El Mate Tuerto

"Se fingirá el saber que no se tiene."

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Nombre: El Mate Tuerto
Ubicación: Argentina

22 noviembre, 2011

El yo-yo Russell

Yo, yo y yo. Y si queda espacio, también yo. La literatura auto-referencial es pura confusión que encubre el verdadero fenómeno: un autor desbocado. Que no se dedica a describir el mundo o a pintar su aldea. (Lo que es una bendición: basta de confundir oficios. Un teclado no es una brocha gorda.) Que no se aboca a la tarea de divertir, de ser un correcto artesano obediente de las reglas del género. (Otra bendición. Ya bastante tengo con agachar la cabeza ante mi jefe como para hacer lo que me diga un cacho de tela.) Que no arma un rompecabezas complejo con múltiples personajes. (Porque los narcisistas no tienen la capacidad suficiente como para resolver acertijos engorrosos.) El autor auto-referencial pone el carro delante del caballo y a él por delante de la historia. Y todos trinan. No a coro, porque la gente nunca se pone de acuerdo. Por un lado, gritan “aburrido” –porque ellos creen que solo los divierte “una historia bien contada”, y cuando el autor aparece en primer plano, los límites del relato se difuminan-; por el otro, se indignan: “¿y a mí qué me importa cuál es el postre favorito de tu abuelita?”.

Y en el fondo, todos tienen razón.

Así que hacerles ver que, a pesar de eso, hay algo que se les escapa, es todo un triunfo.

Pero bueno, hay antecedentes notables para todo. Por ejemplo, qué se yo: Henry Miller. Acá tenemos una primera persona, como en cualquier autobiografía, contando parte de su vida, como en cualquier capítulo de una autobiografía, durante 200 o 300 páginas, como en cualquier novela más o menos estándar, desde una primera persona desaforada. Como en muy pocos lados.

Miller es hijo directo del hombre del subsuelo de Dostoievski, muy dispuesto a poner los trapitos al sol, lavar la basura fuera de casa y todas esas cosas detestadas por los códigos del mundo del fútbol. Mezcla un egoísmo hiper-narcisista que raya en lo ridículo –en abundantes dosis de priapismo dispuesto a trasmutar en poncho cualquier agujero- con cierta búsqueda ética de runfla existencialista (algunos años antes de que la cosa se pusiera de moda) con visos epifánicos de corte budista. Lindo mambo, tenés.

Sumen a Philip Roth. Incluso cuando no dice “Philip Roth”. Incluso cuando se camufla. El nombre es lo de menos.

Este es un primer modelo. Si quieren, “propiamente norteamericano” –hasta que encontremos algún caso que lo desmienta. El segundo podría ser “propiamente no-norteamericano” (perdón). Acá el autor se pone como personaje, abandona la primera persona, se toma en solfa (un poco), se pone como clave, pero también como uno más. Lo fundamental: no protagoniza. Pienso en el Sábato de “Abbadón”, y ya que estamos, pienso en el Houllebecq de “El mapa y el territorio”, que me cuesta no recomendar un montón, así que para qué reprimirse. Podría pensarse que acá no hay mesianismo, pero ya les dije: Sábato y Houllebecq.[1]

El tercer tipo de literatura del yo es la que está de moda. Sebald/Vila-Matas/Levrero. El auténtico Eje del Mal. Es “del yo” porque el autor dice ser el autor, y te cuenta mucho de su –intrascendente- vida cotidiana. Hay: mezcla de registros (ensayo, crónica, algún poemita, autobio y pure fiction), un si es no es moderno en la voluntad de hacer algo (i) nuevo, (ii) superador, y (iii) actual, y muchas ganas de apropiarse del relato (de hacerlo verdaderamente propio… no sé qué quise decir con esto). De todos los que nombré, el que más me gusta es el Levrero de “La novela luminosa”. Pero si solo van a darle una oportunidad al sub-subgénero, léanse “Tres reflexiones acerca de la muerte”, un cuento de William Vollman que consiguen en el volumen 1 (el único en el mercado) de “Lo mejor de McSweeney’s”.

Después está Polleri. Qué capo, Polleri. El tipo solo escribe autobiografías. Por ejemplo, la de un muñeco de ventrílocuo (en “La inocencia”). Por ejemplo, la del autor de “Gran ensayo sobre Baudelaire” (en “Gran ensayo sobre Baudelaire”). Por ejemplo, la de loquitos, artistas y lúmpenes (en el resto). Léanlo: nadie escribe como él. Tiene el envaramiento del Dostoievski de “Apuntes del subsuelo” (link a Miller) y la agilidad poética de estos tiempos de un pendejo como Martín Dubini. (A propósito, vayan a http://www.agenciadecontrol.blogspot.com/ y después me cuentan.) Yo quisiera escribir como Polleri. O como Dubini.

La pregunta es: ¿y los blogs? ¿Y las capas geológicas de pequeños burgueses que en algún momento de nuestras vidas hicimos semi-públicos nuestros (escasos) triunfos y (múltiples) derrotas, en formato blogspot, wordpress et alt? ¿Qué tienen que ver con todo esto?

Bueno, de momento: nada.


Matías Pailos



[1] A los que podríamos sumar al David Foster Wallace que protagoniza –o sea: no lo podemos sumar- la última novela de David Foster Wallace, “The Pale King”, todavía no traducida al español. La producción de este artículo decidió por voto dividido mencionar este hecho en una nota al pie. (Notabene: no sé en qué quedamos, entonces. ¿Mando o no al tacho lo de “no-norteamericano”?)

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03 octubre, 2010

Militancia

Los estudios perpetrados en el área de la taxonomía de la amistad, revelan que el tipo de amistad que me une con A es del siguiente tipo:

Intermitente.

Nos vemos una o dos veces al año. Suele mediar algún propósito subsidiario al mero constatar el estado general de los proyectos, logros, frustraciones y estados anímicos del otro. En este caso, la requisitoria corrió a mi cargo: quería darle el libro (el que publiqué hace cosa de un mes, el infame “El amor nos va a separar”). Suele pasar que las conversaciones con A son ajustes de cuentas.

No solo es peronista, sino que a todo fin práctico, también es militante. Eso me pone en una situación incómoda. Yo no milito sino en mi propio beneficio. Soy ese epítome de la psicopatología fogoneada por el menemismo: un egoísta. Y no me gusta dilapidar energías en nada que no contribuya directamente a la consecución de este o aquél objetivo de ese tenor.

Mirá, loco: yo solo quería publicar. Y ahí tenés: publiqué. Listo. Misión cumplida.

Listo.

Ahí empieza la carrera alocada en la que soy corrido por izquierda.

¿Sos peronista? Sí, ¿y? Nada, nada. Pero en el blog no hablás de lo que pasa… Yyy… a veces. Pero no tenés autoridad moral para (por supuesto: no dijo ‘autoridad moral’).

Ahí salté: no. Ni la necesito. Porque una cosa es hacer y otra, muy diferente, hablar acerca de lo que se hace. Se puede ser un muy competente hacedor, y un pésimo analista. Se puede ser un muy lúcido (¡y crítico!) analista, pero un nulo hacedor. Se puede, incluso, ser un intelectual notable de nula catadura moral. ¡Se puede ser nazi e inteligente!

Por supuesto: no me creía ni jota. Porque aunque tengo los mejores argumentos para concluir que no hay que presentar el carnet de afiliado antes de emitir opinión, en el fondo de mi corazón (los corazones vienen provistos de piecitas al fondo, que por algún motivo que desconozco, los usos y costumbres lingüísticos relegan a ese recóndito ambiente las claves de, bueno (¡ejem!)… nuestra “ “ “ “alma” ” ” ”), creo que no tengo derecho a hablar.

(Siempre hay un proverbio a mano para resumir la situación. En este caso, “hay que sostener con el cuero lo que se dice con el pico”, o algo así, ¿no?. Voy a revisar mi stock de citas de Solari. Seguro que hay alguna que viene al caso. El Indio como autómata titulador, como resumen Larousse, como guía espiritual popular.)

En síntesis: sí, creo que lo que da sentido (perdón), lo que hace más profundo, valiosa e interesante una vida, es entrelazarlas con otras, en un proyecto –cualquiera- colectivo. Algo que integre no solo una familia, sino una comunidad. Una radio comunitaria. Una empresa cooperativa. Una feria. Una fiesta. Cualquier pindonga. Si pone contenta a la gente, mejor. Si la ayuda, mejor. Si les da laburo: bárbaro. Lo que sea –cualquier pindonga. Si se hace en beneficio del resto: muchísimo mejor. (Obvio que, en el fondo y en algún sentido, toda razón es egoísta. Pero esas son giladas. Lo importante es la superficie. No somos criaturas abisales.) A me proponía y defendía eso, a una escala ridículamente ínfima: que apoyara, con posts en un blog (¿se puede estar menos integrado? ¿Se puede colaborar de modo menos desprendido?), la gestión actual y el proyecto oficial. Peronista. Progresista. Kirchnerista.

Me defendí con las armas de rigor: ese asunto ocupa un área despreciable de mi pensamiento. Entonces no te pongas a opinar, dijo A, y vuelta a empezar.

En algún momento la discusión se volvía estética. Título de la ponencia: el panfleto como herramienta política y recurso literario.

Ser corrido por izquierda es un placer culposo.

(Ahora, a pocos minutos de celebrar el triunfo de Dilma en Brasil –también hablamos mucho de Brasil, con A. Él lo defiende como el modelo cultural a seguir, donde los artistas de elite son los artistas más populares, precisamente porque entienden que hacer un tema para que lo disfruten cinco es tirar la guitarra a la basura. Yo, sujeto de gustos más bien elitistas, que no veo qué futuro podrían tener los Pixies en Brasil, me resisto… por otra parte, A sobreactúa, claramente. Con el hijo de puta compartimos el gusto por los Peligrosos Gorriones, cuya reunión cumbre fue presenciada por la ingente cantidad de… 200 personas.)

Lo dejé a A y corrí en brazos del amigo más descomprometido que tengo, al que llamaremos, de modo muy ocurrente, B.

Le resumí el debate. Rsta de B: ¡pppfffffffffff…!

Porque B, niños, es un apolítico redomado.

(¡Ah, otra vez caí en la trampa! ¡Otra vez el contrapunto de extremos!

No aprendo más…)

No es que no tenga opiniones políticas, ni opiniones sobre política, ni opiniones que, en algún sentido, tengan alguna oblicua relación con la política. Las tiene todas. Y en cantidad. Pero, como sucede muchas veces, ese no es el punto, caballero.

Lo importante es que es lo más alejado de un militante que yo conozca. Hasta tiene miedo de aparecer mencionado al lado de alguna causa que, en un futuro, podría relacionarlo de modo desafortunado con individuos que en otro tiempo, bueno, no la pasaron tan bien. Es cierto. ¿Quién puede decir que lo peor ya pasó?

(Cuando escribí esto, la asonada ecuatoriana todavía no había presentado sus papeles. Honduras sí, en cambio. Lindo patrón. Pero siempre podemos contrastarlo con la celeridad y contundencia del frente presidencial unasurense en defensa de las democracias regionales. Esto en los setenta no pasaba. ¿Queda mal si inflo el pecho? ¿Queda mal si me hincho de orgullo (debe ser algo que comí ayer)? ¿Queda mal si reboso, cual milanesa, de felicidad?)

