gorda y enérgica. Encara a algunos de nosotros y nos dice:
_Ustedes van a venir conmigo, el resto va en el remise, vamos a subir al micro en Los Lapachos, agrega después, como si esto significara algo, pero al menos hay que agradecerle la condescendencia de explicarnos vagamente qué va a ocurrir con nosotros en las próximas horas. A pesar del aviso de partida inminente pasamos un buen rato más esperando en la oficina. La mujer de la Mistubishi, a la que llaman Doña Elisa, va de acá para allá, celular en mano, confirmando o cancelando posibles pasajeros. Finalmente abre el capot de la camioneta y nos pide que dejemos nuestro equipaje. Cuando terminamos de acomodar todo, un grupo confirma si van para Salta y le explican que no, que vamos para la Capital, pues y hay que sacar la mitad del equipaje y volver a poner el nuestro. Después me subo junto a otros dos pasajeros, una chica y un muchacho de veintitantos, apretándonos en los asientos traseros de la Montero. En el asiento del acompañante hay un hombre de camisa a cuadros celeste y anteojos oscuros que no nos saluda y a modo de única bienvenida opera el stéreo de la Montero para poner cumbia al palo. Suena una cadenciosa versión tropical de Bandy2 perpetrada sobre I wanna know what love is (foreigner)
Quiero sabeeeer quesel amoooor/ quieroque men seeeeñes.
Durante otros largos treinta minutos no haremos otra cosa más que recorrer los grandes éxitos de la movida tropical en el silencio expectante del asiento trasero con nuestros bolsos y anhelos sobre el regazo.

Las clases populares viven en la incertidumbre, hete aquí el quid de su estilo de vida. Dos horas después de lo pautado estamos sentados en el asiento trasero de una camioneta que no sabemos hacia donde nos llevará para abordar un micro fantasma que si la suerte está de nuestro lado nos dejará en Buenos Aires al mediodía siguiente. La clandestinidad del acuerdo, garantizada en los doscientos cincuenta pesos ahorrados, asfixia cualquier conato de reclamo o comentario. A las seis de la tarde, dos horas después de lo pautado, doña Elisa sacude la camioneta con su intempestivo ingreso en el asiento del conductor, pone en marcha el motor y, aparentemente, da por comenzado el viaje.
_Don Arjona ¿Es seguro ese pasajero de Güemes?
Elisa habla por celular y conduce y las dos cosas las hace a las apuradas y mal. Vamos hacia las afueras de la ciudad, dejamos atrás el Estadio de Gimnasia de Jujuy y tomamos la ruta 9.
_Ayer les metí treinta y cinco pasajeros, les llené el micro y hoy me quieren descontar un pasajero, no es justo. Elisa se queja amargamente con su copiloto. El copiloto pone cumbia: un hombre es infiel y sufre él y sufre su mujer y sufren sus hijos.
_Don Arjona, ¿Ese pasajero está esperando en Güemes? insiste Elisa. Y al copiloto: después de dejar a éstos vamos a tener que apurarnos para recogerlo antes de que se tome otro bus. El copiloto, inescrutable tras sus lentes de sol, sube el volumen del stéreo. El adúltero se lamenta de su suerte:
Como besarte/si cuando te beso/pienso en otraaaa
_Uh, me pasé, dice Doña Elisa tras cerrar la tapa de su celular. Y aprovechando un semáforo pega una vuelta en U en plena ruta, pero tiene que hacer varias maniobras para volver a poner la camioneta en la dirección correcta.
Nos alejamos de San Salvador viendo por la ventanilla el barrio de la Tupac Amaru en Alto Comedero, fácil de distinguir por sus miles de tanques de agua pintados de negro con la figura del Che en el centro y apostados, como en formación, sobre los techos de las casas. La ruta es una línea recta con los campos humeantes recién levantados y prendidos fuego, práctica prohibida que tiñe el sol de un naranja marciano en los ocasos norteños. Elisa pisa el acelerador y su ayudante saltea una versión cumba de La bestia pop, quisiera pedirle que la deje, pero no estoy en posición de pedir nada. Si yo fuera Roberto Bolaño crearía una atmósfera en la que sería probable que éstos dos paren el auto en medio de un descampado, nos peguen un tiro a los dos hombres, violen y vendan a la chica y se queden con nuestras pertenencias. Pero Jujuy no es Juárez (por suerte).
Al final la Mitsubishi toma un desvío y se mete en una estación Refinol donde ya están los pasajeros del remise, huérfanos en la intemperie, esperándonos al pie del camino.
_Mirá que le dije al remisero que los deje adentro de la estación, se queja Elisa, y les hace señas para que caminen hasta el drugstore. Descendemos de la camioneta y el copiloto nos pasa amablemente nuestros bolsos, hasta que se queda con uno verde en la mano.
_¿Este no es de nadie?
Nadie lo reconoce como propio y el ayudante de Elisa lo vuelve a guardar en el capot. En la playa de la estación nos aguarda el micro. Mientras caminamos, el otro pasajero me mira y me dirige la palabra por primera y única vez en el viaje:
_Ahora espero que ésta no se suba a manejar el micro.

Junto al micro nos espera un chico lista en la mano. Me pide mi nombre, me marca en la lista y me dice que le dé mi recibo. Se lo doy y no recibo nada a cambio, no hay prueba alguna de que me voy a subir a ese micro. Después encaro al maletero, que acomoda mi bolso y cuando le entrego el peso de cortesía me mira torcido y me dice:
_Son cinco pesos, papi.
No es la veleidad del changarín sino la tarifa por bulto. La economía paralela propiciada por el fenómeno de las ferias de la Salada y sus “tours de compras” hace de estos micros y sus pasajeros, un trasporte de hormiga que mueve miles de toneladas de mercaderías por año, al punto que en el viaje de vuelta los últimos pasajeros deben subir con su equipaje a cuestas porque las bodegas suelen estar completas.

El micro, al menos en apariencia, es de primera: un bus de dos pisos con pinta de nuevo. El chico de la lista me asignó el asiento 46, el primero de la parte de abajo (yo siempre elijo arriba y al fondo). Frente a mí, una mampara de acrílico, a mi derecha, el baño. Perfecto, pienso, en caso de accidente van a encontrar mi cuerpo decapitado, lleno de mierda y bañado de orines; bonita forma de pasar al más allá. Por lo menos nadie viaja en el asiento contiguo, moriré cómodo.

A las seis y media el micro se pone en marcha, ahora sí, empieza el viaje y la gente grita ¿La gente grita? Hemos olvidado un pasajero en la estación de servicio. Los gritos no llegan a la cabina de los choferes y en mi carácter de pasajero más cercano, me apersono y con el micro en movimiento les pido que paren, que se olvidaron un pasajero. Escucho la voz del chofer detrás de la cortinilla:
_¿Pero no me habían dicho que estaba Ok? No, si estos son unos pajueranos.
El micro se detiene al costado de la ruta y el rezagado llega con el último resuello y sube y volvemos a arrancar.

Nos detenemos en Güemes, Salta, para cargar pasajeros. Una señora voluminosa sube con dificultad los escalones y recorre el pasillo. Discute con una pasajera y vuelve sobre sus pasos para reclamarle al chofer que el asiento asignado está ocupado por una mujer que subió en Palpalá. El chofer le responde con altas dosis de sentido común:
_Bueno, si ve un asiento vacío, ocúpelo.
Así resigno la última comodidad que podía depararme este viaje.
A lo largo del trayecto me enteraré que la señora se llama Amalia, que es de Florencio Varela, que viajó a Salta para visitar a una amiga, emprender el ascenso a la Virgen del Cerro y hacerse atender por una viejita que hace imposición de manos. Después de subir todo el cerro nos venimos a enterar que habían micros que te llevaban hasta arriba, pero es mejor así, ¿no? Amalia me cuenta que ella pagó $120 el pasaje porque su amiga es “coordinadora”, es decir, que recluta pasajeros para los micros y le descontó la comisión. Según me cuenta Amalia las agencias que organizan estos viajes son meros intermediarios: alquilan los micros y le pagan a los choferes, no son dueñas de nada. Se me impone una pregunta: si estos piratas ganan dinero alquilando todo y cobrando $120 por pasajero ¿Qué margen de ganancia tienen las empresas “legales”, dueñas de los micros, con su tarifa oligopólica de cuatrocientos pesos?

Tomamos la ruta 34, de doble mano y atestada de camiones y nos detenemos a cenar recién a medianoche en Beltrán, Santiago del Estero. Elijo el mismo restorán que los choferes y no les saco el ojo de encima: ya aprendí que en estos viajes hay pocas chances para los despistados. En las afueras del parador rutero cruzo unas palabras con Rodrigo, uno de esos mochileros que hacen de la precariedad de los pobres otro condimento para su aventura:
_Me encanta el norte y siempre viajo en micros truchos, es mucho más barato y está todo bien, el único garrón es que si te para Gendarmería te demora por cualquier cosa: un porro, una bolsita de hojas de coca, un bolsón de ropa de marca, y si tienen ganas de hinchar las bolas paran todo y te revisan hasta los calzones.

Pero hasta ahora hemos superado exitosamente dos controles de Gendarmería y superaremos otros dos más, suerte de principiante: mi primer viaje en el bondi clandestino me eximirá del ojo avizor de los hombres de verde.

Pasadas las doce de la noche reiniciamos la marcha en la ruta oscura entre los camiones de doble acoplado. Una frenada con mordida de banquina incluida hacen que me aferre a mi circunstancial compañera de viaje y no prometen nada bueno, pero igual me duermo profundo y me despierto entre las brumas del alba, como si el micro también atravesara las nieblas del sueño. No paramos para desayunar y sólo nos detenemos para el descenso ocasional de algún pasajero, en la entrada a algún pueblo, junto a una estación de servicio o simplemente al costado de la ruta.
_Siempre hay niebla en esta parte de la ruta.
Me cuenta al pie de la escalera Héctor, paisano de Ibarlucea, en las afueras de Rosario, y también me dice que el micro tuvo cuatro o cinco más de esas frenadas con mordida de banquina a lo largo de la noche.
_Para mí que los choferes se estaban durmiendo, es que no descansan, si se venían quejando que este es el tercer viaje seguido que hacen entre Buenos Aires y Jujuy. Yo en un momento de la noche me acerqué a la cabina y fui a decirles, siempre con el debido respeto.
Héctor tiene su equipaje a mano, porque ya está a punto de bajarse, perdido entre la niebla Ibarlucea es el próximo pueblo.

