El Mate Tuerto

"Se fingirá el saber que no se tiene."

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Nombre: El Mate Tuerto
Ubicación: Argentina

02 abril, 2010

Mezzo Forte


El invierno en Nueva York era particularmente frío y gris durante aquel 1962. Yo había llegado tras una tía guapísima que a las dos semanas se cansó de mí y me arrojó a la calle con todos mis trastos: la ropa que llevaba encima, una maleta con dos pares de calcetines, un calzoncillo y mi trompeta. Ahora lo miraba a Dirty Nick y me preguntaba si yo estaría temblando de la misma manera. Nick sugirió que si nos abrazáramos tal vez no muriéramos de frío aquella noche y yo repuse que la única forma de mantenernos con vida era dándonos un chute ya mismo. No era un mal tipo ese Dirty Nick. Lo había conocido un mes atrás mientras vagabundeaba por Harlem. Era camello de un capo del East Side y nunca olvidaba guardarse un vuelto. Nos conocimos y enseguida hubo buena sintonía, como dice el refrán “amigos de drogas: es cuestión de horas”. Casi de inmediato me invitó a su apartamento: un nido de ratas que las ratas habían abandonado hacía ya rato en busca de un lugar más digno donde vivir. Allí nos chutábamos toda la noche y no nos despertábamos hasta caer la tarde. La primera acción del día consistía en sacudirse las cucarachas del cuerpo, la segunda, en conseguir el chute para la noche y la tercera, si quedaba tiempo, en procurarnos algo de comer. Después de mi comentario Nick se quedó pensativo, aunque seguía temblando con las mismas ganas, como si le pagaran por ello. Hay una forma de ligarla, dijo de pronto Pero no tengo agallas para eso, deberás hacerlo tu si te atreves. Bueno, dime donde se aloja mi madre que me la cargo ya mismo si es necesario, le respondí. No es que hiciera alarde de valentía, sólo que ya no podía soportar ni un segundo más esos temblores. El bueno de Nick me explicó aquello que, ¡Santo Dios! Era un plan estúpido y suicida pero en aquel estado me pareció claro y sencillo como una melodía de Gershwin. Okey Nick, cuenta conmigo, le dije y nos pusimos a reír como dos estúpidos colegiales que fuman a escondidas en el baño de la preparatoria. Salimos sin sentir el frío de la calle, de hecho el departamento de Nick se las ingeniaba para ser aún más frío que las calles neoyorquinas. Sólo notamos el cambio de ambiente por una molesta aguanieve que parecía suspendida por hilos invisibles y nos daba de a golpecitos en nuestras narices, nos mojaba el pelo y nos congelaba los huesos ateridos. Subimos a mi Ford negro modelo 54’. Aquella chatarra demostraba que los milagros existen cada vez que echaba a andar. El motor carraspeó como un animal asmático pero finalmente se puso en marcha y emprendimos nuestro camino al East Side. Casi inmediatamente teníamos a la pasma encima. Instintivamente posé mi pie sobre el acelerador, dispuesto, como siempre, a estrellarme o evadirlos, y debo decirlo: nunca me estrellé. Pero esta vez recordé que no había motivos para huir. Los polis nos hicieron detener al costado de la acera y nos revisaron de arriba abajo. Jamás en mi vida me alegré tanto de estar “limpio”. La satisfacción de joder a la pasma me hizo olvidar por un buen rato los temblores. Nos tuvieron media hora, después se cansaron y nos dejaron ir. Vamos retrasados, refunfuñó Nick. Pues sujétate entonces, le contesté y gracias a los automóviles y a los buenos peatones que se hicieron a un lado llegamos justo a tiempo a la séptima entre la 125 y la 126. Allí acababa de aparcar el Cadillac azul del jefe y se había producido un gran revuelo con todos los camellos a su alrededor, los tipos recibían sus instrucciones y se largaban. Nick me marcó a nuestro hombre, un tío negro -bah, todos lo eran- que a mí no me gustó nada, pero Nick insistió en que ese era el más inexperto y el único, según dijo, con el que la cosa podría funcionar. Esperamos hasta que el tipo tomó un taxi y lo seguimos. Iba en dirección Uptown, hizo detener el taxi en un edificio de viviendas en la esquina de Amsterdam y la 165. Lo dejamos entrar y en ese momento Nick dijo: Bien, ve y has lo tuyo. Como si tal cosa, bajé del Ford y entré en la casa. El tipo estaba de espaldas hurgando en un viejo radiador. Cuando escuchó mis pasos se puso de pie de un brinco, estaba pálido y sudaba y no me habría extrañado que se hubiera hecho encima. Pero no dejaba de ser un gorila de cuanto menos cien kilos. Yo no llegaba a los 70, pero iba vestido con un traje azul y camisa blanca. No llevaba corbata, pero era blanco y creo que eso fue lo que más lo asustó. FBI –le dije- ¿Qué estás haciendo aquí?. Mientras tartamudeaba yo no paré de hablar. Contra la pared, ordené. Se dio la vuelta y lo registré: no iba armado. Por fin dijo que había ido a visitar a un amigo que vivía en el segundo piso. Vamos a verlo, dije. Lo seguía por las escaleras. Llamó a la puerta. Esperamos. Nadie se presentó. Entonces me pegó un empujón que me envió hasta el fondo del pasillo y desapareció por las escaleras en un visto y no visto. Yo encendí un cigarrillo y me lo fumé entero, hasta el filtro, después bajé tranquilo las escaleras, metí la mano bajo el radiador y saqué el paquete de mierda.


