El Mate Tuerto

"Se fingirá el saber que no se tiene."

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Nombre: El Mate Tuerto
Ubicación: Argentina

11 abril, 2011

Breve anécdota que ilustra el porqué del carácter de mi madre e, incidentalmente, el mío

Tenía nueve años, por ahí diez. En todo caso más de ocho, menos de doce. Salí del ascensor y me asomé a la puerta del edificio de departamentos donde vivía. Era la hora después de la siesta. A la siesta no me dejaban salir, bah, mi abuela no me dejaba, ella era la encargada de cuidarme porque papá trabaja mamá trabaja abuela me cuida.

Abrí la pesada puerta de vidrio. Empujaba la manija de bronce como Conan el bárbaro uncido al yugo del molino. En la calle me lo encontré a mi amigo Marcos, que vivía en el mismo edificio. Si no fuera por lo que estaba por pasar no me acordaría del nombre. ¿Qué hacés, Marcos?, saludé. En lugar de responder Marcos alzó la vista, elevó las pupilas como dos pelotitas de chupetín bola loca bailando el blanco del ojo y entonces sentí como un viento y el cuerpo de una mujer cayó al lado mío. Fue una mancha borrosa que pasó a toda velocidad y después muchos ruidos todos juntos: el ruido de bolsas llenas de líquido que estallan, el ruido de huesos que se quiebran, el ruido de carne que se aplasta. El cuerpo de la mujer rebotó contra las baldosas y se levantó casi un metro, todo roto y blando, como si flameara en el aire y volvió a caer y ahí quedó. Miré hacia arriba. Fue una reacción instintiva, supongo, como si fueran a caer más personas, una lluvia de cuerpos; y ahí lo vi a Gustavo, otro amigo del edificio, que estiraba el brazo al vacío, la mitad del cuerpo asomado al balcón y no te miento, creéme, que vi cómo caía una lágrima haciendo zigzag en el aire y desprendiendo partículas en la caida, como si se fuera desarmando en el aire, la vi como en cámara lenta y después salimos corriendo los dos, Marcos y yo, uno para cada lado. Yo alcancé la puerta del edificio pero no acertaba a embocar la llave ancha de bronce en la cerradura para abrirla. Ya había salido la gente a la calle y se amontonaban alrededor del cuerpo, el empleado de la inmobiliaria de enfrente me sacó la llave de la mano, abrió la puerta y me empujó adentro con tanta fuerza que atravesé el hall y seguí hasta las escaleras. Subí corriendo los ocho pisos y entré a mi casa gritando. Busqué a mi abuela, que cosía con su máquina a pedal. ¡Abuela, abuela! Le conté entre hipos, lágrimas, toces y el corazón en la boca lo que acababa de pasarme y la abuela, sin levantar la vista del punto, me respondió entre el tac tac de las agujas:

_Andá a tomarte un nescuik que ya se te va a pasar.

Ariel Idez

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13 marzo, 2011

70 razones por las cuáles nunca te vas a poner de novio.

1-Porque solo pensás en cogerte minas.

2-Porque todo el tiempo querés estar enamorado, y así no hay relación que aguante.

3-Porque en el fondo sos un misógino.

4-Porque en el fondo sos un misántropo.

5-Porque hablás con un diccionario en la mano, y aburrís a todo el mundo.

6-Porque en verdad no querés ponerte de novio, sino solo ser la envidia de tus amigos, que sí están de novio, pero se mueren de ganas de volver a corretear pendejas.

7-Porque solo te gustan las pendejas, que son más bien boludas o inconstantes -donde es conveniente leer al “o” como “y/o”-.

8-Porque para vos las minas son solo objetos, y no pares con quienes formar un vínculo de afecto y apoyo mutuo basado en un compromiso común.

9-Porque el empacho de psicoanálisis berreta de dos pesos no te deja pensar.

10-Porque tarde o temprano ella va a querer tener un hijo, y vos no querés ni oir hablar del tema.

11-Porque tarde o temprano ella va a querer convivir, y vos, que ni querés oir hablar del tema, vas a estar atrapado entre la fobia a la convivencia y las ganas brutales de encerrarla bajo siete llaves para que no se vaya nunca de tu lado. Lindo cuadro para un claustrofóbico.

12-Porque no las ves más que como un medio para tener un hijo, y nadie quiere ser medio medio, sino completamente el fin de todas las cosas.

13-Porque estás seguro de que sos estéril, y entonces, como tarde o temprano va a querer tener un hijo, vas a sentirte atrapado y hacer alguna boludez como encerrarla, como prometerle el oro y el moro, como hacer que se la coja alguno para que se deje de romper las pelotas con el hijo, sea porque la mate la culpa o porque quede embarazada de una puta vez, lo que va a hacer que te mueras de celos y hagas alguna boludez seria, como pegarle, matarla o matarte. O dejarla.

14-Porque tu deseo más ferviente es encamarte con dos minas, no ponerte de novio, entonces no hay caso, no le vas a poner pilas a ninguna puta relación, sino que más bien te vas a dedicar a quemarle la cabeza con que llame a esa amiguita putona que tiene y se tomen todos unos drinks. En tu casa. En pelotas.

15-Porque será que en el fondo no estás del todo seguro de no ser un puto reprimido.

16-¡Puto, puto, puto!

17-¡TRAGALEEEECHEEEE!

18-Porque todavía seguís enamorado de esa hija de puta que te dejó en la estocada. No, de esa no. No, tampoco de esa.

19-Porque siempre te enrollás con minas que están de novio. O casadas. O que no gustan de vos.

20-O que viven en el extranjero.

21, 22 y 23-¡Puto, puto, puto!

24, 6, 5, 3 y 14-¡Puto, puto, puto!

25-Quiero expresar mi profundo desacuerdo con los agravios homofóbicos e intolerantes manifestados por elementos pertenecientes a este sector, cuyo comportamiento…

26, 27 y 28-¡Puto, puto, puto!

29-Cedo la palabra al compañero 25-… no hace más que teñir de oprobio a todos aquellos que componemos este espacio plural, heterogé…

30-Que alguien calle al puto, por favor.

31-Así no se puede.

32-Esto con los militares no pasaba.

33-Con los militares no había putos.

34-Porque estás todo el día escribiendo boludeces en la computadora.

35-¿Y este de qué carajo habla?

36-Porque te la pasás jugando a la play en lugar de encararte minas.

37-Por medio de la presente quiero manifestar mi adhesión básica a lo expresado líneas atrás: ¡Puto!

38-Porque te cuesta concentrarte y seguir el hilo de una conversación, y entonces nunca la podés invitar a seguir la charla en un lugar más íntimo, y cuando te acordás, ella ya está revolcándose con el boludo de la mesa de al lado.

40-¡Puta, puta, puta!

41-Porque son todas putas. Mamá tenía razón.

42-Porque tarde o temprano te van a engañar. Y vos no soportás el engaño. Por eso engañás primero.

43-Porque siempre estás pensando cómo cogerte a la madre. Y a la hermana. Juntas. Vos siempre con la idea fija.

44-Matemos al puto. Juntémonos todos en el 70 y démosela.

45-Le va a gustar. Es puto.

46-¡Puto, puto, puto!

47-El chiste ya fue. Lo agotaron.

48, 49, 50…-¡Puto, puto, puto! ¡Vos también!

54-Porque la rutina te mata. Porque la idea de la rutina te mata. Porque con solo empezar a imaginarte lo que sería hacer todos los días lo mismo, hablar todos los días de lo mismo, que el pico de tu día sea quemarte las pestañas con la última novela de la noche, porque así no tenés que hablar de nuevo de lo mismo, ni siquiera tenés que hablar, por Dios, y ella por una vez en el día cierra el culo y se calla, embobada con el último forro musculoso de la tele, preguntándose por qué no podés ser un poco como él, cariñoso, comprensivo, fuerte y viril, no sé, será porque vos no sos como esa puta chupapija con la que está enganchado el personaje, un camión con acoplado que raja la tierra y que no se dedica a quemarte la cabeza con boludeces ni a desperdiciar el tiempo en la cama mirando televisión, pelotuda.

55-Porque sos un idiota que confunde noviazgo con convivencia, convivencia con la convivencia de tus padres, y la convivencia de tus padres con lo que vos construiste en tu cabeza infradotada de 5 años a partir de lo poco que le dejaban ver o entrever de una convivencia a un nene de 5 años, pelotudo.

56-Porque no se puede confiar en vos. A la primera de cambio, te ponés todo serio y empezás a bajar línea. No entendés nada de doble sentido. No entendés nada de charla frugal, vulgar y de copetín. Nada de “small talk” para vos. Nada de relajo. Todo teoría y todo argumentación. ¿Dónde quedaron los juegos de seducción?

57-¿Quién te dijo que nunca te vas a poner de novio? ¿Qué, te creés muy especial, vos? ¿Quién sos?

58-¡Uf! Siempre hay un boludo que se pone a cuestionar las premisas del chiste.

59-¡Es un juego, pelotudo!

60-No, tiene razón. Si sé que es un juego, ¿qué carajo me importa?

61-…

62-¿Qué te hacés el interesante, vos?

63-Prefiero guardar silencio y que piensen que soy un boludo, a abrir la boca y… no… ¿cómo era?