Sin escalas, ininterrupidamente desde Santiago del Estero llegamos a Buenos Aires y nuestro micro trucho desfila triunfal entre los lujosos departamentos de Libertador, dobla en Pueyrredón y desemboca en el Once. Desembarcamos en plena calle Misiones, frente a las oficinas de Balderrama, agencia de viajes. Se me viene a la cabeza aquel axioma de la miseria que le escuché decir una vez a un mexicano en la plaza Garibaldi:
_Estamos vivos, y eso es ganancia.

Ariel Idez

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16 marzo, 2010

Ferro

Vi la cancha de Ferro llena pocas veces en mi vida. Porque su gente nunca la llenó. La vi desbordante cuando Independiente (de Avellaneda) le ganó a Armenio y salió campeón por duodécima vez en su historia local, en 1989. La vi vibrante en un recital de Silvio Rodríguez, no recuerdo en qué año. Y la vi colmada con la visita de Chávez en 2007. Esta vez la reventó el PJ. Néstor reasumía la titularidad para dar lógica a la lógica del pragmatismo.

¿Y adivinen a quién me encontré? Les cuento rápido porque no van a adivinar: a Beatriz Sarlo. No resistí la tentación (soy muy cholulo) y me acerqué. Le pregunté para qué medio venía a cubrir el evento y me contestó para La Nación. Casi me caigo de culo. Pensé que venía por Diario Popular (es un chiste). Lo loco es que me dice, palabra más, palabra menos: “lo cual le garantiza que va a estar bien escrito”. No quiero traicionar el sentido de su frase, por lo que voy a tratar de interpretarla. Entiendo que quiso decir, por un lado, que su pluma es una garantía de calidad, y por otro, que siendo yo peronista, podía quedarme tranquilo por su llamémosle objetividad o rigurosidad o erudición o como carajos le querramos llamar al combo de virtudes que la vieja se debe autoadjudicar. Aparte, pobrecita, me habrá visto blanco, con gel, con todos los dientes de adelante, con las eses incorporadas, y, por añadidura, reconocedor de tamaña figura intelectual, que habrá pensado que podía llegar a ser hasta un alumno de Puán, o sea un admirador.

En realidad yo a esa vieja chota la desprecio. Y al diario La Nación no lo necesito ni para limpiarme el culo. Pero no pude resistir tampoco la tentación de leer su crónica, aparecida el domingo, ya que existe esta mierda de Internet. Así, buscando en la Web el artículo, me topé con que a La Señora también la habían mandado a cubrir aquel acto de Chávez, por lo que deduje – incorrectamente – que su radio vital va de Puán a Cucha Cucha, acaso por su parecido a un pekinés. Pero no: le habían pagado también para decir boludeces del acto del PJ en el Chaco. ¿La nota? No sé…como las de Viva…como todo eso que se hace para sostener los privilegios, para continuar exhibiendo los saberes que los demás no pueden alcanzar, los Rolex comprados en Miami, siempre frente a la tropa de elite.

Ferro tradicionalmente fue el club de la clase media. Por eso fue el campeón más amargo de la historia. Por eso se fue al Nacional B y luego a la B metropolitana y luego quebró. Por eso convendría hacer allí un Shopping. Por eso es verde. Por eso está cerca de la Facultad de Filosofía y Letras. Por eso le queda cómodo a Betty, que no es Rodolfo ni es Clarice. Cuánto mejor lo hubiera escrito María Moreno.

Otro día les cuento la fiesta de esas más de cuarenta mil almas. Incluso también puedo contarles el concierto que Bowie dio allí en el 97 (llevó menos gente que Argentinos Juniors). Con un poco de buena voluntad y con la nueva Ley de Medios, otras voces, más interesantes, pueden aparecer. Incluso la mía. Lo cual les garantiza que va a estar bien escrito.

HR.

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18 febrero, 2010

Memoria del agua


a F.G.V.

Me pasé todo el santo día mirando el cielo, preguntándome cuándo iría a largarse, pero alguien parecía haber puesto la tormenta en pausa, y el aguacero, aguantándose, no se precipitaba. Me explico: la extraña naturaleza de mi trabajo predica que, si llueve, yo descanso. Saboreando el franco a flor de piel, con la anticipada angustia de qué hacer con esas inesperadas horas libres miraba hacia arriba el cielo que, impertérrito, frustraba cada uno de mis planes. A las nueve de la noche, ofuscado, finalicé como siempre, como todos los días, mi jornada laboral ya convencido de que el diluvio sólo caería sobre algún otro de los mundos posibles y me apliqué a mi rutinaria rutina de gimnasio. A la altura de los pectorales comenzó a chispear, a los dorsales llovía en forma, a los hombros se había desatado una fuerte tormenta, a los bíceps era el diluvio universal.
Cuando me dispuse a abandonar el gimnasio descubrí el río aluvional, correntoso, de porte amazónico en que se había convertido la avenida Dorrego. Como en aquel cuento de Ballard, todas aquellas avenidas que alguna vez fueron un mar precámbrico recuperaban su antidiluviana memoria del agua. Mi madre me inculcó el puntual terror a morir bajo los peligros que trae la inundación: el electroshock del cable pelado que eriza las aguas; la desaparición ingente, tragado por la poza abierta que deja la tapa levantada de la bocacalle y hasta la exótica agonía por la picadura de un ofidio que viaja aguas abajo camuflado en un camalote. Que no hubiese dado, sin embargo, por tener un kayak para remontar Dorrego a favor de la corriente que corre al encuentro del río, como si surcara un arroyo subsidiario del Delta, ametrallado por los haces de luz que se cuelan entre la sombra de los sauces. Volví al gimnasio y esperé cuádriceps, isquiotibiales y tríceps. Ya no llovía pero el cielo seguía cerniendo sobre nosotros la amenaza gris de desplomarse. Los colectivos surcaban Dorrego como si fueran anfibios y levantaban una gruesa marejada que se precipitaba hacia las orillas, a las puertas del club y cubría las máquinas de correr, las máquinas de estirar y las máquinas de hacer fuerza, ahora todas anegadas. Me arremangué los miedos y salí con el agua a las rodillas, sintiendo sobre las piernas la convicción del agua que pugnaba por llevarme. Evitando las zonas profundas me las ingenié para ganar las Tierras Altas de Luis María Campos y abordar un 15 que tardó su línea en minutos para decidir qué camino tomar en trance de atravesar las aguas.
Ya sorteado el lago de Pacífico, los taxis devenidos vaporettos, los conductores lamentándose a viva voz, en la esperanza de verse redimidos al menos por una tapa de matutino que los ilustre voceando su tragedia, no hubo más contratiempos. Me bajé en Scalabrini y Corrientes y empecé a caminar en dirección a Juan B. Justo. La ausencia de autos sobre la avenida me advirtió que algo andaba mal. Al fondo divisé las intermitentes luces de los vehículos de auxilio y un amontonamiento de gente asomada a la nada. A cien metros del piquete comencé a hacerme a la idea de que todavía faltaban más peripiecias para regresar a Itaka. En eso estaba cuando creí reconocer el rostro familiar, reconcentrado, casi hecho para sostener la dignidad en la catástrofe de mi amigo Playmobil Hipotético. Me creí víctima de una alucinación propiciatoria (PH vive en Parque Patricios), pero volví a mirar y ya no tuve dudas. PH caminaba en medio de la avenida mirando hacia abajo mientras rumiaba su mala suerte. Podría haber pasado junto a mí sin haberme reconocido. Le chisté y se detuvo. Nos quedamos un segundo mirándonos en silencio, sorprendidos por ese alivio tan humano y tan propio de la ficción de reconocernos, amigos, entre los sobrevivientes del desastre y yo le dije “Obvio, tenías que estar acá” y nos dimos un abrazo y nos reímos y repasamos todos los acontecimientos accesorios, prescindibles, que nos condenaron a quedar a merced de la tormenta y más allá la inundación. PH había huído del naufragio de un 65 que no pudo con la correntada de Juan B. Justo y acababa de vadear el espejo de agua que dividía Corrientes, entre Thames y Gurruchaga. Nos atrincheramos en el San Bernardo, un bar centenario que incluso en las noches estrelladas constituye un auténtico refugio. Charlamos largo y PH volcó su vaso de cerveza para que ni siquiera en ese interior protegido el agua dejara de correr. A la salida nos despedimos “hasta el próximo desastre natural”. Ya casi no quedaban vestigios del agua y los autos habían vuelto a apoderarse de Corrientes. De regreso a casa me tragó el pozo abierto de la última bocacalle. Sé que mis amigos irán a echar flores a las alcantarillas.