Cuando subí al Ford con el paquete, a Nick se le iluminaron los ojos. Propuso que nos chutáramos allí mismo. Yo llevaba lo indispensable para esos menesteres en mi guantera –uno nunca sabe- pero me negué por dos razones. En primer lugar era peligroso (ya sabíamos que la pasma nos seguía las pisadas) y en segundo lugar nunca nos pondríamos de acuerdo sobre quién se daría el primer toque (tenía una sola jeringa y –esto entre nosotros- jamás me gustó compartirla, y menos con un tipo al que llamaban “Dirty”). En fin, volamos al apartamento –aquel Ford nunca se portó tan bien como esa noche- y en diez minutos estábamos allí, muertos de frío, pero a punto de darnos un buen chute después de una semana de asquerosa abstinencia. Éramos dos tipos felices. Yo estaba llenando el mechero de alcohol cuando escuché el estruendo de vidrios rotos. No podía creerlo. Al inútil de Nick los temblores, o la emoción, o quién sabe qué, le habían jugado una mala pasada y había dejado caer la caja de las jeringas con un resultado fatal: del manojo de vidrios no podía rescatarse ni una. “OK, Nick. No hay problema”, le dije. Conocía una farmacia a dos cuadras de allí que siempre les vendía jeringas a los adictos. Eran las dos de la madrugada, pero ellos sabían con qué clientela trataban y no cerraban por las noches, o sí, en apariencia, sólo había que saber cómo golpearles la persiana. Nick y yo vaciamos nuestros bolsillos y obtuvimos dos dólares con noventa y cinco centavos. Era todo nuestro capital, destinado a la comida del día siguiente. Lo tomé en mis manos como si se tratara de agua bendita, me calcé el gabán con el forro descosido de Nick y salí. Otra vez los copos inconsistentes se deshacían sobre mi cara. Decidí darle un descanso al Ford y emprendí el camino a la tienda a pie. Después de la primera cuadra sentí de pronto que mis pies no tocaban el suelo. Imposible –pensé– si todavía no me he dado ni un chute, entonces comprendí la razón: dos gorilas me habían tomado de las axilas y me alzaban en el aire. Antes de que pudiera decir hola ya me habían sumergido de cabeza en el asiento trasero de un automóvil y me golpeaban como si les pagaran por ello (bueno, de hecho sí les pagaban por ello). Tenían una rutina pareja de golpes y preguntas. ¿Dónde escondiste el paquete, desgraciado? ¿Dónde está nuestra mierda? Vamos, rápido, habla. Era notorio que esos tipos no tenían cerebro ¿Cómo les iba a hablar si sus golpes me dejaban sin aire y no podía abrir la boca ni para recordarles a sus santas madres, amen? Y si en algún momento la golpiza se interrumpía era para que uno de ellos soltara un: Vamos, habla hijo de perra y me lanzara su mejor gancho al hígado, como para lucirse ante sus compañeros. Mi única respuesta posible durante ese viaje que se me hizo muy, muy, largo, aunque sólo haya durado en verdad unos quince minutos, fueron unos escupitajos sanguinolentos para nada simpáticos. Al final el automóvil se detuvo frente al reducto del jefe y me sentí muy contento: por un instante dejarían de golpearme y yo podría comprobar si aún recordaba cómo era aquello de respirar. Se trataba de un tugurio sobre la 116, poco antes de llegar a la segunda avenida, que lucía sobre su fachada, en un cartel de neón azul, el nombre Joey’s. Si por afuera aquello lucía ruinoso, por adentro la cosa no cambiaba demasiado: era un pequeño ambiente viciado por el humo de los cigarrillos y el encierro. Dos tipos dormitaban sobre la barra mientras otros dos ocupaban unas pequeñas mesas, de espaldas al minúsculo escenario donde un pianista negro se obstinaba en exhibir los únicos dos dientes de su sonrisa mientras acompañaba a una negra gorda que intentaba cantar como Bessie y, claro está, no lo conseguía. Mi descanso duró lo que un suspiro, gracias al buen oficio de los gorilas que se las ingeniaron para encajarme unos ganchos cortos al hígado y los riñones mientras me arrastraban por el salón. Ningún parroquiano se percató de nuestra presencia. Por fin llegamos a la oficina del jefe: una habitación