64-Pelotudo.

65-¡Boludazo!

66-Porque esperás que te llueva. Porque cuando te llueve, usás paraguas. Y puteás porque llueve.

67-¿Ya no habían dicho antes algo parecido?

68-¿Tenemos que seguir con esta boludez? Sí, lo habían dicho antes.

69-De hecho, si se fijan bien, es el resultado de una combinación entre 34/36, 6, y una respuesta implícita que campea sobre todas las anteriores y sobre el proyecto mismo, que si bien es insinuada con sutileza en 9, no es plenamente explotada en todas las consecuencias que el dato relevante entraña: sos un histérico. Te gusta lo imposible. Te encanta pensar que…

70 et alt- ¡PUTO, PUTO, PUTO! ¡VENÍ QUE TE CAGAMO A TROMPADA! ¡NO CORRAS QUE ES PEOR! ¡VENÍ, PUTO!

71-… porque, bien en el fondo, lo único que te interesa es tener eso que llamás “una vida interesante”, a la que creés incompatible con el noviazgo convencional, el compromiso amoroso, el proyecto de familia.

72-¿Qué pasó, al final? ¿Cagaron a trompadas al puto?

73-Sí.

74-¿Por puto?

75- Por preguntar boludeces.

76-… che… ¿no nos pasamos?

77-¿Qué?

78-Que si no nos pasamos. ¿No viste el título?

79-No tengo idea.

80-Me chupa un huevo.

81-Porque estás enamorado de vos mismo. Porque sos un solipsista narcicista ombliguista, cuya única aspiración en la vida es poder autochuparse para así abandonar de una buena vez el mundanal ruido de esta vida larga y dura.

82-(Chiste acá.)

83-No sé, la verdad. Yo podría seguir así toda la vida.

84-¿No jodas? Y después preguntás por qué no tenés amigos, novia, por qué nadie quiere hablar con vos, por qué…

85-Fin.

86-A mí nadie me dice cuándo terminar. Fin.

87-Porque…

88-PD: Fin.

89-(PD posta: Fin. No le digan a nadie.)

90-95 Razones por las cuáles nunca te van a publicar. 1-No sabés cuándo ponerle fin a una historia. 2-No tenés historia. 3-Te la pasás hablando de vos mismo (no le importa a nadie) y meta y meta metareflexión (menos). 4-…

91-Creo que ya te publicaron. Ojo…

92-Porque… porque… ¿a alguien se le ocurre alguna otra razón?

93-Si a alguien se le ocurre alguna otra razón, por favor, escríbannos a elautor@algunacosa.com.

94-Decime que no está estirando hasta llegar al 100.

95-No.

96-No puede ser tan boludo.

97-Es perfectamente posible.

98-No. No puede ser.

99-¿Todavía no lo conocés? Ya vas a ver.


Matías Pailos

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06 marzo, 2011

Un día abrís la Rolling Stone y te encontrás con esto:

La estrella de rock abre los ojos y aparece enyesado de pies a cabeza. Por la ventana puede ver a la troupe de fans agolpados a un metro de una reja que termina en pinchos. Se pregunta quién construyó este hospital, donde la gente que pasa por la calle te puede ver todo enyesado.

-¿Cómo nos sentimos hoy?

La enfermera tiene la falda muy corta y el escote muy marcado. Debajo hay unas enormes tetas operadas. Es rubia, es alta, es joven.

Se pregunta cuánto tiempo lleva internado.

-¿Recordamos algo de lo que pasó?

Se pregunta por qué mierda esta boluda habla de “nosotros”, cuando es evidente que no se sienten igual, y que a ella no le pasó un carajo.

-¿Y bien?

Sí. Recuerda un colectivo. Recuerda una pareja que espera un taxi. Recuerda que la chica es morocha. Recuerda que es su novia. Recuerda comprender que el colectivo se les viene encima. Recuerda que él es el tipo que está con su novia.

Mira para afuera. Se nubló. Como ese día, de repente. Empieza a llover. Recuerda las gotas. Un colectivo, desbocado, avanza hacia los fans.

El colectivo atraviesa la reja y desaparece de la vista.

-Esto pasa siempre.

Parece fastidiada. Sale de la habitación.

Afuera, a uno y otro costado de la reja destrozada, se ve a los fans ensartados en los pinchos. El personal del hospital camina hasta ellos. Los sacan. Tratan de detener la hemorragia mientras los meten en el hospital. Espera ver muy pronto la sala repleta de heridos.

Pasan los minutos.

No pasa nada.

Solo queda un herido clavado a la reja. Una chica. Rubia. Muy parecida a su novia. Dos enfermeros la sacan y la recuestan sobre el pasto. Es su novia. Está muerta.

Los enfermeros se van. Ella abre los ojos.

Se pone de pie. Lo mira. Sonríe.

De sus brazos, de sus piernas, de su cara, salen astillas, pedazos de vidrio, pinchos en miniatura. Se desangra. Avanza hacia la ventana. Lo mira. Le vuelve a sonreír. Le manda un beso con la mano y se desploma.

Él vuelve la vista. Se pone a llorar. Las astillas, los pedazos de vidrio y los pinchos en miniatura atraviesan el yeso y caen al piso.


Matías Pailos

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16 diciembre, 2010

Pelar

Ser un Puto Peronista es toda una definición. Máxime cuándo, por todo lo que sabés, no sos puto. No tendrías problemas en serlo, si lo fueras... ¡Pero qué decís! No tendrías problemas en “decirlo” –eso querés decir-. Pero lo que pasa es que…

Mala suerte pobre tigre siempre tuvo. Pero visión, ¿quién te la puede negar? Naciste en González Catán, en medio del núcleo duro del gorilismo de La Matanza, lo que ya es mucho decir. Eran tres: tu tío, tu viejo y tu abuelo. No hay no peronistas en La Matanza. Bueno: salvo tu tío, tu viejo y tu abuelo. Y vos, claro, que como todo un pelotudo heredaste esa pasión obtusa. Qué le vas a hacer. Te brota en las venas el convencimiento de que el mal de la Argentina es la extensión del peronismo. Pero como no sos boludo –vos también fuiste a la Facultad-, sabés que el mal del Mundo es la huida en estampida de la política. Y estás en el medio de la Mercedes Benz y nadie, hijos de remil-puta, quiere pelear por los derechos del resto. Será de Dios.

… salvo esas locas de mierda que te rodean… esos culorrotos que le ponen el pecho a las balas, que bancan la parada y la más brava, que, bueno… se “rompen el culo” (algunos chistes fáciles son más difíciles de evitar que un misil teledirigido) para que nadie quede de a pie. Curioso, pensás, porque lo que fabrican son chasis de colectivos. Y te quedás ahí, lo más pancho, regodeándote en el jueguito de palabras, en las paradojas de dos pesos, mientras las locas se ponen de punta para hacer carne (de cañón) una tendencia general. Los noventa quedaron atrás. Guay del guacho que quiera poner de patitas en la calle a un, como se decía en el ’45, “laburante”. Pero (qué se le va a hacer) son putos. Y siempre hay (más de) uno dispuesto a dárselas. Así que frenan los despidos, pero no las palizas. Resultado: cinco locas menos. ¡Mejor!

La cosa es que las locas serán locas, pero sufren en carne propia las huellas de los males inmemoriales que laceran el corazón de la Patria en su seno mismo. Y ahí las ves, esperando a este o aquél punto –uno de los que se las dio- para dárselas a su vez. Ellas, no obstante, tampoco escatiman pijazos a la viava propinada. (En cambio, los puntos dispuestos a dárselas a las locas, tampoco. Porque una cosa es una cosa, y otro cosa, también.)

Ahí tenés tu iluminación. Tu sempiterna revelación cualunque. Tu faro guía. Tu idea fija.

Con tu radicalismo militante no vas a ninguna parte, ni que rimes.

Para cambiar la realidad, para hacerles comprender que lo nefasto, lo malsano, lo irreparable es la apretada, el apriete y sus subproductos: la golpiza, la paliza y la viava, y sus subproductos: la violación, la amputación y la muerte; es necesario jugar el juego desde adentro. Y convencerl@s, desde adentro, desde el ejercicio de la violencia armada (o lo que sea necesario), que ni la violencia ni el ejercicio armado es necesario (o lo que sea).

De paso (cañazo): sumás porotos a las fuerzas del bien, que atraviesan y sobrenadan cualquier jugada peroncha más o menos razonable. Basta de despidos. Ahora, por la mejora de las condiciones laborales.

Entonces es cuando las locas te ven apretar, solito, con un fierro en la mano, a este o aquél carnero, a algún barrabrava desprevenido al servicio de la patota patronal, hacerte el guapo en las circunstancias menos sensatas.

Te la dieron. ¿Esperabas que saltaran por vos? Son locas; no boludas.

Pero te visitaron en el hospital. ¿Te sirve? Y, cuando ellos bajaron la guardia, se la dieron. Porque de lo que se trata es de quién tiene la generosidad más grande.

Paralelamente, aún cuando seguís enchufado a mil tubos y cables, vas tras la pista de una pregunta pelotuda que, digamos, te “atormenta”: ¿cuál es la relación entre peronismo y putez?