Ariel Idez

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09 febrero, 2010

Vacaciones uruguayas en flashes y recetas

Una vacación puede compilarse en un puñado de imágenes y procesos. Por ejemplo, el olvido del pasaporte, la reconvención por parte de las autoridades aduaneras (“último viaje con este documento”) o el acoso a varios grupos de turistas. La lluvia permanente. La llegada a La Paloma y el trasbordo a La Pedrera y la infatigable e interminable visita a hostels con los bolsos de diez kilos en las manos hasta dar con ese-hostel-adecuado (certeza a la que se arriba tras visitarlo, dejar las valijas para ver alguna otra opción, qué se yo, nunca se puede estar seguro, ¡no seas pajero!) solo para recibir de parte de la pendeja (de mierda) de rulos la noticia de que (¡lo siento!) el cupo de lugares libres acaba de llenarse. La obtención de una cabaña para cuatro filósofos. (Pregunta: ¿Cuántos son? Respuesta: cuatro filósofos.) La promesa incumplida de hacer un asado en esa regia parrilla. El laberíntico acceso a la playa y el baño de agua helada por cinco minutos hasta el arribo de la tormenta del siglo. Facundo nadando en la tormenta. Facundo abandonado por tres filósofos en busca de un chivito canadiense rebajado con Pilsen. Más lluvia y más frío. Siesta y la recoleta noche uruguaya: un bar con diez personas. Una pareja de franceses, unas pendejas inglesas, montevideanos a gusto y un tema que ocupa y preocupa: el stronzo: sujeto y objeto. Cuatro filósofos argentinos son cuatro patos criollos: comen, cagan y duermen. Más lluvia y Facundo que atisba un claro en el cielo que pone en marcha su fanatismo playero. Cambiamos de lugar, y el agua no está tan fría. Disfrutamos de un muy agradable día de playa, interrumpido un par de horas más tarde por la omnipresente lluvia. Pablo que saca el tema: ¿qué hacemos? ¿Un día más en La Pedrera o rajamos para Punta del Diablo? Las posiciones se extreman y se perfilan dos posturas: la revolucionaria (“rajemos”) y la conservadora defensa del status quo (“me da paja”). Nacho se ilumina y rompe el equilibrio. Más siesta, más garcos y una pregunta se instala: ¿cuánto tardaremos en tapar el inodoro? La vuelta de la eterna obsesión con el bolso de Mirtha Legrand del autor (de coqueto diseño escocés, ideal para una señora de sesenta años) y los debates en torno al gorilismo que este autor ve (acertadamente) en todas partes –por lo cuál deviene (acertadamente) en objeto de burla. Más lluvia. El cambio de día y cambio de ciudad. Cuatro filósofos y un hostel con dos hermanas peruanas que se criaron en Guatemala y viven en Montevideo que llevan adelante la administración del lugar, bajo la tutela de un papá nazi que alega haber tomado anfetas con los Who en el año ’65 con toda la apariencia de sacar en cualquier momento una ’45 y darnos una merecida lección. La comunicación general de nuestra obsesión particular con el stronzo y más siesta, más garcos y más comida. Nacho que muestra, en noches sucesivas, sus notables habilidades como chef. Primero unos fideos a la portuguesa, después un risotto, finalmente unas verduritas salteadas. Mi primera clase de yoga playero. Pablo que seduce a las chicas mentando nuestra competencia de stronzos (por categorías: altura, grosor y peso). Más lluvia. Una mañana de sol y playa cortada de cuajo por más lluvia. La vista definitiva de la noche de Punta del Diablo: tres bares con onda. Pablo que abandona los antibióticos por un vodka y tres whiskys. Una discusión teórica en torno a las mujeres y las responsabilidades del encare grupal: igualitarismo berreta vs cualquerismo libertario. Más lluvia. Nacho que señala acertadamente la fidelidad de las nubes. De cuántas se podrá decir lo mismo… este autor que arrastra al grupo a dilapidar el último día levantándose a un horario ridículamente temprano para estar ridículamente temprano en Montevideo para echar por tierra un hermoso día encerrado en librerías en busca del libro perdido. Facundo que deserta, Nacho que opta por Pocitos y a Pablo que como le da igual cómo perder el tiempo, gasta sus últimos pesos uruguayos conmigo en libros. Saldo: “Sobredosis pop”, de Ignacio Alcuri, “Mecanismo a válvula”, de Eduardo Alvariza, “Cuando Alice se subió a la mesa”, de Jonathan Lethem (que no se consigue en Buenos Aires) y la joya, la perla, la princesa escondida en una mesa de saldos: “Carnaval”, de Felipe Polleri. Una recorrida final por la Universidad de la República y un encuentro casual con la decana de Derecho, a quien mi miserable amigo confunde con alguien de menor rango. Una última y definitiva de verdad recorrida final por la facultad de Humanidades y una vuelta a desmayarse en la cama. Un viaje a Buenos Aires a todo sueño y un levante matutino de Pablo a la salida de Buquebus que hace que Nacho ponga punto final a este recuento con un apotegma:


-No para nunca. Me agota de solo verlo.


Matías Pailos

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27 enero, 2010

Alasita 2010: La feria de los deseos


“Alce su torito”, dice el yatiri en cuclillas, y arroja unas gotas de alcohol fino sobre la figura de cerámica de un toro negro y bravo, repleto de dólares, pesos y euros sobre el lomo mientras murmura en letanía una oración aymara. El yatiri lleva una remera blanca, un pantalón color crema, sandalias franciscanas y un sombrero andino y sólo se diferencia de los demás mortales por el cuenco con carbones ardiendo a sus pies, sobre el que ahora arroja una cucharadita de incienso que al tocar la brasa desprende un humo blanco, aromático y espeso. Un humo que baña y recubre al toro de la abundancia mientras su esperanzado dueño lo hace girar en círculos, un humo que se difumina en volutas y se pierde en el aire, como los sueños que anima, para sumarse al polvo de la tierra seca del potrero e impregnarse en los cuerpos transpirados bajo el sol inclemente de este mediodía de enero; pero a nadie parece importarle ese pequeño sacrificio: ¿que es un golpe de calor al lado de la fortuna y la prosperidad de todo un año? Es que los sueños, sueños son, pero aquí, si no realidad, cuanto menos se hacen miniatura: estamos en la Alasita, la única y auténtica feria de los deseos.



“No, mi amigo, pos que en La Paz es más fresquito, por la altura”, me dice Efraín cuando le pregunto si allá, cuna de la celebración, se sufre tanto como acá, ahora, bajo este sol tremendo. Efraín es obrero textil y recorre los puestos consultando el precio de un taller en miniatura “con máquinas de coser juky, que son de las mejores”. Estamos en un extremo del Parque Avellaneda, en el límite con la autopista y a espaldas de los porteños que burlan el calor chapoteando en la pileta municipal o lo mitigan echados en el césped mientras chupan bucólicos un helado de agua. Una suerte de arco de fútbol hecho con dos cañas y una soga sobre la que cuelgan a los costados dos taris (pequeñas pañoletas tejidas en telares sobre las que se depositan las ofrendas) y la bandera multicolor de los pueblos originarios en el centro, marca la Huaka, centro energético del lugar y portal ceremonial que una vez transpuesto nos deposita en la Alasita: una feria que cuenta con un centenar de puestos dedicados a vender sueños en miniatura, una veintena de yatiris (hechiceros aymaras) listos para challarlos (bendecirlos) y, por supuesto, la figura encargada de volverlos realidad: el célebre ekeko.



El tatarabuelo del ekeko se llamaba Iqiqu y ya les cumplía a los aborígenes de la cultura Tiwanacu, allá por el 200 antes de Cristo y en la época de Qullasuyo, bajo el dominio incaico. Los conquistadores españoles intentaron mandarlo al arcón de los recuerdos paganos pero el sincretismo, que todo lo puede, le dio revancha en 1781: tras vencer el sitio aborigen de Tupac Katari, el gobernador de La Paz, Sebastián Segurola organizó festejos un 24 de enero para honrar a la virgen y los paceños, ni lentos ni perezosos, aprovecharon para restituir un antiguo ritual aborigen de intercambio de miniaturas y, de paso, tallaron al nuevo ekeko a imagen y semejanza del gobernador: petiso, gordito y bigotudo y lograron hacer de una derrota en las armas una victoria de la cultura. Ahora las miniaturas no se truecan y ya no representan, como en aquellas épocas, granos para una buena cosecha, animales gordos o mujeres y niños para formar o ampliar una familia sino que se compran con dinero contante y sonante y representan los deseos concretos, materiales, palpables de toda una comunidad tan ligada a su tradición como al materialismo de sus anhelos. Los puestos ofrecen de todo pero suelen especializarse en algún rubro, como el que abarrota su escaparate con pick ups Toyota, Renault Kangoos, combis para el trasporte de pasajeros y camiones repletos de mercancías. Otra ofrece casas de todo tipo y tamaño y precio: de 2, 3 y 4 ambientes, dúplex, estilo chalet con techo a dos aguas y de dibujo moderno que parecen diseñadas por Le Corbusier y para los que prefieren ir paso a paso hay terrenos con los primeros ladrillos de los cimientos y una bolsita de cemento, carretilla y herramientas, los que gustan viajar pueden llevarse unas valijitas con pasaje de avión, tarjetas de crédito y dinero en efectivo, los que teman a la incierta inflación que dicta el Indec pueden adquirir changuitos de supermercado llenos de productos y para los que quieran especular con ella hay tiendas de abarrotes y de artefactos eléctricos y con dinero también se compra dinero: a $5 los fajos de dólares, de pesos, de euros.
_¿De a bolivianos no tiene? pregunta una cándida señora frente a un puesto que parece casa de cambio.
_No, bolivianos no tengo mamita –repone la puestera– bolivianos no vas a usar aquí, llévate pues pesos o dólares.

El sol ya dobló la curva del mediodía y castiga más que nunca, me arde la espalda y maldigo el momento en que se me ocurrió ponerme una musculosa, pero a pesar del calor la feria está repleta, tal vez porque el mediodía es el mejor momento para hacer challar (bendecir ahumando) las miniaturas adquiridas. Sobre el modesto escenario montado por la comunidad Wayna Marka, organizadora del evento, suenan los acordes de folclore andino que desgranan los integrantes de la “Sonora del Che” (sic) mientras a un costado, en el stand más prolijo de la feria, desde un gazebo de lona blanca, inmaculada, las promotoras de Western Union regalan una viseras de plástico duro, amarillo, tan apretadas sobre la cabeza que más que proteger del sol parecen destinadas a sumar un nuevo sacrificio para beneplácito de los dioses. Entre los cientos de bolivianos se destacan algunos porteños progres, alguna que otra señora gorda que entra, pregunta y se va y unos chicos modelo filosofía y letras que se sacan fotos con los yatiris mientras se hacen humear los micro-deseos. Mi amigo Nicolás Recoaro no es ni una cosa ni la otra, pero me dice que con la pinta de gringo que tiene no va a poder vender ni un solo Bolita. Nicolás, que fue quien me recomendó venir a la Alasita es redactor del diario Renacer de la comunidad boliviana y ahora trata de vender unos ejemplares del Bolita, edición satírica en miniatura que el periódico editó para la ocasión, imitando las ediciones miniatura que los principales diarios bolivianos hacen para las Alasitas paceñas y que, entre otras “primicias”, informa que los gendarmes argentinos dejaron en calzones al ekeko cuando quiso pasar la frontera, que Ricardo Fort se candidatea para Mr. Bolivia y que el gobierno de Evo promete aumentar su provisión de gas a la argentina sumando los flatos de las cholitas.
_Pero con esta pinta de gringo no voy a vender nada, che.
Se queja Nicolás mientras vocea su Bolita y me recomienda los stands donde puedo adquirir mi ekeko porque yo también tengo mis deseos para este año.