de cuatro metros cuadrados con un escritorio que habían corrido a un costado y una silla de madera igual a las del bar donde, gentilmente, me arrojaron. Se hizo un silencio mientras el jefe me estudiaba de arriba abajo. Era un mestizo que lucía con elegancia su traje negro cruzado y debía gastar fortunas en productos capilares para poder alisarse los rizos y peinárselos con fijador hacia atrás. Su sonrisa dejaba ver un bello diente de oro que brillaba en la oscuridad de aquel cuartucho. “Bien –dijo al fin– dinos donde está la mercancía y te dejaremos ir”. La pregunta del jefe me hizo doler hasta el alma. Me recordó lo cerca que había estado de chutarme y cómo esa chance se alejaba cada vez más. Tuve una idea, de las malas, Necesito un chute –solté con la poca voz que me quedaba- si me permiten darme una chutada se los diré. A los muchachos y al jefe no les gustó la sugerencia. Lo que me dieron a cambio fue una buena golpiza, de esas que parecen no tener fin. ¡Nos tomas por tontos! empezó a gritar el jefe, pero cuando cesaron los golpes parecía haber recobrado su aplomo. Habló claro y pausado: Parece que no hay nada que hacer contigo, así que te vamos a eliminar. Sacó tranquilo su propia arma, posó su pulgar sobre el percutor y lo hizo retroceder lentamente provocando ese característico sonido metálico hasta llegar al tope –clink-. Bueno, esto es todo, pensé. Lo que más me afligía era que iba a dejar este mundo sin haberme dado ese maldito chute. ¿Cuál es tu nombre? preguntó el jefe mientras elegía el ángulo de tiro. ¿Cómo? Pregunté sorprendido. Tu nombre, quiero saber el nombre del desgraciado que me hizo esta jugarreta”, explicó el jefe. Me llamo Chet, contesté. ¿Chet cuanto? Dijo el jefe. Chet Baker, le respondí. Ah, como el músico, comentó el jefe. Claro, yo soy el músico, le contesté. Imposible –repuso el jefe– tu no puedes ser Chet Baker, el músico. ¡Sí, te digo que yo soy el músico! Alcé la voz alterado. ¿Qué no es negro ese Chet Baker? preguntó el jefe. No, ¡Yo soy Chet Baker!, le repetí. Me sentía muy estúpido con un tipo a punto de matarme al que tenía que convencer de que yo era yo. Sin dejar de apuntarme, el jefe giró su cabeza y le habló a sus matones: ¿Alguno de ustedes sabe si el condenado Chet Baker es blanco o qué? Se hizo un silencio que se parecía demasiado a mi propia tumba, hasta que uno de los gorilas se animó a abrir su bocota y dijo: Yo tengo un amigo de la Costa Oeste que dice haber visto al tal Chet Baker (¡Era yo, maldita sea!). No me ayudas con eso, replicó el jefe y lo obligó a soltar todo: Pues bien, dijo mi amigo que no podía creer que un blanquito flacucho pudiera tocar tan bien la trompeta. Entonces sí es blanco, razonó el jefe. Eso dice mi amigo, se atajó el matón, No –repuso el jefe– lo has dicho tu y más te vale que sea cierto. El matón me miró con cara de súplica: ahora su suerte estaba atada a la mía. Bien, bien. Con que eres Chet Baker. Entonces tocarás para nosotros, anunció el jefe. ¡Listo! Lo que faltaba. Estuve a punto de pedirle que me pegara el tiro pero recordé que me iría sin mi último chute y mantuve mi boca cerrada. Sólo nos falta algo –agregó el jefe– tu trompeta. ¡Mierda! –pensé– ¿Es que no había una maldita trompeta por ahí?. Será más fácil si me alcanzan una trompeta cualquiera, sugerí. No, Chet dijo el jefe (El tipo ya se sentía en confianza como para llamarme Chet, a secas) quiero escucharte tocar con tu trompeta. Pues, bien, parece que me enfrentaba a un auditorio de oído exquisito, capaz de diferenciar el sonido de mi trompeta del de una cualquiera. En fin, les di la dirección de Dirty Nick, si aquel tío tenía algo de cabeza ya debía haber cruzado la frontera del Estado. Todos se sonrieron al oír la dirección: ya la conocían, nos tenían marcados, por eso me habían atrapado a una cuadra de allí. Les indiqué incluso donde estaba mi maleta y les advertí que tuviesen cuidado al abrirla con mis calcetines, que estaban bien sucios. Todos rieron con el chiste. Ya nos estábamos haciendo amigos.