B pone cara de asco. Le disgusta cualquier compromiso político, y te lo hace saber con la cara más que con las palabras. Compromiso y militancia suena demasiado a deber castrador y a fanático fundamentalista que, al menos, si no males peores, son cosas aburridas. Con las que es difícil relacionarte con honestidad, ganas y sinceridad. Es todo forzado. No es que él diga que… pero… bueno… (reponga argumento acá.)

Justo en ese momento me apareció un monstruito en la joroba que, con expresión incrédula y dedo acusador, le señalaba que (i) no hay, o al menos no es sano, tener miedo. Que hay que actuar a pesar del miedo. Que solo así vamos, todos –y no solo, pero también él-, a estar mejor, porque además (ii) esto no es juego. Hay quienes la pasan mal, y está en manos de esta sociedad –del resultado de las futuras elecciones, en particular- decidir su suerte. No se te pide mucho. Solo que opines. Que apoyes. Que actúes.

Así que oscilaba entre la culpa por no hacer y la culpa por aburrir. Y claro que estoy tentado a concluir que lo mío es el justo medio aristotélico, pero aunque soy bastante dolobu, esta no la paso. Es fácil construir escalas para que Sabatella parezca un fanático, y Magneto, un moderado. Es solo el temperamento que tocó y supe construir. Tampoco se sigue de que el grado de compromiso que haya tenido sea tal, que el que vaya o me convenga o deba tener sea el mismo. Ni –lo siento- voy a sentarme lo más campante a disfrutar de todos los interrogantes acumulados porque (¡qué idiotez!) una pregunta vale más que mil respuestas (¡qué idiotez! ¡que idiotez!). Voy a seguir lamiendome las heridas y haciendo lo que mejor me sale: mirar para otro lado.

(Pero miento, miento y vuelvo a mentir. En estos tiempos, si no en otros, cada encuentro con A me insufla sentido de pertenencia y voluntad de participar, y tremendas ganas de haber estado con Idez afuera del Luna en su búsqueda del Nestornauta, y con A y las más de sesenta y dos organizaciones adentro del Luna llevados de la mano de Cris, en plena empatía militante, de cara al pueblo del que somos parte, aunque a veces la gente nos confunda, en un constante reclamo que, a pesar de lo que ellos a veces puedan pensar, no es revancha: es justicia.)

Matías Pailos

(Ya, ya, ya quiero que sean las cinco, seis o siete de la tarde para poder disfrutar, televisión o internet mediante, del triunfo de Dilma desde debajo de las sábanas, en medio de la unidad básica en su apoyo que Jacoby montó en la Bienal de San Pablo, que parece que no le cae tan bien la política peronista, que si no internacional, al menos siempre fue un movimiento latinoamericanista, qué carajo.)

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04 octubre, 2009

Patria chica

Conviene que esta nota sobre Vicente López comience con una descripción de Pocitos. No soy uruguayo, apenas conozco Montevideo y no recuerdo haber estado en Pocitos. Esto me pone en pie de igualdad con Polleri, el autor de la descripción de Pocitos, que no es argentino, no conoce Buenos Aires y no tiene idea de que “Vicente López” pueda nombrar algo. Pero dijo –sobre Pocitos, no sobre Vicente López- que “nuestro barrio no era una barrio, sino un barrio residencial, es decir, lo opuesto a un barrio, lo totalmente opuesto a un barrio”.

Vicente López está lleno de milicos, altos mandos policiales, políticos de dudosa calaña y nazis. Recuerdo que en la otra punta del piso 12 en el que vivía de chico, había una geróntica pareja perpetuamente sonriente que jamás me dirigía la palabra –con lo que se ganaron eternamente mi corazón: no me hablen. Si bien conmigo amarrocaban partículas lingüísticas, las dispensaban generosamente a su hijo, un boludón de más de cuarenta con bigote policial de rigor, que vuelta a vuelta caía por el edificio para comprobar que no hubiera que encarar ningún trámite fúnebre de apuro. Las palabras elegidas eran alemanas, lo sé. Y ellos eran nazis. Todos los alemanes son nazis.

Vicente López no es la gente que lo habita. Vicente López es todo el resto. Las calles despojadas de circulación automotriz, las veredas despojadas de circulación peatonal, los chalets. La profusión de árboles, arbolitos, arbustos. Los soretes de perro. Los puestos de vigilancia por esquina (que son un martirio personal. No les hablo, no los miro, no existen. No porque me caigan mal –aunque poco sí, pero supongo que ellos preferirían hacer otra cosa que estar 12 horas por días 7 días por semanas orbitando alrededor de un cubículo unipersonal-: es que no me gusta hablar con la gente. Saludar es hablar. Saludar es salir de mi mambo para atender, mínimamente, al orden del mundo. No veo por qué debería. Sumen un poco de timidez, otro poco de vergüenza, y ya estarán completamente fuera del tema de esta nota.)

Los pájaros están en todos lados, como los perros de Pulp. Pájaros de todo tipo, con todo tipo de canto, entonado a toda hora. Mañana, tarde y noche con cantos aviares de todo tipo, entonados a lo largo de todo el espectro sonoro. Vicente López es el campo, más un poco de cemento.

Los límites de Vicente López son claros. La frontera sureste es la General Paz que nos separa de Nuñez, que es casi tan inhumano como VL. La avenida Maipú lo separa de Florida (que es el modo concheto de ser un barrio) y al noreste, la indefinidamente extensible masa acuosa del Río de la Plata. Esto es lo mejor de Vicente López. Corre el rumor de que, oficialmente, VL termina en Yrigoyen, es decir: cinco cuadras antes de la Quinta Presidencial. Pero esos límites institucionales no le importan a nadie –ni a las inmobiliarias. Para todo fin práctico, Vicente López, con sus cuatro o cinco diagonales, más alguna calle chanfleada, termina en la Quinta.

Algunos orgullos locales: el Nacional Vicente López, cuna de siete estudiantes desaparecidos (entre ellos, el hijo de Fernandez Meijide), de Richard Coleman, Diego Frenkel, los Calamaro Bros y Matías Martin. Otro: el monumento al archirecto Amancio Williams, también conocido como las “colas de ballena”. Ahí donde tuve a bien ser corrido por un puñado de hinchas de Excursionistas un año atrás.

De mis treinta y dos años de vida, pasé treinta y dos en Vicente López. Todo indica que también voy a pasar treinta y tres. Pero no más. Ya fue suficiente. Ya estoy grandecito y ya es hora de dejar el terruño. Ya es hora de no confiar en que alguien haga las compras, cocine y lave. Ya es hora de dejar de ser un nene de mamá.

Pero me está costando, vea.

Matías Pailos

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20 agosto, 2009

Ricardo Enrique Bochini: por un fútbol menor






La primera vez que me asomé a una utopía popular fue en la tribuna de Independiente. Miles de voluntades mancomunadas cantaban a voz en cuello, apropiándose de la música de Gieco: “Sólo le pido a Dios/ Que Bochini juegue para siempre/ Siempre para Independiente/ Para toda la alegría de la gente”. El imposible biológico, que un jugador de fútbol venciera el deterioro del tiempo para jugar eternamente, no prometía la muerte de los rivales ni su fervorosa sodomización (leiv motivs de las tribunas) sino algo mucho más extraño y elusivo: su sempiterna alegría. Al final del cantito bajaba de las tribunas un grito ensordecedor Bo-bo-chi-ni Bo-bo-chi-ni y allá lejos, en el campo de juego un hombrecito minúsculo que trotaba en el césped levantaba los brazos, entre agradecido e intimidado. No recuerdo la primera vez que oí hablar de él y si digo que lo vi jugar en realidad quiero decir que estuve presente en una cancha mientras él disputaba un partido pero en aquellas épocas el fútbol se escurría de mi entendimiento y me costaba sostener la atención durante todo un partido. Sí recuerdo nítidamente una mañana del verano de 1988 en Mar del Plata, pero dejemos eso para más adelante.


Gran parte de la genialidad del Bocha está asociada a la aparente contradicción que encarna: en sus épocas de esplendor Bochini parecía cualquier cosa menos un jugador de fútbol: enjuto, bajito, algo desgarbado, portador de una pelada de oficinista y un rictus amargo en la boca, trotaba la cancha con el desdén de un burócrata. Nada de contradicción, no es a pesar sino gracias a esas debilidades que Bochini se convirtió en Bochini: el hombre que supo hacer de su fragilidad su fortaleza, a despecho de los atributos fascistoides que la publicidad nos ofrece como objetos del deseo: fuerza, velocidad, belleza física, dominio, poder. Como salvedad debo reconocer que yo fui testigo de los últimos años futbolísticos del Bocha, cuando ya estaban mermadas sus de por sí exiguas dotes atléticas, pero creo que esta fue su mejor etapa, la que lo terminó de consolidar con la marca que distingue a los más grandes en toda actividad humana: la de convertir su nombre en adjetivo, en esos años en los que las piernas no le daban para correr y gambetear hacia delante ni el físico para poner el cuerpo ni la velocidad para echar un pique se terminó de trazar el camino que va de Bochini a lo Bochinesco. O para decirlo de otro modo: cuanto más se debilitó su cuerpo aún más se fortaleció su fútbol. En lugar de obsesionarse con el gol, meta obvia del juego, demostración de poder y superioridad, Bochini se concentró en el pase: prefirió gestar los goles antes que hacerlos. De ahí tal vez cierto aire desprolijo en sus conquistas, como hechas a pesar de sí mismo. Sus pases, en cambio, son de una belleza inusitada. No importaba cuantos zagueros le pusieran delante: Bochini nos enseñó que con un pase se puede caminar a través de las paredes que elevan las más aguerridas defensas, hizo del pase una línea de fuga sutil, delicada en su trazo que atraviesa todas las piernas dispuestas a romper y desemboca a los pies de un delantero mano a mano frente al arco. Por eso tal vez algunas de las jugadas más hermosas de Bochini ni siquiera hayan terminado en gol, malogradas por la impericia de un novel puntero pero qué importa, qué más da, si nos regalaban la belleza del juego y la lección inolvidable: “por ahí sí que se puede pasar”. Bochini nos mostró que un gran jugador no necesita tirarse a los pies ni correr una maratón interminable, ni insultar a rivales y referee, ni franelear histriónico una camiseta que está dispuesto a abandonar mañana por un puñado de euros. “Si el Bocha frota la lámpara”, decían en las tribunas. Un gran jugador vale en potencia, no en acto, por lo que puede llegar a hacer. Bochini nos regaló una lección domingo a domingo: un gran jugador no juega el partido: lo interviene. El Bocha no ganó una fortuna, no jugó en Europa, no ganó el botín de oro y nunca se destacó en la Selección, eso sí: creó a sus predecesores y uno de ellos, el representante del Fútbol Mayor, lo nombró Maestro poco antes de convertirse en Dios. Jugó toda la vida en el club donde se inició. Quiso que su vida transcurriera como su fútbol: en el brillo fugaz de un pase o una precisa pared, pero hoy puede caminar por la calle que lleva su nombre, junto al estadio donde vivió sus días de gloria y enseñó cómo se puede jugar un fútbol sin voluntad de poder, el fútbol de otro mundo posible que habita dentro de éste en el que nos toca vivir y que algunos quisiéramos ver multiplicarse y proliferar: un Bochini, dos Bochinis.