“El fumar es perjudicial para la salud, pero auspicioso para los deseos”, debería decir en el lomo del ekeko. La figura se suele representar atiborrada de mercaderías, como si llevara la canasta familiar a cuestas, los brazos extendidos y la boca abierta con el diámetro justo para encajarle un pucho. Sucede que los dioses fumaban como locos pero se quedaron sin nada al darle el tabaco a los hombres, según la mitología andina. Por eso se les retribuye a través del ekeko, colocando un cigarrillo encendido en su boca después de formular un deseo. Si el ekeko se lo fuma entero hay un futuro promisorio para ese anhelo, si el pucho se apaga a la mitad, hmm, bueno, mejor desear otra cosa. A pesar de su fama cosmopolita la recorrida por los puestos arroja malas noticias para nuestro amigo: el ekeko está en baja, lo que más sale ahora son los toros: hay una proporción de 5 a 1 por cada enano fumón, y los hay de todos los tamaños con precios que oscilan entre los 10 y los 70 pesos. Pienso que tal vez ya casi todos tengan un ekeko y por eso se busca algún otro amuleto para llevar a casa. “El toro tu lo pones junto a la puerta y te protege de los que te envidian cuando a ti te va bien”, me explica una puestera. El toro te protege y el sapo te da abundancia y el gallo le consigue novio a las chicas y el chancho ahorros y el elefante… en fin, hay toda una zoología de la buena fortuna, pero lo que nunca antes se había visto es lo que ofrecen algunos puestos en carácter de absoluta novedad: figuras de Evo Morales con la banda presidencial a $35. Tal vez en 200 años al ekeko se le oscurezca la piel, pierda el bigote y se le redondee la cara, quién sabe, el sincretismo lo puede todo.
Al final me compro un ekeko talle medium por $25. Estoy muy contento con mi adquisición: tiene dos billetes de 100 dólares en cada mano, un atado de L&M en un hombro y auto amarillo en el otro y, todo alrededor, le cuelgan paquetes de leche, Postre Royal, Té, Dentífrico, Vino en cartón, Cebollas, telas, condimentos, harina, puré de tomates, cada saco relleno con su contenido correspondiente; siento que mi prosperidad está garantizada. Lo que no puedo encontrar es un libro en miniatura, para esas sutilezas, me dice Nicolás, tengo que ir a las alasitas de La Paz y, por el momento, de lo que aquí se ofrece no me interesa un título de propiedad de casa o auto, ni un local en Palermo o La Salada ni una mini-boutique que viene con su habilitación municipal incluida. Me contento con un fajo de billetes de 100 pesos. A mi lado una chica le pide al puestero un DNI color bordó, para extranjeros.
_No tengo DNI suelto, pero tengo la billetera que trae todo: billetes, DNI, licencia de conducir, tarjetas de crédito.
_No, dice la chica, yo sólo quiero mi DNI.
Algunos sí que saben lo que es perseverar en su deseo.


“Mira el humo, te iras de viaje muy, muy lejos”, me dice Silvia, la yatiri que elijo para hacer challar mi ekeko. Con la punta de un pincel arroja gotas de cerveza, vino y alcohol sobre mi amuleto y después deja caer el incienso sobre las brasas: el humo anuncia un largo viaje. Después me pasa un tiento de cuero trenzado por el cuerpo para alejar la mala energía y me dice que sufro de dolor de cabeza, aunque acá confunde el presente con lo que el futuro y el calor, la cerveza caliente y la comida paceña me tienen deparado para unas horas más tarde y, last but not least, me mira a los ojos y me dice que “Tu vas a seguir estudiando y te va a gustar y te va a ir bien” y teniendo en cuenta que aguardo el resultado de una beca de doctorado el vaticinio me sienta al pelo y pago con gusto los diez pesitos por el challado. Cumplido nuestro compromiso con los dioses de la abundancia, nos corremos con Nicolás a un costado para refocilarnos en el patio de comidas que los puesteros montaron bajo una enramada surcada por tiras de media sombra. En ese espontáneo polo de la gastronomía étnica nos entregamos a un festín a puro fricasé de res, chicharrón de cerdo y pejerrey con arroz y esos granos blancos y gigantes del maíz andino y bajamos todo con una jarra de mocochinchi (el refresco cruceño de duraznos deshidratados). Aplastado por el calor, la comida paceña y alguna otra sustancia de la madre tierra me retiro, abombado pero feliz, con mi ekeko al hombro y mis sueños a cuestas, recordando aquella sentencia que leí una vez en un libro de Giorgio Agamben: “la miniaturización es una liberación profana, una auténtica ‘salvación por lo pequeño’”.

Ariel Idez

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06 diciembre, 2009

En la falda del periodismo

Estoy en las antípodas del periodismo. Carezco de toda curiosidad. También del impulso necesario para evacuar las dudas esenciales, despejar empíricamente las incógnitas y llegar a alguna verdad interesante sobre cualquier tema. Por eso en algún momento pensé empezar poniendo “No sé por qué acepté”, lo que inmediatamente descarté por puro rechazo al formulismo (si reparo en él) y porque, bueno: tampoco era verdad. Tampoco siento la inclinación que parece sano tener por la mentira, así que cada una de las muchas veces que miento, lo hago a disgusto.

Te voy a hacer un encargo, dijo. Qué carajo querrá, pensé. Hotel Edén, dijo. Un hotel en ruinas en el medio de La Falda construido con capitales nazis.

No suena mal. Lo nazi garpa, no hay caso. Acá en general se aprovecha el pie para especular acerca del atractivo del mal. Pero no me gustan las teorías. Simplemente fui a La Falda a aportar mi granito de arena en el rejunte anual de teóricos de la ciencia y disciplinas afines –otro Congreso de Filósofos- y, de yapa, dar curso al encargo.

Llegué mal dormido y, después de escuchar una ponencia (los teóricos no exponen: la ponen) poco antes de mediodía, me zambullí en un taxi y al Hotel.

Que es poco más que un montón de ruinas.

Bueno: estoy siendo un tanto injusto. Las rejas de la entrada, el enorme jardín que la separa del hotel propiamente dicho, esos dos leones esculpidos y la fuente de mármol de Carrara, como oportunamente se encargarán de señalarnos, remarcarnos y machacarnos, da una sensación de… ¿qué? ¿Grandeza perdida? ¿Lujo asiático? ¿Derroche de clase acomodada? Digamos que de grandeza perdida de clase acomodada que derrochaba la plusvalía acumulada en lujo asiático. El hotel es enorme. Soy malo para los cálculos, pero… serán cincuenta, cien metros de fachada por otros tantos de fondo. Yo también voy a insistir: la primera impresión es de un montón de ruinas pintarrajeadas, restauradas por un jardín de infantes. Me señalan un salón con pantalla de fondo. Proyectan un documental. No estoy solo. Me acompaña una pareja gey. O dos amigos. O padre e hijo. Uno viejo; el otro, pelado. Nos morfamos el documental. Interesante. Nos morfamos la recorrida y las explicaciones: no, no fue construido con capitales nazis. El problema de este hotel –el loteo de cuyas tierras dio como resultado el nacimiento de una coqueta ciudad hoy llamada “La Falda" - es que no está completamente en ruinas ni completamente restaurado, comienzo a pensar a la mitad del recorrido, cuando se nos suma la vieja molesta y yo empiezo a pensar si realmente quiero seguir acá. Quién me manda, quiero pensar. Mejor no: tengo respuesta para esa. Detesto el periodismo de investigación. Bueno, pero los artículos de Wallace… la vieja se pone pesada. Que qué, que cómo, que cuándo. Que si los nazis. Que si el puto mármol de Carrara. Hubiera llegado temprano, señora. Después vaya a ver la película y dejenos de romper. Lo de Wallace es por el estilo, podría decir. Pero no me tengo que mentir siempre. Wallace lee todo lo que fue escrito sobre el tema –sobre cualquier tema-, presenta los dilemas básicos, las posiciones troncales y los datos escabrosos. El periodismo de investigación, en cambio… la vieja se pone más pesada. Como si fuera posible. La vieja acosa a la troupe. La vieja piropea al viejo. La vieja toquetea al pelado. Vos no hablás mucho, ¿no? Miro al resto. El resto me mira. Todos, menos la vieja, miramos unas maderas carcomidas que rodean a un agujero que comunica el segundo piso con la planta baja. Miramos a la guía solicitando autorización. ¿Entonces la diferencia entre Wallace y el periodismo de investigación es una cuestión de grado? Porque el periodismo en cuestión, si es bueno, hace o debería hacer exactamente eso. ¿Soy culpable de una falta (: de curiosidad)? ¿Debo hacer algo para remediarlo? Rodeamos a la vieja, que tiene la vista las sierras y las manos aferrando el marco de una ventana tan efectiva como un pozo. Una preguntita, dice, con su tonito insidioso.

Matías Pailos

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12 noviembre, 2009

Aira estaba solo


Antes que nada y por sobre todo: Marco Antonio de la Parra es el idiota siútico más grande que pisa esta enorme tierra, y en adelante será mencionado con adjetivos ofensivos para la mayoría, pero que ni siquiera rozan su verdadera estupidez.

Dejando eso claro, es evidente que César Aira estuvo solo en el diálogo de la Feria del Libro de Santiago ayer. Y del público, hay que descontar a las viejas cuicas que reían con los ingenios del idiota, y al tipo que quiso timarme con uno de mis libros.

Nos demoramos con Gernández en hallar la sala de marras. Si hasta llegamos al techo del edificio desde donde se veían toda la Feria pequeñita. Podríamos haber escupido al público o lanzar bombas de racimo y huir, pero preferimos apurarnos y encontrar ubicación antes que llegasen los groupies de Aira, que suponíamos existían, según lo que relataban de su visita el año pasado. ¿Si hubiesen fanáticos de Aira, se parecerían a los engendros lectores de Panero? Qué distinta sería la adolescencia actual si en vez de agruparse por preferencias estéticas pobres (música desechable, moda reciclable), lo hiciesen alrededor de lecturas.