Durante cuarenta minutos me dejaron tranquilo y pude reponerme bastante bien de los golpes y mi cuerpo incluso se dio el lujo de volver a temblar un poco. Hasta que llegaron los gorilas con gran excitación. Eran tan estúpidos que no sabían cómo abrir la maleta y la trajeron por temor a dañar el instrumento. Me la entregaron entre sonrisas. Estaban contentos como niños. Yo hice girar las trabas hasta escuchar el click, levanté la tapa, metí la mano y saqué mi trompeta de allí dentro. Estos tipos son unos malditos novatos –pensé– podía haber sacado desde un conejo hasta una ametralladora de esa maleta. Volví a maldecir mi costumbre de no portar armas. En fin, levanté a mi vieja amiga y la acerqué a mi boca. Pensaba ponerme a tocar allí mismo, en las “oficinas” del jefe. No, no, aquí no, dijeron a coro, y me llevaron hacia el salón con una cortesía digna de mejores causas. No lo podía creer: habían cerrado el bar, sólo para escucharme tranquilos. Querían disfrutar de una auténtica función privada. El jefe incluso había sacado a su chica de la cama y la había hecho traer bajo la promesa de que hoy escucharía “a un músico de verdad” en lugar de los fracasados que solían tocar allí. Me pareció oír que llamaba a la chica Dorothy. “Ahora verás, Dorothy” “Ya verás lo que he hecho traer, sólo para ti, cielo”, le decía. ¡Hey Chet, amigo, ella es mi chica, Dorothy, me gritó desde la mesa más próxima al escenario. Entonces no había oído mal, en verdad se llamaba Dorothy. Ese no era nombre para la chica de un jefe. Aquello era de no creer. Hola Dorothy , me vi obligado a saludar y tomé mi trompeta para apurar el mal paso. No necesito decir que no me sentía con mucho ánimo para tocar, y para peor, como solista, pero de todos modos estaba confiado: la pobreza del auditorio compensaría mis deficiencias físicas. Aparte, si lograba entretenerlos un buen rato quizá me dieran un chute después de todo. El caso es que tomé mi trompeta, la acerqué a mi boca y me dispuse a tocar. Soplé y nada sucedió. Por primera vez en la noche sentí verdadero pánico. Volví a intentarlo y nada. Quizá estaba muy tenso. Un momento, pedí a mi “público”. Aflojé los brazos y respiré un par de veces. Aparte del dolor por la golpiza y los temblores todo parecía en orden. Alcé la trompeta nuevamente y volví a intentarlo, soplando con más fuerza: nada salió. El jefe y sus matones empezaban a ponerse impacientes ¡Hey, que sucede, Chet! gritó el jefe. Nada, nada, todo está en orden, le respondí, pero en verdad no sabía que demonios estaba pasando. Esa era mi trompeta, de eso no tenía dudas. Traté de tranquilizarme y pensar: quizá algo estaba obstruyendo la salida del aire. Volví a intentarlo, posando mi mano izquierda sobre el cono de la trompeta. Soplé y no sentí nada ¡Lo tenía! Algo se interponía en el caño. Metí la mano en el cono dorado y comencé a hurgar con mis dedos finos y largos. Me pareció sentir que rozaba algo, pero no estaba seguro, fuera lo que fuera estaba metido muy adentro y sería más fácil tratar de expulsarlo con la presión del aire, o eso me pareció entonces, ya que nadie me prestaría una pinza en esas circunstancias. Volví a calzar el instrumento y soplé con toda mis fuerzas, pero aquello estaba muy