Ahora estamos en Mar del Plata en el verano de 1988 y mi viejo me dice que me vista, que vamos a ir a ver los jugadores del rojo. A falta de camiseta mi vieja me enchufa una remera roja de algodón, una vergüenza, mi hermanito corre con mejor suerte, en plan de adiestramiento ideológico cuenta con su camiseta oficial con la publicidad de las modernas fotocopiadoras Mita. Independiente está haciendo la pretemporada en la ciudad balnearia y las prácticas son abiertas a todo público. Llegamos temprano, para tratar de enganchar a los jugadores antes de que empiecen a entrenar, pero ya están todos trotando en la cancha auxiliar bajos las órdenes del Indio Solari… menos uno, que se demora en el vestuario. Pedimos permiso y entramos tímidamente al modesto cambiador de un club de barrio. El bocha está sentado sobre un tablón de madera, vendándose los tobillos. Entonces me convierto en testigo azorado de una demostración de amor.


—Perdoname Bocha, yo nunca hago esto con un hombre, pero si no te molesta te voy a pedir si te puedo dar un beso.


Dice mi viejo y sin aguardar respuesta le encaja a nuestro ídolo un chuponazo en la mejilla. El Bocha se pone colorado aunque supongo que experimentará algo de alivio al constatar que el beso no fue directo a la boca y de lengua. Después conversan dos o tres trivialidades sobre la pretemporada y tenemos que salir para dejar que Bochini se termine de cambiar. Antes de irnos bajo la vista y observo los pies del Bocha: unos pies diminutos, casi infantiles. Ese día aprendí que tamaño tienen los pies de los auténticos gigantes.


Ariel Idez


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02 agosto, 2009

The End

Un cabezazo a la pared provoca que el hospital sea un destino. Entre gasas, algodones y pañuelos de papel contuve el mar rojo que insistía en llenar la franja de Gaza en mi ceja y franqueé las cuadras que me separaban de la guardia. Ahí: desinfección, pinchazo en la cabeza y tres puntos de sutura. La promesa de una herida de guerra. Tres de la mañana y un susto que me quitó tanto la borrachera como la agitación post-ensayo.
Todo hospital tira para atrás. Aún la más cara clínica privada ultra-aséptica y con todos los chiches de confort neopalermitanos. Cuando llego en medio de una urgencia me pongo tremendista.
No hay caso. Me quiero relajar. Quiero comportarme como un sujeto racional, razonable y maduro. Quiero restarle importancia al asunto y pensar en otra cosa. Pero el caso sigue sin haber y algo de mí se pone en pensar en invalideces, imposibilidades, condenas perpetuas en camas y un inminente final de juego.
No pasó nada. Antitetánicas & dvdés & charlas con amigos y ya estoy una vez más en el ruedo, angustiándome por giladas y haciendo cosas en todo momento como si realmente fueran más importantes que mi propia vida. Pero vuelvo a constar en actas mi pésima relación con el dolor y la muerte. Pienso y pienso y dejo de pensar y vuelvo a pensar. Le doy vueltas y me siento a empollar sobre la palabra “aceptación”. Como gallina soy un fracaso. Así ese huevo nunca va a llegar a gallo.
Pienso en mi amigo N, quien, interpelado acerca de un eventual e improbable fusilamiento me contestó que lo afrontaría con una sonrisa –y remató con un golpeteo sobre el corazón para que el pelotón sepa adónde apuntar, antes de desbaratar la reflexión con una mueca imitación de la muerte en dibujitos animados. Pienso en Foster Wallace insistiendo en que somos una cultura adolescente, inmadura e irracional, que busca tapar como sea e inmediatamente el dolor –porque lo ve como el mal, y no como lo que realmente es: un síntoma. Pienso en Daffunchio, mi guitarrista local de cabecera, y cito: “soy un ferviente creyente de que lo importante es lo vivido, lo que queda dentro del corazón, verdaderamente. Lo importante, para mí, es tener la conciencia tranquila. La felicidad de haberlo vivido”.
Y sigo intranquilo.
Probablemente lo mejor que se haya escrito en literatura al respecto sea “La muerte de Iván Illich”, de Tolstoi: últimos momentos en la cabeza de un condenado. Pero de lo último que leí, lo que más me impactó son las “Tres meditaciones acerca de la muerte”, de William T. Vollman. (Lo pueden encontrar donde yo lo encontré, en el volumen I de “Lo mejor de McSweeney’s” –ed. Sudamericana, colección “de bolsillo”, alrededor de 20 mangos-, que es bastante desparejo pero esa es la idea: echar un vuelo de pájaro sobre lo qué pasa con la nueva literatura norteamericana.) Es un cuento barra crónica barra ensayito barra diario personal, en el mejor corte sebaldiano. Tres monólogos a cargo de Vollman himself como sujeto de la enunciación: uno en las catacumbas parisinas, otro en una morgue, un tercero con la batalla en la frente. El comienzo es grande.

“La muerte es algo normal”.

Tampoco me reconcilié con estos asuntos tras la lectura del angustiado y obsesivo Vollman. Sigo estando, a mi pesar, más cerca de la actitud de Sábato, quien alega que para llevarlo, la muerte va a tener que recurrir a la fuerza pública. Cierro, bastante a cuento de nada, con otra cita de Vollman: “Extraigo el sentido de donde lo encuentro, y cuando no lo encuentro, lo invento. Y al obrar así, niego la falta de sentido, y al hacerlo me engaño a mí mismo”.

Matías Pailos

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30 marzo, 2009

Por qué Batman es kantiano

Como señala Fede (i.e., Matías Pailos) en un post anterior, “la parte de Batman en la que todo se va a la mierda” es la instanciación de un experimento mental clásico de ética o moral (aquí utilizo los términos como sinónimos). A diferencia de Fede, no creo que la película se vaya a la mierda acá. Creo que la inclusión de este experimento mental en la película es una joya cinematográfica, al menos desde el punto de vista filosófico-didáctico.

Voy a reconstruir el experimento más o menos como lo hace Federico:

Hay dos barcos (más precisamente ferrys) A y B cargados de gente. El barco A está lleno de reos de la prisión de ciudad gótica. Los peores elementos de la sociedad. En el barco B viajan ciudadanos comunes. Ambos barcos están custodiados por la policía o el ejército. Cada barco tiene una bomba. Si alguien intenta bajar, el Guasón hace estallar todo. Si alguien intenta rescatarlos, el Guasón hace estallar todo. A su vez, cada barco tiene un detonador de la bomba del otro (el barco A tiene el detonador de la bomba de B y viceversa). La única forma de salvarse, según el Guasón, es haciendo detonar al otro barco. Tienen 20 minutos para decidir qué hacer. Si nadie acciona el detonador, ambos vuelan por los aires.

Ahora veamos la interpretación de Federico del experimento:

“No hay mucho que pensar. Lo racional es uno y lo mismo: hacer del otro barco una miríada de puntos indiscernibles. Salvar el pellejo a toda costa. No hay modo de rescatar al otro –aunque el otro puede salvarse a sí mismo: haciéndote cagar fuego. Pasan los 20. Nadie nada nunca. El destino del alma de Ciudad Gótica, dice el guión, se acaba de jugar. Y el Guasón –El Mal- perdió”.

La interpretación de Fede, también es una joya. Resume en unas pocas líneas la posición de que hacer volar al otro es la opción más racional. Y aquí racional es sinónimo de utilizar los medios más eficientes para conseguir un fin determinado. Esta interpretación supone que la vida (y en especial la propia vida) es aquello que más valor tiene para las personas, y por lo tanto, lo más racional (y predecible) es que la intenten salvar. Sin mucho esfuerzo, puede convertirse esta interpretación en una justificación ética. Para eso es necesario enfocarse en las consecuencias: el resultado ético justificado será el resultado más racional concebible de acuerdo a las circunstancias planteadas por el experimento mental. ¿Y cuál es el resultado más racional? El más racional es el mejor resultado. ¿Pero como sabemos cuál es el mejor resultado? Según la interpretación de Federico, el mejor resultado es (1) el que me salva la vida o en una interpretación éticamente más sofisticada, (2) el que salva más vidas o (3) el que salva las vidas más valiosas. Una diferencia importante entre la primera opción y las dos siguientes es que las últimas adoptan un criterio objetivo (no depende en que barco viaje yo para saber cuál es el mejor resultado moral), lo que las hace más atractivas y sofisticadas como justificaciones éticas.

Sobre la gente que va en los barcos A y B. El hecho de qué en un barco viajen los peores reos de ciudad gótica y en el otro los ciudadanos comunes, no es esencial para el dilema moral pero le agrega un elemento de mayor tensión. Desde el punto de vista de los ciudadanos comunes del barco B, la teoría psicológica de sentido común nos dice que en el barco A viajan violadores, ladrones y asesinos y que estas personas no son muy confiables Esto es más o menos un hecho según el sentido común. El hecho de que los pasajeros del barco A hayan roto al menos una vez el pacto social, no les da mucha credibilidad moral. A partir de esto, la teoría predice que si los ciudadanos no se apuran a hacer volar por los aires el barco A, seguro que ellos lo hacen primero. Así que, por ese lado, los “buenos” ciudadanos tienen “buenas” razones para hacer detonar lo antes posible al barco de los malandras.

Por qué Batman es kantiano. Kant piensa que salvar la propia vida no es el mayor valor ético. Por lo tanto, no se justifica hacer cualquier cosa para salvar la propia vida. Podemos, sí defendernos de un ataque. Pero salvar nuestra vida no es justificación suficiente para matar gente inocente. En sí misma, esta es una idea importante, pero no puede decirse que sea demasiado original. No obstante, Kant tiene una intuición más interesante. ¿Qué pasa cuando no estoy seguro de cuáles van a ser las consecuencias de mis acciones? ¿O cuando mis acciones pueden tener varias consecuencias y no tengo el suficiente grado de certeza de que vaya a ocurrir lo que espero? En estos casos, las consecuencias “más éticas” (sean las que fueren, incluso aceptando que las más éticas son las más racionales tal como fue definido aquí) son solo probables. ¿Qué pasa si nos equivocamos? Incluso uno aceptara la posición de Pailos de que el medio más eficiente para salvar nuestras vidas sea hacer volar al otro barco, antes de que el primer barco nos vuele a nosotros, ¿cómo podemos estar seguros de que haciendo eso lograremos salvarnos? ¿Acaso podemos confiar que el Guasón nos dejará vivir una vez que hayamos volado el otro barco? ¿Y qué pasa si el detonador del Guasón no funciona y nosotros nunca estuvimos en peligro, salvo por los detonadores que teníamos en nuestro poder en los barcos A y B? Como éstos, se pueden elucubrar muchos otros casos. La película, ilustra esta intuición de Kant. Cuando no tenemos certeza de cuáles serán las consecuencias de nuestras acciones, debemos actuar correctamente. Y agrega Kant, esperar lo mejor. El negro grandote que tiene la cara tatuada hace lo correcto. Agarra el detonador, lo tira al agua y se sienta a esperar lo mejor. Que de alguna manera, todo salga bien, que Batman nos salve, que el Guasón se coma un pancho y se muera atragantado antes de que nos haga volar por los aires, o lo que sea. La película de Batman, toma la opción kantiana. Hay acciones que son éticamente incorrectas más allá de cuáles son los resultados. No me interesa en este punto discutir si la vida es o no es el mayor valor ético. Lo que sí me interesa es la intuición kantiana anticonsecuencialista. La que dice que nunca sabemos con certeza cuál va a ser el resultado de nuestras acciones en su totalidad. Por ende el límite del cálculo estratégico racional tiene que estar puesto por la ética o la moral y no viceversa. El cálculo estratégico racional puede ser un cálculo de probabilidades.¿Pero qué porcentaje de probabilidades justifica matar inocentes para salvarnos? ¿Más del 10%, el 50% o el 90%? ¿Y por qué ese porcentaje y no otro? De poco nos sirve para tomar la decisión final, saber el porcentaje de éxito de nuestra acción. Siempre tendremos que tomar una decisión que no esté basada en probabilidades.