Inmediatamente comprendés que no, que no era esa la palabra… pero “homosexualidad” está definitivamente fuera de lugar.

Lo peor: creés dar con una respuesta. Como por “respuesta” entendés “respuesta correcta”, estás frito.

El peroncho, en el fondo, es un puto reprimido.

Cualquiera. Te das cuenta de que es cualquiera. Ahí están los Putos Peronistas, que no le esquivan el bulto al punto. (Lo que sea.) ¿Hay algún “puto” fuera del placard que se diga “no-peronista”?

Estás en cualquiera, lo sabés. Salís del hospital con dos certezas: (1) para imponer la justicia social en este reducto de un reducto del conurbano, hay que encauzar las energías sueltas (los afamados “radicales libres”) a través del aparato de agrupaciones agrupadas en unidades básicas (o lo que sea); (2) para redirigir las energías peronchas hacia un ideario de libertad, tolerancia y respeto al prójimo, tenés que conseguir el respeto de las masas. Y eso no tenés ni puta idea de cómo hacerlo.

Al día siguiente te afiliás al PJ.

Con eso no conseguís nada.

Pero con lo otro sí.

Es curioso: parece como si el mundo estuviera equipado con un detector silencioso de gorilas. Bueno: el mundo te escucha, porque será mudo pero no sordo.

Conseguís la adhesión de todos los gorilas de la zona (tres: tu viejo y tu tío. Tu abuelo se murió. Vos sos el tercero). Pero ocurre lo increíble (… no tanto, vamos…): los garcas te hablan. Te erigís en el puente entre la patronal y los empleados combativos, con las locas como punta de lanza. Lo siento: nada dura para siempre.

Los garcas son los garcas. Las locas son peronchas, y no hay nada que hacer. No es que quieran romper todo –no son pendejos boludos, que dicen cualquiera y (gracias a Dios) no hacen nada-. Pero todo parece indicar que no van a dejarse pasar por encima ni ceder un milímetro. Toman la fábrica. Se atrincheran.

Los garcas llaman a los garcas. Las locas y el resto del sector combativo están rodeados. Tienen a Gendarmería y a la Policía soplándoles la nuca. (¡Cuac!) Tienen la falta de medios como compañía, tienen la falta de respaldo de cualquier tipo de su lado. Acá no hay cámaras ni una mierda, y el intendente –peroncho pero maleable- está comprado. La cosa es así: o rajan o esto es una masacre. Te llaman a vos, que entrás como un caballo. Y entrás. Un borracho te grita “troyano”. Lo mirás, porque no lo podés creer. Después uno, que no es una loca, que no está borracho, te dice al oído “entraste como un caballo”, y menea la cabeza. Las locas están ahí: desconfiadas. Pero dispuestas a escucharte. Putos peronistas, pensás. Esto con los radicales no hubiera pasado. Llamás a las dos más combativas, las que están a la cabeza de la toma. Tengo que hablarles, decís. Pero estás convencido de que con palabras no se arregla nada. Te creíste esa gilada de que hablar no lleva a ningún lado. Solos, decís. Ellas asienten y suben una escalera, caminan por pasillos entre oscuros y desvencijados hasta que entran en un cuarto con un colchón. Bien, pensás, porque es el único medio para evitar que todo se vaya al recarajo. Lo pensaste una y mil veces. Ahora estás seguro. Le diste mil vueltas pera ahora lo ves claro. No queda otra. No hay salida y no hay caso. Vas a hacerte culear.


Matías Pailos

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07 noviembre, 2010

Tomala vos, damela a mí

Se viene la Revolución. La espero encerrado en el baño del quinto piso, entre escobas, baldes y lampazos. Ya me vomité dos veces. Ya me cagué por toda la eternidad. El camarada León me lo dejó clarito: no salgas hasta que te hayas echado el séptimo garco. Detrás del séptimo garco está la puerta que te va a convertir en un Hombre Nuevo, Super, en Todounrevolucionario. Abrila, que las vestales del hippomarxismo te van a sacar a mordiscones subversivos el traje de pequeño burgués cómodo, petulante y narcicista que todo estudiante de Filosofía esconde y, por fin, vas a poder entrar, desnudo, en el Reino del Proletariado.

Es el sexo día de la toma. Ya pasaron cuatro Asambles. La victoria fue cada día más contundente. Vamos a obligar al Gobierno Nacional Agente del Imperialismo Yanqui a torcer el brazo. Desde la Facultad de Filosofía y Letras, vamos a hacer caer a este sistema perverso, despótico y… ¿qué más era…? ¡Ah…! … no… ¡Ah, sí: ¡egoísta!!

León. No sé qué haría sin él. ¿Vos sos el pendejo que está enamorado de Victoria?, me dijo en la primera Asamblea. Me quedé sin palabras. Creo que empecé a temblar. Me dije: cagué fuego. Pero no, porque no sabía qué era cagar fuego, y lo que no se puede pensar no exis… digo (perdón), que León es el novio de Victoria –Vicky, para Juan Cruz, porque yo la conocí por Juan Cruz, en la primera clase de Antigua. Creo que él también estaba enamorada de Vic… toria. Pero a la semana la vimos en la mesita del primer piso con un barbudo como de 25, y Juan Cruz me dijo chau. Chau, me dijo. No entendía nada. Pero después la empezamos a ver siempre con él, y pensamos que estaban curtiendo, pero la otra noche me puse en pedo y le dije que la amaba, sí, un boludo, dije amaba, qué falsedad burguesa, amaba, y entonces en la Asamblea León me dijo vos sos el pendejo que está enamorado de Victoria, pero qué raro, pensé después, porque el noviazgo implica propiedad privada, pero no, me dijo el espíritu del último empujón al capitalismo tardío, te quedaste en el cuarenta y cinco.

Tercer vómito. Necesito que alguien apague la luz del sistema posmosojuzgador, así todo esto deja de vibrar. No puedo más. ¿Quién va a limpiar? ¡La Revolución! Se piensan que somos tarados, que creemos que la Revolución es fácil. Que alcanza con tomar un edificio. ¡Es solo el primer paso! Vení, me dijo, y fuimos a apretar a unos boludos que querían dar clases. ¡Egoístas! ¡Egoístas hijos de puta! ¡Egoístas hijos de puta, rajen ya mismo que los vamos a hacer cagar fuego… (por favor)! Éramos veinte contra uno. Un acto de cobardía, podrán decir. ¡Egoístas! ¡Agentes de la mala fe pequeño burguesa! No hay moral por encima de la Revolución, me dijo León, mientras me acompaña al patio, al fogón del aula 2. Tomá, dijo: la Quilmes es burguesía transnacional. El Revolucionario toma Palermo. Se piensan que no tenemos sentido del humor.

Así que vos el pendejo que se quiere coger a Victoria. Estábamos solos, en el cuarto piso. No tengas miedo, boludo. Estaba temblando. Decime, vos, ¿la pusiste alguna vez? Porque tenés una cara de Virginia espantosa. Un Revolucionario es un hombre hecho y derecho. No se puede ser revolucionario si no se coge. No hay excepciones. Vas a tener que tomar un curso acelerado. Decime, ¿no querés ir a una orgía?

Abrió la puerta del Instituto. Tres pibes –tres hombres, todos barbudos- le daban por adelante, por atrás y por abajo a una chica que se llama María. Sé que se llama María porque fuimos juntos al CBC, y es preciosa. Todos estábamos enamorados de María. Flaca, rubia, ojos hermosos. Todos, pero absolúta-mente todos. Nunca le hablé. Nadie se animaba. Todos, absolúta-mente todos. Hasta que llegó Victoria.

Detrás, tres chicas –más grandes, tendrán veinti… no sé… ¿veintisiete? Que se la estaban chupando a uno medio pelado, musculoso, que anda todo el tiempo con León, que cerró la puerta. ¿Querés coger? Tomá esto.

Me agarró del cuello. Suavemente, pero con firmeza. Abrí la boca. No tuve opción. Tampoco quería resistirme. No quería que pensara, no sé… yo soy todo un hombre. Un Revolucionario no usa agua, dijo. Tragá. ¿Qué podía hacer?

Tragué.

Eso te va a hacer ver las estrellas. Es un curso acelerado de Marxismo para casos especiales. Y ahí me largó lo de vomitar y me dijo lo del séptimo garco. Sentate, me dijo. Vamos a hablar. Cómo habla ese hombre. Las palabras son cosas en su boca. Escupe. Las palabras salen de su boca y empiezan a construir los cimientos de la Revolución en plena Facultad de Filosofía y Letras. ‘Victoria’ es la que cava más hondo. ‘Coger’ es la que da órdenes. ‘Vos’ va y viene. Concentrate, dice León. Quiero concentrarme. Quiere hacerle caso. Quiero hacer todo lo que me pida. ¿Lo ves?, pregunta. No se le mueven los labios. ¡Qué hombre! Lo veo. ¡Lo veo, lo veo! Son los Ángeles del Infierno, los Ángeles del Apocalipsis Marxista. El primero que baja es León, que me toma de la mano y me dice vení. Voy. Ir es ponerse de pie. ¿Ves?

No veo nada.

Acercate.

Me acerco.

¿Ves?