«Creo que el noventa por ciento de los escritores escribimos por eso… Eso de la “necesidad de la expresión” siempre me ha parecido un poco macaneo, como decimos nosotros, un poco excusa. Todos queremos hacer libros y darnos el placer que tuvimos alguna vez leyendo».

Noté que los calcetines de Aira tenían unos dibujitos que me parecieron golfistas. O samurais con katanas caídas. También noté que las pretensiones de inteligencia de la dizque intelectualidad shilena son patéticas: como el afán anacrónico de la perfecta pronunciación de extranjerismos ya naturalizados en esta lengua, como los anteojos italianos con patas que parecen artefacto biomecánico, como la excesiva proliferación de adjetivos en contextos en que la falta de humor y/o gracia los hace petulantes. Y que los siquiatras no se distinguen de la policía, en su afán de nunca dejar de trabajar.




Por ahí dice que admira a Proust. Y entonces dice que él es un esteta del olvido y que Marcel lo es de la memoria, y tengo clara la imagen de un pendejo Aira embobado con los retruécanos temporales de En busca del tiempo perdido mientras escribe y escribe la Enciclopedia de autores latinoamericanos. Y entonces, su admiración por Proust es una nebulosa, apenas una insinuación de otros derroteros de posibles literaturas: un taller mecánico de la percepción, y el laboratorio de un científico loco. Aira aprendiendo el oficio haciendo el oficio, abriendo rutas y portales interdimensionales: «La primera etapa es aprender a escribir bien, aprender el oficio que no es tan fácil como parece. Ahora se ha hecho un poco más fácil gracias a todos nosotros, los experimentadores y vanguardistas se la hemos hecho fácil a los que vienen. Antes había que construir un libro, ahora basta con poner una frase tras otra y decir que eso es minimalismo o cualquier cosa».

¿A quiénes les di la mano, también, con dársela a él? Supongo que a Piglia, aunque de un modo menos amistoso. A Fresán probablemente, y de seguro a Vila-Matas. A Borges y a Felisberto Hernández, a Gombrowicz yéndose de Argentina, a Perec jugando ajedrez y a Tzara dibujando con palabras cuyo trazo no se puede leer. Dijo, citando: «qué bueno sería que los autores que amamos se hubiesen amado entre ellos».

La crueldad y la sagacidad se confunden en ocasiones, todo depende del contexto. El idiota con su palabreo inconsistente, y Aira que dice algo que en otro lado le he leído: «… y por eso soy el más querido de la cátedra. Porque aplicar las ideas de Deleuze a Kafka sólo lo puede hacer un genio, pero aplicarlas a mis libros, lo puede hacer cualquiera… ahí está todo lo que necesitan, tienen las tesis listas», y a su lado el imbécil ríe, sin captar la patada en la entrepierna que le han dado con un botín de hierro, para que se le joda el puto rizoma.

Uno, que es un tipo común que folla y se embriaga, no se podría imaginar a Aira si tuviese como pie forzado el pensarlo como la suma de todas sus novelas (70). Si así fuese, aparecería una suerte de ornitorrinco. Y ahí, apenas a 3 metros estaba con los calcetines ya citados, soportando al burro, mientras desde la primera fila le tomaba fotografías.

Mientras firma mis/sus libros, le pregunto (retóricamente) si leyó la novela de Ariel Idez La última de Aira. «Y sí —responde—, me lo encuentro a veces en X». Y firma Un episodio en la vida del pintor viajero.

«Me han recomendado que cuando de estas charlas venga con un revólver, lo ponga sobre la mesa, y el primero que pronuncie la palabra prolífico… [risas]… me suicido yo…, no, no voy a cometer un crimen. Y sí, me están tirando por la cabeza esto de prolífico, prolífico, prolífico. Me parece una mala palabra. No sé qué idea se ha asentado en general de que el que escribe poco, el que escribe un librito cada 20 años es buenísimo, es un genio, y el que escribe cuatro libros por año es un… tarado.» Y si hubiese llevado el arma, yo mismo la tomo y libro a la humanidad de la suprema petulancia del imbécil aquel.

Justo antes, mientras espero mi turno, un tipo me pregunta cuál de los libros que ahí tengo es mejor. Le respondo que Las noches de Flores por decirle algo. Podría haberlo mandado a leer La guerra de los gimnasios también, o Parménides, daba lo mismo. Entonces, me pide el libro para verlo. «No, no, espera» digo porque noto que está esperando para nada, porque no lleva ningún libro, y vi la escena completita: el hijoputa tomando mi libro para revisarlo, y pasando por encima de todos para que Aira se lo firme con su nombre, y yo salto y le doy un empellón al bellaco que se resiste a soltar y entregarme el libro, y se empeña en obtener un autógrafo aunque sea en un libro ajeno. El pobre diablo le pregunta a Aira mientras firma los libros que qué autores le recomienda, con un tono lacrimógeno o adolescente o condescendiente (o todas las anteriores). «Si comienzo a recomendarte autores no nos paramos más» le dicen, y remata: «Comenzá por Shakespeare». Y por segunda vez en la tarde un imbécil no capta la indirecta. Aira ha de pensar que todos los habitantes de este país son unos perfectos analfabetos presumidos. Y no andaría muy lejos de la verdad.

«Volver, ¿para qué volver? Mejor sigamos para delante».


Texto y fotos: Rodrigo Salgado Boza

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08 noviembre, 2009

In the guetto


Resulta que me bajo una parada antes de mi casa, en el Parque Los Andes, y echo a andar. Hoy, domingo 8 de noviembre, declaro que vi el sol ascendente del amanecer y la luz declinante del crepúsculo. Pero ni éste ni aquel lograron templarme el cuerpo entumecido. Camino entre puestos de una feria pobre, venta de desvanes, prebasura al costo, si Rosebud viviera, sería esta vidriera. No quiero un centro de mesa de frutas de vidrio, no quiero un cuadro mal pintado de un payaso siniestro, no quiero mantillas de bebé, no quiero un disco de Charles Aznavour, no quiero esos caireles, esos lentes ahumados ese gráfico 40’s esos viejos berretines gastados. Hoy la aventura es dar una vuelta manzana. Durante 25 años pasé por la puerta del barrio Los Andes creyéndolo un anexo a las dependencias de Edenor. Bueno, no, resulta que es un lugar donde vive gente; “las colectivas” de Los Andes, un microbarrio de una cuadra de largo por una y media de ancho. Una plaqueta que hicieron poner los vecinos dice que lo diseñó un arquitecto muy joven que se llamaba Fermín Beretervide en 1928 y que tiene 150 departamentos repartidos en 17 cuerpos de cuatro plantas. Camino y espío por cada uno de los portones, se ven algunos departamentos, veredas, calles arboladas, una fuente, ventanas de madera, chicos jugando en una cancha de fútbol. El complejo incluye una biblioteca, un teatro y un centro de jubilados. Me pregunto si vivir ahí dentro será como habitar un mundo en miniatura, la ciudad dentro de una caja de zapatos, como en el cuento de Ballard que se copió Piglia y en seguida me percato de que todo el edificio parece de juguete, demasiado lindo para ser cierto, por algo después se impuso el realismo de los monoblocs. Bajo por Leiva. Que loco que la paralela a Guzmán (la de los colectivos, la única de estas calles que yo conocía) sea la famosa Rodney. Camino dos cuadras hasta Newbery, el blanco paredón del cementerio, el frío del freezer eterno. El bar que hizo famoso La Portuaria tiene las cortinas bajas pero sospecho que se van a abrir más tarde, cuando la noche caiga. Todavía el día está colgado de la última luz que no calienta nada pero que baña todas las cosas de un barniz de oro, como si estuvieran a punto de desaparecer. En la esquina de un almacén que ya no es nada salvo una fachada blanca, dos hojas de vidrio y un cartel descolorido de Coca Cola hay gatos y palomas que se miran, no se hablan. Saco la cámara y le apunto a la luz, el sol viene en picada por Santos Dumont, asoma un brazo arrugado por la puerta y arroja un puñado de arroz y las palomas se abalanzan y los gatos rajan y yo saco una foto no tan mala. Vuelvo a mi casa, no digo silbando bajito porque en los labios azules se me frustra la tonada, voy caminando lento, sintiendo el frío que me irradia del pecho.

Ariel Idez

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08 octubre, 2009

En la ciudad de la puntá





—No te olvides de atrasar una hora el reloj, -me advirtió el tipo que me vendió el pasaje del ómnibus- mirá que si te perdés el micro no se aceptan reclamos. Ahá, dije yo, y después pensé un poco y repuse ¿Pero si todavía no se corrió la hora? No importa, me dijo, en San Luis siempre hay una hora menos que en el resto del país. Bienvenidos a la República Separatista de San Luis.
—No es que estemos una hora atrasados, es que estamos 364 días y 23 horas adelantados, me dice un puntano risueño. Estamos compartiendo el fresco de la plaza principal de la ciudad. Es mediodía y el sol cae a plomo. Salvo por un casino de maquinitas electrónicas que ofrece en su fachada un simulacro berreta de Nueva York (Estatua de la Libertad, Cab amarillo y escaleras zigzag tipo SOHO incluídas) la ciudad parece detenida en el tiempo: casas bajas, 5 cuadras de centro (2 de peatonal) un silencio de muerte a la siesta y el aroma a prosperidad de pago chico. ¿Dónde están las productoras cinematográficas crecidas a la sombra de San Luis Cine? ¿Dónde los edificios de las grandes multinacionales del software atraídas por los cantos de sirena y las exenciones impositivas de San Luis Digital?
—Acá no pasa nada, tenés que ir a La Ciudad de la Punta, me sopla el mozo del comedor universitario mientras degusto el menú de entrada plato y fruta por $4,25. Ciudad de la Punta, Ciudad de la Punta, imagino un vasto paraje a cientos de kilómetros.
—No, está acá nomás, a 20kilómetros, será media hora de micro nomás, corrige el camarero.
San Luis es un país de autopistas: asfálticas y digitales. Yendo a La Punta, un ejército de hombrecitos de pechera verde fluo al costado de la ruta escruta el camino en procura de cualquier residuo, al que recogen como si fuera un tesoro, después me dirán que son beneficiarios de la versión Puntana de los planes trabajar ($600 por mes). A nadie le extrañe que unos kilómetros adelante vaya otra cuadrilla tirando papelitos. San Luis se propone como un lugar para ser contemplado desde la ventanilla de un vehículo: antes de entrar a la capital la ruta exhibe a ambos lados reproducciones de arte abstracto de gusto por lo menos dudoso (¿Acaso obra del ex –gobernador Alberto Rodríguez Saa, reconocido pintor?), unos carteles menos floridos a la vera del camino nos cuentan que en San Luis hay “Wi-fi y cyber para todos”. Interneterías: abstenerse.