Final abierto. Hay una frase, que no es de Kant, pero que ilustra el radical anticonsecuencialismo kantiano como ninguna otra: “fiat iustitia, pereat mundus” (hágase justicia, aunque perezca el mundo). Kant la traduce como “que reine la justicia, aunque perezcan por ello todos los bribones del mundo”. Podríamos generalizarla un poco más y decir “hágase lo correcto, aunque perezca el mundo”. Siento alguna simpatía por esta frase, aunque puede ser utilizada para justificar las más grandes atrocidades. Porque puede que alguien piense como Adolf Eichmann, que todo lo que dice el Fuhrer es lo correcto, entonces, terminamos con un Auschwitz o un Treblinka.

Nacho

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20 enero, 2009

Más manifiesto

Este gil que escribe solía darse dike con sus conocimientos enciclopédicos exóticos. No se ufanaba públicamente de ellos, pero se le notaba en la cara: era todo un motivo de orgullo. No despreciaba ocasión alguna para que constara en actas cuál era la capital de Mongolia (Ulan Bator), a quién sucedió Luis XIII (Enrique IV), quién era el protagonista de Los Miserables (Jean Valjean… ¿no?). En algún momento, no hace mucho, le pedía borracho a sus amistades que le tomaran lección de las constelaciones vistas en el cono sur durante el invierno. Como estos episodios, si bien regulares, no tenían lugar sino una vez al año (… o dos…), la duda acerca de su verdadera naturaleza permanecía. En el fondo, ¿era pelotudo o se hacía?
En general se favorecía este último juicio.
Al gil que esto escribe le es difícil precisar en qué momento tuvo lugar el cambio. Acaso esto meramente se deba a que, de modo obvio, no hay tal momento. Sucesivas instancias de la paradoja de sorites convencen al más añudo a fajarse con la conclusión natural: los límites no son precisos. Las fronteras son porosas. El gris mierda es el color predominante. La cosa es que hoy día el que esto escribe ya no se da dike con lo que sabe. Prefiere enrostrarle al resto lo que hace. Y hace mucho.
Mucho: ¿pero bueno? Bueno, bueno… más o menos. Bueno suficiente, digamos.
Se actúa por contraste: uno enorme. Porque el que esto escribe suele decir, y lo que es peor: a veces lo cree, que está rodeado de pajeros. Gente que no escribe porque no quiere, que no lee porque no quiere, que no toca porque no quiere, que tiene todo al alcance de la mano. Gente que no entiende que el tiempo es poco, que HAY QUE acumular, trabajar, exprimirse para ver si, en una de esas, se logra escribir, componer o pensar algo excelente. Gente que no leyó obsesivamente la cita oculta de Lamborghini: La única humildad a la que podemos aspirar es el delirio de grandeza; en vez de jugar a que somos lo bastante inteligentes como para haber comprendido que la grandeza nos está vedada. No, no somos tan inteligentes… La moraleja, para los que siguen sin entender: es de boludo no creerse genial.
Por otra parte, actuar en serio como si lo que uno hace tiene valor es el mejor atajo para pasar del creer ser al ser (boludo).
Así que el gil que esto escribe así está: desbocado. Ocupando los otrora sagrados momentos de ocio con planes. Planes de relatos, de estilos, de giros, de remates, de aperturas. Planes de melodías, de fuentes que plagiar. En los que ya no se fuma para relajar, sino para seguir trabajando sin tener una crisis nerviosa. En los que no se deja libre una vuelta a casa borracho para dejar escapar un argumento. El último refugio, la aldea gala irreductible, es el momento compartido. Amigos, mujer. Ya lo haremos caer.
Son estos momentos en los que el gil que esto escribe se pregunta si sus recientes ataquecitos de paniquito y episodios claustrofobiquitos en ascensoritos tendrán algo que ver con esta exigencia ligeramente fuera de control.
Na… qué gil…
La hipótesis más simple, la que gana más fuerza, es que este gil se dejó copar la parada por mí, el gil detrás del gil, el enfermo neurótico fuera de borda, que le afana los trapos y lo hace correr. Este es mi territorio ahora. A corregir, a publicar, a quedarse sin aire. Ya descansaré cuando esté muerto.

Matías Pailos

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12 enero, 2009

La parte de Batman en la que todo se va a la mierda

La película termina antes del final, con una maniobra filosófica clásica: el experimento mental. La idea es sencilla: dos barcos cargados de gente. Si alguien baja, todo estalla. Un detonador por barco de bombas en el otro. Tienen 20 minutos. Si nadie los acciona, ambos estallan por los aires. Si un barco vuela por los aires, el otro se salva.
No hay mucho que pensar. Lo racional es uno y lo mismo: hacer del otro barco una miríada de puntos indiscernibles. Salvar el pellejo a toda costa. No hay modo de rescatar al otro –aunque el otro puede salvarse a sí mismo: haciéndote cagar fuego. Pasan los 20. Nadie nada nunca. El destino del alma de Ciudad Gótica, dice el guión, se acaba de jugar. Y el Guasón –El Mal- perdió. La película sigue, pero ya perdimos todos.
Hacia el final, todo vira a empujón puro contra la fábula moral y el relato donante de modelos de conducta. Queda la tensión, vía la manutención del suspenso. El precio: radicalizar la virtud (y las predilecciones estéticas del mal absoluto. El punto no es la pérdida de verosimilitud, porque el conflicto no es de este mundo: es de ideas. Y tienen malas ideas. Aunque podría darse otra lectura –con sólida apoyatura en el guión-, a uno le envuelven el paquete de un Guasón cuyo paraíso en la tierra es la persecución a perpetuidad por y de Batman. Ya no es, como el Bardem de los Coen de McCarthy, una fuerza de la naturaleza (y NO un personaje, como acertadamente señaló un filósofo homónimo) –el mal absoluto no tiene nada de humano –más que como objeto fantástico de miedo, también absoluto), pero peor: aceptar a pie juntillas que LA virtud es la del evangelio de los padres protestantes & sajones de mister Nolan. (No el que practican; más bien el que predican a sus hijos.) En esto no hay pecado. Pero ofende nuestro sensible gusto estético –un auténtico manfloro. LA virtud es, cuanto mucho, un gesto, más bien simbólico, en el ejercicio puro y duro del egoísmo, valiente o no –y preferentemente, no. La cosa es así, al menos para la minoría que lee un porcentaje –sustancialmente- mayor de Bolaños que de Benedettis. Así que sí: Nolan se va al carajo.
Pero uno se resiste. Porque uno vio la película varias veces y a nadie le gusta ser mosca. (El problema no es tanto que comas mierda. Lo que jode más bien es que te guste.) Entonces señala el mohín (el mismo de Jackson en King Kong) de calcar el original –muy posmo. (Nos gusta: en el fondo somos unos relajados.) Entonces se resalta el viraje desde el relato de aventuras a la alegoría: otro género más –y desprestigiado, lo que lo hace rescatable. Patrañas. Disimulamos la mueca de disgusto y nos prodigamos “qué flash”es a discreción.
Batman es tan buena, se podrá alegar, que nos muestra el camino. El que no va. Hay que rescatar al Bien y al Conflicto Moral como tema: tienen mi voto. Negarlos es rechazar al grasa sentimental y trascendente que llevamos dentro. Pero hemos de saber que somos perros falderos en busca de la cura: mejor aceptarnos como somos, psicóloga. El cinismo, vean, no se abandona ni en el nivel meta. Mejor apuntar los cañones a otro lado. Mejor comprar misiles.

Matías Pailos

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27 agosto, 2008

Subrayar es leer

Escribo obligado por la pérdida de mi apéndice de lectura: un lápiz negro Staedtler con descoloridas franjas amarillas y negras. Sin mi lápiz negro –compruebo desolado– no puedo leer. Lo vi por última vez el sábado en un Mc Donald’s de Libertador y Manuela Pedraza. Ese día leí, que es equivalente a decir ese día subrayé y anoté frases sosas en el margen de algún libro. El domingo no leí –no subrayé– tampoco el lunes. Hoy es martes, estoy en otro Mc Donald’s (sucursal Pacífico) acunando la falta de mi apéndice de lectura: la extensión en grafito de un ojo que suscribe a unas líneas para grabarlas, en negativo, sobre las cintas perdidas de la memoria. Matías Pailos dice (y hasta por la tele, mal que me pese) que soy un maricón por subrayar con lápiz, me acusa de ofrendar un último acto de sumisión al reverencial carácter sagrado de los libros. Los machos de verdad, dice Pailos, escriben los libros con indeleble birome. De más está decir que jamás me afané en esa lejana apelación al palimpsesto borrando alguna palabra mía de los libros ya leídos-subrayados. Inútil intentar explicarle a Pailos el placer de esa textura sobre el papel virgen del margen en blanco, los diferentes volúmenes que adquieren las letras según el ángulo de inclinación del lápiz, al que yo sacaba punta con un cutter, para acentuar el efecto y entregarme a viejos placeres caligráficos de monje copista. Inútil tratar de hacerle entender la fascinación con el chiche-fetiche en el juego sonso de la obsesión. Tengo una amiga (ella no se va a reir) que precisa de una percha para poder leer. Al tiempo que con una mano pasa las páginas, con la otra agita la percha al aire. Cuanto más se entusiasma con la lectura, más sacude ese metrónomo con el que marca el tempo de su pensamiento exquisito, sinfónico. Yo la respeto por eso. Cada uno con su far(L)o para orientarse en el laberinto negro de los libros. Yo no suelo sostener mi lápiz mientras leo. A veces ni siquiera lo tengo estrictamente a mano. Simplemente preciso saberlo cerca, disponible. En ocasiones incluso me olvido que me es imprescindible hasta que el próximo punctum del texto me obliga a congelarme en una mueca (de admiración, de espanto, de odio: de goce) y a tantear el foso de la mochila, los ojos fijos en la página, como un ciego por su báculo, para subrayar, atenuar, conjurar esas líneas y así desactivarlas, como si fueran una mina personal que el autor hubiese dejado en el libro para mí y recién ahí y sólo así, poder seguir adelante.
Manuel Puig –que no soportaba leer diez líneas seguidas de Proust sin ponerse a corregirlo– decía que le resultaba imposible leer sin un lápiz en la mano. Triste comprobar que apenas nos une este detalle baladí. De Osvaldo Lamborghini (quien mejor ha “subrayado” la literatura argentina) dice Luis Gusmán “era un lector salteado, basta ver sus notas. Era alguien que al segundo párrafo ya inventaba una teoría”. He de salir corriendo a comprar rápido un lápiz para subrayar esta última cita.