Inclinate. Miralo bien de cerca. Eso. ¿Ves? (No veo nada.) Inclinate más. ¿Ves? (No veo, no veo, no veo.)

Hasta que veo. Las estrellas. El empuje supremo de la Revolución, que desde atrás me tira para adelante, hacia el futuro. Y vuelve a empujarme, como si quisiera desgarrarme, como si quisiera abrirse paso por mis entrañas hacia la tierra prometida, hacia la abolición del proletariado y del mundo del trabajo esclavo, que para no empujar más tiene que empujar con todo, tiene que darlo todo, tiene que meterlo todo hasta el fondo, hasta que no entre más. Y entonces estallar.

Y lo vi.

Marx. El joven Marx. Su sonrisa escapa de la barba. Sus manos sostienen el cartel en el que se encuentra (lo sé) la clave de esta Revolución y de Todas las Revoluciones Definitivas. “Como dice mi abuela”, dice el cartel, “el que no coge se deja”.

Apenas tuve la revelación, la certeza, la muestra palpable de que no estoy solo, de que esto es real, de que basta con pedir lo imposible para que el pan se multiplique en actos, Marx, el joven Marx, me hizo una zancadilla, y León y el resto de los Ángeles TroscoMarxistas me llevaron en andas, por los aires, hasta el fondo del cielo. Que es oscuro como la tumba en la que yacen los instrumentos de limpieza. Me quiero sentar y no puedo. Hace mil años que me quiero sentar y no puedo. Ahí está. Ahí viene. El séptimo garco. El cuarto vómito. Imposible percibir la diferencia: no la hay. Despierto. ¿Qué hago? ¿Dónde estoy? No puedo mantenerme en pie. ¿Quién va a limpiar? O mejor: ¿cómo? Algo me molesta. Es la… puta… puta… ahí… ¡mierda! Si abro un poco más… ¡mierda…! Un último esfuerzo (un último esfuerzo, ¡por favor, Dios!), un último, un último (¡por favor!)… uffff…

¿Cómo llego la escoba ahí dentro? Recuerdos vagos, tibios, vaporosos. León que agarra la escoba y me hace mirar, inclinate, me dice, y mirá. Y entonces la escoba desaparece. Y antes de cerrar la puerta me da un papelito, muy parecido a este que tengo en la mano. Acá –lo sé- tiene que estar lo que explique todo esto. Lo abro y leo. No entiendo. Vuelvo a leer. Sigo sin entender. Esto requiere un esfuerzo supremo de concentración revolucionaria. Nada. Me concentro y me concentro, pero no hay caso. No hay caso, no hay mundo. No entiendo qué puede haber querido decir. No entiendo cómo alguien como él puede haber dicho (o escrito) eso de que “la victoria no se socializa”.

Matías Pailos

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08 septiembre, 2010

James Brown

-Soy Ignacio, el que te la pone despacio. Soy tu camionero, loco, nena. Soy la bestia desaforada del amor. Soy el que te la gopón en trocua. Vení, vení, que estoy más caliente que un chorizo… qué linda que estás, mi cielo. Cómo te gusta la japi, por favor… Me volvés loco, ¿sabés? ¿Sabés las cosas que te voy a hacer? Noooo… te voy a agarrar –así- -así, ves- y te voy a meter la lengua hasta el esfinter, nena –así, ¿ves…? Eso, así. Mostrame la colita. Eso. ¡Qué blanquita! Vení, así. Sí, te voy a arrestar. Porque te portaste mal mal mal. ¡Manos contra la pared, carajo! Mal, muy mal. ¡Pésimo! Te voy a tener que dar con la hebilla. Sí: te va a doler. Sí: un montón. ¡Tomá! ¡Tomá! ¡Tomá…!

Todo rojo. Pero es para mejor, ¿sabés? Porque tenés que aprender a hacerme caso. Vos confiá en mí. Soy una Máquina de Sexo. Soy el Rey del Mambo, nena. La cama es nuestra pista de baile. Vamos a sacarle lustre a las sábanas. Vos dejame a mí que te de unos besitos acá, que te hable al oído así, con mi voz engolll-lada, mi voz guturaaalll, mi voz de BAJO seductora, lúbrica… HÚMEDA, nena. Dejame que te muestre. Dejame que te recorra desde la cabeza hasta la punta de los pies con mi voz engolll, con mi voz de bajjj, con mi lengua guturrr, por acá, sí, en círculos acá, ves, acá. Despacito. Despacito. Hasta que esto se ponga redondito, rojo, y duro. Hasta acá. Ahora te derrame mi saliva, nena, para que quede así, redondito y húmedo, y bajo por tu ombligo, por tu pancita hasta acá. Te doy besitos, ves, besitos por acá, y bajo. Y ahora te doy besitos por acá, ves, y te masajeo por acá arriba, ves, y saco mi lengüita, ves, y te subo y bajo, y te doy masajitos, y te beso en círculos, y abro bien la lengua y te empalago, sí, masajitos suaves, besos suaves, soy tu lobito de mar, todo húmedo y despacio. Y ahora, ves, con este dedito lindo que Dios me dio (¿sentís?), voy por acá (¿sentís?), y doy vueltas por allá (¿ves?), y vuelvo para acá (¿estás?) y otra vez más, mmmmuac.

Vamos a relajarnos. Tomemos una clase de yoga. Nos relajamos… dejamos descansar los hombros… nos aflojamos… nos arrodillamos… abrimos la boca… eso… despacito… eso… así… ahhhh-ssssíiii… listo… listo, listo… ahora vamos con la posición del gato. Palmas en el suelo. Rodillas en el suelo… dejá que te muestre. Así, ¿ves? Ahora arqueás la espalda. Así. Así. Ahora levantás la cabeza. Así. Así. Ahora mirás por detrás del hombro. Así. Así. Otra vez más. Así. Así. Asssssss…

-¡IGNACIO! ¿Qué hacés? ¡Sacá la mano de ahí, querés! Andá, lavate las manos, que la cena está lista.


Matías Pailos

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25 agosto, 2010

El Conductor

Uno intenta ser bueno y paciente, uno trata de ponerse en el lugar del otro, pero con estos negros de mierda no hay caso: hay que matarlos a todos… Noooo, si es como yo te digo: no aprenden más. Es que son negros, ¿entendés? Ojo: yo no discrimino. Me estoy refiriendo a que, ¿cómo te explico…? Son negros ‘de alma’. Sabés lo que te digo, no. Negros-de alma. Si sos negro -‘de alma’-, no cambiás más. No te podés descuidar, con ellos. El otro día se subió uno, así, zapatillas, jogging, así, morochito, capucha, gorrita. Y me dice: a tal y tal. Bué. Arranco. A las cinco cuadras me dice: ¿tenés cambio de 100…? ¿Tendés? Ahí nomás lo bajo. El negro me empieza a gritar, viste. “Eh, qué te pasa, la conchae tumadre, gil de mierda”. Bué. Se pone violento, viste. Pero a mí no me vas a correr. Menos si sos negro. Abrí la puerta, lo agarré de la capucha y lo revoleé a la calle. Ahí el negro se pone como loco. Saca un arma, me apunta, que dame todo, guacho, que sos boleta, gil. Pero yo ya estaba adentro y había puesto primera. Me le quedé mirando fijo, sin decir nada. A estos negros hay que demostrarles autoridad, que uno no les tiene miedo. A los dos segundos, los tenés comiendo de la mano.