atorado. El jefe estaba cada vez más impaciente, los muchachos lustraban sus armas. Será mejor que hagas sonar esa trompeta, Chet, dijo el jefe y comprendí que me quedaban unos pocos segundos de vida. Pero no iba a dejar de intentarlo. Morir sin un chute, vaya y pase, pero morir por no poder sacar un sonido de mi propia trompeta, eso era el colmo. Probé con varios soplidos cortos y uno largo, para aflojar el obstáculo. De pronto me pareció escuchar un silbido agudo que se escapaba del cono. Esa maldita cosa se estaba aflojando. Miré desesperado hacia el público y pude notar cómo el jefe y sus matones posaban sus armas por debajo de las mesas. Me iban a descoser a balazos allí mismo. Empecé a soplar como un condenado y el silbido se hizo más grave, ya cedía, sólo faltaba un poco más. No sé si un matón ya me estaba apuntando o si fue mi imaginación, pero comprendí que me quedaba una última oportunidad: hinché mis pulmones en toda su capacidad (de joven había practicado buceo y podía almacenar mis buenos galones de aire) apoyé la boca sobre la trompeta y soplé con todo lo que tenía. Los cachetes se me inflaron como un globo aerostático y la cara se me puso roja, como a punto de estallar. El silbido ya sonaba con la fuerza de un silbato, entonces sentí una extraña vibración y de pronto una nube de polvo estalló en el aire acompañada por la nota más fuerte que toqué jamás. Quedé doblado, exhausto, con los brazos caídos, agitado. Los tipos se desternillaban de risa mientras su mercadería caía como el aguanieve de la calle, tenue, cubriendo sus cabezas y el escenario. El jefe se sacudió el pelo con la mano derecha y llevó la punta del dedo a su boca. Sí, es de la nuestra, dijo. El imbécil de Nick debió haber visto cuando me atrapaban y no había tenido mejor idea que esconder la mierda en el caño de mi trompeta antes de huir. Ahora tenía un problema menos: podía hacer sonar mi trompeta, y un problema más: de nuevo me había quedado sin una puta mierda para meterme. El jefe mandó buscar una escobilla y recogieron todo lo que pudieron, que era como medio paquete. Después me hicieron volver sobre el escenario y, sí, tuve que tocar para ellos como tres horas, hasta el amanecer. No lo hice mal, teniendo en cuenta las que había pasado ese día y que llevaba una semana entera de abstinencia. Alrededor de las siete me dejaron ir. Simplemente eso. ¡Desagradecidos! Antes de marcharme miré al jefe con cara de súplica, Buena media bolsa nos has hecho perder, Chet (¡El tipo insistía en llamarme Chet!) No ha quedado ni un poco para ti, me dijo sin dejar de sonreír.


Me devolvieron mi maleta y mi gabán y salí otra vez al frío de la ciudad. Ahora caía una lluvia fina y monótona. La claridad del amanecer se filtraba entre las nubes plomizas y los edificios de granito, haciendo aún más gris a Nueva York y no sé por qué de pronto me sorprendí silbando una vieja melodía que ya creía olvidada: “The Thrill is gone”.



(Fragmento extraído de Como si tuviera alas, memorias de Chet Baker)

1 Comentarios:

Anonymous Matías Pailos dijo...

Bueno, por si no se entendió: esto es un cuento de Idez, y no un fragmento del libro de Baker.

17/5/10 13:45  

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