Ariel Idez

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04 agosto, 2008

El Farmer

El trabajo del artista, escribe Camus, no es sino el lento derrotero para descubrir, a través de los vaivenes de su arte, las dos o tres enormes y sencillas imágenes en cuya presencia su corazón se abrió por primera vez, fin de cita. Las nueve primeras páginas, o los tres primeros capítulos de la novela “A vuestros cuerpos dispersos”, primera entrega de las cinco, más un libro de cuentos, que componen la saga del Mundo del Río que Philip José -y no Joseph- Farmer publicó entre 1971 y 1983, condensan cuatro imágenes que valen por toda una obra. “Su esposa lo había aferrado entre sus brazos como si así pudiera mantenerlo apartado de la muerte. Él había gritado:
-¡Dios mío, me muero!
La puerta de la habitación se había abierto, y había visto un gigantesco dromedario negro fuera, y había oído el tintineo de las campanillas de su arnés cuando el cálido viento del desierto las agitó. Luego, una gran faz blanca rematada por un gran turbante negro había aparecido en el vano de la puerta. El eunuco había atravesado la puerta, moviéndose como una nube, con una gigantesca cimitarra en su mano. La Muerte, el Destructor de los Placeres, el Igualador de la Sociedad, había llegado al fin.
Oscuridad. Nada. Ni siquiera supo que su corazón se había detenido para siempre. Nada.
Luego, sus ojos se abrieron.” Así abre la novela y esa es la primera imagen. La segunda es la de otro Río, uno sin agua, presumiblemente infinito, en el que flotan cuerpos en animación suspendida. De repente, el protagonista despierta. “El dios estaba de pie junto a él mientras yacía sobre la hierba junto al río, entre los sauces llorones” es la oración que compone el inicio de la tercera imagen, que sigue con el dios pateando el cuerpo del protagonista, exigiendo que este pague su deuda. La cuarta es, propiamente, el comienzo de las aventuras, y se extiende por cinco páginas más. De ahí en más, tenemos la parte más aburrida del relato. Se nos cuentan los orígenes de una civilización, de una especie, de un mundo. El escritor trafica información literaria, histórica, antropológica, química, botánica. Nosotros somos empleados de la aduana, molestos con el jefe y fastidiados con la vida, deseosos de una módica venganza, como es que esta se le escape, que esta le pase por debajo de las narices, que esta lo haga quedar de una buena vez como el boludo que es. Pero es todo demasiado evidente, y nosotros somos estúpidos y honestos y cobardes, y no podemos dejarlo pasar. Ahí recordamos los tres capítulos y las nueve páginas iniciales, que no parecen un relato clásico de ciencia ficción, que no son un relato clásico de ciencia ficción, que son más bien un relato de ciencia ficción vanguardista o un relato vanguardista sin más, que nos hacen acordar a “El paseo internacional del perverso” de Libertilla y a “El fiord” de Lamborghini, porque no hay una historia pero nos hacen creer que la hay, porque se insinúa y presiente y algo tiene que pasar. Peor: algo va a pasar. Acaso haya en Farmer una lógica similar a la de Lynch y a la de Lost; acaso nosotros veamos a Lynch y a Lost en todas partes. Después todo se ordena y seguimos adelante porque el inicio es tan bueno y las aventuras, apenas las bases de la civilización se asientan son tantas y tan diversas que le perdonamos que use a Richard Burton y a Hermann Goering como personajes. Burton –vayan sabiéndolo- es el protagonista. De repente, todo se acelera. Queda atrás la historia de amor con Alice Hargreaves, la del País de las Maravillas, quedan atrás las batallas y la lucha por la supervivencia porque se nos revela otro sueño realizado: acá nadie muere. Y esto tampoco alcanza para hacer un paraíso, porque nada nos alcanza. La gente muere, pero renace, y Burton solo quiere… ¿qué quiere Burton? ¿Quiere saber? ¿Quiere venganza? ¿Quiere el poder? ¿Quiere más aventuras? La historia se complica y los cambios de pantalla se aceleran, y las imágenes finales son tan poderosas como las iniciales. Pero, si bien sorprenden, no conmocionan. Farmer nos acostumbró a esperar mucho, y nosotros no esperamos menos.
La civilización de la historia se erige a la vera del Río, como la egipcia con el Nilo. Pero este río, como aquél otro sin agua del que hablé arriba, también es infinito. Y no solo infinito: es circular. Porque a Borges también se lo lee en Indiana, donde Farmer nació en 1918.
El proyecto también es metaliterario, porque Farmer quiere hablar de lo que le gusta, y no se priva del placer de usar lo que le gusta y, claro: mucho de lo que le gusta es la sustancia de la que están hechos los libros: personajes, escenas, autores. Así que Farmer usa a autores como personajes (el ya citado Burton, pero también un tal Samuel Clemens, alias Mark Twain, en el segundo libro de la serie) y a personajes como autores: Farmer escribió Venus on the Half-Shell con el seudónimo de Kilgore Trout, personaje y escritor (personaje escritor, todo un quiero retruco) de Vonnegut. Cuando se juega este juego, se corre el riesgo de generar la impresión de que es todo una boludez. Por desgracia, es lo que a veces parece. Se toma un crédito importante, pero la tasa de interés también lo es. Por fortuna Farmer se disfraza de Kirchner y cancela toda la deuda de una al hacernos comprender que solo alguien como Burton podría realizar el recorrido del protagonista. (El sabor es agridulce, de todas formas. Quizás si se hubiera privado de estos chistes el relato sería superior.)
A Farmer tendría que agradecerle, pero no lo voy a hacer. Ayer tuve la mala idea de entrar a la librería de usados cercana a Puente Saavedra. Para qué. Tenían las cuatro novelas restantes de la saga del Río (la segunda en castellano; el resto ni siquiera). Si ponía la teca para llevármelas iba a pasar el resto del mes a pan y agua. Y si no me gusta sufrir, tampoco me gusta padecer estrecheces. No había mucho que pensar, evidentemente. Tiré la billetera del otro lado del mostrador y volví a casa con los libros bajo el brazo, farfullando bronca.

Matías Pailos

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24 julio, 2008

Los personajes

1) No les tiene que ir bien.
2) No tienen que ser buenos tipos.
3) No tienen que ser simpáticos.
4) No tienen que ser graciosos.
5) No tienen que aprender nada.
6) No tienen que decir la verdad.

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23 junio, 2008

Balada de un hombre flaco

Algunas canciones, algunas películas, son tan poderosas como para meternos en su mundo apenas nos exponemos a su radiación. Algunos libros, algunos discos, son tan absorbentes que todo el día, a cada segundo, vivimos dentro del mundo que son. Algunos canciones y algunas películas, algunos libros y algunos discos son tan brillantes, tan pesados y tan etéreos que, sin que lo que nos rodea y somos cambie un ápice, es ahora una extensión, una manifestación, otro avatar de esas canciones y películas, de esos libros y discos. Nosotros, en esos casos, somos los héroes de una historia escrita, cantada y proyectada veinticuatro horas al día, en plena vigilia y en absoluto ensueño, en la pantalla blanca y abollada de nuestra mente.
Hace dos días que estoy en estado I’m not there, la última de Haynes inspirada en quince años de la vida de Dylan. Hace dos días, por tanto, que estoy en estado Dylan. Escucho Dylan y fantaseo Dylan y hablo Dylan y proyecto, especulo y aspiro Dylan. Quiero más.
Me carcomía la pregunta de si era buena. Nadie me la hacía. Yo me la hacía. Sí –si sos un fan de Dylan, si sos un fan de Haynes. ¿Es Velvet Goldmine una maravilla? Pero claro que sí. ¿Entonces? No terminaba de confiar. Pero nada mejor que la opinión de quien no es fan de Dylan, menos aún de Haynes, para reafirmar lo que ya pensaba, sentía y sabía.
Como Velvet Goldmine, muy parecida. La historia nada que ver, me señalaron. Más o menos. Hay un misterio develado por un canalla –el reverso de Velvet Goldmine. Lo que las hermana no es eso, porque el misterio en este caso es mínimo. Es, antes que nada, que ambas son un rompecabezas. Y este es más difícil que el otro.
Las referencias. Los procedimientos. Los homenajes. El factor circense, caleidoscópico, la tentativa de agotar lo que hace a un individuo, realidad y ficción, sueño y vigilia, mito y hechos, remite al Fellini de ocho y medio. Las múltiples historias entrelazadas (profunda o superficialmente), a Lynch –y en particular a Island Empire. Las intervenciones en la cinta, los disparos sobre el pianista, la motoneta atravesando una pantalla fija, al Godard de la nouvelle vague. Son efectivas, y en esa medida, porque son intercaladas, matizadas y traficadas con imágenes icónicas del Dylan de hoy y siempre, por un lado, y con escenas que remiten al puesto del artista en el cosmos, por otro. A la relación del artista con la realidad. A su antagonismo. A su representación. A su confrontación. A su indiferencia. A su arder antes que extinguirse y a su extinguirse antes que arder.
Esta Cate Blanchett haciendo del Dylan de Blonde on Blonde, lo que es decir del mejor Dylan. Está tremenda. Es más Dylan que Dylan. Está el finado Heath Ledger haciendo de Heath Ledger, y le sale espectacular. Hay un pendejo negro haciendo del Dylan que no fue y a Richard Gere haciendo del Dylan que por suerte no fue. Está Rimbaud haciendo de Wilde. Le sale fenómeno.
Recomiendo ir solo, sin nadie alrededor. Sin nadie adelante. Recomiendo ir un día, y al siguiente, y al siguiente. Y dejar que el fantasma de la electricidad aúlle entre los huesos de su cara.

Matías Pailos

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12 mayo, 2008

Aira, andá a tu Casas

Como diría Borges, la historia de la literatura (tal como la Universal –y también, por qué no, de la infamia-) es pudorosa y sus hitos suelen pasar desapercibidos ante nuestras narices. Por ejemplo ¿Cuándo se convirtió César Aira en el principal escritor argentino vivo? “El día en que se murió Saer”, sopla por acá un malicioso. Sinceramente creo que fue mucho antes aunque el deceso del santafecino le permite a César reinar a sus anchas en esa extraña categoría (¿Quién la habrá acuñado? ¿Cuándo? ¿Por qué esta obsesión bios en una disciplina que justamente tiene como uno de sus máximos logros la gloria post morten?) del escritor must entre los que todavía comen, duermen y cagan. ¿Pero será tan cómodo ese reinado? ¿O acaso el poder absolutista que ostenta lo convierte en blanco fácil de las nuevas generaciones?

En el recomendable Ensayos Bonsai Fabián Casas rescata un artículo del joven César publicado en el semanario El Porteño en el que Aira se despacha contra Jotajota Saer, por entonces muy fogoneado por la publicación Punto de vista, que también pudo haberse llamado Punto de lobbista si atendemos a sus operaciones con el mencionado Saer o Piglia en los 80. En ese artículo Aira ejercita el “elogio borgiano”, (otro de los restos diurnos que el bardo ciego dejó en el campo literario nacional) en el que la mano amiga del ditirambo esconde a sus espaldas el taimado puñal del anatema. Decía Aira allí: “Saer tiene la particularidad de que cada novela que saca es mejor que la anterior” —pero poco después añadía— “El modelo de Saer es el ejercicio de taller literario, basado en una consigna lo bastante inteligente como para que dé una buena novela, y ejecutado con la mejor destreza posible”. ¿Qué le pasaba a Aira? Los mejores escritores suelen ser también los mejores lectores y César ya había comprendido con quien habría de disputarse la pelea de fondo por el cinturón de los pesos pesados en los años venideros e iba preparando el terreno para alzarse con la victoria.