¿Vos te creés que hizo algo? ¡Psst…! Que hiii-jo de puta… ¡Cómo vas a doblar así…! Mina, tenía que ser. Mirá: yo no discrimino, pero ahora con esta boludez del feminismo, parecería que pueden hacer cualquier cosa. Y no es así. No es así, viste… es como yo digo: la mujer, en la cocina y en… no, pará… cómo era… ¿cómo era…? La mujer con la cocina y la cama, y si se puede fifar en la cocina… ¿cómo era…? Bué. Se entiende. Las minas solo sirven para fifar y para cocinar… sí, bué: y para lavar. Y para cuidar a los pendejos… claro, claro. Pero no para manejar, hermano. Bué. Que el otro día estoy ahí, lo más bien, fumándome un pucho, por Cramer… no sé si Cramer o Monroe, mirá, si te digo te miento… bué. Estoy ahí, lo más bien, relojeando a las pendejas (ahora que vino la primavera están todas en pelotas, meneándose todo el tiempo, dale que te dale, pidiendo pija a lo loco), y de repente: ¡paf! Golpe de atrás. Imaginate: yo, a las reputeadas. Freno, agarro el bate y bajo. Recaliente. Decime mu, hijo de puta, y te parto el vidrio en ocho. Llego hasta el auto –un BM blanco de esos nuevos, importados de Alemania, o Japón, o no sé dónde- y levanto la cabeza. De adentro sale un hembrón… no te puedo explicar, mirá. Rubia, hermosa, tetas así, ves, así, loco. Infernal. Una cosa nunca vista. La cazé de refilón, pero me hice el boludo. ‘Ay, disculpame, no sé qué estaba mirando, disculpame’, dice la mina. Mirá cómo me dejaste la máquina, le digo (haciéndome el recio, viste. Eso las pone como locas). ‘Ay, no sé, pará que te paso los datos, no te preocupes, yo me hago cargo de todo, de todo, de todo’, dice. ‘Esto va a salir una fortuna’, le digo. Una fortuna, pregunta. Sí. Y ahí nomás le tiro una cifra demente. Y la mina pica. Junta las patas, se muerde los labios, se aprieta las tetas. ‘¿No lo podemos arreglar de alguna otra forma?’. ‘Yyyy… no sé’, le digo. ‘A vos qué se te ocurre’. La mina no dice nada. ‘Vení, vamo al auto así estamos más tranquilos’… ¿Vos te creés que le tuve que decir algo más? La hice pasar al asiento de atrás. Apenas me siento, me pone una mano en la pierna y me clava la vista. ‘No tengo tanta plata, ¿sabés? ¿No hay otra cosa que pueda hacer para compensarte’. Ahí directamente pone la mano en el bulto y empieza a refregar. ‘Cualquier cosa’, dice. ‘Hago todo lo que me pidas’. Cuestión que al rato me estaba chupando la pija con esos labios de puta con botox que Dios y el cirujano le dieron. Tragatela toda, puta, le digo. Y sabés qué: tragó. Todo, ¿eh? Hasta la última gota. Al final pasaba la lengüita buscando más. ‘¿Está bien?’, pregunta. ‘¿Qué más puedo hacer por vos?’. Yo estaba al palo de nuevo. Como la tengo enorme e insaciable, las minas se vuelven locas. ‘No sé si vos sola vas a poder con esto. ¿No tenés una amiguita para que te ayude?’. La muy puta abre la boquita como para que entren veinte pijas juntas. Se agacha para chupármela de nuevo. Le da unos lengüetazos y al toque mira para arriba y dice ‘pará que hago un llamado’. Al toque pasamos a buscar a una negra –pero negra negra, ¿entendés? Una colombiana con un ojete del tamaño de la Bombonera- que le encaja un chupón a la rubia y otro a mí. Quince minutos más tarde me estoy enfiestando a la rubia y a la negra en el telo de la vuelta. No sabés. Noooo… no te imaginás. Cosas que te pasa por ser tachero, viste. Ah: en una de esas le estoy dando bomba en cuatro a la rubia mientras ella se la chupa a la otra, y podés creer que suena un celular. Atiende. “Hola, mi cielo… sí, mi vida… por supuesto, papito…” –todo mientras le mete el dedo a la negra y yo me la rrremmm-pómo por detrás. No sabés. Se me puso veinte veces más dura. Le entré con ganas. A lo loco. Tanto que se escuchaba el plaf-plaf de los güevos contra las cachas. Apenas colgó pegó un grito que se escuchó en todo el telo. No te miento si te digo que ninguna mina antes acabó así. Posta… al día siguiente me llamó de nuevo. Me la recogí a ella y todas sus amigas. En una terminamos quince personas en un loft de la costanera: catorce minas y yo. Un espectáculo… no, al final la corté. Me quemaba la cabeza. Todo el tiempo llamándome, pidiendome pija a lo loco. Yo lo entiendo: una vez que prueban de esta, no quieren otra. Pero yo no tengo tiempo, viste… yo no soy como esos yipis del microcentro que… sí, yupis. ¿Yo qué dije…? Eso. Mirá, te cuento una…

… se sube un punto, un gil. Un yipi de esos. Traje, maletín, todo. El ñato me pregunta si me gustan las minas… Sí, claro, le digo. ¿Y cómo te gustan?, me dice… ¿Te gustan tetonas, por ejemplo…? Yo ahí, agarro y digo: este es puto. Este se la come doblada. Digo: este me quiere bajar la caña. Sí, digo. Me gustan tetonas. Pero minas, ¿eh…? El tipo se me queda mirando. No travas, le digo. Los travas están bien para que te chupen la pija, pero nada más. Escuchame: lo que yo digo es que si todos los días te bajás uno, entonces te sentás en el muñeco… pero esto al margen. El tipo dice que sí al toque. Dice: tengo la mina para vos. Para vos, para mí y para ese gil que pasa por la calle. Tengo todas las minas. Tengo el whisky. Tengo el telo de la vuelta. Hasta tengo la frula, si te va. Solo me falta la habilitación, me dice. Y el vuelto para el comisario. En resumen: me ofrecía el 20% del negocio. Solo tenía que darle cinco lucas ahí nomás, como para arrancar, como para que pudiera ir marchando la cosa, y la iba a levantar en pala… yo no me cuezo al primer hervor. ¿Entendés lo que te digo? A mí no me vas a hacer el cuento del tío así como así. A piola, piola y medio… yyyyyy, no sé, le digo. Justo estaba guardando para… para… ¿para qué?, me pregunta… nada, nada, le digo… doblo por acá, ¿te parece? Así es más rápido. Si no hay que seguir derecho hasta la autopista, pagar peaje… no, vos tranqui. 15 años. 15 años de tachero, llevo. Sé lo que te digo, ¿tendés? Bué. La cosa es que tengo un cuñado que labura en el Museo, en la parte administrativa, y… bué: te resumo. Le digo que este cuñado labura con mi hermana, que es pintora, viste. La mina –mi hermana- hace reproducciones de cuadros… cuadros que están en el Museo… ¿me seguís…? la cosa es sacar los originales, poner los cuadros de mi hermana… no, es todo un proceso. Mi hermana labura con dos amigas, una química y una experta en no sé qué pindonga, que le hacen no sé qué al cuadro de mi hermana y entonces parece como si fuera el otro, el posta, ¿tendés? No: que un experto medio pelo no puede distinguir entre uno y otro. A menos que se metan a hacer estudios que duran años, viste… no, boludo: puro verso. Yo hermana no tengo. Por eso con la tuya me… ah, vos tampoco. Claro, je: sos un piola. Ta bien. Bué: que ya está casi todo listo. Está hecho el contacto –un gallego que está parando en el Hyatt- y ya hay fecha para la transa. El problema es el siguiente: el gaita viene con tres de los mejores especialistas del mundo. Pero ese tampoco es un gran mambo: ya están apalabrados dos. El quilombo es el tercero. Ese pidió, le digo al ñato, equis cantidad de guita… más o menos tres veces más de lo que tengo. Yo pongo una parte, le digo, pero necesito a alguien que ponga el resto… ¿cómo “de una película”? Ninguna película. ¡Ninguna película, loco! ¡Te lo digo yo! ¿Qué? ¿Me estás diciendo mentiroso…? Yo te cuento la posta, hermano. Te digo las cosas tal cuál son. ¿Podés creer que el gil entra? Yo tampoco lo podía creer. Pero viste como son las cosas, no? Uno creería que esto solo pasa en las películas. Y en las malas, ojo. Pero no. Un pendejo como ese está expuesto. Es un nene, no sabe nada. Solo ve tetas de las que chupar guita. Pero la cosa no es así… sí, claro. ¿Te creés que nací ayer? Yo tenía una estructura montada –tenía un amigo que laburaba en el Hyatt, que hacía toda la parte operativa de la transa, y se ponía en contacto con las minas –unas pendejas de Bellas Artes con las que nos enfiestábamos cada tanto- para armar el circo… diez pavos le sacamos al boludo. Porque es así. Es así como te digo: son todos boludos. Y los más boludos son los que les gusta mal la guita. A los que le gusta mal, pero mal, eh. Mirá, escuchá esta…

Alem y Viamonte. Sube uno de estos giles. Pendejo. Veintialgo, ponele. Traje, maletín, todo… peinado con gomina, también. Al toque me pregunta que si no me quería ganar unos mangos. Lo miro. A estos los tengo junados, yo. Me dice: media luca por llevar esto a tal lado. Ahí te dan el resto. Le dije que sí. Se baja en la esquina. No habíamos hecho ni dos cuadras. Pero yo ya lo tenía. Esta me la intentaron hacer mil veces. Se creen que yo nací ayer. Apenas lo dejo al yipi, abro el paquete. Un ladrillo. Tendés, ¿no? Merca, pibe. Así que arranco y me voy al carajo. Le vendo la mitad a unos pibes del barrio, y con la otra llamo a la rubia y a la hermana... te acordás, ¿no? Te conté. La rubia que me chocó de atrás y la hermana con la que me enfiesté esa-misma-noche, je… ¿cómo que negra…? Bueno, sí… digo… sí, era negra, la hermana… sí, bueno: media hermana. No sé qué quilombo del padre por Brasil, viste… sí, Brasil, Colombia, qué se yo… uno de esos países llenos de negros… sí, era la hermana pero también era la mejor amiga, viste. Cosas de minas. Imaginate, no voy a andar cuestionándome, a esa altura. Bué. La cosa es que llamo a la rubia y a la negra –la hermana. Joya. De yapa, traen a una amiguita colorada. La grande vida, pibe. Una rubia, una línea. Una negra, una línea. Una colorada (me vuelven loco, las coloradas. Son mi perdición), una línea. Bué. Que estuve así, no sé… cuatro días, habrán sido. O una semana, qué se yo. La cosa es que cuando salgo del telo me están esperando. Lo que ellos no saben es que yo estaba esperándolos… no, que estaba esperando que me estuvieran… ¿tendés? Así que apenas los veo arranco. Tenía a las tres minas atrás. Al toque empezaron a romper las pelotas. Que parara, que se querían bajar, que no sé qué carajo. Así que tuve que pelar el fierro, viste. Se quedaron piolas. Calladitas y hacen lo que les digo. Para que entendieran le di con el canto en la jeta de la colorada. (¡Cómo me calentaba la colorada! Se me puso tiesa de solo pegarle, y eso que tenía a esos giles siguiéndome…) Doblé en una esquina y me bajé. Las minas salieron corriendo. Seguían siendo un espectáculo, corriendo medio en pelotas, con tacos, por una calle empedrada. Apenas los escucho llegar me planto rodilla en tierra y apunto. No los dejo frenar que los estoy recagando a tiros. El auto viborea y va a parar contra un semáforo. Me acerco para ver qué onda. El único que no estaba frito era el yipi. Lo saco –recagado en la patas, el pendejo- le meto dos piñas y lo acuesto en el tacho. Cuando vuelve en sí, está atado a una silla, en medio de un ambiente enorme, en una casa desierta, en medio del campo. Hola, mi cielo, le digo. Ahí pelo la navaja. Cantá, pibe, le digo. De fondo suena ABBA. ¿Conocés? Alta música, pibe. Me vuelve loco, ABBA. Me pongo a bailar, a agitarle la navaja por la cara. Lo empiezo a cortar. Le rebano una oreja. Ahí suelta todo. La merca, la guita, todo. Le rebano la otra oreja y salgo… ¿cómo que otra película? Son cosas que me pasaron, pibe. ¿Te creés que tengo tiempo para estar viendo películas? Eso no es nada, además…