Lo primero que se ve cuando llegás a la punta es La Punta, el cartel con tipografía de boliche de costa atlántica que señala el comienzo de la ciudad, después ruta y más ruta –nada de gente- y al rato unas casas de paredes color sambayón y techos colorados, todas iguales unaladodelaotra. Ese es el primer barrio. Más vacío y el segundo barrio y al fondo las quince mil localidades del estadio Juan Gilberto Funes que inauguraron Messi y Ronaldinho. Pero tengo sólo una hora, a las ocho (¿o eran las siete?) parte el micro de regreso. Así que opto por hacerle una visita a los estudios cinematográficos.
—¿Ya llegamos a San Luis Cine?
—No.
—¿Ya llegamos a San Luis Cine?
—No.
—¿Ya Llegamos a San Luis Cine?
—No.
En eso estamos. A mi izquierda, el murallón de las sierras, a la derecha, en declive, los tanques de agua color terroso de algún otro barrio. A la nada misma le tendieron una avenida
—¡San Luis Cine! Anuncia el chofer.
Me bajo del bondi.
No hay nada.
Salvo un cartel.
Me aproximo.
El cartel me cuenta que dentro de un año y trece millones ochocientos cincuenta y cuatro mil seiscientos cinco pesos con cuarenta y cuatro centavos tendremos en medio de este páramo una réplica perfecta del cabildo porteño y la pirámide de mayo. Tal vez el futuro también nos depare un London Bridge o una Eiffel Tower, si La Punta no encuentra su propio atractivo bien podrá importar los que le plazca y de paso habrá locación para los exteriores de las películas patrocinadas por SLC, que se supone que está por ahí ¿Pero donde? Camino entre pastos que me superan en altura hasta divisar la imponente estructura del Hollywood puntano, no hay guardias en la casilla del portón de ingreso, así que me mando. Apenas entro al edificio me encuentro a una chica tomando mate y un muchacho que mata las horas visitando páginas de facebook. “Bienvenido a San Luis Cine”. María Eugenia parece contenta con mi imprevista visita. De inmediato se ofrece a hacerme un tour por el lugar —Acá es maquillaje, estos son los camerinos, ahí es vestuario y este es el estudio de 1800 metros cuadrados y ocho metros de altura, con paneles móviles para luces y totalmente isonorizado”. Es cierto, dentro del edificio reina un silencio absoluto, lo mismo que afuera salvo por el zumbido del viento que baja de los cerros. Maria Eugenia está contenta, vive en la ciudad desde el 2003, el año de su fundación, tiene el privilegio de ser una de las pocas pioneras del siglo veintiuno, y comenta con indisimulable orgullo los progresos de la ciudad: “ya tenemos intendente y están construyendo la primera estación de servicio”. Le digo a mi guía turística que debe haber sido una decisión importante en su vida el haberse venido a vivir a una ciudad completamente nueva, hecha desde la nada.
—No, tampoco es que nos dieron a elegir. Nosotros nos anotamos en el plan de vivienda y después nos dijeron que nos teníamos que venir todos para acá.
Después Eugenia me cuenta que por el momento el estudio está inactivo, pero la inminencia del bicentenario y los créditos blandos de la gobernación prometen un febril desfile de próceres para los próximos meses. Como si ya lo supiera, al pasar y asomarme en el taller de vestuario una señora me sonríe sin dejar de coser un traje de época.
Dejo atrás los jardines de SLC y las plaquetas de artistas como Juan Acosta, Nito Artaza, Esther Goris (novia de Alberto) y Claudia Albertario “En apoyo a la obra cultural del Gobierno de San Luis” y cruzo la calle y doy con un parque de esculturas abstractas. ¿No será redundante poner esculturas en una ciudad que parece una gigantesca intervención artística sobre el paisaje serrano? ¿Serán las esculturas de Alberto? Parece que el ex–gobernador es amigo de Fabio Zerpa y dicen los rumores que cree en la existencia de un planeta llamado Xilium. Así al menos titula a todas sus obras: “Xilium 1”, “Xilium2”, “Principios de la primavera en Xilium en el año 4027”. Un cartel promete el observatorio astronómico y el centro de servicios tecnológicos. ¿No será esta ciudad La Punta del arribo de una nueva civilización a nuestro planeta? El símbolo de la ciudad, estampado aquí y allá muestra una especie de pata de rana con seis dedos ¿O será la pisada de un Xillita?
Al final utilizo el escaso tiempo que me queda para visitar la Universidad de la Punta: un impresionante complejo de edificios Hi-Tec en medio de la nada. Entro en uno, el hall central anuncia las empresas que allí se dan cede: Mercado Libre, Unitech y Coradir, entre otras. Oficinas de puertas abiertas dejan ver a los programadores ensimismados en sus computadoras, se puede oír el leve zumbido de colmena de las mentes concentradas en el desarrollo digital. El edificio está tan limpio que parece aséptico. Recorro el pasillo de la nave central, iluminado por la luz natural que deja filtrar la estructura de vidrio y acero y me lleno mi botellita con agua helada en uno de los dispensers al servicio de los alumnos-pasantes. ¿En qué se convertirá La Ciudad de la Punta? ¿En Holliwood en castellano? ¿En un Silicon Valley criollo? ¿O en otro experimento abandonado de la Argentina como ruina de una civilización que nunca fue?


Ya de salida, mis últimas impresiones de la ciudad me llegan desde arriba del micro: todo es grande y vacío, de Brasilia para acá sabemos que el urbanismo sueña pesadillas. Se sucenden las plazas de cemento retrofuturistas y los barrios de casas iguales que, con el fondo de las sierras parecen los domos de los primeros colonos de Marte para unas nuevas crónicas marcianas. Pero no es Fobos la luna blancaredonda que asoma sobre la serranía. El bondi transita la avenida principal, que, con la ciudad a su izquierda, marca el límite de La Punta. A la derecha, en tierra de nadie, unos edificios de ladrillo hueco y paredes sin rebocar ofrecen cambio de neumáticos y lubricentro, una guardería, un gimnasio y, un poco más allá, con el cartel de neón que dice Coco recién encendido, el primer puticlub de Ciudad de la Punta: la presencia humana no está tardando en llegar.

Ariel Idez

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29 agosto, 2009

La envidia corroe el alma

Llegué tarde porque no quería cruzarme con nadie. Me quedé en el fondo, pispeando la situación. Al rato había avanzado diez o doce escalones. Inmediatamente tomé posesión del primer asiento de una de las filas de adelante. Los presentadores seguían hablando. El protagonista parecía intimidado. El que lleva la batuta es un canoso con pinta de Alan Pauls. Habla a favor de imponerles restricciones a los autores, de la conveniencia de hacerlos trabajar. Qué tanta libertad. Ríe: reímos. Después le toca el turno al que se parece a Cozarinsky y después, al émulo de Piglia –que lo imita a la perfección, con citas de Arlt incluidas. Se van pasando la pelota de uno a otro labrando un colchón que permita a la audiencia no sentirse defraudada: ha asistido a una auténtica presentación de libros. Clavo la vista en el único que no juno. Sí: parece de mi edad. ¿Qué tiene él que no tenga yo?

-Podemos dejar que el autor diga algunas palabras.

Algo que no es claro que el autor quiera. Probablemente sí –la vanidad es una pasión de multitudes. Probablemente quiera que creamos que no es claro que quiera, etcétera, etcétera. Así que agarra el micrófono y masculla un par de lugares comunes salpicados de dos o tres nombres adecuados –cita a Onetti como gran influencia y vuelvo a pensar cuánto mejor lo haría yo, cuán poco sufriría la situación, cómo aprovecharía este notable auditorio del MALBA para realizar mi primer strip-tease cuando el autor –A.K.A. “Diego Meret”- decide bajarme de un hondazo a la realidad en medio de un discurso interrumpido.

-… no sé… ¿quieren hacerme alguna pregunta…?

¿Eso es todo lo que tenés para decir? ¿ESO es TODO?
Hijo de puta.
Hijo de puta.
Me empieza a agarrar un ataque de ternura. Me felicito por el ataque de ternura, porque no quiero ser (solo) el hijo de puta rencoroso que en el fondo soy. Lucho porque la ternura no se limite a ganar una batalla, pero qué se yo.
Pregunta de acá, pregunta de allá. El Símil-Pauls acota algo acerca del tipo de pasado que se narra –que parece mucho más antiguo de lo que el límite de 35 años del premio Indio Rico que recibió permitía. Meret lo piensa. Dice: “sí, sí… muy interesante, sí…” Proto-Cozarinsky me cuenta el argumento. Habla de una parte en la que el protagonista –el de la novela/autobiografía, y por tanto probablemente Meret mismo- se encierra en una pieza de hotel por unas horas a escribir. Seudo-Piglia (¿o Símil-Pauls?) menciona la escritura de algo en el baño de la fábrica el último día de trabajo.

Yo, yo y yo: ¡podría haberlo hecho tanto, pero tanto mejor…! ¿Y si vos te dedicás a escribir y me dejás a mí las presentaciones públicas?

Más preguntas –alguna del público. No me privo de hacer una bien pelotuda.
Más intervenciones –ninguna del público. Este es un dato positivo. ¿Y si dejamos que el autor nos lea una parte?
Meret toma el libro –su libro- entre manos. Lo abre. Lo empieza a ojear. Va de atrás para adelante y al revés. La indecisión es un manjar podrido.

-¡Que lea el principio!

