El Mate Tuerto

"Se fingirá el saber que no se tiene."

Mi foto
Nombre: El Mate Tuerto
Ubicación: Argentina

25 septiembre, 2008

Spregelburd: este tipo me trae problemas

Acaban de transcurrir las tres horas de la experiencia visual, dramática y trascendental que bajo el formato de obra de teatro Rafael Spregelburd ha dado en llamar La paranoia. Mi mujer gira la cabeza y me dice:
_Este tipo es un genio.
Yo, que estoy al tanto de esto desde hace mucho tiempo busco a Matías Pailos y juntos gritamos a coro:
_¡Este tipo es un hijo de puta!
Rafael Spregelburd es un hijo de puta en el sentido más punctum del término, aquel que nos obliga a echar la cabeza hacia atrás, alzar las manos, gritar al cielo. El tipo escribe, actúa, dirige, tradujo obras, viene de un hogar humilde (se hizo de abajo), le pagan en el mundo para que escriba y monte sus obras y bien merecido que lo tiene, es el mejor dramaturgo de una generación dorada (con Javier Daulte y Alejandro Tantanián a la zaga) es el mejor escritor argentino, es un fuckin’ genio. La paranoia, que se está presentando desde abril en el coqueto teatro 25 de mayo es la sexta entrega de la Heptalogía de Hieronymus Bosch, que incluye la obra cumbre de Spregelburd hasta la fecha: La estupidez y que culminará con La terquedad (ya escrita y estrenada en el exterior).

La paranoia comienza con la reunión en un hotel de Piriápolis de un heterogéneo grupo conformado por un matemático especulativo con serios problemas para la aritmética, un astronauta adicto a los psicotrópicos que formó parte de una misión que culminó en catástrofe, una escritora de best sellers y una robot cuyo modelo hace años que se ha dejado de construir. Su misión será salvar al mundo de la furia de las Inteligencias, seres que dominan el cosmos y que han soportado la vida en la Tierra por una sola razón: sus habitantes son los únicos capaces de producir una materia prima única en todo el universo: la ficción. El grupo de elite tiene 24horas para producir un relato que satisfaga el insaciable apetito de las inteligencias o la humanidad estará perdida. De aquí en más asistimos al proceso de creación “en vivo” de la susodicha obra, que se aproxima a un hipotética y desopilante telenovela policial venezolana y cuyos resultados provisorios son proyectados al final de cada escena en la pantalla ubicada en el centro de la obra. En este sentido podemos pensar que el tema de la obra es la creación artística y que la pieza nos sumerge en la cabeza de un autor al momento de producir una ficción con todas sus invariantes: la estructura, el género (el matemático) la imaginación (el astronauta) el oficio (la novelista) el soporte los dispositivos técnicos (la robot) y la expectativa del público y la crítica (las inteligencias), aunque tratándose de Spregelburd siempre conviene cuidarse de las lecturas reduccionistas porque nada suele ser lo que parece.

La principal novedad que aporta La paranoia a la prolífica carrera de Spregelburd (30 obras en 38 años) es el uso del dispositivo audiovisual: una pantalla en el centro de la escena reproduce fragmentos filmados que juegan un papel clave dentro del relato. Spregelburd ya había demostrado que sabe sacar provecho a los recursos cinematográficos: en La estupidez una escena se juega en “cámara lenta” y otra es presentada desde distintos ángulos y puntos de vista. De hecho, uno de los latiguillos de este autor es la pregunta acerca de por qué la gente es capaz de soportar y disfrutar varias horas de cine y se aburre a morir con una hora de teatro. La respuesta para él no radica en el dispositivo técnico (el cine también sabe darnos tremendos emboles) sino en los recursos narrativos: generar una intriga y sostenerla en el tiempo, escamotear información al espectador y dosificar su entrega, complejizar la trama al punto que cada elemento que pareciera venir a aclarar el panorama termina abriéndolo a nuevos problemas y mayores especulaciones acerca de qué está pasando son las drogas narrativas que nos hacen pedir más y nos mantienen pegados a las butacas sin preocuparnos por il temp qui passe. Los otros recursos a los que apela Spregelburd para mantener enganchado al espectador son el ritmo (que en La estupidez parece siempre a punto de desbarrancar en un vértigo insostenible pero siempre logra conservar su cauce) y el humor, un humor que suele estar vinculado al absurdo y a la distancia entre la supuesta inteligencia de los personajes enfrentada a su incompetencia frente a las situaciones más banales. Y todo bien distribuido y ordenado por un manejo virtuoso de la estructura dramática.