La cosa es que estoy en casa con la merca y la guita que saqué del departamento del pendejo. Una vez al mes, armo la misma movida que antes: vendo parte de la merluza, y con otra me encierro en el telo con la rubia y sus hermanas… sí, la colorada también era hermana. Eran mellizas. Sí, mellizas. Trillizas. Trillizas, digo. Pero de distinto padre. La vieja era flor de puta, viste. Se dejaba empomar por su marido –un empresario que vendía inodoros –importados, ojo-, su chofer negro y el mejor amigo del marido, que era el hijo del embajador de Suecia… o uno de esos países con colorados… sí, tremenda perra… sí, no sabés… apenas dio a luz, el dorima, con la vena que le estallaba, le armó una causa y la metió adentro… tenía contactos con el ejército, el tipo. Al negro se lo chuparon. El colorado la zafó, pero… bué. Otro día te cuento. La cosa es que me encierro con las tres hermanitas en el telo. No sabés. Había ido antes y tirado la merca por toda la cama. Apenas entraron, se volvieron locas, las minas. Locas, eh. No sabía qué hacer. Un saque, una mamada, una tijereta. Otro saque, una empomada por el culo, otra tijereta. Y otro saque. Y así, dale que te dale. Habremos estado… no sé, boludo… treinta horas, ponele… no sé… encima, la negra había llevado esa cosa de perfume… ¡Lanza! Sí, eso. Y en un momento dado agarró y roció todo con eso. Imaginate. Todos reduros, y encima con eso encima. Bueno: que las minas se quedan congeladas. ¡Duras, loco! ¡Pero no de merca, tendés! Yo me pongo loco. Voy hasta la colorada, la zopapeo con la pija, y nada. Voy con la rubia: nada. Voy con la negra: lo mismo. Chau. Chau, dije. Esta cosa de negros y la reputa que la parió, viste. Entonces me dicen: “no es la droga; somos nosotros”. No-sabés-el cagazo-que me agarró. Me doy vuelta y tengo treinta enanitos verdes con caras de viejo mirándome. Sentí que se me iban a escapar los ojos, loco. Uno de los enanos chasquea la lengua… ¡y las minas desaparecen! ¡Desaparecen, tendés! Y entonces siento que me hablan, pero como que nadie mueve un músculo… como si me hablaran directamente a la cabeza, tendés. “Vamos”, dicen. Y entonces me despierto. Uff. Un flash, dije. Un mal viaje. “Está bien”, me dicen. ¡Estoy atado! ¡Estoy en una nave de mierda, volando por el espacio…! ¡Te juro, loco! ¡Ninguna película, te lo cuento tal cuál…! ¿En la próxima…? No, pará… pará que ya termino de… sí, dos minutos más y ya te… ¿cómo? ¿cambio de 100…?

Matías Pailos

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04 marzo, 2010

La opinión ajena

¿Cuánto debe, exactamente, importarnos la opinión ajena? ¿Cuánto debemos hacer depender el juicio que sobre nosotros mismos y las cosas que hacemos y que son nuestra responsabilidad formamos, de la opinión del otro, los otros y el resto? ¿Cuánto –exactamente- es la pregunta?[1]

Supongamos que uno logra, con mucho esfuerzo, empeño y dinero dilapidado en bolsillos como alcantarillas, firmar, compaginar, editar, darle el corte final y estrenar y aún comercializar con cierto éxito una película propia. Supongamos –ahora que entramos en calor- que el día posterior al estreno recibimos una andanada/un vendaval/una avalancha de comentarios, juicios y críticas, que sabemos de la existencia de esa andanada/avalancha/vendaval o malón, pero no –no todavía- de su contenido.

Pero ahí están.

A tiro de diario, revista, radio, televisión y blogósfera. Entonces viene Lenin y pregunta: ¿Qué hacer?

Supongo, así como todos supusimos anteriormente, que la actitud ideal es leerlas en su justa medida, darles importancia en su justa medida y seguir adelante, haciendo ajustes en su justa medida que atiendan, en su justa medida, a los comentarios y comentaristas, ajustando la atención a la importancia, rigor y pertinencia del comentarista, así como a la evaluación propia acerca de importancia, rigor y pertinencia del comentarista. Algo así. La pregunta que cae de maduro es qué medida es justa, o qué medida es justa medida o alguna otra pavada del estilo. Pero no nos haremos los estúpidos: sabemos bien de lo que estamos hablando.

Lo sabemos tanto y tan bien que no haremos nada de esto.

Porque –sincerémonos- está bien tender a este ideal -i.e., hacer lo posible por ajustar el propio guión al guión original en cuestión-, pero está mal creer que lo podemos hacer. Porque está mal no pensar, en primera instancia, quién es uno, cuánto puede soportar, cuánto le hace bien a uno soportar. Cuánto te va a afectar el desplante, el ninguneo, la minusvalía, el desprecio –o cualquier juicio que no te ponga por las nubes, que no reconozca que hay un antes y un después de tu película, que el sentido de la historia de la humanidad e incluso el Sentido de la Historia de la Humanidad es o es revelado a través de tu película. O Película. ¡Vamos! Que el sentido o Sentido de la Historia de la Humanidad es tu Película.

Porque tu ego no solo se dobla, sino que también se rompe a la primera de cambio.

Así que acaso lo más sensato, razonable y racional sea encerrarte en tu casa, bajar las persianas, sacar la pistola de tu abuelo y apostarte detrás del sillón, esperando al primer hijo de puta dispuesto a dejar deslizar el diario debajo de tu puerta.

Es verdad: en una de esas esto sea exagerado. Una sobreactuación típica de tu conducta neurótica -no lo niegues. La verdad, como la justicia, está en el medio. Lo que hay que hacer –lo que en verdad, lo que en serio y de verdad hay que hacer- es hacer como si nada. Como si tal cosa.

Hay que ningunearlo. Hay que dejarlo pasar. Hay que evitar vivir el momento.

¿Qué? ¿Qué pasó? ¡Ah, sí…! Gracias, gracias… ¿Qué dijo? ¿En serio dijo eso? Mirá vos… No, no lo leí. ¿Dónde decís que está…? Sí, a la noche lo leo. Sí, sí…

…, y después no hacer nada. Nada. Nada de nada, y menos que menos, ¿escuchaste? No leés los diarios. No leés las revistas. No escuchás la radio ni mirás la televisión. No prendés la computadora, y de ninguna manera –si cedés a la tentación- chequeás mails, y jamás de los jamases –si caés en la trampa- los leés, y en modo alguno –si sos tan boludo como para- googleás tu película, tu nombre, tu dirección, tu ciudad u ocupación. Te dije que no.

Así que olvidate de preguntarle a tu mujer (que, a propósito, no está en casa) si leyó, escuchó o miró esto, aquello o lo de más allá. También (tengo que decírtelo) olvidate de preguntarle a tu mejor amigo si –él sí- leyó/escuchó/vio algo de todo lo que, eventualmente, podría llegar a afectarte. Pero claro: esta es otra relación que se deterioró fruto del enorme trabajo y el enorme esfuerzo y el enorme tiempo que insumió la realización, concreción y puesta a punto de tu película. Que –acaso-, en una de esas, llamarlo resulte un poco forzado. Acaso no de. Acaso no sea la mejor idea, no, es verdad, reconocelo.

Sé fuerte. Resistí. Recurrí, si la voluntad cede, si tu espíritu se ablanda, a una potencia ancestral, a la clave de la existencia: la negación. ¿Lo leí? No me acuerdo. ¿Así que en serio ella piensa eso de…? No lo sé. ¿Quién es?

1-No lo hice.

2-No lo sé.

3-No me acuerdo.