Primera queja del coro de viejas. La chica a mi lado interrumpe el frenético tomar notas para revolverse inquieta. Meret sigue en la duda.
Símil-Pauls lo corta de cuajo. Agarra el libro y le apunta al blanco. Meret se para y lee un apartado intitulado “El escritor”, que empieza diciendo “Hay cosas que me hacen pensar que tal vez no sea un escritor”. (Más tarde, Símil-Pauls señalará al otro como el causante del paso de la nada (= no ser escritor) al ser (escritor).)

-¡Más alto!

Las viejas siguen impertérritas en el ejercicio de su función. Meret lee en voz muy baja, siempre en el mismo tono. Minimalismo, que le dicen.
Aplauso, medalla y beso. Sigo transido de envidia y rencor. Pero el hijo de puta se hace querer.
(Además está el siguiente comentario de Fogwill en “El País”: “La también unipersonal Mansalva, conocida por su biografía de Lamborghini y por ostentar el diseño de cubierta más distintivo de las editoriales de esta lengua, introdujo en julio En la pausa, de un tal Diego Meret, de quien sólo se sabe que ronda los treinta años, que fue obrero textil y que, si logra otro libro de este nivel de calidad, figurará muy pronto en ese seleccionado argentino donde, a falta de mejores, se nos suele poner a Pauls, a Kohan, a Piglia y a mí”.
Pero mejor esta otra, del blog de Budassi: “En El país mencioné a Busqued, Havilio, Meret, esos tres que escriben libros verdaderos y no son talleristas para nada… porque no encuentro ninguna operación tramposa, ninguna aventura libresca, ningun amanecer titilante. ¿Captas? No aparecen rubias que fuman a la hora de la excitación sexual ni tipos de impermeables para crear una imagen de suspenso. Como en La ciudad ausente, que hay un tipo de impermeable que se llama Junior. No aparece nada de eso."
Así que) aplaudo a rabiar y salgo antes que nadie. Voy al estante, compro el libro y vuelvo corriendo. Aprovecho la distracción momentánea de fotógrafos y periodistas –ocupados con los presentadores- para exigirle a Meret, a mano armada, que me firme el libro.

Matías Pailos

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02 mayo, 2009

Apuntes sobre México (la vida antes de la fiebre porcina) Lucha libre en Oaxaca II

Con ustedes, Challenger



La lucha preliminar “en mano a mano de alarido” nos presenta al “príncipe mixe” Kong Hayuuk versus Anger’s, el “hombre del alma negra”. Se trata seguramente de dos alumnos adelantados de la flamante escuela oaxaqueña de lucha que hacen sus primeras armas en el ring. El referee es Baby Lara, un postadolescente simpático que luce “calcetines” rosas y hará todo lo posible por favorecer al Anger’s hasta que el valiente príncipe le de también a él su merecida patada voladora y al que más tarde veremos con jogging trapeando la sangre de los luchadores, al mejor estilo circense en donde todos hacen un poco de todo. La lucha no es gran cosa pero al menos los pupilos le ponen ganas y tratan de compensar sus físicos flacuchos y esmirriados con la voluntad acrobática de sus golpes voladores. La segunda contienda “en relevo sencillo” nos trae a los técnicos Soberbio I y Soberbio III (Sólo Dios sabe qué ha sido del segundo soberbio) contra los rudos de Super Yarda y El Psicópata. En la lucha libre mexicana los buenos se dicen técnicos y los malos rudos. Éstos últimos suelen ser los preferidos del pancracio (público) aunque algunos luchadores alternan entre un bando y otro a lo largo de su carrera. De todas formas el luchador más famoso de la historia en este país era tan técnico que se llamaba El Santo, su popularidad alcanzó tal nivel que llegó a filmar más de 50 películas con títulos como El Santo contra las momias de Guanajuato o El Santo contra las mujeres Vampiro que en su conjunto constituyen un monumento al kitsch tan sólido como los músculos de su protagonista. El enemigo del Santo no podía ser otro que un demonio; Blue Demon lo enfrentó en antológicas batallas y lo secundó en varias de sus películas luchando codo a codo contra momias, monstruos y científicos locos. Aquí, mientras tanto, el público de la arena Ray Alcántara recibe con entusiasmo al Psicópata y a Super Yarda (que viste como futbolista americano con una máscara que simula el casco típico de ese deporte) y abuchea a los Soberbios. Al observar el comportamiento de la afición en las luchas se entiende la falta de violencia en el fútbol mexicano: los espectadores descargan su pasión e ingenio en una contienda en la que el resultado es apenas una contingencia más del espectáculo. “Angers, saluda a mis primas”, grita un plateísta; a Pequeño Turbo, un flaco enjuto enfundado en un traje de vinilo rojo lo rebautizan “chorizo” y Skull Killer, con apretadas calzas amarillas que lo obligan a ceñirse la cintura a cada rato, deviene “gaviota” para la inclemente platea.







Mini Zombi, se dobla pero no se rompe.



A partir de la 3ra lucha la cosa se pone buena con el relevo de tríos entre dos equipos “de puros rudos” Zigfried, Arkanos y Perro Mastín contra Águila Real, Skull Killer y Challenger, éste último destaca entre todos porque semeja una cruza perfecta entre carnicero de barrio y actor de reparto de telenovela mexicana: canoso de bigotes, más gordo que grandote y con su sobrepeso enfundado ridículamente en un traje de vinilo negro parece que sus días de gloria en el pancracio han transcurrido hace mucho tiempo y ahora sólo le queda rememorar esas jornadas en el polvo triste del ring de barrio. Sin embargo resultará extrañamente conmovedor cuando lo veamos trepar hasta la segunda cuerda y definir la contienda con un salto hacia atrás acompañado por un medio giro en el aire para caer con toda su humanidad (y es mucha) sobre el pobre Perro Mastín y llevárselo puesto hasta la lona y la definitiva cuenta de tres. Más que meritorio lo del Challenger, ya de por sí constituye un mérito para un luchador el poder sostenerse en pie después de los 60 años. El oficio no es para cualquiera: las constantes caídas, cortes, golpes, contusiones y torceduras hacen que muchas figuras del ring terminen sus días en sillas de ruedas. Las hernias de disco, los pinzamientos cervicales, las lesiones cerebrales, la hemiplejías, apoplejías y cuadriplejias son el nombre de las llaves con las que el destino les tuerce el brazo a estos gladiadores indomables.
Pero mejor hacer silencio, porque Demon Red, micrófono en mano, está anunciando la cuarta lucha de la noche: una revancha familiar “reforzada”. Los Caballeros de la Muerte junto a Pequeño Turbo versus los Zombies secundados por Kraneo. Parece ser que hay una pica histórica entre estos dos clanes familiares; el público, excitado, huele sangre y clama por un combate a todo o nada. El Caballero padre es un gordo retacón, su hijo, el caballero Jr. luce una máscara de cuero que debería granjearle el apoyo de la porción sadomasoquista del público y el Pequeño Turbo, con su traje rojo y su cuerpo de espárrago se gana el mote de “chorizo” con el que lo atormentará la afición. Del otro lado aguarda la “tercia infernal” con Kráneo y su máscara cadavérica ideal para salir de farra el día de los muertos, el Zombie, un gordito con brazos ridículamente pequeños y su hijo, el Mini Zombie, quien haría mejor haciendo las veces de mascota que involucrándose en la lucha. Imposible calcular la edad del menudo mini, tal vez áun le resten algunos centímetros por crecer. Abismo Negro cuenta que debuto en la lucha a los 10 años por el faltazo de un gladiador. Sus colegas adultos lo recibieron con tanta calidez que lo dejaron dos días en cama, pero se repuso y hoy es una de las figuras de la lucha a nivel nacional. Aunque incluso detenido en sus escasos 150 centímetros el Mini Z puede albergar esperanzas: el luchador mexicano más famoso puertas afuera es el Rey Misterio, figura estelar de la WWE norteamericana con su metro sesenta y cuatro de estatura y sus 75 kilos de peso. Resulta toda una experiencia ver alguna de sus luchas por youtube, en las que a fuerza de cabriolas, saltos, golpes de acróbata y llaves aéreas aplicadas a toda velocidad hace frente a los toscos gigantes yankies anabolizados. Pero por ahora Mini Zombie es poco más que el hijo de papi y como tal deberá pagar el derecho de piso si quiere hacerse un lugar en la arena y continuar la tradición legada por su padre, como otras tantas figuras legendarias que han trasmitido máscara, nombre y fama a su progenie: Dr Wagner Jr. El hijo del Santo o Blue Demon Jr, héroes actuales de la lucha Mexicana.

Caballero de la Muerte (padre)



Antes que en el ring, la lucha comienza en las gradas, que dividen su apoyo a rudos y técnicos y antes aún de que podamos darnos cuenta cómo, el mini zombie está en el piso del cuadrilátero (escena repetida a lo largo de toda la lucha) y los caballeros lo están pateando a discreción. De ahí en más, el pandemónium: el ring queda vacío y la lucha se fragmenta y se multiplica en sus inmediaciones. Caballero padre castiga a Kráneo, Pequeño Turbo martiriza a Mini Zombie, Zombie mayor estrella la cabeza de Caballero hijo contra el borde del ring. Como en un cuadro del Bosco, es imposible capturar en una sola mirada la multitud de escenas que se suscitan: un abigarrado cuadro de golpes, sillazos, piñas y patadas voladoras. La repentina migración de público en algún sector anuncia el inminente aterrizaje de un luchador arrojado como bolsa de papas por su adversario. Las señoras gordas abandonan prestas sus banquetas metálicas para que un Caballero las abolle sobre la machucada testa del Mini Zombie. Cada tanto dos luchadores retornan al ring como para que la contienda recupere visos de legalidad pero pronto se arrojan desde esas alturas sobre el cuerpo de su enemigo y la lucha vuelve al llano. El público, mientras huye de los luchadores, parece experimentar un goce perverso con la golpiza que sufre el valiente (o resistente, al menos) Mini Zombie: tan pronto lo revolean contra las butacas, como le estrellan la cabeza contra la esquina del ring o lo alzan de los pelos y lo arrojan al piso para patearlo entre varios. La contienda resulta tan caótica y desprolija que es imposible saber quién va ganando, pero eso justamente es lo que menos importa, sólo se aprecian unos tipos que castigan y reciben como si trataran de subrayar la cita de Spinoza: “nadie sabe de lo que un cuerpo es capaz”. De pronto bajo la vista y veo sangre a mis pies, un reguero que dobla la esquina del ring y se prolonga más allá. En algún momento un luchador aparece con una guitarra en la mano y se la rompe en la cabeza a otro con percutida sonoridad de utilería. Finalmente y sin que quede muy claro cómo uno de los Caballeros pone de espaldas al Zombie y la cuenta de 3 señala el final del maelstrom guerrero. El saldo de la batalla muestra sillas abolladas por el piso, manchones de sangre y hasta pedazos de mampostería. A pesar de la ingente golpiza, el Mini Zombie luce en una pieza, el del Caballero Jr., en cambio, yace arrodillado en el ring, con la máscara rota colgándole como un colgajo de piel y el rostro bañado en sangre mientras un tipo de guardapolvo desabrochado con un estetoscopio colgándole del cuello como para darle más verosimilitud a su rol de médico, le marea una venda sobre la cabeza. El Caballero padre se hace del micrófono y se dirige al Zombie “Te vencí, cabrón, aunque me costó la sangre de mi hijo”. El muerto vivo clama por la revancha “Pos cuando quieras, cabrón”, agita el Caballero. Todo termina con la promesa de más golpes y sudor y sangre entre estos clanes archirivales que se juran la muerte y el odio eterno sobre la modesta arena oaxaqueña.




