El Mate Tuerto

"Se fingirá el saber que no se tiene."

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Nombre: El Mate Tuerto
Ubicación: Argentina

10 mayo, 2009

ESO

Ahí está, ahí descorren el telón y ahí aparece. Ni jóven ni viejo. Exótico. Incomprensible. Magnético e hipnótico. El hombre del momento. El hombre-insignia. La voz de una generación. Alguien con un mensaje. Un mensaje ilegible. Un mensaje en otro idioma. Uno que nadie entiende. El hombre del que todos se preguntan si entiende. Si sabe que es él. Si sabe que es hipnótico y magnético e incomprensible. El hombre del que algunos se preguntan si tiene en verdad un mensaje para dar.
Su nombre no exime de comentarios. Más bien los aglomera. De pie frente al micrófono, parece que no sabe qué hacer con las manos. Acaso si se sacara esa capucha todo andaría mejor. Pero claro: acaso si se hubiera sacado la capucha no estaría ahora ahí, frente al micrófono, abriendo las manos en clara alusión a Cristo en la cruz antes de desmayarse, a punto de entrar en la eternidad de la fama que lo condujo por los libros y los alientos hasta esta mención rockera y posmoderna de fin de década de la que solo se rescata su aspecto icónico y abre las manos. Despliega los dedos. Afila y apunta. Tensa y espera. Ya acude. Solo un poco más de silencio. Un poco más. Un poco más. Ahora. Ahora. Ahora. Los veinte mil bípedos implumes que pueblan el aforo en el cruce de la calle 33 y la 7ª Avenida se agitan, se contorsionan, abren la boca y se inicia la exhalación que segundos más tarde (ahora) será (es) el griterío que asola al fantasma que recorre este mundo: los medios. Patrick Fernandes está en cada casa, en cada calle, a cada segundo. Y algunos se preguntan por qué.
La música. Y un escalón debajo, la rara fascinación que ejerce la capucha, o lo que hay detrás. Y a propósito: ¿qué hay detrás?
Y a propósito: ¿qué idioma es ese? ¿Qué ruido habla? ¿Sabe lo que dice?
No es inglés. Tampoco, contrariamente a lo que Rolling Stone pensaba (a lo que cada americano, ¡por Dios!, pensaba) es español. Y bien podría haber sido español porque Patrick Fernandes nació, se crió y habita (sí: todavía habita) los bajos fondos del “país más austral del mundo” (según el slogan que circula en sus textos escolares de formación primaria): Argentina…, donde da la casualidad que el español es la lengua oficial.
Pero no es español. No es ningún otro lenguaje natural porque no es un lenguaje natural. No es un lenguaje artificial porque no es un lenguaje. Eso, quizás, sea haber llevado las cosas demasiado lejos.
¿Puede un cantautor ser el principal artífice del cambio revolucionario epocal por lo que canta, y que nadie sepa lo que canta? La hipótesis más simple indica que lo que PF canta son secuencias de un lenguaje, y que esas secuencias dicen algo. Curioso: algo dicho que es indispensable e incomprensible. Un desarrollo subsidiario de esta hipótesis más simple indica que lo que dice lo dice en un idioma que nadie, en este mundo, comprende. Ni él.
Eso, quizás, sea haber llevado las cosas demasiado lejos.

Glosolalia (en griego, glossa, "lengua"; y lalein, "hablar"), conocido también por "don de lenguas". El término tiene varias acepciones: en medicina es una enfermedad padecida por personas de diversas razas, incluyéndose entre éstas, al escritor J. D. Salinger. En terminología médica, se refiere a una enfermedad que afecta al lenguaje, que consiste en la invención de palabras adjudicándoles un significado. El origen del término, sin embargo, es religioso y se refiere al fenómeno de hablar una lengua desconocida durante un éxtasis místico, hecho que se considera inducido por una divinidad. La glosolalia es muy frecuente entre miembros de ciertas corrientes religiosas cristianas como el pentecostalismo protestante y el movimiento carismático católico. (http://wikipedia.org/wiki/Glosolalia.)

Nada de esto sería un problema grave si PF accediera a dar notas, o a escribirlas, o a traducir sus afirmaciones en algún lenguaje conocido (preferiblemente el inglés). Siquiera a comunicar sus pensamientos, por más marginales que sean. Pero PF prefiere llevar las cosas demasiado lejos. PF no habla en público.
A propósito: la excursión realizada por Rolling Stone a los camarines del Garden después del recital constituye el duodécimo fracaso del proyecto de entrevistar a PF. Compone, a la vez, el duodécimo fracaso de un proyecto menor –y objetivo subalterno: verlo sin la capucha puesta.
Demos un paso más. PF no se muestra en público más que con esa capucha facial al estilo del Dr. Crane (alias “el Espantapájaros”) de las “Batman” filmadas por Nolan, que tapan toda la cabeza –cara incluida-, y no meramente su parte dorsal. Del aspecto privado de su vida no hay registros. Ni filmaciones, ni fotografías, ni impresiones grabadas o escritas. Nadie ve, nadie oye, nadie habla. Pero en las grietas está el traidor, que acecha.
Matías Pailos es el guitarrista de la banda y, presuntamente, mano derecha de Fernandes. A diferencia del líder de su banda, Pailos está dispuesto a hablar hasta por los codos.