Tres breves fórmulas a las que echar mano en todo momento.

Cierto: esto puede sonar demente. ¿Vale la pena salirse de la realidad para evitar sufrir? ¿Vale la pena intentar tapar el sol con las manos, si al final el sol siempre va a brillar cual hinchapelotas pesado monotemático sobre nuestras cabezas?

Creo que sí. Pero acá no estamos para dar con la verdad, sino para negarla. Porque –además- acaso tampoco sea –siempre- -para todos- la mejor opción.

Después de todo ella –la crítica en cuestión, algo así como La Crítica, es nada más que una vieja –de acuerdo a estándares más que razonables, toda mujer que supere los cincuenta lo es- pasada de roscas, resentida con los que hacen, con los que pueden, con lo que se animan y se juegan. Una malcogida. Una mina que solo quiere una cosa.

Podríamos tener demasiados pruritos. Podríamos estar tan mal diseñados que sufriríamos si se nos obligara a evitar el contacto con ciertos hechos. Podríamos –por caso- dejar de vivir, sentir y pensar para pasar a pensar, sentir y -por tanto- vivir con la cabeza en el hecho negado. Entonces, ¿para qué negarlo?

La autoflagelación masoquista es la salida.

Consumir toda opinión, en particular las contrarias, las críticas fulminantes, los comentarios impiadosos y devastadores. El resto se los descarta, a la primera o segunda palabra, apenas se olfatee que algo bueno hay en el aire, y se vuelve corriendo a los que no dicen nada bueno. Se los lee, se los escucha, se los ve. Una y otra vez. Y otra más. De nuevo. Hasta que nos salten las lágrimas de leer cosas como que “el guión es insostenible”, “el guión parece escrito por un nene de dos años con delirios de grandeza”, “el guión… ¿qué guión?”, para escuchar cosas como “las actuaciones fracasan, salvo las de algunos personajes secundarios, que son en verdad muy buenas. Tanto que parecen de otra película. ¿En qué pensaba el director cuando filmaba esto? La respuesta está en el aire: no pensaba”, para ver cómo el principal programa televisivo dedicado al cine –conducido por ella- dedica todo un bloque –a cargo de ella- a triturar tu película, con juicios –de ella- como “un lamentable film debut de este lamentable director. Con un poco de suerte, también sea su lamentable despedida”.[2] ¿Para qué? ¿Con qué fin? ¿Cuál es la utilidad de consumir toda esta masacre?

¡Para enfrentarse a la verdad! ¡Para estar a la altura del deber intelectual de cualquier individuo adulto, serio, responsable e inteligente! Para eso…

Pero vos podrías no ser un fanático kantiano del deber a ultranza. Si todavía te tira hacer esta gansada, entonces mejor que te vayas buscando otra razón. Por caso, dar con la mejor preparación para que la obra siguiente –el film superador- sea no solo mejor, no meramente bueno: genial.

Se me dirá: no es verdad que lo que no te mata te fortalece. A veces (¿en general?) te puede dejar doblado en un hospital enchufado a una sonda por lo que te quede de vida, si eso puede llamarse vida.

A veces, sin embargo, se limita a dejarte estéril.

Se me dirá que es lo que uno se merece después de todo lo que hizo por sacar adelante una película más bien de mierda, pero, ¿cómo saberlo? ¿Cómo saber que uno no es un genio cuando en verdad nadie puede saberlo en serio? Eso justifica encamarse con más de una crítica, por más vieja y malcogida que sea. Eso justifica, incluso, correr el riesgo que se encapriche con vos y que te plantee seriamente, sin ningún lugar a dudas, que dejes a tu mujer. Que más te vale si querés seguir filmando.

Pero vos querés seguir filmando.

Vale la pena, entonces, gastárselas en otra táctica: la anticipación.

Salí a hablar mal de vos mismo. Salí a hablar pestes de tu guión, tus actores, tus montanistas, tus sonidistas e iluminadores, salí a hablar pestes de tu productor, tu director, tus editores y tu puta película. Salí a enterrarte a vos mismo. “Película de mierda”, “Película inmirable. Película invisible”, “La peor película de la filmografía nacional”, “La peor película de la historia”, o si no también sirve, si sos lo suficientemente snob como para aspirar a un grado ulterior de sofisticación, “ni siquiera la peor película de la historia”, “Ni buena ni mala: aburrida”, “Mediocre”, “Una más”, “Que pase el que sigue”.

Esta política tiene ventajas indudables. Te blinda. Te acoraza tras un escudo protector que hace que todo tiro que te dirijan tenga un si es no es a pólvora en chimangos. Nadie quiere esto –nadie lo “prefiere”, más bien. Porque si bien “preferirían” que vos creyeras a pie juntillas (¿a quién importa lo que creés? ¡Queremos que lo digas!) en lo imperecedero e insoslayable de tu película, nos basta con que tengas una módica fe en ella. La confianza necesaria para emprender la promoción. El stock básico de certeza en la propia valía. La decisión imprescindible para pedirle unos mangos a tu mejor amigo, después convencerlo de que esa apuesta inmobiliaria es segura, que ese fondo de inversión es el modo más directo y firme para duplicar, triplicar e incluso sextuplicar el capital inicial arriesgado, incluso a sabiendas de que es meramente una pantalla, un agujero negro de guita, la excusa para un desfalco –legítimo. El arte justifica todo exceso. El arte solventa cualquier carencia-, incluso con la certeza de que la entente conformada por el estudio de arquitectura Salvio&Salvio&Salvio y el buffet de abogados Wilkins, Mendez Etcheverry y Noriega Villafañe (en las sombras, y con el que estás conectado y –acaso este no sea el vocabulario técnico, ni tampoco uno que, en ningún sentido aceptable, se corresponda y permita dar una cabal idea de lo que realmente es el caso- arreglado) tiene la menor intención de construir nada más que una extensión de sus cuentas en Saint Kitts & Nevis. Que –vamos- no tengas nada que pueda calificar más o menos como una intención seria de restituirle, en lo inmediato, el menor centavo de todo lo que, generosamente, aunque le sobre, porque por algo tiene doble apellido, te prestó.

Tampoco te creás que te necesitamos tanto. No importa tanto lo que digas o dejes de decir. Siempre hay adalides del arte auténtico dispuestos a mostrar las cartas y echar luz y sacar los trapitos al sol a como-de-lugar. También se puede confiar en los idiotas que no reparan en las sutilezas de este juego, y a los que actúan como si ni les fuera ni les viniera lo que vos puedas decir sobre vos y tu peliculita del orto.

Lo que quiero decir es que hay que contar con la mierda en contra. La maniobra suicida no te va a salvar: pero va a hacer que la mierda huela a fresas salvajes y rosa mosqueta.

Esto tampoco sirve, lo sabemos. Porque una jugada del estilo te garantiza la salida a la palestra de finos intelectuales sensibles a las maniobras minimalistas, decodificantes, posmodernas y metadiscursivas que una película tan de mierda desde una óptica clásica, convencional e ingenua como la tuya exhibe con acabada maestría. Con pulcra precisión. Con tajante hidalguía. Con un coraje y una desmesura tan heroica como un Quijote frente a molinos de viento.

Ellos te van a elevar, a entronizar, a endiosar. A cosificar. A usar, lavar y reciclar. Finalmente, a defenestrar, a dejar caer, a quitar sutilmente la tablita sobre la que te creías firmemente asentado, pero en la que en verdad, sin saberlo, estabas haciendo equilibrio.

Como lo que hizo la turra de la vieja.

O meramente te van a dejar de lado.

Como lo que hizo (¿hace cuánto, ya?) tu mujer. La hija de puta de tu mujer, que no te perdona una. ¿Qué es una infidelidad, contra seis años de sólido noviazgo?

Esto tampoco sirve.

¿Qué hacer, Lenin? ¿¿¿Qué???

Lo que hay que hacer, como resulta evidente una vez que uno ha transitado mentalmente y por adelantado todos estos caminos, es tomarse las cosas en serio, dar dos pasos atrás, y hacer una película de mierda. Filmar, adrede y con toda intención e incluso intencionalmente, un mamarracho injustificable, imposible de rescatar teóricamente, imposible de vivir ajustado a una butaca, a una cama, a una silla de computadora. No difícil, insisto: imposible. E imposible de reseñar. Que sea la mezcla exacta de pésima calidad, malos objetivos, nefastos actores, guión entre rudimentario e inexistente, realización ausente y –esto es lo más importante- que defraude en todo sentido. Que sea un bodrio aburridisidísísimo -pero también barato. Que sea la combinación perfecta del más contemplativo cine iraní y la más melodramática y berreta telecomedia sentimental. Que incluya golpes bajos. Que no sean siquiera golpes. Que burle toda expectativa. Que, entre lo uno y lo otro, no se quede con ninguno.

Esto es importante destacarlo. Con ninguno. No con ambos. Ninguna mierda tipo “Irma Vep”. Ninguna garcha de reconciliación de opuestos ni de cruce de tradiciones ni puta mierda. Con ninguno. Con nada.

Que quede todo relegado al olvido.

Uno puede preguntar, en este punto, qué se gana con esto.