Caballero de la Muerte Jr. y las secuelas del combate



La última lucha de la noche promete el firmamento estelar de sus figuras: gladiadores importados directamente del Toreo de 4 caminos del D.F: Ojo de Tigre y Black Terry contra el Rey Tosco y Canek Jr. “el hijo del príncipe maya”. Pero, como en la aristocracia del porno, donde las estrellas femeninas jamás resultan sodomizadas, estos luchadores de formidable musculatura no sangran, no se despeinan y apenas si transpiran un poco para ganarse el billete con el que los tentaron a venirse hasta Oaxaca. La pelea, de hecho, culmina de una forma ridícula: después del paso de tragedia en el que Ojo de Tigre casi le quita la máscara a Canek Jr. este continúa luchando y en una vuelta carnero la máscara le sale despedida. Vemos al príncipe maya ayuno de todo su abolengo tapándose infantilmente el rostro. Después Canek tomará el micrófono y dirá con el pico lo que no sostuvo con el cuero, clamando una revancha sanguinaria para vengar su honor ultrajado. Ojo de tigre le responde con lengua de serpiente “¡No seas chiquillo! ¡todos vieron que la máscara se te salió por accidente!”. El final encuentra a todos los niños subidos al ring, dándose mamporros, saltando en las cuerdas hacia los brazos de sus padres y empujándose con los aficionados de máscara para sacarse fotos con los técnicos Canek Jr. y Rey Tosco.


Canek Jr. y Rey Tosco. Mucha calza y poca entrega





Salgo de la Arena renovado por tanta violencia de cartón: mil golpes y ningún chichón. Por la vereda de enfrente camina Pequeño Turbo; ya sin su traje de “chorizo”, cubre su cuerpo un vulgar jean y una chomba a rayas, pero, por supuesto, conserva la máscara. Lo veo caminar por Lucero a paso ligero con su bolso al hombro y doblar la esquina en Armenta y López. Camina rápido y tal vez rememora los pasajes de la lucha de hoy y sueña con la gloria de mañana, un lleno total en la Arena México: el delirio del pancracio al grito de Tur-bo, Tur-bo. Sueños que pesan en el bolso como los kilos de músculo que le faltan a su cuerpo esmirriado. Mientras tanto seguirá jugándose la vida en la humilde arena de Oaxaca, recibiendo golpes de gordos de cien kilos, cayendo de espaldas sobre las butacas, volando de cabeza a centímetros del parante de acero para helar la sangre del público. Todo sea para justificar el valor y la hidalguía que le infunde esa máscara que le ciñe el rostro y que se saca rápido a la tercera cuadra para meterla en el bolso y confundirse con el resto de los mortales.

Ariel Idez

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29 abril, 2009

Apuntes sobre México (la vida antes de la fiebre porcina) Lucha libre en Oaxaca I


“Toda persona que sea sorprendida arrojando objetos al ring será consignada a las autoridades”, decía el volante que me entregaron en la peatonal Macedonio Alcalá de Oaxaca. La advertencia (¿Auténtica? ¿o un truco más de ese universo en el que lo falso y lo real están separados por un tabique más delicado que el de la nariz rota de los luchadores en disputa?) acabó por decidirme a concurrir al encuentro de Lucha Libre, que, puntual como la misa, se realiza todos los domingos en la arena oaxaqueña “Ray Alcántara”. Allí me encamino cuando el sol se pone sobre los cerros que custodian esta milenaria ciudadela que vio pasar Zapotecas, Aztecas, Conquistadores Españoles y la resulta de toda esa mezcla con argamasa sangrienta: el heteróclito pueblo Mexicano. Cuando en 1935 Malcolm Lowry empezó a escribir esa obra maestra de la literatura que conocemos como Bajo el Volcán, la lucha libre ya tenía dos años de vida en México. En su novela, el atormentado Cónsul emprende un viaje a Oaxaca y su atribulado hermano, Hugh, toma parte intempestivamente en una corrida de toros. Tal vez si el bueno de Malcolm hubiera nacido 50 años después habría metido al temerario Hugh dentro de uno de estos improvisados cuadriláteros regionales para que se midiera mano a mano con un fornido enmascarado. Pero a mí el temple apenas si me da para el resguardado rol de espectador. Con ese fin recorro las 15 cuadras que separan la arena del Zócalo y veo en el camino cómo las fachadas coloniales se van espaciando para darle lugar a las casas sencillas de los arrabales oaxaqueños. La pomposa “Arena Ray Alcántara” resulta ser un precario ring montado en el patio central de un club de barrio. Mientras hago la cola para comprar mi ticket una enorme pick up se detiene en la puerta y descienden de ella 3 encapuchados, pero nadie le teme al robo o al ataque terrorista: la gente se les abalanza y los saluda. Dos de ellos visten jean y chomba y otro un equipo de gimnasia, pero sus máscaras no dejan lugar a duda: brillantes de strass con los últimos fulgores del sol que declina, dibujando una mueca intimidatoria en impertérritos rostros de cuero y plástico, dan fe de su irrefutable estirpe guerrera. La máscara es más que un atributo, es el alma misma del luchador mexicano. Al consignar la trayectoria de estos colosos las publicaciones especializadas apenas dan cuenta de un par de fechas: el debut, el retiro, el día que ganaron algún campeonato y el día fatal en que otro luchador les quitó la máscara. Casi todos los luchadores comienzan su carrera con la cara cubierta, pero muy pocos logran terminarla sin haber sido expuestos vergonzantemente a la multitud. Cuando un luchador pierde su máscara en legítima contienda jamás puede volver a usarla y de ahí en más combate a cara descubierta, apostando su “cabellera”, tal el nombre de los luchadores que han sufrido esa desgracia. De ahí que el clímax dramático de la lucha mexicana sobrevenga cuando un gladiador aplica una llave paralizante a su adversario y comienza a desprenderle los cordones que sujetan su preciada careta. Lo que está en juego es mucho más que una derrota: es el deshonor de perder la propia identidad. Claro que estos titanes sólo pierden sus máscaras en acontecimientos tan extraordinarios como las lluvias de meteoritos o los eclipses totales. El mero hecho de perder la máscara implica que el luchador ha logrado una trayectoria digna de convertir la caída de esa capucha de cuero y tela en una tragedia irreparable para su atribulada afición.
No hay que ser Levy Strauss para entender qué enmascara esta obsesión por la careta en el Catch Azteca. Aby Warburg acunó un concepto genial, el de “vuelta a la vida de las iconografías”. En pocas palabras, hay ciertos motivos iconográficos tan fuertes que mutan y atraviesan distintas culturas simplemente porque su valor simbólico no puede ser dejado de lado sin más. Basta darse una vuelta por el Museo de Antropología del D.F. y ver las innumerables máscaras funerarias provenientes de todas las culturas mesoamericanas precolombinas y los disfraces de guerrero jaguar y guerrero águila de los aztecas o las canchas de pelota donde se enfrentaban las fuerzas de la luz y la oscuridad para comprender que eso con lo que los luchadores cubren su rostros es mucho más que un pedazo de cuero acordonado a la nuca.


Mientras aguardamos el comienzo la primera lucha de la tarde podemos merodear el ring side de la arena Ray Alcántara o adquirir una playera del “Huracán” Ramírez en oferta a cien pesos mexicanos o comprarnos un vaso de Coca y unas palomitas en el bufete del club; México es también ese país donde la gente habla como en las series de la tele. Mi indumentaria (zapatillas deportivas, pantalón cargo color caki, remera de tela inteligente, gorrita visera y mochila al hombro) me delata como vulgar turista a ojos vistas de la fanaticada afición. Temo que unas manos vigorosas me apresen, me encajen una máscara de prepo y me arrojen al ring bajo el apodo de “El Turista” para que alguno de estos bravos gladiadores me encaje una madriza que despierte la ovación del alborozado público. Pero en lugar de eso me encara un hombre mayor, chaparro pero de hombros fuertes y buen porte que me pregunta de donde vengo.
_Yo soy Demon Red –dice, como si se llamara Juan Carlos López- luchador profesional desde 1967, la cuarta licencia de Oaxaca. Ahorita estamos tratando de levantar la lucha libre por acá, que estaba muy caída, puros de afuera venían nomás. Después el demonio rojo de Oaxaca me extiende su tarjeta, donde se lee su alias civil de Francisco Pérez, presidente del Consejo Oaxaqueño de Lucha Libre Profesional y, por supuesto, figura la omnipresente máscara roja y blanca. Mientras hablamos la gente ocupa sus lugares en las banquetas plegables de metal y una voz por los altoparlantes pide que retiren a los niños del ring “porque aflojan las cuerdas”.
Ariel Idez
(Continuará)

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