Y hete aquí que el domingo último sale publicado en el suplemento cultural del diario Perfil un texto del mismo Casas bajo el título “Una visita al pediatra” en el que el poeta y narrador traza una lectura de la última novela de César Aira: Las aventuras de barbaverde y resulta que Casas replica, 25 años después, la misma operación. El artículo es un típico exponente de la prosa del autor de Los Lemmings: apropiación de coloquialismos (“¿Se zarpó Cesar Aira?” Se pregunta ni bien comienza), referencias futboleras (“un gol que escuchamos gritar en una cancha alejada”), un pacto de lectura cómplice con el lector (dificilísimo de ver en textos de esta índole, tan propensos al discurso pedagógico), la construcción de una cierta ingenuidad (“Pedro Mairal me dijo”, “Zelarayán me recomendó”) matizadas por alguna cita a un autor prestigioso (en este caso Schopenhauer) para conservar cierta autoridad. Con estas armas —las suyas— Casas se mide con Aira. De entrada, el autor de la nota arremete con una dicotomía que es tan afín a CA como la de civilización o barbarie a la Republica Argentina: ¿Genio o estúpido? Como siempre en las dicotomías lo importante no es tanto tomar posición por uno de los extremos sino ver lo que se juega en el llevar y traer de un lado al otro. A partir de allí, se suceden los cross de izquierda que trataré de resumir: 1)Por los temas que trata (Aira) a veces parece un juventón gombrowizciano con problemas mentales, 2) en Aira sólo importa la literatura, la vida está hecha a un margen, 3) las primeras novelas de Aira (Ema la cautiva, Los Fantasmas, La luz argentina, La prueba y El bautismo) son extraordinarias y muy superiores a todo lo que vendría después, 4) Aira preparó el terreno crítico en el que le gustaría ser leído, 5) de las novelas de Aira a veces sólo queda una frase o una imagen y lo más valioso de Aira son algunos momentos en los que reluce su prosa poética.

En el primer punto me parece que el artista marcial Casas aprovecha un lance del rival para utilizarlo en su contra, porque en una célebre entrevista Aira declaró que “Un escritor que me fascina como modelo es Gombrowicz. Pero entre las ilusiones que caen hay algunas que merecen caer y una de ellas es la de querer escribir como éste o aquel. Siempre sale uno”. Pues bien, acá Casas le señala esta influencia para decirle “te sale un Gombrowicz, pero medio mogólico”. En cuanto al segundo punto yo no estaría tan seguro de que Aira reniegue de la vida puesto que a lo largo de su obra ha echado mano de su biografía y de la más actual agenda política y social (de ahí que Casas no debería sorprenderse si la realidad, con humo, cenizas y series ilimitadas de Fernández en el poder, como el mismo comenta, se “airifica”). Me parece que Aira no le da la espalda a la vida sino que la somete al extrañamiento propio del arte, la vida pasada por Aira se convierte en literatura, pero no estoy tan seguro de que a partir de eso se pueda plantear una dicotomía vida-literatura en la obra de César. Sobre el tercer punto poco cabría agregar, lleva a la conclusión de que Aira echó el resto en sus primeros años y que poco ha agregado a esas “cimas” la obra que le sobrevino. Tal vez cabe acotar que esta forma de leer a Aira desobedece explícitamente el propósito explicitado en el punto 4: Aira ha abonado el terreno de la crítica para cosechar las lecturas que más lo favorecen y justamente dentro de este programa Aireano se desaconseja leerlo según las categorías canónicas de “lo mejor y lo peor” y, a partir de allí, imponerle una jerarquía a su obra equivale a violentarla según sus propios parámetros. En ese tramo del artículo Casas también aprovecha para pasarle factura a Osvaldo Lamborghini, contra el que suele tirarse cada vez que puede, en pos de subir las cotizaciones de su hermano, Leónidas (aunque suene increíble, podríamos estar a las puertas de una escisión en la literatura argentina en la que las tradiciones en disputa asuman como padres fundadores la obra de dos hermanos, sería la primera vez que una familia funda dos corrientes literarias opuestas). En el último punto, las novelas de Aira se tornan “olvidables” lo que se aproxima peligrosamente a “pasatistas” y poco queda de la apuesta aireana por la imaginación y la pulsión narrativa por contar una historia (en una literatura como la argentina que muchas veces se aproxima peligrosamente al autismo y la autocontemplación). Acá también, y de paso cambiasso, Casas le pasa factura a la congregación de escritores aireanos; y se sabe: una de las señales inequívocas del peso que adquiere un escritor en una literatura es el surgimiento de autores que escriben como él.

En suma, de la visión de Casas se desprende que Aira en sus buenos momentos es un Gombrowicz con tara mental, que se trata de un escritor abocado al “arte por el arte” que reniega de la vida, que de su obra lo mejor son sus primeras novelas y que el resto es en su mayor parte olvidable salvo por algunos momentos en los que fulgura su prosa poética.

Esto no sorprende a los que ya leímos Ensayos Bonsái, que en su primer artículo “Tarde en la noche, viendo a Cortázar” proclama: “Che, Aira nos cagó, la literatura argentina cayó en la trampa de Aira, ¡es un agente de la CIA! Los escritores serios son mirados de soslayo: ¡reina el viva la pepa! Aira le hizo mucho mal a la literatura. La partió en dos, antes y después de él. De Operación Masacre a Operación Ja já.”

Dice Casas: “Como todos los grandes escritores, Aira preparó el terreno crítico en el que le gustaría ser leído”. Esto no tiene nada de malo y Casas lo sabe porque él mismo lo practica en este artículo, de sus conclusiones se desprende que cuando nos cansemos de Aira clamaremos por una obra menos jugada a la imaginación y más apegada a la vida (“Yo carezco de imaginación, por eso escribo sobre mi vida y lo que me pasa”, dijo Casas en un reportaje), con una prosa afín a las epifanías poéticas (Casas es poeta) y, dado que sus mejores obras datan de casi 30 años atrás, ese día no está muy lejano y cuando ese día llegué ahí estará Fabián primero en la fila.

Me parece buenísimo que en la siesta provinciana de los suplementos culturales alguien salga con los tapones de punta a agitar las mansas aguas del campo literario. Para saber si se cumplirá el vaticinio y esté habrá sido un mohín de la pudorosa historia de la literatura habrá que dejar pasar el tiempo y ver si Casas sostiene, con el cuero de la obra, todo lo que promete con el pico de la pluma.

Ariel Idez

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04 mayo, 2008

Otro ataque de envidia

Me gustaría haber escrito “Los cachorros”, pero más me gustaría haber escrito algunos cuentos de “Los jefes” –en particular “Día domingo”. Me gustaría haber escrito ese cuento de Salinger con nombre de santón hindú reencarnado en nene esnob. Me gustaría haber escrito “Filifor forrado de niño” más que el resto del libro; más que el resto de los libros. Curioso: por más admiración que le tenga, por más extática que haya sido su lectura, no tengo deseos particulares de haber escrito ni la primera ni la última parte de “2666”, aunque se las recomiendo. Sí quisiera haber escrito la última y la primera parte de “Detectives salvajes”, pero porque el autor no es Bolaño, sino García Madero. Y en García Madero, como en Vargas Llosa, hay rabia y nervio, y más nervio que el resto de las cosas. Hay afinidad y hay la ilusión de propia esencia cuando los leo. No me gustaría haber escrito nada en particular de Lamborghini. Sí me gustaría escribir como Lamborghini, quien en definitiva siento como el mejor –lo crea o no. Me gustaría haber escrito “La isla a mediodía”, y eso que afino en Vargas Llosa y no en Cortazar. Pero ese cuento es la felicidad, y la felicidad ranquea alto en el top ten de afanes y obsesiones personales. “El pasado” es difícil. Está un poco más cerca que lo lejos que está Bolaño, pero sigo sin poder ser Rímini, ni aún el de las mejores épocas. Me felicito por eso. Como en Bolaño, la lectura de ese Pauls fueron los momentos de mayor felicidad de esos momentos de mi vida, pero no era la felicidad que da el reconocerse en un par. El domingo compré Página y me vino “Apuntes del subsuelo”, que empieza así: “Soy un enfermo. Soy malo. Soy un ser desagradable. Me parece que padezco del hígado. Pero no sé absolutamente nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certeza dónde me duele”. Me sorprende haber dado tantas vueltas para volver al mismo lugar del que partí, y sigo sin entender a Nabokov más que como diciendo cosas en las que no creía. Claro: muchas veces odié a Foster Wallace. Nunca, sin embargo, tanto como cada vez que leo “El neón de siempre”. Yo debí haber escrito eso, Wallace. No tenías derecho. Que lo puedas hacer mejor que nadie (mejor que yo) no es excusa. Me gustaría haber escrito ese cuento de Guebel sobre la creación en general y la literaria en particular. Pero hoy por hoy, más que cualquier cosa, me gustaría haber escrito “Lo denso”, un cuento de Bizzio que empieza con una serie de gags, sigue con una escena estrambóticamente ridícula, y termina con un discurso revelador en el que descubrí el secreto de la vida.

Matías Pailos

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24 marzo, 2008

El nombre del té

Eran las 23:35. Rímini leía Los Lemmings de Fabián Casas mientras esperaba que le trajeran un té. El salón, una habitación de una casa vieja reciclada en centro cultural, estaba casi vacío. Tendría que haberse sentado contra la pared. Nunca se sabe cuándo pueden atacar las musas tristes. No siempre está la filosofía para consolarlo a uno. Mejor estar prevenido. Pegar la espalda contra la pared. Tener cubierto alguno de los flancos por lo menos. Pero no. La mesa que podía protegerlo era muy grande. Para seis personas. Las mesas para dos descansaban balcanizadas en el medio del salón. Eso deliraba Rímini, mientras esperaba que le trajeran la tasa con agua caliente y jugueteaba con el sobrecito amarillo estridente entre los dedos. El hecho de que sobre de té y taza de agua caliente no existieran en ese momento como un todo –inorgánico pero funcional– era un índice de la peculiaridad del lugar. Rímini le había pedido a la camarera un té de manzanilla pero éste se había acabado. Solamente quedaban: boldo, tilo, menta, frutos del bosque, hierbas digestivas, naranja, frutilla, manzana. Rímini no podía dejar de putear al leer la palabra manzana. Lo mismo le pasaba cuando venía el 85 mientras esperaba el 86. El 85 es un falso 86. Viene de ningún lado. Llega a ninguna parte. Alguna vez se lo había tomado para averiguar su recorrido, pero se arrepintió y se bajó cuando la zona empezó a resultarle extraña.
Rímini estaba sentado de espaldas a la puerta del salón, una habitación de una casa vieja reciclada en centro de reunión de turistas que habitaban los hostels de Palermo. El feng shui. La puta que lo pario al feng shui. No era bueno tener la espalda mirando hacia la puerta. Aislado en su isla de madera, Rímini esperaba lo peor. Sólo llegó la tasa con agua caliente. Dejó caer el sobre de té que rebotó contra la tensión superficial del agua del jarro. El agua se tomó su tiempo para mojarlo. Rímini recordó cuando Taylor le había dicho que los argentinos no tomaban té. Su profesora de español se lo había soltado después que Taylor le contara de esta peculiar costumbre de Rímini. Él, con una sonrisa de costado, le había contestado que era una ley estadística muy acertada. Sabía de las secretas intenciones del comentario de la profesora de Taylor. Sabía que a esa ley le seguía otra: todos los hombres que toman té son raros. O como le gustaba enunciarla a Rímini, todos los que toman té son putos. En argentina, el té era considerado una bebida de maricón. En el mejor de los casos de enfermo. Un brebaje inmundo que se toma como mucho limón y azúcar mientras se delira de fiebre. ¿Por qué ocurría esto? No lo sabía. Pero podía especular con algunas explicaciones. En su mente febril de materialista histórico barajaba la hipótesis –nunca contrastada– de que los hermanos Irazusta –autores de La Argentina y el Imperialismo Británico y padres del revisionismo histórico– habían asociado la práctica del té con el entreguismo de la oligarquía nacional. El té lo toman los oligarcas amigos de los ingleses. Garcas e ingleses. Garcas y putos. Los ingleses son todos putos. El té es de puto. Las premisas podían cambiar, pero la conclusión siempre era la misma. Por encima a Rímini le encantaba el té de manzanilla. El mismo nombre parecía un diminutivo afectado. Había que ver la cara de sus compañeros de trabajo cuando se juntaban a tomar algo. “Yo ando mal del estómago, traeme un whisky doble”. “Para mí un café negro cortado con nafta”. “¿Vos que vas a tomar Rímini?”. “Té de manzanilla”. Rímini miraba para abajo. Hubiera deseado que por un momento la manzanilla se llamara huevo de toro. “Un té de huevo de toro, por favor”.