La respuesta podría estar en el ejercicio adolescente de la rebeldía, en la puesta en práctica de una libertad irredenta, en la reivindicación del capricho personal más allá de cualquier ambición y pretensión creativa. En un extremar voluntades. En una autoafirmación del yo autosuficiente.

La respuesta podría ser una pareja no rifada. La respuesta podría ser ahorrarse una amante despechada. La respuesta podría ser un amigo no mortalmente ofendido. Ni enojado.

Pero no.

¿Qué carajo quieren decir las últimas veinte frases? ¿Qué carajo quieren decir las últimas doscientas? Nada que pueda entender. Uno quiere gustar. Quiere que lo que uno hace con tanto esfuerzo, sacrificio y vueltas de la mollera en el exprimidor, deje extáticos de placer, de emoción, de enrosques intelectuales, al público espectador. Uno no va más allá de tibias y moderadas ambiciones burguesas, por muy grandilocuentes que sea su expresión. ¿Cómo contribuye el propio fracaso a este fin? De ninguna forma.

Pero además esto es soslayar la cuestión y cambiar de tema. La película ya la filmaste, la opinión ajena ya está presentada y ya toca a tu puerta y abras o no se te va a meter adentro. La pregunta sigue siendo qué hacer con ella.

Como la carta documento que recibiste una semana atrás. La que te instaba a presentarte, en el plazo de siete (7) días en los Tribunales Federales para responder ante las acusaciones de estafa (después decía más cosas, algo así como “múltiple”, “agravado”, “dolo” y algunas otras cosas parecidas) por parte de alguien que en otro momento se decía tu mejor amigo, el muy miserable.

Ya descartamos el enfrentamiento cara a cara (perdés), el ataque a traición (perdés), hacerte el boludo (perdés de lo lindo), el espíritu negociador y conciliador en búsqueda del acuerdo consensuado (perdés por goleada en un enfrentamiento cara a cara coronado por un ataque a traición, boludo).

No me digas que el ataque terrorista es la salida. No sugieras ir a poner bombas a diarios, revistas, radios y canales de televisión. No pretendas infectar de virtuales virus la virtual blogósfera, cuando no tenés ni puta idea qué es un byte. Cuando nunca tuviste un arma en la mano. Cuando aún cuando el mundo arda, la opinión va a estar todavía en el aire.

Estamos lidiando con potencias abstractas. Con entidades platónicas. La opinión ajena es algo que no existe que infecta tus sinapsis hasta dejarte babeante, con ojos vidriosos, en pleno balbuceo, cagado encima.

No me hables de fugar hacia delante. La opinión ajena es una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.

La opinión ajena es como el aire que respirás. Y por más que quieras ser aire, mi amigo, y fluir anarcotizado, eso no va a ocurrir. No sos un gemelo fantástico.

Si tocan a tu puerta, como ahora, no hay salida. Así que podrías pensar que una salida posible es no soltar la pistola del abuelo. Abrir la boca. Eso. Así. Otra idea de mierda. No se puede confiar en vos. Ahora metela adentro. Eso. Así. ¿Te gusta? ¿Te deja contento? Es obvio que así no vas a arreglar nada. Es obvio que así solo vas a multiplicar las dificultades. Tampoco vas a modificar la opinión sobre tu película, sobre tu vida, sobre vos. Eso. Así. Te gusta, ¿no? Era obvio que te gusta. Otra vez la salida fácil. El primer paso para salir adelante es reconocer que se está en el fondo del pozo. Que no podés caer más abajo.

A menos que sigas adelante.

Eso. Así. Ni se te ocurra apretar.

Matías Pailos


[1] ¿Mucho, poquito o nada?

[2] Por supuesto que todo esto es una exageración deformada por el lente de los ojos inseguros del eventual cineasta. La Crítica no muestra –no puede mostrar- tamaña uniformidad o ni consenso. No hay nadie tan despiadado. No hay nadie tan ridículamente artero ni tan torpemente cruel. De modo similar, es impensable un público consumidor de comentarios tan desmedidos e infantilmente sádicos, así que nada de esto ocurrió, ocurre, ni puede llegar a ocurrir. Las cosas no son así.

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12 enero, 2010

Otro tema

Nunca pude ver a otro. Siempre me intrigó. ¿Cómo son los demás? ¿Comen? ¿Cagan? ¿Cogen? Imposible saberlo. El conocimiento genuino, de primera mano, el que no es mero subproducto de una conjunción de abstracciones, sino el resultado de la acción directa del contacto franco, cara a cara, sensorial, físico. ¿Cómo remediar esa carencia? ¿Cómo salir de mi aislamiento? La imposibilidad de realizar la alternativa ideal no es más que una excusa para no hacer lo mejor que podemos. Conseguí un maniquí y lo disfracé de otro. Helo ahí. Él, distinto de mí, frente a frente, separados solo por un mínimo espacio infinitamente divisible. ¿Y ahora? Le pedía, le imploraba mentalmente, con cada fibra de mi alma descocada, que hiciera algo, cualquier cosa. Que me diera una señal. Pasó tanto tiempo que me quedé dormido de los nervios. De la tensión. De la fatiga de la tensión nerviosa acumulada ante la inminencia de evento tan trascendente: el momento más importante de mi vida. El contacto con ese no-yo. Tan no-yo que es mucho más que no-yo: es otro. Tan otro que yo no soy yo: soy no-otro. Las negaciones invertían la polaridad a la velocidad del sonido. Bostecé. De la fatiga de la tensión nerviosa acumulada por el tropel de sucesos, eventos y acontecimientos que se habían suscitados todos a la vez, amontonados en el mismo fragmento espacio-temporal, me puse a hacer zapping mental. El maniquí seguía imperturbable. Solo entonces, cuando la segunda oleada de imperturbabilidad anegó mi ser-no-otro con la impostergable necesidad de reconocer los fuegos fatuos de mi vanidad que el otro es más que otro precisamente por ser otro: es radicalmente-desconocido. ¿Y si ya había hecho algo? Algo, cualquier cosa. ¿Y si ya había dado una señal? Me desesperé. ¿Y si el otro ya había, con solo ser él-mismo, había tendido un puente entre las gigantescas sombras que el otro tiende sobre el no-otro? ¿Y si el otro es tan otro que en su otredad alterativa puede lo que yo, en mi yoidez, no puedo –saltar la cerca del no-otro para llegar a mi mismidad –a mi ser yo en-tanto-yo? Esto no podía seguir. Así. ¿Y si lo besaba? ¿Y si lo palpaba impúdicamente? ¿Y si me permitía un acceso alterno, alternativo, alteritivo al ser del otro por medio de lo más mío de mí –en forma de primitiva incrustación acoplativa? Pero sería violar los derechos inalienables que le asienten por ser meramente lo otro de lo otro de lo otro, en su soberana autonomía superhómbrica. ¿Y si solo la puntita? ¿Y si meramente lo puenteaba? ¿La primera falange? Desfallezco. Me acosan los fantasmas de lo imposible, de la finitud puesta de revés frente a mí, sobre mi, cabe, contra y bajo mí. Entonces tengo una idea genial. Fabulosa. Suprema y soberbia.



Superior.


Saco al gorrión de la pajarera y lo aferro con los dientes mientras se debate entre la vida y la muerte, ante un espectáculo más importante que la suma de sus días: el maniquí es insertado a las patadas en la jaula. Lo comprimo. Lo estrecho. Lo ajusto y lo aprieto, aprieto, aprieto: lo aprieto mucho. El otro –Mi otro, Lo otro-, para mi enorme sorpresa, congoja y fastidio: no se queja.

Nada enerva más que la falta de reacción.

Nada sulfura más que la manifiesta inacción.

Nada encrespa más que la ausencia de emoción.

Fuera de mí o des-aforado, tomo el costurero y aplico, encallo y ensarto los mil alfileres y agujas en su cuerpo, cara y superficie adyacente al ombligo, para que por fin, de una buena vez, ¡reaccione!

Nada.

Mi desilusión es devastadora. Mi falta de contacto real y genuino despierta al gigante dormido en mi interior que olfatea el riesgo. ¿Y si reacciona? ¿Y si se lo toma a pecho? ¿Y si oficia de Ángel Exterminador? ¿Y si no le gusta el color de mi remera?

Pánico

Algo en mí actúa por mí porque yo no puedo hacerme cargo. Esto me excede. Algo en mí decide que yo no puedo estar a cargo así que me saca a las patadas del cargo que ocupo en la dirección general de mi asuntos [la sangre de gorrión en boca dejó de chorrear y ahora es una amplia lonja irregular que pinta mis labios y me hace sonreír, me besa en la boca y pasa un año junto a mí] y pisa el costurero, busca y sale a recorrer hasta que vuelve con un balde de negro y espeso material que vuelca sobre el otro, que tiñe cada palmo de su anatomía de una negra esencia espesa ideal para prederle fuego. Arde y se evapora. Vuelvo sobre mí y retomo la posesión de mi cargo, sin que algo en mí se queje, despotrique, ni muestre signos de seguir ahí. ¿Alguna vez hubo algo que no sea una u otra forma de ser yo o algo en mí de lo que otro a cargo pueda envanecerse? Concluyo que no, que es imposible, y me duerme en llanto, con la conciencia del deber intelectual cumplido.


Matías Pailos

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