El Mate Tuerto

"Se fingirá el saber que no se tiene."

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Nombre: El Mate Tuerto
Ubicación: Argentina

16 febrero, 2006

La tentación de ya no ser

Hacía dos semanas que su vida había quedado trunca. ¿Todo por la destrucción de una computadora? No, claro. No una computadora: su medio de vida, sus ahorros, toda posibilidad de saldar sus deudas; eso sí.
Vagaba por las calles de la ciudad, por las del centro, por las de la periferia; de cuándo en cuándo se acercaba a la costa, sin nunca rozar siquiera el agua, a la que miraba con un desconcierto en el que había un velado reclamo, no al agua, sino a su responsable, a sí mismo quizás. Cincuenta años, un hígado a la miseria que le auguraba un exiguo porvenir, cúmulos de compromisos –no sólo económicos, un postgrado en robótica, frustradas y autocastradas apetencias de una carrera literaria, la soledad más absoluta. Ni hijos, ni mujer, ni amigos. ¿Qué le quedaba? La nada. ¿Y hasta entonces? Pero, ¿por qué retardar el encuentro? ¿Por qué no acelerarlo?
Esas cosas pasan, más con los individuos mal que mal instruidos, mucho más con los que consumen libros como merienda: la mente va antes que el resto del cuerpo, y no ceja hasta sondear exhaustivamente, más de veinte veces el asunto. Empezó con Cioran, pretensioso, vanidoso, la mala fe ambulante, siguió con Schopenhauer, que ya le gustó mucho más, inevitablemente recaló en el budismo. Una posición extrema, un reservorio de fanáticos, qué duda cabe. Gente con gustos extraños, pero no era problema suyo. Había que reconocer que la idea del nirvana no carecía de atractivo. El problema no era la esperanza, ya perdida de raíz, de una vida como la de tantos, con amigos, responsabilidades proseguidas, una prole acotada, una abogada de cuarenta años que lo tuviese un poco cagando como mujer. El problema era (siempre el mismo) otro; el problema era la ambición. Quería más. Quería, entre otras cosas, reconocimiento. Y lo que va de suyo con él: la admiración de una élite, de una selecta minoría de notables. La fama, claro, la fama; pero eso únicamente en segundo lugar, y muy por detrás de lo importante. Le tomó otra semana dar con la solución. Fue a una presentación de un libro. El autor, un mastodonte bigotudo, narró la historia del presunto culto a no recordaba qué árbol, mentado en el libro, en el que el maestro dejaba que la semilla fructificara hasta que él mismo devenía tronco y ramas y hojas perennes (y toneladas de estiércol, ya que el maestro no se movía del punto de oración). Pero eso no era todavía la solución.
El chispazo se produjo durante el desayuno de la mañana siguiente frente a larga extensión del agua, desde su ventana en las alturas, con el café con leche demorado bajo su barbilla. Rápidamente soltó la taza y corrió al segundo piso, a contemplar los restos desfallecientes de su computador, otrora humeantes. Pensó: es posible. Sintió: es seguro. Se puso a trabajar en el diseño inmediatamente. La idea era la siguiente:
El ordenador sería suplementado con restos sensibles humanos: los suyos propios. Su cerebro, sus ojos y oídos, muchas otras extensiones nerviosas. Eso dotaría a la máquina de voluntad, de capacidad de decisión y de intenciones, de acciones dirigidas a un fin. La proveería de imprevisibilidad y de la máxima pericia adaptativa conocida. La cargaría con las muchas imperfecciones, dudas y defecciones del hombre. Con el impulso de muerte, por ejemplo –del que quizás el artefacto no careciera del todo, murmuró mentalmente. También de energía sexual. ¿Dónde aplicarla? ¿Cómo llegar al orgasmo? Y además: ¿a qué fines tendería? ¿Por qué medios los llevaría a cabo? ¿Cuál sería el propósito general de toda la empresa? La respuesta, a todas esas y demás preguntas del estilo, era una y la misma: ¿Qué importa? Qué importa. El hombre es un fin en sí mismo; bien: la computadora-hombre lo mismo.
Preveía un escenario, con sus variantes: la operación se llevaría a cabo, con éxito. A los días, a las semanas, alguien irrumpiría en su hogar. Ese alguien, perplejo ante el novel espectáculo, llamaría a otros alguienes, que finalmente llamarían a algún organismo oficial, o a los medios. Tarde o temprano, terminaría bajo la órbita de cientistas informáticos, neurólogos, psiquiatras, lingüistas, biólogos evolucionistas. Tarde o temprano, de daría a publicidad el hecho: su evaluación y sus consecuencias. Carne de cañón para filósofos y teóricos en general, que hablarían de una nueva especie, de un nuevo salto adaptativo, del primer eslabón de un futuro inminente, un engendro, un abominable subhumano, un aborto de la naturaleza, una prueba de la insita perversión de nuestra cultura. Y los debates marginales como subproductos: ¿progresamos? ¿Es beneficiosa la tecnología? ¿Es conveniente democratizar el acceso a los desarrollos técnocientíficos? ¿Cuál es el papel de los medios en todo esto?
Si fracasaba nada de esto importaba.
Compró los materiales necesarios. Fraguó un autómata que llevaría a cabo la vivisección, otro que ejecutase el implante, varios programas (a correr en otra computadora, y luego en la antiguamente deteriorada) que permitiesen el acople, otros que pudiesen lidiar con imprevistos. Un robot supernumerario estaría a cargo de la coordinación general del proyecto, una vez iniciado. Algunos meses más tarde, estuvo todo listo.
Esa mañana se despertó inusualmente temprano. No había podido dormir bien. Ingirió su copioso desayuno, salió a caminar, se perdió por calles similares a las que transitara luego del vuelco de su existencia. Al día siguiente el Estado decomisaría sus bienes muebles. Una semana más tarde ejecutaría la propiedad.
Volvió de noche. Subió las escaleras hasta el segundo piso. Encendió todos los baluartes de artesanal avanzada. Se colocó en posición, dentro de uno de los robots, cerca de su antigua computadora, reconstruida con nuevos circuitos, virgen de información. La presión de un sensor próximo a su mano detonaría irreversiblemente todo el proceso, que concluiría con la creación de esa nueva gran cosa. Lo activó.

Matías Pailos

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