Matías Pailos

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26 abril, 2009

Deporte en acción

El relato tiene que tener alma. Si no tiene alma es pura mierda y putos malabares. Así que primero de todo y antes que nada: asegurate la crispación. Propia y ajena. Tiene que haber incomodidad; tiene que haber, como se dice, ‘tensión narrativa’. Y ahí está el primer problema de tu historia: no hay nervio. La flecha no tensa la cuerda. La flecha está rascándose el higo a cuatro manos en un rincón, mientras el arco se fuma un caño en otra habitación.
El problema está en el modo. El modo no es todo, pero siempre es un problema. Tu modo es demasiado obvio. Perdón: tu modo parece demasiado obvio. Lo que importa es la apariencia. La literatura es el ejercicio de la superficialidad. Lo importante es el mundo de lo visible. No hay nada antes ni después. Fijate en lo que se ve. En lo que se ve. Si abrís los ojos y no ves nada relevante: felicitaciones. Bueno: a vos se te ve más que a una puta en celo.
El cuento habla de tipos con mucho poder. Decís que lo ejercen. Bueno: callate y mostralo. Pero no: me contás que hay un tal Cerviño que hereda el mayor porcentaje accionario de uno de los principales grupos periodísticos del país, pero cuya única obsesión es… el tenis. Hay algún humor en el gesto: lo reconozco. Hay también mucho de forzado. Me dirás que sin desavenencias, sin ‘poner algo en el lugar incorrecto’ no hay humor –y tenés razón. Pero para sobrellevar el rechazo que despierta lo desafinado (somos sensibles a la simetría: vas a tener que entenderlo de una puta vez), el chiste tiene que ser bueno. El tuyo es solo un chiste.
Okey: el tipo se va a servir de su poder en un ámbito para consolidar su poder en otro. Y su ambición es negativa. No quiere tener más que el resto: quiere que el resto tenga menos que él. Eso se entiende. La idea es trillada, pero, ¿cuál no? La lid en la que se despliega el combate también es anómala. Cerviño quiere que el tenis tenga más presencia mediática que el rugby: objetivo número uno. Se sirve de su injerencia, dinero y contactos para relegar los programas dedicados al rugby de horarios vespertinos a otros matutinos; para recortar presupuesto; para echar gente; para mudarlos al fin de semana; a especial semanal; a especial mensual. Los acosan, acechan, rodean y cercan; los reducen y maniatan, los violan (psicológicamente) y los abusan (económicamente), los castran (mediáticamente) y, como frutilla del postre, como premio último y definitivo por el resto de su vida: dejan al rugby, en su escorzo visible y público, en estado comatoso (en términos comerciales). Se entiende. ¿Querés que se entienda tanto?
Está bien que está bien ser pertinente, actual, que está bien ensuciarse las manos. Pero no sos vos en esto. A vos no te importan los medios, cómo los medios afectan la opinión pública, la opinión pública en particular ni la realidad sociocultural en general. Entonces pasa lo que pasa: traficás clisés. Repetís lugares comunes. Vulgata. Sobredimensionás la importancia de radios, diarios y televisión. Un lector con voluntad de análisis frente a tu texto va a decir algo así como que es una lúcida reflexión acerca de la injerencia mediática en el quehacer contemporáneo, una crítica al control que los grandes grupos de poder ejercen de la información, de cómo el poder es poder solo si se ejerce a través de la televisión, de cómo todo sigue siendo pan y circo, como era entonces. Un lector inteligente, por menos lúcido y crítico que sea, va a decir que estos párrafos son mierda sólida.
La tensión, macho. Presentaste un contendiente (el rugby). ¿Por qué lo dejás escapar? ¿Por qué le soltás la mano? ¡No lo dejes caer! Y una vez que le salves la vida, pertrechalo con cuanto chiche de diseño coyotístico marca ACME encuentres. Armalo hasta los dientes. Dotalo de lo que ya está dotado, de lo que no puede no estar dotado después de que le hicieran lo que le hicieron: de un insaciable deseo de venganza. De una pulsión criminal a prueba de balas. Dejalo correr, fijate qué pasa. No empujes a tus personajes: corré tras ellos. Llegá apenas un segundo antes para pavimentar la carretera por la que circulan, para rellenar los agujeros en el cielo con estrellas, para removerles, sin que lo noten, la costilla con la que construís su perdición. Pero no. Tus muñecos se quedan siempre sin pilas.

Matías Pailos

PD: el relato sigue en el enlace, o la izquierda de su pantalla, señora: en el primer link, ese que dice "ESO (cuentos de Matías Pailos [que vengo a ser yo. Encantado])".

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