Era de esperar que al introducir el relato audiovisual dentro del teatro Spregelburd no se conformara con “proyectar una peli en medio de la escena” e intentara explotar a fondo todas sus posibilidades: La pantalla y el escenario se influyen mutuamente e interactúan entre sí en escenas de altísima complejidad formal. Es antológico el momento en que los miembros del equipo discuten las distintas vías de acción de los personajes mientras éstos vacilan en la pantalla, al vaivén de sus caprichos. Los dos espacios remiten a diferentes niveles de ficción y entre ellos se importan y exportan elementos que enriquecen la trama hasta llegar a un gran finalle donde los 2 niveles se imbrincan entre sí (decir más sería aguar la fiesta).

Las dos influencias claves en La paranoia son David Lynch y Phillip Dick. Del primero Spregelburd toma el juego engañoso entre ficción y metaficción o si se quiere delirio y realidad, tal como lo vimos en esa obra maestra que se llama Mullholand Drive. Del segundo me parece que la filiación de la obra es completa, desde el título hasta las constantes y perturbadoras dudas de los personajes acerca de qué está realmente sucediendo. El final, donde los protagonistas se cuestionan su carácter mismo como objetos de una representación me provocó el mismo escalofrío de la puesta en abismo que experimenté al leer los últimos párrafos de El señor en el castillo. Increíble.

Al final final, la obra culmina con un clip abigarrado y frenético donde participan todos los personajes de la pieza y en el que Spregelburd parece demostrar que, si quiero, también puedo ser Fellini. El video anuda la última imagen con el planteo de la primera escena audiovisual que abre la obra y que no parece tener nada que ver con el resto del desarrollo argumental. Esta clausura de sentido produce un placer montado en la ilusión de que “todo cierra”, lo que a fin de cuentas tal vez sea la clave del empecinamiento humano con la ficción: una manera artificial de contraponer orden y sentido a un universo que carece completamente de ellos.

Ariel Idez

Etiquetas: ,

24 abril, 2007

Spregelburd: dialéctica de la estupidez

El mejor escritor argentino de los menores de 40 años es un dramaturgo y se llama Rafael Spregelburd. Y digo esto porque mientras la literatura se ha debatido entre la insoportable herencia de Borges, las apelaciones bien a una vanguardia caduca, bien a un mercado inexistente, la seriedad impostada y el epigonalismo vacío de sentido y se ha desgastado en luchas intestinas que a todos tienen sin cuidado, Spregelburd ha demostrado, en poco más de una década, que es posible apropiarse de los géneros populares como la telenovela, el cine clase B y las series norteamericanas y que es lo que hay que hacer porque mal que nos pese no nos hemos educado sentimentalmente con Flaubert sino con Piel Naranja, Chip’s, La Familia Ingall’s y el Hombre de la Atlántida, que se puede escribir “bien” sin escribir “difícil”, que es importante contar una historia, o dos, o muchas al mismo tiempo, pero que es saludable y positivo (especialmente para el público) que se cuente algo, que se puede ser compresible y complejo al mismo tiempo si se trabajan muchas capas de sentido (una lección que debimos aprender desde Los Simpsons a esta parte) y hacer con eso obras endemoniadamente buenas y divertidas que no dejan de ilustrarnos sobre la trágica condición del hombre contemporáneo.