Nacho

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20 marzo, 2008

Qué olor

Poco antes de mudarme sufrí una reiterada alteración sensorial. Cada vez que llegaba a mi casa y abría la puerta me recibía un penetrante y concentrado olor a durazno. Nunca dejaba de tomarme desprevenido ese vaho y la violencia que ejercía sobre mi olfato, ocultando con su omnipresencia todo vestigio de vida en el departamento que habitaba y transmutándolo en el centro exacto de un durazno sangrante. La explicación era más sencilla de lo que parece: mi suegra había cumplido el anhelo de su hija y le había regalado uno de esos artefactos que reúnen lo peor de dos ramas ya de por sí nefastas: la decoración de interiores y los desodorantes de ambientes. Se trata del Glade Interiores (creo que ese es su nombre comercial) que consiste en un pequeño marco de acrílico con un cuadrado amarillo en el centro. Ese cuadradito central despide su fragancia concentrada, sin descanso, día y noche, aproximadamente durante un mes, al cabo del cual es menester comprar un “repuesto” de la misma u otra de las fragancias, que deberá ser colocado en su respectivo marco. Mediante este simple expediente la casa se transformará durante esos 30 días en un templo de adoradores del pelón, y las moléculas odoríferas que despide el Glade Interiores se encargarán de imponerse, por la fuerza, a cualquier olor que la casa emita por sus propios medios o, en el peor de los casos, se acoplará en combinaciones funestas con el humo del churrasco o la fritanga del filet de merluza, hasta que éstos se mitiguen con el correr de las horas.
Cuando yo era chico cada cosa tenía su olor. Los libros olían a moho y polvo, los autos a combustión y monóxido de carbono, los mocasines olían a pata, las revistas de cómics tenían un olor muy peculiar y me encantaba aspirarlas, lo mismo que las estaciones de servicio y las zapaterías, los juguetes tenían un olor a goma nueva que era sinónimo de la felicidad. Ahora parece que todo tiende a subsumirse en las cuatro o cinco opciones del Glade Interiores y el Glade Autos y el Glade Ambientes. Antes sólo se apelaba a estos aromas artificiales para tapar el olor a mierda del baño, labor en la cual los desodorantes de ambientes demostraban ser tan ineficientes que pronto ese perfume a lavanda quedaba indudablemente asociado a las evacuaciones de la familia.
Pero de esa época rescato, sobre todo, el olor que tenían las casas. Los hogares de mis amigos hacían gala de un aroma único e inimitable, algo así como su adn odorífero, producto tal vez de una combinación irrepetible de los alimentos cocinados con las condiciones atmosféricas y el perfume de las plantas del jardín y vaya uno a saber cuántas cosas más. Lo cierto es que era entrar y ser atajado por ese olor como prueba irrefutable de que nos encontrábamos en la casa ajena y familiar a la vez. De hecho cuando un compañerito de la escuela me invitaba por primera vez a su casa para jugar o hacer los deberes yo ya me preguntaba cómo olería y en ese primer esnifazo apenas cruzada la puerta de calle quizá ya intuía si la iba a pasar bien o no. La casa de mi amigo Pablo, por ejemplo, que vivía a la vuelta de la mía, tenía un olor característico que reconocería incluso hoy (el olor queda alojado en algún lugar de nuestra memoria, imposible de ser evocado a voluntad pero reactualizado al instante y sin margen de error si alguien nos lo pusiera frente a nuestras narices). Ese olor me encantaba y lo disfrutaba casi tanto como los juegos con los que disolvíamos las tediosas horas de la siesta. El olor se volvía más intenso conforme nos acercábamos al fondo, donde estaba la pieza de los abuelos, lo que rara vez hacíamos, por lo que tal vez el secreto, la esencia oculta de esa fragancia no fuera otra cosa más que el olor a viejo que irradiaban los cuartos del fondo. En esa época todas las casas tenían olor, excepto la mía. Esto no me afligía porque imaginaba que tampoco mi amigo Pablo podía reconocer el maravilloso olor de la suya, mientras que sí disfrutaba del aroma que se debía respirar en mi hogar. Estaba convencido que cada uno era inmune al olor de su propia casa por el simple hecho de habitar en ella. Sin embargo hoy día ya casi no percibo el olor de las casas ¿He perdido la habilidad con el paso de los años o las casas se han tornado inodoras? La única que sostiene esa virtud es la casa de Matías. De hecho recuerdo haberle prestado remeras o medias a Matías y que me las devolviera lavadas e impregnadas con la fragancia de su casa (y créanme que ésta no tiene nada que ver con los perfumes de los suavizantes de ropa). Ahora mismo estiro el brazo y tomo un libro de Philip Roth que me llevé de su biblioteca hace unos meses. Lo acerco a la nariz, inspiro profundo… y ahí está, es ese olor único, inimitable, el olor a la casa Pailos, el olor de la casa de mi amigo.
Tal vez ahora, que habito mi propio hogar, pueda proponérmelo como un programa y en el transcurso de los años por venir logre extractar una esencia, obtener el destilado justo y darle a mi casa la dicha de tener su propio olor, pienso, mientras hago desaparecer el Glade Interiores para que no sobreviva a la inminente mudanza.

Ariel Idez

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03 febrero, 2008

Un Nokia para Fabián Casas


“El boludo de tu hijo está acá”. Qué raro. Mientras mi hermano, mi vieja y mi viejo piensan que estoy secuestrado, yo curso un seminario de lógica informal en Puán. Por supuesto, donde Dios no existe, todo es posible. Era un secuestro virtual. Una llamada desde la cárcel. Le dicen a la persona que su hijo, un pibe flaco y desgarbado, que se llama tanto, sí, ese, lo tenemos secuestrado. Pánico. “No salís más de casa sin un celular”. Tengo veinticinco años. Soy filósofo y anti-sistema. No necesito celular. “¿Tenés cargada la batería?”. Suspiro con resignación. “Sí, mamá”. Vivo con mi vieja y mi abuela. No hay lugar para la revolución en esta granja.

“Como se ve, yo soy un gran prejuicioso y pienso que una persona que tiene celular es un imbécil hasta que se demuestre lo contrario” Odio contra la máquina I, Ensayos Bonsái, Fabián Casas, 2007. Como se ve, tuve el prejuicio de Casas. Algunos amigos y amigas lo tuvieron y aún lo tienen. Sin embargo, éste es un prejuicio peligroso. Creo entender qué enoja a Casas y a mis amigos. Pero a pesar de lo que creen, no son los celulares.

Primero, la forma del prejuicio. Una persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Casas invierte la fórmula del juicio penal. El enunciado es dialéctico y poderoso. Maravilloso. Salvo que se parece demasiado al que sostiene el juez de Kafka en el cuento “En la colonia penitenciaria”. “El principio por el que dicto sentencia es: la culpa nunca se pone en duda”. Traducción: quien tenga un celular es un imbécil, más allá de toda duda razonable.

Segundo, la materia del prejuicio. No son los celulares los que hacen imbéciles a las personas, son las personas mismas. La técnica modifica la relación entre las personas. Pero lo importante sigue siendo la relación, no la técnica. El uso del celular es sólo una forma más de expresar nuestro egoísmo, vanidad e histeria. El narcisismo nos juega una mala pasada. Es fácil no tener un celular, pero es difícil dejar de ser un imbécil.

La última vez que nos vimos se fue todo a la mierda. Teníamos ganas. La cosa venía bien, pero hablamos de más y se enfrió. Pasan los días. Agarro el celular. Le mando un mensaje de texto. “Tengo ganas de verte”. “No sé”. “¿Tu casa o la mía?”. “Ok. La tuya”. El espíritu de simpleza humano sigue vivo. A veces se muestra más débil, otras con más fuerza. Heisenberg, el físico, piensa sobre la técnica: puede que la velocidad en el cambio del último siglo haga que la humanidad no tenga literalmente tiempo para adaptarse a las nuevas condiciones de vida. Pero la técnica por sí sola no es la causa de la falta de contacto espiritual de nuestro tiempo. El prejuicio de Casas, nuestro prejuicio, yerra en el blanco. No es la técnica. Somos nosotros.

Nacho

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24 enero, 2008

No más bohemios

Mensaje en el contestador. Federico me avisa que hay cine bajo el cielo estrellado del Konex. “Laputa” de Miyazaki. Llego cuando la película está por empezar. Mucha gente. Lo busco sin suerte. Nos encontramos a la salida. “¿San Telmo?”. Por supuesto, San Telmo. “El martes es el nuevo viernes”.

Llegamos a San Telmo. “El martes es el nuevo lunes”. Las calles están desiertas. Propongo trazar un triángulo de las Bermudas. Chile y Balcarce (Moliere). Perú y Estados Unidos (Gibraltar). No llegamos al tercer vértice. Nos perdemos en el camino. La culpa es mía. Me quedo parado en la ventana de un bar. Saludo con la mano. Sonrío. Cuatro chicas solas, serias, como cansadas. Las cuatro están en los treinta. Pero ninguna parece más de veinticinco. Gracias Dios por la soja transgénica y el protector solar. Una sonríe y me devuelve el saludo. Antes de sentarnos ya estoy planeando el reencuentro.

Como un rayo, me cayó una gran verdad de la vida. Las chicas de treinta no quieren más bohemios. Vienen saliendo con bohemios desde que tienen dieciséis años y ya están cansadas. No importa si son filósofos, poetas o escritores. "Mi primo vivió un tiempo en Madrid y acaba de llegar a Buenos Aires". "¿A qué se dedica?". "Es poeta...". "¡No más bohemios!". Casi siento vergüenza. Tendría que haber comenzado diciendo que era periodista y ahora administra un call center. Me traicionó el prejuicio positivo hacia la bohemia. No más bohemios. La máxima golpea con una efectividad demoledora. Me libera.

Delante de mis ojos se produce una mutación generacional. Una mujer nueva sale de su capullo. Adiós pintor que sólo pinta cuando está fumado. La creatividad no es un estado mental. Adiós músico merquero. Sos tan, tan sensible que no te soporto. Bye, bye, poeta. Si me acuesto con vos es a pesar de tus rimas y tu verso libre. Sos aburrido, mi querido filósofo. Necesito un hombre completo, no un cerebrito.

No más bohemios. Creo que entiendo. A pesar de los intentos que hice para ser bohemio, mis logros en ese campo no fueron alentadores. Mi espíritu práctico, al que negué llamándolo utilitarista, burgués y conformista, resistió los embates de los adjetivos que le puse. El marxismo vulgar que supe cultivar en mi adolescencia tampoco tuvo éxito. Un año de abstinencia sexual a causa de leer Nietzsche y Pessoa durante el CBC hicieron que abjurara de todos los romanticismos. Baudelaire también ayudó con esto. Los grandes creadores y artistas fueron grandes creadores y artistas a pesar del desorden y el caos, nos aconseja el bardo. A esto hay que sumarle mi desagrado personal por el espíritu militante de los bohemios hacia todos los idealismos.

En ese mismo instante también comprendí otra gran verdad. Entendí por qué las mujeres de veinte no me daban bola. Estaban saliendo con bohemios. Enganchadas con bohemios. Noviando con bohemios. Enamoradas de bohemios o despechadas por bohemios. No importa cuál sea la edad del bohemio, sólo pueden salir con mujeres de veinte. El bohemio necesita de la ingenuidad, para poder deslumbrar. Con su “resistencia” al alcohol y a los estupefacientes. Con su espíritu de aventura cortoplacista. Con su pragmatismo sin ética. Los bohemios se aprovechan del estado de pura posibilidad de la mujer en sus veinte.

Las mujeres que conocí en el bar de San Telmo son sensibles e inteligentes. También eran sensibles e inteligentes a los veinte, pero les faltaba experiencia. Hoy dicen: "¡No más bohemios!". Callo y tomo nota.

Nacho

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07 diciembre, 2007

Modelos

¿A cuántos casamientos fueron en su vida? Yo: a dos. Curiosamente, ambos protagonizados por filósofos. O no tan curiosamente, considerando cuál es mi métier. Algunas porciones de sushi y varios fernets después de la consumación ante Dios del matrimonio estaba parado frente a un improvisado escenario, dejando de lado un repugnante habano que seguramente era exquisito, pero aunque a la mona la vistan de seda, ya saben, cuando Los Artistas irrumpieron en el salón. Se trataba de la afamada agrupación de música perimida (cualquier estilo que surcara los aires de las grandes capitales desde el fin de la primera guerra hasta, pongamos, el año ’55) “Los Amados”. Como parte de su excelente número, en algún momento de la velada interrogan a la platea con la siguiente pregunta: si usted pudiera elegir ser otra persona, ¿quién elegiría ser? La respuesta más atinada fue la de un homónimo mío, quien espetó ante el jopo y el bigotito del cantante: El Zorro. Mientras tanto, por dentro me moría de las ganas de que me hicieran la pregunta para dar, sin prisa ni pausa, la única respuesta posible: Manu Ginobili.
Un enorme malentendido recorre al periodismo deportivo nacional: el deportista como modelo de vida. Yo no soy ejemplo para nadie, se quejó el Diego más de una vez. Ellos deben mostrar una conducta tanto dentro como fuera de la cancha porque son un ejemplo para todos los jóvenes que los miran, suele sentenciar Niembro. Pero tanto el Diego como Niembro se equivocan. Porque los grandes deportistas, el Diego y Juani Hernandez, El Rey David y (indudablemente mi preferido) Manu, sí son ejemplo. Si son modelos. Si nos muestran cómo podemos comportarnos, sí nos indican cómo actuar en esta, esa y todas las circunstancias. El TEG es como la vida, dijo mi amigo Zato. El ajedrez es como la vida, dijo, desde Canadá, el filósofo X. Bueno: ¿por qué no? Son modelos a escala. Como la mayoría de los modelos, revelan mucha distancia con respecto al original. Con todos sus defectos, los deportes de alta competencia simulan mejor la vida que los juegos de mesa. (Acaso tenga que ver con que el mayor desgaste físico pone las emociones más a flor de piel, no lo sé.) Los deportistas nos muestran en la cancha, y no fuera de ella, cómo comportarnos en la vida. Nos muestran cómo hacer las cosas para lograr lo que queremos. Como persistir, como insistir, cómo explotar nuestras virtudes y ocultar nuestros defectos. Ya repasé, en más de una oportunidad, las virtudes de Manu: frialdad y concentración (para no ceder a las pasiones y las trampas, del rival y de la propia mente, que lo desvíen de su objetivo), inteligencia (para comprender qué hacer en el partido, en el torneo, a cada minuto; para saber qué hacer para que el equipo gane: brillar u opacarse momentáneamente; para saber reconocer y aceptar sus propios momentos de iluminación y de no dar pie con bola), decisión y persistencia (para llevar a cabo todo lo anterior) y un enorme talento (para lograr todo lo anterior mejor que nadie). Pero los deportistas no son los únicos modelos.
Hace unos días habló en Buenos Aires Michel Houellebecq. Todo ocurrió en la Alianza Francesa de Córdoba y Pellegrini, antecedido por un minucioso análisis de su obra a cargo del inefable señor Pauls. Mi primera impresión está teñida de toda la información que sobre él vengo acumulando a través de años de consumo de productos del mercado cultural. Houellebecq me pareció pedante, tímido, soberbio, hiperneurótico, dueño de una compulsión a escandalizar o al menos impactar, afectado e histriónico. Cómo no identificarme, me pregunto. Acaso comprobar que él está hablando y yo estoy escuchando pueda servir como remedio. Tira alguna idea corrida ligeramente de la corrección política: los pueblos deberían fomentar el orgullo nacional. Eso los haría sentirse más seguros, más confiados, más satisfechos. Eso los haría creerse que pueden hacer más de lo que actualmente creen, eso los haría hacer cosas que actualmente juzgan para ellos imposibles. La fe es una precondición de la acción. (Que feo suena esta oración, para continuar con la cacofonía inicial.) El cultivo de las pasiones negativas puede redundar en resultados positivos. Una vulgaridad, una obviedad que no se enuncia, y que, si se lo hace, suena mal, suena a represión y fascismo. Pero, ¿qué remedio?, es una verdad al fin y al cabo, tan irremediable como las otras. Después de una descuidada y boyante autobiografía y la soporífera lectura a dos voces de poemas, arreciaron las preguntas. Me quedé con ganas de endilgarle la observación que hay modos de usufructuar a nuestro favor algunas pasiones negativas como el orgullo o la avaricia, pero que para la envidia las cuentas no parecen dar, siempre parece ser más el debe que el haber, pero me faltaron agallas o me sobró paja. (El que no hubiera leído a Houellebecq no me pareció impedimento razonable.) Otra lección a aprender para quien tiene una empatía que arranca en Ginobili y llega a Houellebecq. Ya sé: una cosa es empatía, otra admiración. O no, pero eso lo dejamos para otra oportunidad.

Matías Pailos

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25 noviembre, 2007

Saludos

Empeoro con el paso del tiempo. Más antipático, más cortante, más egoísta. Son signos de salud, porque todos se ordenan bajo el principio rector de actuar en función de mis ganas en lugar de hacerlo por cualquier otro motivo, en particular: las de otro. Nada de esto es suficiente para disfrazar el hecho puro y duro de que no tengo facha de buen vecino. Saludo a una cantidad irrisoria de coterráneos, y mis saludos no van mucho más allá de un hola qué tal, ocasionalmente sazonado con una media sonrisa espuria. En particular no saludo al de enfrente: un bigotado tan asqueroso como yo que de entrada me miró torcido, así que me siento con pleno derecho a no registrarlo, conducta que efectivamente adopto. A su mujer sí (los tibios hola que tal supramentados), a sus hijos, claro (si los reconozco, porque, como más adelante reiteraré, no soy muy observador). A él, chupame la pija.
La política adoptada con los vigilantes de las casillas de seguridad obedece a motivos concurrentes, pero otros. ¿Vieron esa máxima sarmientina que reza que la patria no es el territorio, sino la gente que lo puebla? Bueno: mi patria chica, mi barrio, es el territorio. Son los árboles, las casas, las escaleras y la estación de tren. No otra cosa. No la gente. Podría prescindir de la gente –lo haría si pudiera, de mis vecinos, al menos. ¿Recuerdan la sentencia kafkiana que apostrofa que la patria es la infancia? En mi mente se rellenan los términos de la predicación y la patria pasa a ser el lugar donde trascurrió mi infancia, verbigracia, el mismo en el que transcurrió mi adolescencia y mi juventud y en el que está transcurriendo mi adultez. Me gusta mi barrio y me gusta disfrutarlo sin interrupciones. Los vigilantes de las casillas de seguridad son expertos en interrupciones. “Buenas”, dicen. No esperan respuesta y ya están metiéndose en asuntos que no les competen ni me importan, como el clima, el torneo apertura, los Pumas, qué cosa la inseguridad. Eso cuando no están haciendo circular la información: horarios de salida y entrada de las casas, sexo de las visitas y tiempo de permanencia en las residencias, labores de sus ocupantes. Todo esto está muy bien y es muy apreciado porque todos somos chismosos pero, ¡quería disfrutar del paisaje, la concha de tu hermana! Así no se puede. De a poco dejé de hablarles. Primero selectivamente. A algunos les hablaba, a otros no. Cada tanto cambiaban de empleados. A los nuevos no los saludaba nunca. Había temas que no tocaba y días en los que no les dirigía la palabra. Un modo efectivo de hacerlo es no mirarlos. Dicen que conviene no mirar a los ojos ni a los locos ni a los sacados. Hacerlo es despertar su patología momentáneamente adormilada. Con los vigilantes de las casillas de seguridad ocurre otro tanto. Un día no les hablé más. Otro día no respondí a sus saludos. Al tiempo ya no reconocía a la mayoría. Podría mentir que los había olvidado. Soy muy poco observador, así que podría haber sido cualquier cosa. Acaso solo habían sido sustituidos. Ahora ya dejé de prestarles atención, así que ni sé si me miran ni cómo me miran.
Pero es una preocupación. La única que tengo que les atañe. Seguro que hablan pestes de mí. No he fomentado otro tipo de consideraciones. Maleducado, engreído, soberbio. Esos son los conceptos. Las palabras empleadas deben ser versiones populares de los conceptos. Así que más bien forro que maleducado, digamos. Nada de eso deja de ajustarse a la verdad. Pero la verdad debe estar recubierta de una frondosa pátina de rumores para hacerla atractiva. No sé qué piensan. Seguro que creen que no laburo, porque mis horarios son discrecionales. Seguro que creen que me mantienen y que soy un drogón que no tiene idea de lo que quiere, un nene de mamá. Espero que estén equivocados. No sería sincero exigir más.
Está bien. En un precio a pagar por no verme obligado a embarcarme en coloquios menores inconducentes y fastidiosos, por no verme padecer con antelación frente a la expectativa de charlas inconducentes y fastidiosas. Su mundo corre por un carril diferente al mío. Logré recortar la parte de mi mundo que me gustaba y encapsularla en la burbuja que habito solo. Porque mi mundo no es ese, porque eso es apenas una partecita de mi mundo, ni siquiera una muy importante. No veo motivos para abandonarla, no veo peligro de que se resquebraje.

Matías Pailos

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