Quien haya visto al menos una de las numerosas obras de este autor entenderá de que estoy hablando y quien no lo haya hecho tiene la oportunidad de comprobarlo todos los viernes y sábados en el Teatro Margarita Xirgú, donde acaba de estrenar Lúcido y Acasuso.
Spregelburd es el más prolífico de los dramaturgos argentinos. No es extraño que estrene, como en este caso, dos puestas al mismo tiempo mientras se anuncia una tercera en el Teatro del Pueblo para mediados de Mayo. Y más aún si se tiene en cuenta que sus puestas rara vez duran menos de dos horas y han llegado incluso, con su obra cumbre hasta la fecha, La Estupidez, a las 3 horas y media. Esto puede sonar escalofriante para el espectador que se dispone a ir al teatro como a la cola de un banco y a duras penas soporta una hora de tedio absoluto. Pero no es este el caso: las representaciones de Spregelburd son como locomotoras narrativas que le pasan al público por encima y lo dejan aferrado a las butacas al final de la función, aplaudiendo a rabiar mientras trata de explicarse lo que ha sucedido. La clave de este “efecto Spregelburd” radica en el ritmo: sus obras arrancan rápido y no hacen más que acelerar minuto a minuto, las escenas son breves y el autor extrae todo el potencial de cada una para pasar sin solución de continuidad a la siguiente. Los diálogos son rápidos, cortos y exactos. Así, la obra no hace más que acelerar progresivamente hasta el clímax final. Sin baches, pozos o turbulencias. Spregelburd opera como un ingeniero de precisión con la estructura del relato, montando un mecanismo narrativo que se resuelve en un continuo arrollador.

Otra característica de las puestas de este autor es su constante apelación a recursos tradicionalmente cinematográficos como flashbacks, narración en paralelo y deconstrucción del relato y lo más notable es que lo hace manteniendo a los mismos actores en escena sin cambiar de vestuario ni apelar a más efectos “especiales” que un pequeño desplazamiento de los personajes en el decorado y un ligero cambio de luz. Y sin embargo, para el espectador (educado en la recepción fílmica) el recurso con toda su complejidad resulta absolutamente comprensible.
Otro punto a tener en cuenta es que quienes asistan a una representación de Spregelburd se van a reír, o mejor dicho se van a cagar de risa. Sin embargo sería difícil enrolar al teatro de este autor bajo el género de comedia. El trasfondo de cada obra suele ser bastante trágico (un muerto que trata de comunicarse desesperadamente con sus parientes vivos en El pánico, o una hermana que reclama el riñón que le donó a su hermano en la reciente Lúcido). El truco consiste en que esas situaciones son llevadas al extremo del absurdo. Sin embargo, creo que si hay un sustrato trágico en el teatro de Spregelburd éste no proviene de la historia que se cuenta. Difícilmente veremos a un personaje de sus obras reírse y aún menos hacerse el gracioso, todo lo contrario: el chiste consiste en que éstos siempre obran con la mayor seriedad ante las situaciones más disparatadas. Como dice el propio autor “Los personajes en mis obras suelen tener muy pocas luces pero no lo saben. Siempre operan como si fueran ingenieros atómicos y esto es lo que los torna muy ridículos”[1]. Creo que ahí está la clave: lo que las obras de Spregelburd nos muestran es que la esencia del hombre contemporáneo es la estupidez y su tragedia consiste en la absoluta ignorancia de esta situación. Spregelburd parece venir a decirnos: no hay remedio, somos estúpidos y en el afán de negar esta evidencia no hacemos más que confirmar esa condición y sufrir sus consecuencias. Nos creemos inteligentes. Somos ridículos.

Zedi Cioso
[1] Suplemento cultural diario Perfil, 8 de abril de 2007.

Etiquetas: ,